Follow by Email

miércoles, 7 de febrero de 2018

Nuestro poder es lamentable

Las medusas son de los seres vivos más fascinantes que existen. Hay algunos tipos, australianas me parece, que son las más letales del mundo. Hay otras medusas que son capaces de regenerarse, vivir infinitamente, haciéndose jóvenes una y otra vez. Las medusas pueden ser organismos super poderosos.
Pero ¿y las tortugas marinas que se comen a las medusas? Un animal que se alimenta de otro animal que es muy peligroso y cuyo veneno le es inofensivo también puede considerarse un animal interesante.
Las abejas, aparte de todo lo que sabemos de su capacidad para medir las distancias, también son seres muy espirituales. Tienen especial atención con sus difuntos y organizan danzas funerarias.
También sabemos de mariposas que ven más colores que nosotros y mantis camarones que nos superan años luz viendo todos los colores que hay.
Hay otros que te electrifican, que escupen sangre por los ojos, que son capaces de producir veneno, de camuflarse, de formar huesos como garras automáticas, o que tienen el poder de la vivisección...
El ser humano miente.

miércoles, 31 de enero de 2018

Tiempo


I

Sólo hay un tema que puede hacerle la competencia en frecuencia de aparición en los textos literarios a los del amor y muerte. Ahora que lo pienso, es simplemente una variación de estos grandes tópicos: y es el del paraíso perdido de la infancia.
Cuando los grandes nos topamos cercanamente con los pequeños (cuando era niña llamaba a los adultos "los grandes") los tiempos caen de golpe en la mesa como con el peso de una gran enciclopedia que cae del cielo.
Así de aplastante lo sentí ayer, cuando hablábamos mi hermano y yo con el vecino de nueve años que estaba en mi casa. De pronto nos pusimos a calcular lo que estábamos haciendo en el 2008, año en que él nació. Sobre la mesa había un álbum de fotos, mi hermano con seis años y yo once, de repente, tan de repente como levantar la vista y ver a ese señor barbudo con la misma cara del niño al que le falta el diente en las fotos, y sentir que son la misma persona, que veinte años duran lo mismo que una semana. ¿Qué ha pasado en este hueco, en el lapso entre esas fotos y el presente en el que estamos con este niño (con su insolencia de un presente que no acabamos de tocar)? Veo solo al niño, a mi hermano, es barbudo, pero es igual que ese otro niño.
En mi casa, allá en Lima, no había un limonero con frutos dorados como en los recuerdos machadianos. Pero teníamos una higuera y jilgueros. Los recuerdos saben a fruto del que no venden en este país, pertenecen al exótico país de la memoria.

II

Al entrar, era como si me hubieran preparado un escenario: la mesa de la sala con el album de fotos, el niño vecino y mi hermano.
Yo hacía las preguntas desesperadamente para situarme, sin dejar de sujetar mi asiento: ¿qué pasaba en 2008? (pregunta que tenía que ver con el niño presente) ¿dónde se han ido estos veinte años? (pregunta obligada por el album de fotos; de fondo, pero no expresada). Terrible sensación de pérdida y vacío del tiempo y el niño con su insolencia, representando a ese presente que pone en entredicho al mío, al de las fotos, haciéndome volver una y otra vez a “su” presente, amenazando al mío... y por otro lado mi hermano, que salvo detalles superficiales era el mismo, y corroboraba lo mío... tantas aristas, ese triángulo de locura (fotos y dos personas extras) y nadie enloquece. En situaciones así estamos obligados a fingir una naturalidad.

