lunes, 9 de marzo de 2026

Nueva novela de Jesús: XXVI o el gran hongo flotante

Voy a iniciar tardíamente mis andanzas de reseñas en este blog con la nueva novela de Jesús Pérez Caballero, llamada XXVI (por el siglo en el que se desarrolla) de editorial Sloper. Sólo he estado escribiendo en Substack este año, 2026, pero como las anteriores novelas de Jesús (también de editorial Sloper) las he reseñado por aquí he considerado lógico seguir en esta línea para cerrar la trilogía.

Aquí la reseña de la primera novela:

https://infausta.blogspot.com/2017/10/las-brigadas-prosublime.html

Y aquí la segunda:

https://infausta.blogspot.com/2017/12/en-los-margenes-de-la-biblioteca-europea.html




Empiezo señalando que esta novela para mí es una neo picaresca, con trazas de un futuro romanticismo hipotético en el que se pudiera escribir sobre personajes postpunks que son tunantes en un contexto de exilio y máscaras, con pestes postapocalípticas y ríos espesos con cadáveres en sus lechos. Porque ¿qué otra cosa no es el becchino sino un Lazarillo de Tormes del futuro o un protagonista tunantesco como el de Eichendorff? 

El becchino es el sepulturero, profesión heredada de los que ya lo eran en la peste del XIV, y que en el XXVI dan una sepultura ordenada a los muertos por la dominada, una maldanza a lo Covid 19 pero en más crudo y mortífero, que se cobra las vidas de los habitantes de la Tierra del futuro, una humanidad como un hongo flotante, como dice el autor. Pero es un personaje al cual vemos atravesar por distintas profesiones: se convierte de sepulturero en redactor y de redactor en soldado, para al final acabar, otra vez, como becchino en sus últimos días, profesión heredada de sus familiares.

 

Sabes que, desde que te has hecho becchino, y ahora eres uno, vas a tener que remover muertos, para volver a enterrarlos más profundo, porque se están moviendo todavía, pues sufren al no estar enterrados según la costumbre funeraria que nosotros mantenemos.

 

El becchino, personaje que vemos desde la candidez de estar aprendiendo del mundo, hasta la sequedad del paso del tiempo (más de cien años), se encuentra como un personaje de Camus un poco a expensas de la deriva de sus tiempos: si reacciona de una u otra manera es más por evitar consecuencias que por un idealismo o lealtad consigo mismo. Si se va de un entorno es porque todos se han ido, si deserta es porque lo echan, si vuelve a aparecer en algún lugar es porque no tiene otra opción.

Pero es que en esta distopía de las profesiones no queda clara ninguna utilidad... Cuando preguntan por la utilidad de los cuadernillos que redactan los periodistas del inicio de la novela responden: "Nadie conjura mejor el fatalismo que nosotros". Ni saber el para qué ni saber el de dónde ni el hacia dónde. Un gran hongo flotante. La deriva. Aquí, los monstruos y lo siniestro son los trozos humanos que se arrastran, las fantasmagorías de lo que son los hologramas, o los clones dispersos al azar. 



"Creo que el próximo demonio será un clon", dice el becchino. El viejo responde que si el demonio es un clon significa que el demonio ya estaba antes de ser un clon. "No -responde el becchino-, lo demoníaco vendrá por el hecho de ser un clon de alguien. De hecho, en la Biblia, Satanás es un clon de Dios, ¿o no piensas que en los textos se quiera borrar precisamente eso, que se ve tan claro?."

Para la conformación de lo siniestro como subversión de lo que entraría usualmente en nuestro entorno familiar tenemos flagrantes: los jóvenes, los vestigios de supermercado y sus carritos, unas máscaras de Darth Vader, unos cactus, varios animales, etc, etc. Pero otra vez están volcados al revés, junto con mutaciones o mutilaciones (sin lo gore) y junto con cualquier transformación de un futuro que no sabemos para dónde ha devenido. 

