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sábado, 2 de septiembre de 2017

Mi primera reivindicación de lo minúsculo

"sabes que yo tengo una heridita y no la ves porque es chiquitita y yo sí"

Es una frase dictada por mi cuando tenía unos dos años. Ahora me ha venido a la memoria y le doy una interpretación a la luz de mis lecturas de los últimos años: los mayores estamos relegados fuera del ámbito privilegiado, los niños ven cosas que nosotros no podemos y sabemos de esta pérdida de cualidad, pero ¿para cuántos de nosotros es una desgracia?




domingo, 13 de agosto de 2017

Poema de limpieza, pero yo no limpio muy bien

Un poema no se alumbra en voz alta porque las palabras se pintan se emborronan se amistan y se enemistan por sus tamaños y no sabemos nada cuando están dentro, solo cuando salen podemos sacarles sus parecidos y trabajarlas en base a sus formas. 
Si los enemigos conocieran a sus odiados de bebés, esa visión les incapacitaría y desarticularía todo propósito de odio.
Siempre es tarde cuando la dicha no espera o espera a otros.
Memoria para alumbrar los rincones de mi mente y encontrar huéspedes no gratos.
Rezar para que todo siga como siempre.
Esperas una palabra mágica que haga el día a día, aunque los Jardines de la Paz, allá en Lima lejos, sean el bálsamo al caer la tarde. 
Estamos limpiando la casa por dentro, pero ante todo cabe eludir la palabra corazón, que es muy cursi.
Quizá todo se trate de la retracción de rostros, o de lo que decía Holden Caulfield en El guardián entre el centeno: nunca cuentes nada a nadie que luego empezarás a extrañar a esas personas. Gamoneda hablaba del sufrimiento que se origina tras hacer que esos rostros dejen de ser desconocidos, sufrir porque debemos abandonarlos o porque ellos van a abandonarte.


No sé si todo se trate de eso, del abandono. A lo mejor parto de mis ojos de abandonada.