III



Y mi madre de fondo se oía “mira qué hijo tan grande tengo” y yo en las fotos era muy alta, y mi hermano no tiene un diente en una, en otra tiene el labio hinchado, en otra sale con amigos abrazado. Veo las fotos y está ese cumpleaños en el club, todos disfrazados, también están mis hermanas haciendo el clásico de reunirse en los cajones de debajo de la cama, y yo pienso que el mismo objeto que estoy tocando ya está atrasado en el tiempo, en lo que llamamos tiempo. El choque es tan grande y hay tanta información desde distintos frentes que me cuesta volver al momento en sí. Yo soy la madre de Almendra, le digo al niño, como quien utiliza un salvoconducto. 

jueves, 18 de enero de 2018

Vida de Javier Aranda



Tras Parias ansiaba volver a ver una obra de Aranda. De mi reseña anterior se puede desprender el porqué. Y como ocurre con la literatura, aquí también prevalece el cómo lo cuenta: si nos ceñimos al argumento, tanto Vida como Parias tienen líneas argumentales que son bastante fáciles de seguir y el título se muestra como una pista. La vida en su ciclo más estudiado: nacescrecestereproducesymueres. Así, todo junto, es lo que aprendemos de memoria en el colegio y, al final, resulta el ciclo general que vivimos si pasamos todo a cámara rápida. Nos damos cuenta entonces que el resto son accesorios. Si pensamos, pues, en lo que Aranda nos muestra en el escenario, es lo de siempre, lo de todos nosotros, ¿cómo consigue entonces llegar a nuestro interior? Precisamente por la forma en cómo nos lo cuenta. Así, si alguien piensa que el espectáculo que va a ver es sencillo y apto para todos los públicos, tiene razón. Pero también es verdad que los que queremos encontrar algo más no podemos salir decepcionados: el sello Aranda está en su forma de narrar. Con una delicadeza de lámpara que cuenta, luz en medio del desdibujado recuerdo, una canasta de costura y el fin y el principio. La canasta, como la de Moisés, que trae un niño de las aguas. Como los bebés cuando llegan y los dejan a la puerta, o simplemente como cuando él, el narrador, se sentaba en días de aburrimiento a originar otros mundos.
Y también vemos algunos símbolos que cambian, como en la obra anterior el soplo de vida lo daba el calor de la llama de una vela, aquí es el aire de un globo verde. Muy verde. El símbolo nos hace ver cómo sus hijos, los pirandellianos muñecos, quieren independizarse con respecto a su creador y hasta en este microuniverso se da la irreparabilidad de la vida. Como si pudiéramos hinchar ese globo una y otra vez. En medio del juego nos hace ver la tristeza. Y la esperanza. Y la ingenuidad de nuestros momentos más expansivos.
Las manos vuelven a alumbrar. Aranda los vuelve a ver cobrar vida frente a sí y les da privacidad. Ellos se desarrollan y tienen su propia personalidad o autonomía, la ilusión de desmarcarse, de contar la simplicidad bonachona de un padre y el sueño teatral de una madre. Parece que se contara a sí mismo,  que salieran títeres en vez de recuerdos. Algo de magia se cuela en el instante en que toca un accesorio y lo mueve… yo estaba en la silla esperando cuál sería el objeto tocado, de qué forma cobraría vida

sábado, 13 de enero de 2018

“Lágrimas y santos” de Cioran

Esta traducción de Christian Santacroce es la primera edición que se hace para el castellano íntegra y no desde el francés. La trae Hermida editores y es de reciente aparición, septiembre del 2017, así que ya estoy tardando en hacer una reseña sobre este acontecimiento, porque para los lectores de este blog (cuando los haya, o si los hubiera) es un dato importante.

Cuando tenía diecisiete años tuve una iluminación en la que quise convertirme en monja. Pensaba entregar a Dios mi amor infinito y de por vida. Al leer a Cioran veo reavivados esas sensaciones a la luz de sus tristezas. Libro considerado herético por sus familiares, es uno de los más líricos que puede que haya escrito. Hay sangre dulce entre las páginas, se salpican referentes, pero sobre todo la dispersión y desorden con respecto a la idea de los santos y de la aflicción hacen que este ensayo sea más emotivo que sesudo. Y eso me lo acerca, nos lo acerca a personas que buscamos sentirnos conectados con sus palabras. Lo que cuenta ya lo sabemos, pero el cómo lo cuenta es una entrevista conocida con Cioran, estamos ahí con él, es nuestro momento íntimo al que le hemos invitado. Y no defrauda. Incluso sorprende.