No voy a hacer un resumen  porque lo más atrayente de esta novela es la forma en la que está contada y que te hace sentir esa brumosidad del mundo que describe. De Jesús Pérez he leído esta trilogía y el ensayo de Her, personas, máquinas y derecho (Tirant lo Blanch ediciones) y como es mi amigo lo voy a presumir por aquí porque ya que tenemos una amistad atemporal como nuestras fotos, si se hace famoso (famoso de verdad como esos que son best sellers y llevan esta novela al cine) ya tengo yo una demostración de que lo conocí antes de todo eso.


En la presentación de su novela anterior hace nueve años

Ahora, 2026


 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Mi último post del año

 

Tras el ocaso de mi blog debido a la aparición del substack en mi vida, este 2025, las entradas de aquí se han visto mermadas en favor de mi otra página. La verdad es que el concepto no ha sabido diferenciarse bien entre una y otra versión de mí misma, y en substack al final también se han plasmado reseñas. Y aquí, a su vez y como en la otra, se hace reflexión al margen de los libros, así que no se me da bien compartimentar mis dos dominios.

Pero para hacer una última entrega anual, me es más visual no abandonar el blog, ya que aquí se ve mi trayectoria desde sus inicios y no quiero dejar de lado este espacio como cuando las webs acaban por ser desiertos de elefantes, ya no solo por las visitas, sino por su propia producción. Es preciso hacerle un hueco, y que sepa compartir con su hermano gemelo.

Hace unos minutos he cerrado las páginas de una novela que tiene mucho hype. Pertenece también a la biblioteca de Alfonso Vila, es decir, es otra donación de mi amigo escritor-fotógrafo-historiador. Yo sabía de esta novela escrita por mujer joven (1989) y publicada por una editorial bastante conocida: Libros del asteroide. Se trata de la novela de nombre bonito: Comerás flores.



He devorado esta novela y todas sus flores. Entiendo el hype. Pero estoy tan lejos de este tipo de escritura. Nunca leo libros así, la verdad. Soy de degustar una forma, del placer de la forma por la forma misma. Los libros que he reseñado en mi substack este año son todos así: obras de filigrana. Comerás flores, por el contrario es muy actual (habla de la violencia machista invisible que hace carámbanos de tus huesos) pero es todo fondo, contenido. No hay espacio para mí aquí. Es cierto que he experimentado el placer de leerme un libro como quien ve una peli: del tirón y en unas pocas horas. Pero no siento que me cambie a niveles de placer estético o de reflexión filosófica. Tampoco paladeo metáforas ni regurgito mitos o joyas entre sus páginas. No sabía qué encontraría y he visto que las grandes editoriales apuestan por unas buenas hamburguesas que gustan a todo el mundo. Y yo soy adicta a una granadilla, con pepitas y que comemos solo unos pocos. No sé. En realidad yo también soy de hamburguesas, supongo que cada cosa tiene su momento. ¿Dónde están mis congéneres, mis amigos neoulipenses? Quizá no ha llegado la editorial para nosotros o ya no tenemos cabida, son otros tiempos.

Me gusta la novela, pero no como las novelas que me gustan de verdad. Supongo que está bien para pasar el rato, exactamente como una película dramática o una indie con momentos divertidos como esa de una pareja que se conocen en una fiesta de disfraces, él de águila y ella de tiburón, no recuerdo el nombre.

Como libro que subrayaría de este 2025 (porque no los he contado ni he hecho ranking) sí que mencionaría Presencias irReales de Ana Carrasco Conde. Creo que lo he referenciado más de una vez cuando he escrito sobre otros títulos, es un buen libro de cabecera como en su momento fue el de Barthes con su glosario del discurso amoroso, pero con lenguaje fantasmal y sobre el lenguaje y sus fantasmas.

Y te sirve no sólo para hablar de libros...

