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miércoles, 27 de junio de 2012

Lo que no se nombra es el título


La línea delgada que te arrulla en la fiebre.
Un Cristo tumbado en el suelo para ser adorado.
Un enano con gafas en el autobús.
El sudor de la mano que estrecha a la tuya.
Un centro comercial que se está arruinando.
Mirarse los pies con un desconocido en el ascensor.
Cualquier libro comido por polillas.
Una colección de fotos tamaño carnet que parece retratar distintas personas,
pero es la misma.
La aparición del Presidente de la República en todos los canales.
El olor a pimienta en perfume de varón.
Cualquier retrato de Dios con barba, un triángulo sobre su cabeza y dentro del triángulo una paloma.
Shostakowicz cuarteto de cuerda número 8.
Los muñecos de yeso que representan duendes en los jardines.
Una mandrágora, un jengibre, una trufa o cualquier tubérculo, seta o ser telúrico que parezca un muñón.
Las canas o calvicie en la cabeza amada.
Un gato debajo de una mesa en una cocina vacía.
Un señor en silla de ruedas avanzando lentamente, moviendo las ruedas con sus manos y recorriendo un salón amplio, solo.
La ropa de dormir de tus abuelos.
Los juegos con tiza en el suelo tipo “Rayuela” o “Mundo” en el año dos mil y algo.
Una compresa limpia abandonada en la calle.
La televisión encendida toda la noche en una habitación en la que nadie duerme.
Los huesos de pollo que quedan tras las comidas de personas adultas.
Las formas ahuevadas u ovaladas de entre todas las formas geométricas.
La neblina de Lima a las siete de la mañana en época de colegio.
Una pecera abandonada con un poco de agua muy verde.
Cualquier pez que no esté nadando.
Los sótanos y los áticos.
Un artilugio que venden en los sex shops para ponerte la nariz como la de un cerdito.
Un erizo cruzando la calle, junto a un descampado, por la noche. Un erizo, no una rata.
El parhelio cuando es llamado “chien du soleil”.
La entrada de la novia en la boda y que todo el mundo se gire.
La danza del derviche tembloroso.
Las venas en alto relieve.
Los que se sientan delante de las puertas de sus casas en un banquito o silla que han traído expresamente para ello.
La cornucopia. No sólo el referente al que señala, sobretodo el sonido de la palabra.
El soñar con manicomios o con caracoles.
El volver a una casa de la infancia y que parezca una casa de muñecas.
La frase bíblica “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
El olvido de cada momento sin importancia en el que retas a la memoria proponiéndote “recordar este momento aleatorio”. No se puede engañar a la memoria.
El pensamiento, que se parece a cualquier otro pensamiento diurno, mientras buceas en una piscina.
El momento nanoinfinitesimal que empuja a la normalidad con dedos de vidrio, antes de que se produzca el accidente.
Las celebraciones en las que te escondías en el baño.
La alegría de la que todo el mundo se escandaliza. La alegría sin pizca de tristeza, la de la gente vulgar.
Los momentos de ensoñación con uno mismo en los que parece que no estás solo porque te has diluido.

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