Follow by Email

domingo, 16 de julio de 2017

Un globo pesado

Y sabes que tu vida estará llena de esos momentos, de esa amenaza de pena que ya es tristeza que te recordará siempre (...) cuando el momento es definitivamente la pena que tú nunca olvidarás, Julius

Mi segunda novela peruana releída tras la maceración de un par de décadas es la famosa "un mundo para Julius" de Alfredo Bryce Echenique. Yo diría que es muy parecida en tipo o sensibilidad a la de "mi planta de naranja lima" de José Mauro de Vasconcelos, pero en historia que se transfiere de niño pobre a niño rico. El protagonista, a pesar de no pasar por las penurias económicas de su sosias brasileño, también experimenta la tristeza y la pérdida de la inocencia que es un globo pesado que le oprime en el pecho.
Al final nos preguntamos si es así como nos sucede a todos, o si los niños ricos también han sido limpios de corazón, si los bobbys y los santiaguitos fueron julius o si los juan lucas tuvieron algún momento un punto de inflexión. El mundo de los adultos significa el traspasar un umbral; no es apetecible ese mundo, es a ojos de Julius un poco incomprensible, pero él es un rebelde y el mundo de los adultos no entiende la diferencia de un piano que huele a orines de uno que huele riquísimo o de la salida de un ataúd por la puerta de servicio y no por la puerta grande.
El niño, cuya característica necesaria para el autor sería el tener grandes orejas (único requisito que Bryce ha solicitado para el que vaya a interpretarlo en la película, una que piensan realizar este mismo año), se nos aparece varias veces de pie con las puntas de los zapatos abiertas, los talones juntos, las manos rígidas a ambos lados dejadas caer, una actitud de interrogación total frente al mundo y el trauma de la pérdida de su hermanita a cuestas. Julius se da cuenta más allá de lo que ofrece y sobre todo en lo que calla, su sensibilidad es capaz de conmoverse por el niño pobre de la clase, tan sólo por las miradas. Las miradas están presentes a lo largo de toda la novela como principal rasgo caracterizador. Por ejemplo, un pez es el rival en la mirada del padre "gángster" de un compañero de Julius, esa mirada fría que se transmite de padres a hijos, cual pez muerto, y llega a tornarse en ridículo ese carácter frío, esa aparente fortaleza revenida, a partir de entonces, a través del sarcasmo, Julius descubre la forma en la que puede enfrentarse a lo agrio en el mundo... y es a través de la escritura junto con la parodia. Así se preludia una posible evolución del protagonista, más artístico, más "maricón" a ojos del padrastro, quien ve su tendencia a la música como algo no muy grato (intentando desapegarlo del piano y sobre todo del sentimiento, pasando de la monja institutriz a una fría y déspota). Todo lo frío es negativo. Maldad realmente no se trataría en la novela, es como la injusticia de simplemente tener que representar ciertos papeles que ya les son asignados. Cuántas veces el autor nos hace meternos en las mentes de Bobby o Susan quienes piensan de una forma más conciliadora de la que se nos muestra, hasta amorosa, y no pueden exteriorizarla porque sus papeles les impiden sacar esos aspectos de ellos.
Susan es linda siempre y Susana es horrible siempre. Los Lastarria son esas mierdas. La profesora de castellano siempre se pasea huachafa de la mano de su novio por cierta avenida. Y todo eso nos hace ver el mundo circular de Julius, que acaba sintiendo ese golpe de entender el resto del rompecabezas para no poder seguir formando su mundo, excluido ya para siempre de la carroza y del cuarto de la comida con las paredes pintadas, y del área de servicio y de las náuseas ante lo feo.
La infancia se presenta como ese lugar que puede sentirse más a gusto de la mano con la servidumbre, porque aún no existe el tapujo de lo social y de la forma que los deforma, el deber ser, la mirada impuesta sobre la clase alta... la servidumbre es lo feo como ese seno feo que aparece para dar arcadas cuando la cocinera amamanta a su niño, como esos mechones negros que caen en la cara de Arminda, la que se encarga de planchar las camisas, con su contraparte en el mechón rubio de Susan la linda. Como la casa en la que le ofrecen ese té, la casa de la barriada. Como cuando se despiden de domingo y van pintarrajeadas las empleadas... la servidumbre es lo feo, pero también el lugar de las risas escondidas detrás de la puerta y de pasarlo bien sin tener que aparentar y mirar sobre el rabillo del ojo.
Es Arminda el personaje que introduce a Julius en una de las escenas que le desvelan otra pérdida de inocencia, quizá menos decisiva para el argumento de la historia, pero que cuenta con una de las atmósferas agudas (en el sentido de nudo en la garganta) más hondamente trabajadas: Julius se pierde en el significado de una frase, de lo que le puede llegar a doler una frase, cuando se le lanza desde la pobreza y la intención buena sólo hace que recalcar más esa distancia entre ambos mundos; la brecha le duele pero también el sinsentido de una escena que no tendría por qué resultar molesta, si no fuera por el dolor en el ordenamiento del mundo. De mi voluntad niño, lo yerguen hacia una elevación absurda y es como si le aventaran las miserias más tristes envueltas en papel de regalo. El autor nos intercala su pensamiento que repite demivoluntadniño... parece una pesadilla.