El otro día navideño a mi abuela de 96 años le preguntaron qué soñaba. Sueño con mis padres, con mis abuelos, con mis ancestros, dijo. Se le notó chiquita entonces, y a mí se me hizo que todos volvemos al inicio cuando vamos acercándonos al final y que es una forma de cerrar el círculo. Y pensé en los fantasmas del libro de Ana Carrasco y que la memoria es un blandinblú, un slime...

sábado, 4 de octubre de 2025

El último retrato siempre es el más certero

 Porque somos una acumulación o, aunque inacabados, la última versión de nosotros puede que lo atine todo más precisamente que nuestros intentos previos, nuestras imágenes del camino que van conformando el resultado final. Como esos fotogramas de las películas de Charles Chaplin, que luego puestas en conjunto adquirían movimiento y entonces: "he ahí la película".


Estuve pensando estos días en lo equivocada que estaba cuando era niña. Por entonces pensaba que los recuerdos de los mayores iban por gradaciones: mientras más rebobinaban hacia su pasado primitivo más lo veían borroso y mientras más adelantaban sus recuerdos por edad se iban clarificando, exactamente como una escala de colores en las que los tonos más vibrantes serían los hechos que se iban acercando al presente y los tonos más difuminados serían los que acercarían en el tiempo al pasado más remoto. 


presente-pasado cercano-pasado lejano-pasado prístino



Ese abanico de colores representaría la gráfica mental que se me ocurría a mi que era como funcionaban los recuerdos. Cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que, al menos en mi, esto no ha ocurrido así. Siento nula gradación de intensidad con respecto a mis recuerdos, o en todo caso, no siguen el esquema de más nitidez mientras más cercano sea. Siento una anarquía vivencial en mis recuerdos, es decir, son vívidos según les da la gana, he podido sentir un recuerdo del colegio y del jardín de infancia de la misma forma en la que tengo un recuerdo de hace pocos años o meses o incluso hasta días. El sentimiento del recuerdo, su fenomenología, no observa esta jerarquía que yo imaginaba en mi más ilusa infancia. Lo más curioso es que me esté dando cuenta ahora. El recuerdo es en sí mismo un color nuevo y cualquier recuerdo lleva el mismo color.

Pasado, indolente,
el tiempo irá dejando atrás
tu pedernal figura,
hasta que el viento y la lluvia
hayan borrado los ojos
de todas las estatuas.

José Luis Jover en este último retrato, su poemario reciente editado en Pre-textos llamado Último retrato del autor, nos llama estatuas, nos conmina a la imperturbabilidad del proceso de encontrarnos y reencontrarnos. Las cosas son así, parece decirnos, y si no estamos muertos nos duchamos y ya está y a seguir con el día. Sigue siendo el José Luis Jover de los juegos de palabras, el fan de las greguerías que ya lo demostraba en sus otros libros, aunque solo fuera para acompañar sus collages; no es menos poeta en sus juegos aquí, quizá un poco más, un poeta que aún tiene que asomarse para decir algo que se le ha venido urgente sobre la memoria. Cuántas veces vamos a volver a retractarnos sobre ella, me digo, cuántas veces más (si es que sigo con vida) reformularé impresiones y añadiré otras metáforas, la última metáfora, la metáfora final y la definitiva, con la que uno se pueda ir a dormir tranquilo.


A veces la memoria se pone medio loca,
lo revuelve todo y crea
conexiones caprichosas
entre recuerdos que nada tienen en común.
Pareciera que estuviera 
proponiéndome un juego,
pero yo no puedo jugar,
estoy cansado
y me duermo.


Certero Jover, evanescente y rápido como un holograma, suave humor agudo, habla de juegos, recovecos de la memoria, ese magistral juego al escondite, pero que se le aparece a un hombre mayor, a un hombre que siente la sombra de sus últimos días. Estoy cansado, dice, y el tono es tan real, de nuestro tiempo, de una persona que ha vivido y que puede hablar sobre ello sin temor a equivocarse y por eso las metáforas son tan reales que te aletean en la cara y te hacen decir: solo tienes que leer a personas mayores cuando quieras leer sobre la memoria. Y entonces te sientes mayor y agradeces el don de la clarividencia que te viene regalado cuando pasas ese umbral de la adultez y saludas y sonríes y aceptas tu turno para la siesta, para ver la tele infinitamente por la tarde, porque ya solo toca esperar, como espera mi abuela nonagenaria, y por eso la tele existe y sólo la tele puede existir jamás porque a veces la memoria se pone medio loca y entonces qué hacemos.