La hagiografía erudita sería más cercana a una disciplina como la historia, en la que no queremos vertir nuestro tiempo y empaparnos de fechas y datos concisos. Ni siquiera en hechos concretos, qué nos importa si sudó hiel, sangre, si realmente hubo o no un cuerpo incorrupto... la leyenda nos importa, el olor que se desprende de esa anécdota y las dimensiones que puedan cobrar en la mente de un acongojado.

Si nos apasionan las imágenes de los santos es por su sufrimiento y no por sus realidades o concreciones. Cioran lo sabe y lo comparte, además de subvertir los valores y hacernos ver que todo el amor a Dios y toda plenitud es sinónimo de un gran vacío o ausencia, principio y fin que se tocan en un punto, Cioran el gran nihilista asume este amor como otra especie de nihilismo. Nietzsche para él es un loco en Cristo sin Cristo, Pascal y Kierkegaard unos mozos custodios, Dostoviesky y el Greco, unos caballeros de su guardia real. Y todos ellos se encargan de hacernos el camino hacia Dios como lo más atractivo, o el sufrimiento en su grado sumo como una necesidad.

También aparece el dilema del huevo y la gallina transformado en quién es primero: Dios o Bach. Esto muchos lo han comentado, pero en Cioran alcanza una persistencia que contamina todas las páginas de música. La música como lo único que salva, frente a las lágrimas que equivalen al silencio. La ecuación Dios-silencio-lágrimas trasciende la reflexión ontológica y llega a nuestra garganta. La caída es la llamada de la puerta trasera: la caída de los ángeles guarda símbolos ocultos que nos remiten a la nostalgia de la tierra. Y todo va de nostalgia, memorias, o paraísos perdidos.

El dilema musical nos recuerda a lo cotidiano cuando encontramos en medio del mundo a gente dotada de gran capacidad musical. Yo misma alguna vez he creído endiosar a personas que parecía que coqueteaban con lo celeste al interpretar melodías, “esto no tiene que ser de este mundo, de dónde ha salido esta persona”. No siempre alguien dotado de gran sensibilidad musical que pareciera rozar lo angélico es supraterreno él mismo. Quizá aquí tampoco se visualiza a Bach como semidios, a medio camino entre lo celestial y lo mundano, sino que se le despersonaliza. El episodio de su transfiguración, sin embargo, lo hermana a los santos.

Y estas son algunas pinceladas, un esbozo de lo que podemos encontrar en este libro.
Fotograma de la película Ostrov, gran retrato de los “locos en Cristo”

sábado, 30 de diciembre de 2017

En los márgenes de la biblioteca europea



Voy a hablar de la segunda novela de Jesús Pérez Caballero, porque ya he hablado de la primera y creo que ésta aporta algo nuevo y diferente a la anterior y que, quizá, nos acerca a su estilo desde otro punto de vista, el de la novela social, más real, de lo que está pasando en una época determinada, aunque sazonada con mitos, claro está, porque Jesús Pérez tiene siempre una llamada de otra esfera, la de los seres de un bestiario muy parecido al que habitamos, pero no es tal, o sí. Hay que leerlo para no descubrirlo nunca.