Rusia es recuerdo

He vuelto a la literatura rusa y aparte de un libro de cuentos rusos que he retomado en el que me he encontrado con la dama del perrito y el hombre ridículo (así de primera instancia y al azar), estoy revisando un libro que tenía por ahí de las musas rusas. "Las musas rusas" es una obra de investigación de una dupla afrancesada y periodística, los señores Vladimir Fedorovski y Saint Bris Gonzague. El estilo es un poco cargado, por momentos rococó por momentos espeso, quizá en la abundancia de descripciones y adjetivos. Es cierto que se decantan por palabras redundantes, como es el caso de egeria, la cual hace alusión a una de las ninfas protectoras de los partos, algo curioso, ya que las musas a las que describe quizá vendrían más en consonancia con el origen mitológico de la misma palabra, que viene de Mnemósine, la personificación de la memoria en la mitología griega. Mnemea, también una musa hija de esta deidad Mnemósine, es la encarnación de la memoria. El río Mnemósine en el infierno era el opuesto al llamado Lete, del que bebían todos los mundanos al llegar para olvidar sus vidas, pero solo los escogidos podían beber del Mnemósine. Origen de todas las inspiraciones es la memoria, sin ella no hay construcción. Pero volviendo al tema de cómo es este libro, ya nos podemos imaginar que un relato articulado con la voz de dos hombres de los años noventa hablando de mujeres... pueda estar plagado (aún) de lugares comunes y un tanto obsoletos para la visión que de las mujeres pretendemos potenciar hoy en día, ya cansadas de ser un instrumento pasivo. Pero una musa es casi un objeto decorativo, un elemento que se sienta y espera, lo notamos ya durante las primeras páginas de este libro... y una se empieza a inquietar y a plantearse la pregunta de rigor: de qué forma yo misma, como mujer, hubiera transmitido estas ideas. Porque está claro que existe una labor de reconstrucción de datos bastante interesante, podemos leer anécdotas y curiosidades que los escritores obtuvieron de primera mano, personas como Anastasia Tsvetaeva les relataron episodios que aparecen en estas páginas. Y estas semblanzas de la vida de distintos artistas que casualmente coincidieron espacio temporalmente: Tolstoi, Modigliani, Anna Ajmatova, Tsvietaievas, Gala, Olga Picasso, Marevna, etc...  son muy interesantes por momentos. Como por ejemplo esa visión de una Lou Andreas Salomé, que encandilara a Nietzsche, de la mano de Rilke -al cual daría nombre- yendo a casa del conde Tolstoi. O la visión de Anna Ajmatova sobre Modigliani. Y es aquí donde me planteaba yo si no hubiera sido más potente trabajar a estas mujeres así, según sus construcciones y no en tanto que elementos que aglutinan en torno a sí mismas una cantidad de amantes a los que inspiran, valorándoselas en tanto que bellezas o por cualidades que encajan con tópicos de las mujeres rusas. Tenemos a una Olga Picasso que, a pesar de saber de las escapadas de su marido, aguantó como un corderito. A un Diego Rivera precursor del abusador de Frida, en este caso ya dominante de su mujer rusa Marevna, y nosotros lo vemos aquí sellando pactos de amistad con sangre, todo un líder. Es curioso que a pesar de que este libro se titule "Las musas rusas" veamos casi cada episodio comenzar con el protagonismo de un hombre que en plan mecenas conectará a las mujeres con los artistas, o las hará a ellas mismas poetas o bailarinas. En las primeras cien páginas ya contamos con al menos tres o cuatro mecenas, Dhiaghilev y Vassilev entre ellos. Pero pensemos que mujeres como Anna Ajmatova o Marina Tsvetaeva no necesitan ser musas de nadie, más bien son ellas quienes tienen musas; Modigliani, por ejemplo sería una musa para Ajmatova. Mujeres escritoras, poetas que pueden ser una inspiración para nosotros, pero que ver en ellas el papel que tuvieron para seducir a más o menos hombres (y en el caso de Tsvetaeva también mujeres) nos puede ser irrelevante.
De los cuentos que releí me vino a la mente que el hombre ridículo era la némesis del hombre del subsuelo. Pero al final los veo hermanos. Y la concepción del amor humano como sufrimiento me hizo recordar a Amour de Haneke. En la dama del perrito me llegó esa visión de cansancio del hombre hacia la mujer que ama. Ellos son amantes y se quieren, pero él cuando ella habla piensa que se calle ya. Ese pensamiento de la histeria en la mujer subyace en la historia de Chejov. Aunque se quieran tanto y aunque la tragedia los lleve a tener una vida de camuflaje y silencio.

Abramtsevo y yo

viernes, 4 de agosto de 2017

Ciro Alegría

Cierro la trilogía de novelas peruanas con "los perros hambrientos", obra del indigenista Ciro Alegría.  Dividiría la novela en dos estados de ánimo, la primera parte es de naturaleza alegre contenida, un orden natural de cosas que se ve roto por la ausencia de lluvias y a partir de ahí todo degenera en un ambiente muy anormal, diríase hasta pesado y turbio. La transformación de hombres, animales, plantas y territorio se manifiesta ostensiblemente.
Nos situamos en la sierra norte del Perú, lugar casi mágico (de aguas en las que si bebes te da nuevo origen, pertenencia; dicen en un momento de la novela) de fábulas, historias y cercanía entre el humano y las fuerzas de la tierra. Pero lo llamativo es que la naturaleza no es tampoco un dios, no concede ni niega, también sufre. Es, pues, un personaje más a la altura de los perros animales y los perros humanos. O por lo menos, si no la naturaleza toda, la tierra y lo que hay en ella.  El sol no es en vano la deidad Inca y se libra de las desventuras al estar tan por encima:

El sol había terminado por exprimir a la tierra todos sus jugos. Los que anteriormente fueron pantanos u ojos de agua resaltaban en la uniformidad gris-amarillenta de los campos solo por ser manchas más oscuras o blancuzcas. Parecían cicatrices o lacras.
(...)
Sufría la naturaleza un sufrimiento profundo, amplio y alto que empezaba en las raíces...