Lo que no se ve no es menos cierto, lo transparente puede que en realidad sea opaco, los fantasmas de la memoria aparecen de una proyección desde lo hondo, de lo profundo, una profundidad conflictiva, ya que ahí, donde descansa la memoria y el pasado también está atropellado el recuerdo y el olvido. La lectura del poemario de Jover me recuerda al libro de la filósofa Ana Carrasco Conde, Presencias irReales, en el que trata las diferentes formas de fantasmas y monstruos en un ensayo que nos hace reflexionar en torno a estos límites que pueden dársenos difusos. Creo que ya he hablado varias veces sobre este ensayo en mi blog o en otras partes, pero me ha remitido algún y otro poema de Jover en su ultimísimo retrato al ensayo mencionado y, encima, señala la fealdad y tristeza del "amistoso" fantasma de la melancolía. No hay que fiarse de un fantasma que se te acerca a darte la mano así. Y yo que creía que más bien era un poco apático pero hermoso, el de Jover es un querubín venido a menos, también es aceptable que lo sea, modo ángel caído, fantasma desdichado.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

"Quipus", de Ximo Rochera

Un caluroso domingo de agosto es la fecha que elige Sánchez Ferlosio para retratar el Jarama. James Joyce utilizó también un día, el 16 de junio, conocido por todos como Bloomsday desde entonces. Los personajes que transitan Quipus están maquinando sus escapes (mutis por el foro, momentos de inflexión o puntos suspensivos vitales) en esta misma fecha, varios años después entrados los dos mil. 

Cuando encuentras una historia que te cuenta lo que alguna vez se te ha pasado por la mente querer descifrar (historia que resuelve preguntas, dando posibles explicaciones, una de tantas, todas válidas) y eso que te cuenta te hace sentir un in crescendo porque te emocionas de lo que vas descubriendo, así son las historias que no hace falta que contengan fantasía para que te puedan maravillar. Hablo de las que este compendio de relatos contiene, hermanando relatos de personas desencontradas en sus lazos fraternos: en sus desencuentros las desesperanzas o la realidad más inmediata, a la cara y siempre con un toque de dulzura. Porque la melancolía es así, triste (y cómo describirías a la melancolía sino, triste, con la pizca de azúcar que nunca rebaja su amargor, sino que lo potencia en ese glukupikron del que Anne Carson hace estandarte), aunque te esté contando cómo se apaga la vida de alguien. Y quién no ha imaginado los derroteros de las personas grisáceas con sus trajes uniformados de jirones, sus pelos enmarañados y sus pestes en los cajeros por la noche. Más aún, te has puesto a pensar en cómo ha devenido mendigo un señor que antaño sería otra cosa, porque nadie nace mendigo, sino que la transformación se da como en esas pelis de zombies cuando los zombies se alimentan de otros zombies y no en humanos y acaban produciendo un ser amorfo peor. O eran vampiros. En cualquier caso, la metáfora sirve para ilustrar al ser en el cual nos transformamos en el ocaso de nuestras vidas o por alguna decisión desafortunada... no siempre teniendo posibilidad de elección. 

Hay poesía en la física o es que la física a veces es poesía, de la misma forma que hay belleza artística y perfección en la matemática de la música (macro), como en el universo o en una composición sublime (micro). En Armonías de Werckmeister, nos lo contaba Béla Tarr a su modo, en blanco y negro y haciendo uso de cadencias, silencios y cortes abruptos. En Quipus uno de sus personajes tiene un pensamiento similar: "En el instituto odiaba la física, siempre le gustó más la música y las artes, pero posteriormente descubrió que la física era poesía" . Y cómo no puede ser poético todo esto si la teoría de cuerdas está tan cercana al Misterio porque aún no puede ser corroborada y es hasta señalada a veces de pseudociencia, incluso se dice que su verdad oscila como un péndulo entre lo tajantemente cierto y la equivocación más absoluta, pero que de esto no se puede asegurar nada. Su magia radica en esta incertidumbre.