Interesante es la historia para los que conocemos la idiosincracia limeña desde dentro. Y porque de todo lo dicho solamente ha cambiado lo concerniente a los lugares de veraneo y reemplazaríamos Ancón por Asia y apenas eso y nada más.

lunes, 10 de julio de 2017

otra dualidad desconocida

Mi hijita y yo compartimos el tiempo
como nos toca a todos.
Pero para ella debe ser lento
y para mi es un agarrarme desesperadamente en contra de él
evitar que no me lleve consigo.
Ella ha nacido con un sistema inmune fuerte
con reservas y con conexiones neuronales nacientes, vigorosas;
y todo en ella se asoma y observa
sus células se asoman
sus átomos se asoman
el movimiento de sus manos también.
Pero sobre todo, lo naciente es delatado por el ojo,
por ahí se le escapan la inquietud y las ganas.
Mi hija tiene tres meses
y es camaleónica y anti rutinaria.
Tiene muchas caras, no gestos,
es siempre diferente. Es diferente no sólo en el tiempo,
también en ella misma es diferente
y morfológicamente diferente.
La fuerza es la misma.
La que dentro de mi ya notaba
no era paranoia de madre loca
de histeria de madre loca
o de lo que se nos quiera atribuir
porque en cualquier caso siempre estamos locas
pospárticas y puerpéricas.

Entonces me excuso
y si se me permite la reflexión quiero anotar lo dicho:
la paradoja que de cáscaras que empiezan a involucionar
salgan cosas como éstas.

domingo, 18 de junio de 2017

País de Jauja

Inicio mi trilogía de novelas peruanas con la de País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez. Esta novela la leí en mi adolescencia y la tenía primera en mi lista de libros para releer cuando acabara la tesis, y fiel a mi programa lo he cumplido, no sin satisfacción (y entretenimiento, que se agradece tras años de lectura académica). Jauja es una ciudad serrana en Perú, de la que sólo he visto fotos de mis padres, aún novios, posando en campos de quínua. Mi madre asegura que le recuerda a Suiza en sus paisajes, llenos de flores. Mi padre es más prosaico en esto y afirma que la ciudad es como cualquier ciudad de sierra, no rescató los recuerdos de la misma forma que mi madre, que se acuerda hasta de la iglesia principal, según ella muy bonita. Pero Jauja es conocida por los españoles gracias a la expresión: "esto es Jauja", para referirse a algo muy bueno. En Perú, ciertamente, no la utilizamos y sólo nos viene a la mente la ciudad andina. Pero, en una fácil indagación cualquiera puede averiguar que Jauja era la tierra de los xauxas en época incaica, rivales de los famosos incas y que se aliarían con los españoles en contra de sus enemigos. Gracias a esto, los jaujinos recibieron un trato especial y no estaban obligados a realizar todo ese caro sistema de tributos y esclavitud al que se vieron sometidos el resto de ciudadanos aborígenes. Es por ello que en la mente de los coetáneos, Jauja, si bien no llegó a ser la capital peruana como algunos conquistadores tuvieron en mente, significó solaz y esparcimiento, además de plenitud. A raíz de este hecho surgió la leyenda. La leyenda a la que me refiero es la del país de Jauja mítico, de bonanza y diversión... ésta se ve reflejada en la obra pictórica de Brueghel el viejo, por ejemplo, que en 1567 representó esa visión de Jauja en su óleo País de Jauja:

Pero no sólo inspiró al artista brabanzón, sino que también daría pie a que pensadores y escritores franceses lo utilizaran como motivo alegórico en algunos de sus razonamientos. Es el caso de Voltaire, quien defendería la postura de una utopía holística muy en consonancia con la leyenda de Jauja, además de citar al Dorado en Cándido también se haría del mito de la tierra de bonanza, del país de Jauja. Voltaire sería uno de los defensores del mestizaje, de la reciprocidad y de la integración de culturas, en este caso, las que venían de los indios de América; añadirían un valor positivo para el francés.
Por último menciono la leyenda de este dorado "país" como inspirador hasta para la construcción de cuentos infantiles. Es el caso del libro de Franciso Segovia, autor mexicano, quien adjuntaría imágenes del dibujante lituano Kestutis Kasparavicius. 
Con todo esto detrás, la novela de Edgardo Rivera Martínez, aún añade muchos puntos interesantes. Así como Voltaire rescataba la integración para la vivencia armónica, aquí se dan los contrarios en un juego de contraste a todo lo largo de la novela. Es País de Jauja una Antígona de Sófocles a la serrana, una historia griega andina, una melancólica Arcadia:

Pensabas en ello de modo intuitivo, y quizá adivinabas que se repetiría muchas veces, a lo largo de tu vida, esa asimétrica dualidad de tu adolescencia, que en buena cuenta era la de tu situación familiar y social, y aún quizá la de tu destino. Dualidad comparable, desde otro punto de vista, a la de la música andina y de la música europea, de los cantos de puna y las sonatas de Mozart. Y en ella se alternaban y entretejían la melodía pura y límpida, de la jovencita andina, flor de rocío y de la escarcha, y la otra, en deslumbrante desarrollo, de la hermosa enferma del Sanatorio Olavegoya. 

Es todo lo dual, lo que representa esta novela, pero sobre todo una cuidadosa sinfonía mestiza. El protagonista es un adolescente (a medio camino del adulto y del niño) que toca el piano y piensa en huaynos y yaravíes. Su búsqueda del amor es, asímismo, polifónica. Y en este contexto se integra también el panteísmo en los montes y ríos, en la naturaleza toda. La secta secreta de Fox Caro trae el esoterismo de otras novelas como ocurre con el Cuarteto de Alejandría, que se ven envueltas en un halo de clandestinidad. Pasa con La montaña mágica, también, en estas novelas hay una especie de "sótano" metafórico, el sótano de la novela en la que se reúnen los personajes para fabular en torno a misticismos. Hablando de La montaña mágica, aquí también hay un sanatorio. Jauja era la ciudad a la que los tísicos iban a curarse los pulmones. Otra coincidencia con la obra emblemática de Thomas Mann. También es el Ulises de James Joyce una pieza que rezuma esoterismo, como he hablado en la entrada anterior. Aquí, en la novela de Edgardo Rivera también se trata la metempsicosis y se alude a ella directamente, vuelve una y otra vez la transmigración de las almas con el pensamiento de Claudio, el protagonista, preguntándose si sus tías al final se reencarnarían en aquellas flores de puna, o en la sullahuayta...

Todo en País de Jauja tiene su contraparte. Los nombres de los personajes es como si tuvieran su equivalente griego. Se va abriendo de esa forma un submundo para Claudio, en el que empiezan a formarse paralelamente a la realidad una serie de relatos que poco tienen que ver con la cotidianidad que se le presenta y que van difuminando los límites de lo que ocurre y su imaginación. Se alimenta de su lectura de la Ilíada y va asociando personajes mundanos con semidioses y criaturas mitológicas. Pero también hay un fuerte componente de tragedia, como en el teatro griego. Aquí los símbolos y los recuerdos son lo único que almacena lo más triste de la historia: la amatista como piedra de augurio de un destino fatal que Claudio debe descifrar, las tías hablando como oráculos, "memorias afiebradas que evocan incansables una edad de oro", como las gorgonas que jugaban con un solo ojo y que ayudaron a Perseo en su búsqueda de Medusa, las tres gorgonas brujeriles y ciegas. Euristela e Ismena como las gorgonas hablando a eco. Se las compara en la novela con la sibila y con Casandra, las tías de los Heros pertenecientes al Reino de los muertos de la Eneida y de la Odisea, jugando con este estado "crepuscular" de las viejas. Es relevante que a Euristela también se le llame Eurídice. Como en el mito de Eurídice hay un pacto irresuelto con el "no mirar atrás". Las ancianas son unas sibilas del pasado, fragmentándolo y evocándolo. En el mito de Eurídice es Orfeo quien da la espalda cuando está a punto de obtener el rescate de Eurídice y salvarla del reino de los muertos. No mirar atrás es la premisa desobedecida, pero una premisa que ya habíamos oído antes, ¿en la Biblia puede ser?, efectivamente, en el episodio de Sodoma y Gomorra la mujer de Lot se gira y se convierte en una estatua de sal. Siempre hay un castigo para el que mira atrás. Claudio es el Orfeo de la historia, con su piano en vez de su lira, y al darse vuelta y recibir el anillo de amatista está recibiendo el pase, como el portador de algo fatal. Pero así no es la sensación que nos deja la novela, más bien nos deja un sabor a bueno, a tranquilidad y a campo, con el punto de su amada jovencita inocente. A ella no le regalaría una amatista...