La tierra está herida en sus cicatrices y los eucaliptos entristecen y todos sufren por igual. La fatalidad se cierne por ser pobres, y se es pobre porque no llueve y los ancianos ya conocen las sequías y saben que se puede estar mucho tiempo soportando esta sombra. De hecho la tragedia que se cuenta: la metamorfosis de los animales serviles en enemigos y ladrones, ya ha sido experimentada antes. Entonces el amigo del hombre es expulsado, porque al primer momento de comerse una de las ovejas ya está corrompido y se sabe que no pararán. Lo mismo sucede con los hombres que se le rebelan al comunero, éste responde con sangre, repitiendo la acción pero para defender a su ganado. Igual que el hombre con los perros. Son los perros hambrientos las mascotas del hombre que estaban llenos de virtudes, que servían con gran fidelidad y entregaban hasta sus vidas por sus dueños. Son también los trabajadores de la tierra arrendada, perros hambrientos que ven morir a sus hijos, a sus nietos. Cuando la muerte planea sobre ellos ya no hay fidelidad ni virtudes. Los perros son envenenados, se comen los unos a los otros, las estatuas de los santos ya no son veneradas, ya no se confía en las oraciones, ya ni se puede tener lástima por el prójimo.

La vida en esta novela es un ciclo, con el agua pueden volver los perros.

domingo, 16 de julio de 2017

Un globo pesado

Y sabes que tu vida estará llena de esos momentos, de esa amenaza de pena que ya es tristeza que te recordará siempre (...) cuando el momento es definitivamente la pena que tú nunca olvidarás, Julius

Mi segunda novela peruana releída tras la maceración de un par de décadas es la famosa "un mundo para Julius" de Alfredo Bryce Echenique. Yo diría que es muy parecida en tipo o sensibilidad a la de "mi planta de naranja lima" de José Mauro de Vasconcelos, pero en historia que se transfiere de niño pobre a niño rico. El protagonista, a pesar de no pasar por las penurias económicas de su sosias brasileño, también experimenta la tristeza y la pérdida de la inocencia que es un globo pesado que le oprime en el pecho.
Al final nos preguntamos si es así como nos sucede a todos, o si los niños ricos también han sido limpios de corazón, si los bobbys y los santiaguitos fueron julius o si los juan lucas tuvieron algún momento un punto de inflexión. El mundo de los adultos significa el traspasar un umbral; no es apetecible ese mundo, es a ojos de Julius un poco incomprensible, pero él es un rebelde y el mundo de los adultos no entiende la diferencia de un piano que huele a orines de uno que huele riquísimo o de la salida de un ataúd por la puerta de servicio y no por la puerta grande.
El niño, cuya característica necesaria para el autor sería el tener grandes orejas (único requisito que Bryce ha solicitado para el que vaya a interpretarlo en la película, una que piensan realizar este mismo año), se nos aparece varias veces de pie con las puntas de los zapatos abiertas, los talones juntos, las manos rígidas a ambos lados dejadas caer, una actitud de interrogación total frente al mundo y el trauma de la pérdida de su hermanita a cuestas. Julius se da cuenta más allá de lo que ofrece y sobre todo en lo que calla, su sensibilidad es capaz de conmoverse por el niño pobre de la clase, tan sólo por las miradas. Las miradas están presentes a lo largo de toda la novela como principal rasgo caracterizador. Por ejemplo, un pez es el rival en la mirada del padre "gángster" de un compañero de Julius, esa mirada fría que se transmite de padres a hijos, cual pez muerto, y llega a tornarse en ridículo ese carácter frío, esa aparente fortaleza revenida, a partir de entonces, a través del sarcasmo, Julius descubre la forma en la que puede enfrentarse a lo agrio en el mundo... y es a través de la escritura junto con la parodia. Así se preludia una posible evolución del protagonista, más artístico, más "maricón" a ojos del padrastro, quien ve su tendencia a la música como algo no muy grato (intentando desapegarlo del piano y sobre todo del sentimiento, pasando de la monja institutriz a una fría y déspota). Todo lo frío es negativo. Maldad realmente no se trataría en la novela, es como la injusticia de simplemente tener que representar ciertos papeles que ya les son asignados. Cuántas veces el autor nos hace meternos en las mentes de Bobby o Susan quienes piensan de una forma más conciliadora de la que se nos muestra, hasta amorosa, y no pueden exteriorizarla porque sus papeles les impiden sacar esos aspectos de ellos.
Susan es linda siempre y Susana es horrible siempre. Los Lastarria son esas mierdas. La profesora de castellano siempre se pasea huachafa de la mano de su novio por cierta avenida. Y todo eso nos hace ver el mundo circular de Julius, que acaba sintiendo ese golpe de entender el resto del rompecabezas para no poder seguir formando su mundo, excluido ya para siempre de la carroza y del cuarto de la comida con las paredes pintadas, y del área de servicio y de las náuseas ante lo feo.
La infancia se presenta como ese lugar que puede sentirse más a gusto de la mano con la servidumbre, porque aún no existe el tapujo de lo social y de la forma que los deforma, el deber ser, la mirada impuesta sobre la clase alta... la servidumbre es lo feo como ese seno feo que aparece para dar arcadas cuando la cocinera amamanta a su niño, como esos mechones negros que caen en la cara de Arminda, la que se encarga de planchar las camisas, con su contraparte en el mechón rubio de Susan la linda. Como la casa en la que le ofrecen ese té, la casa de la barriada. Como cuando se despiden de domingo y van pintarrajeadas las empleadas... la servidumbre es lo feo, pero también el lugar de las risas escondidas detrás de la puerta y de pasarlo bien sin tener que aparentar y mirar sobre el rabillo del ojo.
Es Arminda el personaje que introduce a Julius en una de las escenas que le desvelan otra pérdida de inocencia, quizá menos decisiva para el argumento de la historia, pero que cuenta con una de las atmósferas agudas (en el sentido de nudo en la garganta) más hondamente trabajadas: Julius se pierde en el significado de una frase, de lo que le puede llegar a doler una frase, cuando se le lanza desde la pobreza y la intención buena sólo hace que recalcar más esa distancia entre ambos mundos; la brecha le duele pero también el sinsentido de una escena que no tendría por qué resultar molesta, si no fuera por el dolor en el ordenamiento del mundo. De mi voluntad niño, lo yerguen hacia una elevación absurda y es como si le aventaran las miserias más tristes envueltas en papel de regalo. El autor nos intercala su pensamiento que repite demivoluntadniño... parece una pesadilla.