Houellebecq llamó a una de sus famosas novelas Las partículas elementales. En Quipus estamos viendo la conexión entre distintos relatos que vendrían a significar también estas partículas en una analogía hasta visual con los nudos de los quipus ancestrales. 



A veces lo que pensamos que son casualidades no son tanto casualidades sino hechos que responden a una dinámica superior, una conexión invisible que en estos relatos Ximo Rochera aborda con la analogía de la teoría de las cuerdas. Es curioso, porque sus personajes a pesar de ser muchos personas comunes y corrientes de algún modo participan del interés por la física o son ellos mismos estudiosos de la física y desarrolladores. Así como pensamos en las metáforas de la vida cotidiana podemos pensar en las casualidades que se nos presentan que responden a un poder invisible mayor, como si de hilos que nos conectan se articularan nuestras experiencias. Podemos no saber que estamos participando de esta conexión, a menos que venga un relator omnisciente y nos disponga cómo X persona se ha cruzado con Y persona en algún momento y de algún modo. Si nuestras historias fueran contadas así... cuántas casualidades veríamos expuestas y reveladas. Como la de la teleoperadora que se encuentra dentro de miles de llamadas a una antigua compañera de piso. O cómo una llamada puede interrumpir un momento decisivo, llamadas que van dejadas al vacío o que no se llegan a conectar. Son estas metáforas de las ondas que se transmiten para poder comunicarnos telefónicamente (no las vemos, pero existen) bastante precisas a la hora de significar minúsculas partículas que no podemos ver tampoco, pero en las que creemos por la física, más allá de electrones y protones, los quarks, tan misteriosos y escurridizos a la hora de experimentar con ellos.

Si no fuéramos puntos, sino hilos...

En Quipus hay distintos personajes, de clase trabajadora o incluso en situación de pobreza alguno o de extrema pobreza, algunos extranjeros inmigrantes, latinoamericanos y que acaban viviendo en Valencia. También hay alusiones a escritores centro y sudamericanos como José Emilio Pacheco y Roberto Bolaño. Se da, pues, un fiel reflejo de lo que sería esta multiculturalidad que en España se está teniendo ya desde hace un tiempo y cómo es que los caminos de estos personajes se entrecruzan aún viniendo desde tan lejos, que nadie se libra de estas casualidades. Es que si no hay nombres sueltos, si vibramos en una cuerda continua, estamos afectándonos los unos a los otros constantemente; parecemos puntos, pero puede que no lo veamos del todo bien en nuestra limitación. En Quipus vemos esta teoría unificadora plasmada en distintos casos, a cada cual más interesante. Debo confesar que la lectura de este libro me ha entretenido como las series adictivas que ves del tirón, pero en este caso a la vez alimenta.

martes, 15 de julio de 2025

Coches vertiginosos transitan tus venas

El poemario que presento en esta oportunidad es el libro de un amigo consustancial, a la manera en que eran padre e hijo consustancial la dupla Leopold Bloom y Stephen Dedalus, así, uno puede tener amigos consustanciales sin saber que los tienes, y, otra vez, como reflejo de la historia joyceana en la que ambos, Bloom y Dedalus no acaban de encontrarse a lo largo de distintos parajes (ambos se entrecruzan en la imprenta, en la playa, en las calles de Dublín...) para ver cómo hay un hilo invisible (siempre son invisibles esos hilos) que los reúne al final y solo entonces entiendes que hay un diferente tipo de comunión entre ciertas personas que aparentemente no se han conocido aún.