El rasgo que yo más rescataría del carácter de este protagonista es su nomatofilia, ese amor y obsesión por los nombres, prueba de que a veces puedan, ellos solos, originar historias paralelas.

viernes, 16 de junio de 2017

Bloomstrain

Hoy recordé uno de mis símbolos de juventud: el Ulises de James Joyce. Estuve muchos años obsesionada con la forma de contar de esa novela... hasta llegué a preparar una exposición para una clase de literatura del siglo XX en la Universidad, con mapa de Dublín que señalaba el recorrido de ese 16 de junio incluido. Y conste que la novela era a nuestra completa elección, pero yo quise complicarme la tarea deliberadamente. Fue uno de mis retos (querer embarazarme o hacer el doctorado serían retos posteriores). Aquella primera lectura fue motivada en parte por esnobismo juvenil, pero acabó por absorber mis fantasías y pensamientos cotidianos: me levantaba y acostaba pensando en el bendito libro. Memoricé sus frases emblemáticas: ineluctable modalidad de lo visible... y hasta terminé viajando a Dublín (y no encontrando gran cosa, salvo placas en el suelo, alguna estatua y un museo en el que adquirí un imán para la nevera con la cara de Samuel Beckett). Quién diría que la obsesión me duraría hasta años más tarde, cuando en 2011 entregué una tesina de Máster que sería mi adaptación dramatúrgica del Ulises. Pero, oh sí, en su versión más esotérica.

Ineluctable modalidad de lo visible, pensaría el entrañable Stephen Dedalus en mi capítulo favorito del Ulises, cuando, frente al mar, esboza aquella teoría de la transmigración de las almas, la metempsicosis. Tanto él, como su padre consustancial Leopold Bloom, vivirían un día de coincidencias en ese fluir de almas errantes, como en el poema de Dámaso Alonso que encierra toda esa vida de repeticiones en el cosmos divino. 

jueves, 8 de junio de 2017

maría elena es nombre de bolero

Si bien Malena es un nombre de tango, no es menos interesante que María Elena sea nombre de bolero. Si muchas son las novelas en las que el autor se esconde tras su protagonista, a veces un alter ego de nombre no coincidente con el de quien escribe, la mía puede ser la historia de mi nombre representando un carácter completamente ficcional.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Parias de Javier Aranda o todos los parias que somos