Gandía es una caja de zapatos.
El protagonista lo afirma y se propone expandirse, huir de aquellos trenes submundanos que le hacen ver la vida en un eterno retorno casa-habitación-pueblo, un diablo bizco que le persigue desde las ruinas de alguna discoteca decadente y él le saluda por la ventanilla.
También se transforma en gallo, y en la misma situación en distintos países, una partida de ajedrez (aunque él no dice de qué) frente a un espejo, piezas mirando el círculo y unas a otras, cosidas las anécdotas entre las páginas vemos que va goteando por sus agujeros, como esos edificios que tienen pasajes “secretos” que nos hacen salir por otra calle.
Rumanía, de cabeza pero la misma, es con su Alaska falsa, con sus propios parroquianos, pero que tranquilamente hacen las veces de cualquier bar; así como podemos asistir a la misma misa en cualquier exótico lugar y variando, lo único, el idioma.
Regreso, viaje, exilio, voluntariado, experiencias ¿para qué?, edad bisagra, socialmente señalada.
Aquí el diablo le acompaña, pero se aburre.
Como a Cioran, la vida se le “antoja una ondulación sin sustrato y un devenir sin sustancia”.
Los mundos probables, que luego se alojan en nuestra memoria, sólo cambian de locación, pero son los mismos y se depositan en nuestras profundidades.
Los balcanes no son el infierno, el protagonista desea descender al infierno para que su viaje no acabe nunca, pero sólo lo observa tras las historias de los personajes que se cruzan con él y, por momentos, la irrealidad se funde con las anécdotas, las niñas, las muertes, los colegios de ahora, las extranjeras y el contraste de lo foráneo con lo oriundo. Pero ¿por qué los balcanes? Cualquier respuesta es correcta. La literatura, dice.




Yo con cara de estar en los márgenes

jueves, 14 de diciembre de 2017

dónde está mi Hölderlin

¿Y dónde está mi Hölderlin?
Si estamos hechos el uno para el otro
Yo que también me hacía llamar Diotima en mi tierna juventud

Antes de que nos viéramos
afines en lo insondable
se conocieron nuestras almas

Anoche soñé con Hölderlin
Lo perdía de vista en el ascensor
Él iba en silla de ruedas y yo sólo estaba vendada
Pero las enfermeras también me veían malherida
Nadie quería que estuviéramos juntos ni siquiera en la desgracia
Las caras de los otros enfermos la pesadilla de la historia
Al borde de la esquizofrenia, no hay que jugar con esto
Sin embargo, siempre visualicé una despedida así, como tras la mirilla de la puerta
Supongo que ahora sólo me quedan dos años
Y Hölderlin afirmando con el dedo en alto que los dioses ya nos lo tenían asignado, pero es el mismo crimen una y otra vez.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los deseos en Amherst

Revisito la poesía de Angélica Liddell justo una década después de mi primer contacto con Los Deseos en Amherst. Imagino qué número de ejemplar habré tenido entre mis manos aquella vez, sólo son 400 y van numerados. Las páginas negras y el conjunto del libro va vestido de funeral. Amherst es una universidad de pregrado varonil, quizá admite a jóvenes en su más temprana adolescencia, esto conectaría con la feminidad rota que se arrastra en su libro: los jóvenes la rechazan y ella está impertérrita, en la puerta del colegio, como símbolo de lo que no puede amar, a medio camino de todo, de no madre, de no esposa. Le es negado el placer, pero también le es negado el amor. Ni siquiera se delimita su estado, por estar jugando en medio de dos abismos, no es plenamente un estorbo porque no es senil, pero no está en su juventud. La tibieza de la condición de la mujer que reclama su lugar en la voz poética se nos hace insostenible, transmite esa no pertenencia de sí misma. Lo que tiene claro es lo que hubiera querido. También tiene claro lo que nunca le ha sido dado: ella hubiera querido nacer del pecado y se siente mal en un origen quizá demasiado reglamentado y ordenado. Los insectos son sus aliados y su temor es el blanco, reino negado y prohibido. Ella sabe imitar otros gestos, quedarse en su lugar, el de la negación. ¿Y los amantes? Siempre amnésicos, siempre en silencio. Estatuas de cera. No es lástima querer que la azoten, ella se expone, prefiere mil veces sentir algo y morir ardiendo que apagarse en la consumisión. Ese arte lastimero de mendiga del amor resulta fiel al origen de Eros: hijo de mendiga siempre es pedigüeño, hay que verlo así, con las manos suplicantes; el amor en la mitología griega no carece, pues, de insatisfacciones. En Angélica la líbido es decadente y la cama limpia. Lo malo, lo único malo de todo, el pequeño gran inconveniente: es que ella ama. Ahí se nos quiebra todo al final de la palabra.