En este caso la literatura. Como si leer algunos autores te pudiera predisponer a ello, a urdir caminos que convergen en libros y en calles. "Un coche violento a punto de sufrir un terrible accidente" (ediciones Contrabando 2024) tiene algunas de las páginas negras como mi poemario y como alguno de Angélica Liddell que yo me sé, pero la mayoría de nuestros escupe letras sigue escogiendo el blanco, ese tan habitual camino aburrido de luz. Cuando ambos hemos querido retratar la noche "pero a mi noche no la mata ningún sol" no hay otra coherencia posible, sólo la dejamos flotar, no ponemos piedras a los cadáveres para que se queden en el fondo, al contrario, salpicar de negro y emborronar obsesivamente, como lo hace Heme Brazo, seudónimo de Mauricio Ruiz, escritor afincado en Valencia. Me encanta reseñar escritores que habitan mi territorio y sé que si hubiera gente que conectara (siempre en un tiempo hipotético, porque no me consta tener lectores de mis reseñas) con mis lecturas habituales podría simpatizar con lo que voy a exponer aquí.

El poema que abre estos salmos de la amargura es el Génesis de la disipación; y ve que el sueño es bueno, como una apertura a una creación diferente, la de nuestras pesadillas. En estos territorios hay toda una nomenclatura particular, como una Alicia en el país de las pesadillas, así vemos transitar al yo poético, con hoyos incluidos en los que no teme tropezar, de esta forma el pie se balancea y permite que ciertos elefantes se sienten en su vientre. 

La razón se presenta postdiluviana siempre a veces

cuando ya no sirve para nada 

Como una invitada que se requería al inicio, pero ya se han llevado todos los cadáveres y limpiado el escenario, la razón no nos sirve, ya es ridículo que aparezca aquí. Así se abre paso a los embates de la razón inútil y de la memoria, pesada, punzante, muy mala gente... sólo el apoyo del gran ente químico en sus diferentes formas, a modo de comuniones. Es un escudo y una panacea, es el farmakos griego, veneno y alivio. Y uno de los poemas más bonitos, porque también hay belleza en la oscuridad química, retrata así el poder defensor del Diazepam:

Tu cuerpo, Diazepam, es el muro que impide a la piara del mundo meter su pezuña en el nervio de nuestras cabezas

Amén.


Seguimos avanzando y encontramos el conjuro del fuego, una purificación invertida, como si nosotros disputáramos a la memoria nuestros restos y este litigio no diera a lugar, nace de nuestra propia carne carbonizada, nos consumimos y ese fantasma nutrido de lo que fue nuestro cuerpo es la memoria, o quizá lo que se queda pegado a esta carne. Tan dentro y tan fantasía al mismo tiempo (porque la memoria es terreno de la fantasía). Dios vomita a los tibios, pero Diazepam los celebra. Es su reino el de los mediocres, de los fracasos, de todos los "losers" sin patria. Aquí no se nos juzga por no poder, por no llegar, o destacar. Aquí se está adormecido cuando no se está sufriente.

La memoria y el recuerdo son paradojas. El yo poético intenta expulsarlos con sus conjuros contradictorios, con el oxymoron que es el único intento posible de aproximación a lo que no existe o no tiene un contorno definible o real, o al menos no de este mundo. 

El verdadero Génesis está al final. Justo antes del Apocalipsis.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Somos madres y no todas estamos desnortadas

 Esto no es una reseña literaria.

Me acuerdo que la otra vez que di a luz, cuando me estrené como madre hace ocho años, no había tanta discusión en redes sobre lo agobiante que era ser mamá. Es cierto que en el aire se respiraba mucho secretismo y una bruma que ensordecía la verdad sobre el alumbramiento: descubrí todo lo que no se nos solía contar (hemorroides, cura de episiotomías, violencia obstétrica, mastitis...). Pero ahora sí que leo esta advertencia por todos lados y no nos veo tan carentes de información sobre los inconvenientes y sobre todo lo que puede ir mal. Creo que hasta hay sobreabundancia de maldiciones en torno a la maternidad que ya se está pasando de rosca: se está convirtiendo en un espantabobos, que adquiere dimensiones de tremendismo total.

Ni lo uno ni lo otro.

Creo que haría falta un punto medio, en el que no se silencie pero tampoco se sobredimensione. Ahora resulta que poner mensajes por todos lados de: sé feliz, no seas madre (lo he leído por doquier en instagram) sea lo más pertinente, adecuado y esperado. Madres que dicen: es verdad, soy madre, lo avalo. Y chicas que rechazan la maternidad con un espanto total, casi con pavor. 