Interesante es la historia para los que conocemos la idiosincracia limeña desde dentro. Y porque de todo lo dicho solamente ha cambiado lo concerniente a los lugares de veraneo y reemplazaríamos Ancón por Asia y apenas eso y nada más.

lunes, 10 de julio de 2017

otra dualidad desconocida

Mi hijita y yo compartimos el tiempo
como nos toca a todos.
Pero para ella debe ser lento
y para mi es un agarrarme desesperadamente en contra de él
evitar que no me lleve consigo.
Ella ha nacido con un sistema inmune fuerte
con reservas y con conexiones neuronales nacientes, vigorosas;
y todo en ella se asoma y observa
sus células se asoman
sus átomos se asoman
el movimiento de sus manos también.
Pero sobre todo, lo naciente es delatado por el ojo,
por ahí se le escapan la inquietud y las ganas.
Mi hija tiene tres meses
y es camaleónica y anti rutinaria.
Tiene muchas caras, no gestos,
es siempre diferente. Es diferente no sólo en el tiempo,
también en ella misma es diferente
y morfológicamente diferente.
La fuerza es la misma.
La que dentro de mi ya notaba
no era paranoia de madre loca
de histeria de madre loca
o de lo que se nos quiera atribuir
porque en cualquier caso siempre estamos locas
pospárticas y puerpéricas.

Entonces me excuso
y si se me permite la reflexión quiero anotar lo dicho:
la paradoja que de cáscaras que empiezan a involucionar
salgan cosas como éstas.