Los títeres están casi desde que el hombre existe, se remontan a las civilizaciones más antiguas... su origen está envuelto de historias y misterios. El mismo símbolo del títere nos hace pensar en la metáfora del control, dominación o posesión. Se hacen muy fuertes para representar los golpes de impacto en la humanidad, es por eso que los títeres que trabajan situaciones de interés social son de los más populares y, por ejemplo, su presencia se ha constatado de viva actualidad con la polémica de los titiriteros censurados hace no mucho... Los títeres también son de por sí poderosos de cara al Misterio, como ventana hacia él y hacia lo siniestro: recuerdo aquellos títeres de Jan Svankmajer en Fausto, los demonios representados de esta forma y rodando o cortándoles los hilos son más que un símbolo, nos evocan algo que todos llevamos dentro. Lo siniestro de un títere es que se emancipe o que adquiera autonomía. Pero los títeres somos nosotros. Cuando los vemos en el escenario sentimos empatía con ellos. Es lo que ocurre en esta obra Parias de Javier Aranda. Se dice que es un espectáculo para adultos porque además de entretener, como es en el caso de los espectáculos para niños, éste adquiere otra dimensión: llegamos a ver títeres que en vez de ser caricaturas son personajes. El fondo negro nos funde con ellos y el interactuar de ellos hacia nosotros fluye natural, incluso en los momentos en que no se rompe la cuarta pared, pero nos hemos involucrado ya en su lenguaje, este lenguaje que incluye música, cadencia, ritmo en los movimientos de un símbolo que danza y nos conmueve. Sí que sentí que los títeres estaban actuando para mi como en un sueño, pero me hicieron reflexionar en muchos sentidos. Erving Goffman, sociólogo padre de la microsociología, nos considera a todos actuantes en un escenario que sería el mundo. Nuestras representaciones, para él, serían no solo conscientes, sino también inconscientes, cuando performamos nuestras actividades para según qué "público" o "auditorio". No siempre esta actuación está delimitada por nuestro carácter o modales, a veces es nuestra profesión o la actividad que demanda determinada profesión, la que hace que organicemos todo un código de actuación de cara a los otros. Yendo más lejos, se trata también de nuestra actitud constante al ser mirado por otros, como ya anunciaba Sartre. Los títeres nos hacen reflexionar en torno a todo esto, si nos detenemos en esta función de Aranda hay tipos de títeres, cada uno cumpliendo una función y nos representan a todos, podemos sentir que son como nosotros performando nuestras propias funciones. Dice Goffman del personaje mendigo, que, casualmente, también vemos representado en la obra de Javier Aranda:
Como un ejemplo más de dichas rutinas idealizadas, ninguno tiene tanto encanto sociológico como las actuaciones de los mendigos callejeros. Sin embargo, en la sociedad occidental, las escenas ofrecidas por los mendigos han perdido parte de su mérito dramático desde comienzos de siglo. Hoy en día, oímos hablar menos de «la argucia de la familia limpia», en la que esta aparece con vestidos harapientos pero increíblemente pulcros, los rostros de los niños brillantes merced a una capa de jabón aplicada con un paño suave. Ya no vemos las actuaciones en las cuales un hombre semidesnudo se atraganta con una sucia costra de pan pues está demasiado débil para tragarla, o la escena en la cual un hombre harapiento persigue a un gorrión para quitarle un trozo de pan, limpia con lentitud el bocado con la manga del saco y, apa- rentemente ajeno al auditorio que lo rodea, comienza a comerlo. También se ha vuelto raro el «mendigo avergonzado» que mansamente implora con los ojos lo que su delicada sensibilidad le impide, en apariencia, decir.A propósito, las escenas presentadas por los mendigos han sido llamadas de diferentes modos —grifts (artimañas),dodges (trampas), lays («expediciones» o correrías para proveerse de alimentos, vestidos, etc.), rackets (timos), lurks(conductas evasivas y furtivas), puches (venta callejera de baratijas), capers (hurtos)—, suministrándonos términos muy adecuados para describir actuaciones que tienen mayor legalidad y menos arte.

No es extraño, pues, que nos imaginemos como sus títeres, intentando salir de nuestras cajas. Cada uno en la nuestra y esperando nuestro turno para dar el show. Pero esta representación, como toda buena representación de títeres, entraña la reflexión por antonomasia del Demiurgo. El hecho de que alguien tire de nuestra espalda o nuestros hilos, o nos motive a reaccionar... en este caso, es un ser equivalente al títere, en Aranda el que los lleva es uno más y se relaciona con ellos, cual metáfora de la sociedad actual en la que el hacedor no se oculta sino que convive con sus marionetas. Pero esto no lo hace más precario, al carecer de un factor místico sigue planteando juegos como el de las matrioskas o una mise en abyme singular, al ponerse el títere con un títere, llevando el juego de títeres hacia el infinito con esta proyección... El títere que contiene al títere nos hace suponer que haya un títere más a ambos lados y que el que vemos llevar al títere sea a su vez títere.

Cada imagen de sus personajes es para reseñar, cada uno tiene un diferente tipo de melancolía, la melancolía de la cantante (que recuerda a la de viejas estrellas hermosas que se enfrentan al espejo cuando la ilusión del pasado las ha dejado ya sólo con los tules oliendo a naftalina) no es la misma a la del ser que se va descubriendo a sí mismo con la luz y que refleja la más honda inquietud de tan solo existir, o el que vive en la pobreza y actúa para ganar. Cada uno tiene la suya propia. El tirano es el personaje más cómico de la obra y su fisonomía, como la de cada uno, nos cautiva en su sencillez. Es curioso que las formas de estos títeres sean tan fuertes, les atribuyo esta fortaleza a la capacidad que tiene un objeto nunca visto para cobrar la forma que uno quiera. Me gustaron y me gustaría ver más espectáculos como éste.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

nomatofilias


Nuestros nombres no son los que hablan de nosotros, hablan de nuestros padres. Así es, pues, que los que dirán algo de nosotros serán los que les demos a nuestros hijos. Si se tratase de nosotros como un lenguaje, sería nuestro código a base de escritura jeroglífica vertical que se lee de abajo hacia arriba.
Este es un dato a tener en cuenta por el buscador de señales, que, a veces, abrumado por el Misterio, olvida lo sencillo.