Voy a contar mi experiencia, que no es la general, pero tampoco será la excepción ni un caso rarísimo: no he dejado de ser yo. Así como suena y con todas sus letras. Suelo leer también que las mamás que se lamentan de ser madres hablan del poco tiempo para dedicarse a sí mismas. Pero también las que no se quejan dicen que son otras personas, que el proceso de identidad les afecta, les transforma... No he sentido nada de esto y no pasa nada. La verdad es que me encanta que haya sido natural y sea igual antes, durante, después. Y nunca fui una mujer preparada para esto ni entraba en mi obsesión de vida. Es curioso cómo el "dejarse fluir" tan trivial a veces, en "esta cosita" que es el vivir a veces lo borda. Y así es como poco a poco entró en mis planes y con 43 tengo dos niñas, de 8 y 1 año, planeadas, sin problemas en sus concepciones (de forma natural y sin largas esperas, ni tiempos de búsqueda) y ambas con totalmente diferente forma de maternar:

Con la primera lactancia materna exclusiva hasta más allá de los dos años y medio, con muchísima leche y sin problemas de agarre ni succión en ningún momento. Destete no respetuoso, o no entendido como respetuoso para las formas políticamente correctas de maternar. Fui yo la que la obligué a dejarlo contra su voluntad porque no quería seguir amamantando. Todo iba perfecto, pero no quería una niña mayor tomando leche de mi más tiempo. Lo de llorar por separarme yo de esa forma de alimentar no pasó, por supuesto (hay algunas madres a las que les cuesta más a ellas que a los bebés, supongo por el papel que sienten que cumplen, la importancia con respecto al bebé o vínculo que tienen, me gustaría explicar un poco esto desde el punto de vista de una madre como yo que viví esto, dándole exclusivamente el pecho y siendo refugio anticaídas, antilloros y antitodo. La panacea de la teta. No he llegado a disfrutar de ese lugar, lo hice porque era lo que se supone que se debía hacer, pero ese extraño masoquismo de "bello pero doloroso" no lo viví, aunque ni siquiera me doliera absolutamente nada. Nunca tuve dolor por amamantar, todo era tan fácil, pero no, no es lo mío). Ella siguió tocándome el pecho varios años después, llevo un par de años que no lo hace y no sé si me parece ideal que hiciera eso...la verdad es que no, pero cada una...

No me gustaba dar el pecho en público. Tenía que encerrarme en los baños de los sitios a los que fuera. Una vez se me obligó a dar el pecho en el autobús para callar a mi bebé. Lo odié, no hice caso. Me decían "tápate si quieres". No quería, no me sentía cómoda. Para mi amamantar era un acto privado, entre ella y yo. Casi ritualístico. No quería sentirme ni la transgresora ni la que naturaliza nada. Yo naturalizaba de puertas para dentro, pero aunque sea algo ciertamente cotidiano, para mi seguía siendo mi cuerpo y me parece terrible que se me critique por mi particular tipo de pudicia.

Con la segunda tomé la pastilla que corta la leche nada más dar a luz. La lactancia artificial me ha gustado bastante porque ambas partes: madre y padre, se hacen cargo por igual y no soy siamesa de mi hija. No siento un apego diferente de ella a mi por este hecho. Desde luego ambas hijas me han salido muy independientes y la primera a pesar de estar pegada a la teta siempre nunca lloró por separarse de mi cuando empezó a ir al cole o cuando se tenía que quedar con sus abuelos y ninguna tiene mamitis.