domingo, 18 de junio de 2017

País de Jauja

Inicio mi trilogía de novelas peruanas con la de País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez. Esta novela la leí en mi adolescencia y la tenía primera en mi lista de libros para releer cuando acabara la tesis, y fiel a mi programa lo he cumplido, no sin satisfacción (y entretenimiento, que se agradece tras años de lectura académica). Jauja es una ciudad serrana en Perú, de la que sólo he visto fotos de mis padres, aún novios, posando en campos de quínua. Mi madre asegura que le recuerda a Suiza en sus paisajes, llenos de flores. Mi padre es más prosaico en esto y afirma que la ciudad es como cualquier ciudad de sierra, no rescató los recuerdos de la misma forma que mi madre, que se acuerda hasta de la iglesia principal, según ella muy bonita. Pero Jauja es conocida por los españoles gracias a la expresión: "esto es Jauja", para referirse a algo muy bueno. En Perú, ciertamente, no la utilizamos y sólo nos viene a la mente la ciudad andina. Pero, en una fácil indagación cualquiera puede averiguar que Jauja era la tierra de los xauxas en época incaica, rivales de los famosos incas y que se aliarían con los españoles en contra de sus enemigos. Gracias a esto, los jaujinos recibieron un trato especial y no estaban obligados a realizar todo ese caro sistema de tributos y esclavitud al que se vieron sometidos el resto de ciudadanos aborígenes. Es por ello que en la mente de los coetáneos, Jauja, si bien no llegó a ser la capital peruana como algunos conquistadores tuvieron en mente, significó solaz y esparcimiento, además de plenitud. A raíz de este hecho surgió la leyenda. La leyenda a la que me refiero es la del país de Jauja mítico, de bonanza y diversión... ésta se ve reflejada en la obra pictórica de Brueghel el viejo, por ejemplo, que en 1567 representó esa visión de Jauja en su óleo País de Jauja:

Pero no sólo inspiró al artista brabanzón, sino que también daría pie a que pensadores y escritores franceses lo utilizaran como motivo alegórico en algunos de sus razonamientos. Es el caso de Voltaire, quien defendería la postura de una utopía holística muy en consonancia con la leyenda de Jauja, además de citar al Dorado en Cándido también se haría del mito de la tierra de bonanza, del país de Jauja. Voltaire sería uno de los defensores del mestizaje, de la reciprocidad y de la integración de culturas, en este caso, las que venían de los indios de América; añadirían un valor positivo para el francés.
Por último menciono la leyenda de este dorado "país" como inspirador hasta para la construcción de cuentos infantiles. Es el caso del libro de Franciso Segovia, autor mexicano, quien adjuntaría imágenes del dibujante lituano Kestutis Kasparavicius. 
Con todo esto detrás, la novela de Edgardo Rivera Martínez, aún añade muchos puntos interesantes. Así como Voltaire rescataba la integración para la vivencia armónica, aquí se dan los contrarios en un juego de contraste a todo lo largo de la novela. Es País de Jauja una Antígona de Sófocles a la serrana, una historia griega andina, una melancólica Arcadia:

Pensabas en ello de modo intuitivo, y quizá adivinabas que se repetiría muchas veces, a lo largo de tu vida, esa asimétrica dualidad de tu adolescencia, que en buena cuenta era la de tu situación familiar y social, y aún quizá la de tu destino. Dualidad comparable, desde otro punto de vista, a la de la música andina y de la música europea, de los cantos de puna y las sonatas de Mozart. Y en ella se alternaban y entretejían la melodía pura y límpida, de la jovencita andina, flor de rocío y de la escarcha, y la otra, en deslumbrante desarrollo, de la hermosa enferma del Sanatorio Olavegoya. 

Es todo lo dual, lo que representa esta novela, pero sobre todo una cuidadosa sinfonía mestiza. El protagonista es un adolescente (a medio camino del adulto y del niño) que toca el piano y piensa en huaynos y yaravíes. Su búsqueda del amor es, asímismo, polifónica. Y en este contexto se integra también el panteísmo en los montes y ríos, en la naturaleza toda. La secta secreta de Fox Caro trae el esoterismo de otras novelas como ocurre con el Cuarteto de Alejandría, que se ven envueltas en un halo de clandestinidad. Pasa con La montaña mágica, también, en estas novelas hay una especie de "sótano" metafórico, el sótano de la novela en la que se reúnen los personajes para fabular en torno a misticismos. Hablando de La montaña mágica, aquí también hay un sanatorio. Jauja era la ciudad a la que los tísicos iban a curarse los pulmones. Otra coincidencia con la obra emblemática de Thomas Mann. También es el Ulises de James Joyce una pieza que rezuma esoterismo, como he hablado en la entrada anterior. Aquí, en la novela de Edgardo Rivera también se trata la metempsicosis y se alude a ella directamente, vuelve una y otra vez la transmigración de las almas con el pensamiento de Claudio, el protagonista, preguntándose si sus tías al final se reencarnarían en aquellas flores de puna, o en la sullahuayta...