Hay gente que dice que la transformación es total. Para mi no. Sigo siendo la que quiere ir al jiujitsu, aunque en este periplo haya parado años entre maternidad y maternidad y en vez de estar avanzada y ser una jiujitera de diez años de trayectoria siga siendo una newbie, una eterna principiante. Da igual, en el trabajo uno también se reinventa y cambia y se vuelve a formar. Me lo tomo así, como si fuera otro trabajo y en la vida tenemos bastantes dimensiones que pueden convivir una con la otra. El año que viene me gustaría retomar clases de arpa y clases de ruso. Tengo todavía bastante vida para ir empezando continuamente, a menos que me muera inesperadamente, claro. Pero un hijo crece, un bebé no dura más que un suspiro, un niño es en gran parte independiente, en más de la mitad de su día está en el colegio, además, y uno lo echa de menos, las madres no somos madres todo el día, muchas van al gimnasio, muchas quisieran leer o tener tiempo para ellas, pero no es por los hijos, es por el capitalismo que no podemos hacerlo más. Desgraciadamente, tenemos que trabajar para vivir y tenemos que ir de aquí para allá y centrarnos en asuntos bastante aburridos, serios, terribles. No conozco berrinches ni rabietas, si tienes eso, no sé cómo lo afrontaría. Para mi, mi hija la mayor ha sido un bálsamo y no tormenta, ha entrado en mi vida tan naturalmente que es parte de ella sin suponerla una sacudida.

Mi identidad no está más ni menos clara por ser madre. Es simplemente la misma identidad confusa de cualquier ser humano que ha leído Ser y tiempo. La ontología transmite este estado de tribulación en sí misma, pero lo tendría si fuera hombre también.

Es fácil ser madre si es un proceso consustancial a tí misma, aunque no supieras que eras madre antes de serlo.



martes, 6 de mayo de 2025

Wenceslao Ventura, poesía

 



Resina se llama este poemario publicado por ediciones Contrabando, que nos gusta con ese identificativo color cieno, encaja con el título de este poemario y con todo lo orgánico, como si quisiéramos escarbar la sustancia que obtenemos de algo que rascásemos con las uñas, o lo que se destilara de alguna corteza cualquiera, que luego pudiéramos transformar. Lo telúrico y sus óleos, sus protecciones naturales, sus barnices engañosos y sus propias conversiones en callo para resistir.

Los árboles abrazan como ancianos huesudos, imágenes de lo antiguo que se erige y alcanza la luna, sarmientos por brazos, brazos sarmentosos del tiempo, siglos, como la noche o el mar. El espacio nocturno abraza la calidez de la creación, mientras el mar acuna la memoria. 

Lo telúrico es desde lo que brota algo parecido al amor, pero no tiene miedo de llamar amor: esto es amor, dice, de la tierra y el barro, desde donde sale todo el ecosistema de bichos y bacterias contra el que nos defendemos. Pero con agua siempre, en formato lluvia deteniéndose, ante lo evidente del paraje verdoso. Libro vida, marrón y verde, activo, pulsión vital. 

La noche alberga lo irracional. Esta voz lo anuncia: abandonan el sustrato del sentido/ nos arrastran hacia la noche. Caldo de cultivo de la palabra, donde se ocultan los sortilegios y donde la sinrazón se explaya. Es, pues, lugar del laberinto, de aquel techo sobre el que no para de llover. La voz poética lo delimita y lo deja de delimitar cuando intenta salir de él: la mazmorra del sentido. Paraje de abundancia para congregar todos los símbolos. 

Otro espacio significativo: el mar. Que pareciera que el poeta nos congregara al episodio proteico de Stephen Dedalus en el Ulises. Ahí los caparazones en la orilla, de las cuencas de las palabras vacías. Pero también lugar desde el que performa y arroja fardos. El yo poético es un camaleón a lo Pessoa, sus máscaras son las del actor en su tercer acto, pero también el actor de la vida cotidiana, como propugnaba Erving Goffman. Salir de escena, con sigilo, dice el poeta, escondiéndose tras un largo epitafio. 

Detrás de toda esta celebración a la vida oscura: por fin una luz que se entromete y no para de dar señales de claridad, así es el ritual de la negación, así le asisten los Claros en el bosque: Cierro los ojos / hasta el blanco. Pero también los anuncia directos: Claridad de los hilos solares. Esta luz es una promesa, es la luz del "hacer no haciendo" que dice: No querer es poder, como un taoísta que renuncia a la voluntad y se aísla en la palabra.

Y esta extraña esperanza en la que la tristeza espejea, pero aún hay amor. En un perpetuo otoño. Siempre.