Todo en País de Jauja tiene su contraparte. Los nombres de los personajes es como si tuvieran su equivalente griego. Se va abriendo de esa forma un submundo para Claudio, en el que empiezan a formarse paralelamente a la realidad una serie de relatos que poco tienen que ver con la cotidianidad que se le presenta y que van difuminando los límites de lo que ocurre y su imaginación. Se alimenta de su lectura de la Ilíada y va asociando personajes mundanos con semidioses y criaturas mitológicas. Pero también hay un fuerte componente de tragedia, como en el teatro griego. Aquí los símbolos y los recuerdos son lo único que almacena lo más triste de la historia: la amatista como piedra de augurio de un destino fatal que Claudio debe descifrar, las tías hablando como oráculos, "memorias afiebradas que evocan incansables una edad de oro", como las gorgonas que jugaban con un solo ojo y que ayudaron a Perseo en su búsqueda de Medusa, las tres gorgonas brujeriles y ciegas. Euristela e Ismena como las gorgonas hablando a eco. Se las compara en la novela con la sibila y con Casandra, las tías de los Heros pertenecientes al Reino de los muertos de la Eneida y de la Odisea, jugando con este estado "crepuscular" de las viejas. Es relevante que a Euristela también se le llame Eurídice. Como en el mito de Eurídice hay un pacto irresuelto con el "no mirar atrás". Las ancianas son unas sibilas del pasado, fragmentándolo y evocándolo. En el mito de Eurídice es Orfeo quien da la espalda cuando está a punto de obtener el rescate de Eurídice y salvarla del reino de los muertos. No mirar atrás es la premisa desobedecida, pero una premisa que ya habíamos oído antes, ¿en la Biblia puede ser?, efectivamente, en el episodio de Sodoma y Gomorra la mujer de Lot se gira y se convierte en una estatua de sal. Siempre hay un castigo para el que mira atrás. Claudio es el Orfeo de la historia, con su piano en vez de su lira, y al darse vuelta y recibir el anillo de amatista está recibiendo el pase, como el portador de algo fatal. Pero así no es la sensación que nos deja la novela, más bien nos deja un sabor a bueno, a tranquilidad y a campo, con el punto de su amada jovencita inocente. A ella no le regalaría una amatista...

El rasgo que yo más rescataría del carácter de este protagonista es su nomatofilia, ese amor y obsesión por los nombres, prueba de que a veces puedan, ellos solos, originar historias paralelas.

viernes, 16 de junio de 2017

Bloomstrain

Hoy recordé uno de mis símbolos de juventud: el Ulises de James Joyce. Estuve muchos años obsesionada con la forma de contar de esa novela... hasta llegué a preparar una exposición para una clase de literatura del siglo XX en la Universidad, con mapa de Dublín que señalaba el recorrido de ese 16 de junio incluido. Y conste que la novela era a nuestra completa elección, pero yo quise complicarme la tarea deliberadamente. Fue uno de mis retos (querer embarazarme o hacer el doctorado serían retos posteriores). Aquella primera lectura fue motivada en parte por esnobismo juvenil, pero acabó por absorber mis fantasías y pensamientos cotidianos: me levantaba y acostaba pensando en el bendito libro. Memoricé sus frases emblemáticas: ineluctable modalidad de lo visible... y hasta terminé viajando a Dublín (y no encontrando gran cosa, salvo placas en el suelo, alguna estatua y un museo en el que adquirí un imán para la nevera con la cara de Samuel Beckett). Quién diría que la obsesión me duraría hasta años más tarde, cuando en 2011 entregué una tesina de Máster que sería mi adaptación dramatúrgica del Ulises. Pero, oh sí, en su versión más esotérica.

Ineluctable modalidad de lo visible, pensaría el entrañable Stephen Dedalus en mi capítulo favorito del Ulises, cuando, frente al mar, esboza aquella teoría de la transmigración de las almas, la metempsicosis. Tanto él, como su padre consustancial Leopold Bloom, vivirían un día de coincidencias en ese fluir de almas errantes, como en el poema de Dámaso Alonso que encierra toda esa vida de repeticiones en el cosmos divino.