sábado, 6 de junio de 2026

Diario de un cura rural, una reseña oldy

 

 "Pero de qué os serviría fabricar la propia vida si habéis perdido el sentido de ella."

Bernanos, en boca de uno de sus personajes, da en el clavo con algunos de los dilemas más actuales, aún ahora, después de haber conseguido literalmente fabricar vida en laboratorios, sigue doliendo esta afirmación como cuando era profética. Podemos leer este diario en clave mística y encontraríamos una serie de acertijos a cada cual más espeluznante. El otro día un niño kazajo me dijo que prefería tener su edad que ser un adulto, aunque el adulto pueda hacer lo que quiera, porque si ya está en la mitad de la vida no le quedan más que unas pocas décadas por adelante, y que en cambio, teniendo trece años, tiene toda la vida. Si es que no tienes un accidente mañana, le contesté, al menos yo tendría más de cuatro décadas vividas si tengo ese accidente. El punto de vista del niño, sin embargo, apuntaba a lo incierto que es el futuro desde el ocaso, de facto se cuentan con menos posibilidades de años. El niño pensaba sobre seguro y esa perspectiva de años limpios por delante lo tranquilizaba y alegraba.

La minúscula muñeca de cuatro años hará las delicias de un chiquillo durante toda una temporada y en cambio un hombre maduro bostezará ante un juguete de quinientos francos. ¿Por qué? Porque ha perdido el espíritu de su infancia. Pues bien, la Iglesia ha sido encargada por Dios de mantener en el mundo ese espíritu infantil, esa ingenuidad. El paganismo no era enemigo de la naturaleza, pero sólo el cristianismo la engrandece, la exalta, la coloca a la medida del hombre, del ensueño humano.

El cura de Torcy profiere esas palabras al protagonista de Diario de un cura rural, para acercar al cura joven al misterio verdadero de una iglesia cristiana que tiene como misión preservar el cometido de toda la filosofía: el asombro infantil. La alegría del niño radica en su debilidad, en su indefensión. Tanto la vejez como la infancia son las dos grandes pruebas del hombre, en las que se hace frente al dolor en plena vulnerabilidad. Aún así se conserva la pureza de su misma impotencia: está desarmado, dice el cura, y sin embargo la infancia siempre se nos aparece como el lugar de lo esplendoroso.
 
Su equivocación no fue combatir la suciedad, sino haber querido aniquilarla, como si fuera posible semejante cosa. Una parroquia es forzosamente sucia. Una cristiandad es más sucia aún. Aguardemos al gran día del Juicio y veremos lo que los ángeles tendrán que sacar a paletadas de los más santos monasterios… ¡Qué vaciado de letrinas! Eso prueba, pequeño, que la Iglesia tiene que ser una buena ama de casa, un ama de casa razonable. Cosa que no era mi buena sacristana. Una buena ama de casa sabe que no puede hacer de su hogar un relicario. Tales cosas no son más que ideas y pensamientos de poeta. 

La historia sobre la limpiadora de la Iglesia que limpió tanto que se humedecieron las paredes y de ellas salió moho sirve como parábola de que una hiper limpieza también puede llegar a ser tan negativa como la suciedad. Razonable es una posición que no cae en exageraciones, que va de la mano de Aristóteles con su justo medio.
 
Pero no ha sido mi conciencia la que he podido ver con esta mirada interior, ordinariamente tan reposada, tan penetrante, que desprecia el detalle y va directamente a lo esencial. Parecía resbalar por la superficie de otra conciencia, hasta entonces desconocida para mí, por un turbio espejo que me hacía sentir el temor de ver surgir un rostro. ¿Qué rostro? ¿Acaso el mío...?
Cada cual debería hablar de sí con un rigor inflexible. Pero al primer esfuerzo para comprenderse, ¿de dónde surge esta piedad, esta ternura, este aflojamiento de todas las fibras del alma y estos deseos de echarse a llorar? 

Palabras que recuerdan a los versos de Pessoa en Tabaquería, es quizá esa otra conciencia la máscara que tenemos pegada a la otra máscara, cuando intentamos revelar nuestra verdadera apariencia ("verdadera" es una ilusión aquí), ese juego de espejos que vuelve incierto al rostro. Una identidad poliédrica, un centro difícil de definir por inefable. Y es la interrogante que se me suele presentar cuando me requieren precisar una teoría del alma, una composición o disposición de lo imposible. De dónde surge y rigor son antítesis, juego de incompatibilidades.
 
 
 

lunes, 27 de abril de 2026

Salomé de Strauss en Les Arts

En junio de 2010 fui por primera vez a ver una ópera de Salomé. Fue la de Zubin Mehta en el Palau de les Arts. Dieciséis años después he vuelto al mismo sitio a una nueva versión de Salomé. Buscando imágenes y vídeos de aquella que marcó mi imaginario y lo llenó de -mujeres con bandejas de plata exigiendo una reparación al desaire- he comprobado que hay escaso rastro de esa primera pieza. La foto que más me ha gustado es ésta:



La representación se caracterizó por unos tonos sombríos que eran cortados por algún rojo o azul estridente. Una luna metálica que lo envolvía todo. Y una actualización de siglo XX, quizá la Segunda Guerra Mundial. El Jochannan poderoso en harapos, cuya calvicie destacaba cada vez que Salomé alababa su cabellera azabache. De la memoria de esa obra se me quedó la impresión que cualquier persona siente por primera vez cuando presencia una danza de los siete velos. La marielena veinteañera se tatuó para siempre la imagen de Aubrey Beardsley:



Poco después, la foto perfil de Facebook en la que mis contactos aseguraban que había un parecido razonable entre la Salomé que puse y yo, la marielena de entonces:



Sentando todo ese precedente, cual fan kpop pero yo con la Salomé; sin embargo, no volví a ver ninguna obra al respecto hasta este sábado: la primera de las funciones que habrá esta temporada:





Ahí estaba yo, en mi butaca barata de menor visibilidad pero que si te mueves o te levantas un poquito en ciertos momentos lo puedes apreciar todo, felizmente. La de ahora es una Salomé contemporánea, brillante, con su trasunto infantil y muñeca que se pasan la una a la otra. La luna, a la que la obra hace referencia en distintos momentos, es una bola negra, como presagio mortuorio. Ángeles de alas negras y ojos vendados inundan la escena y construyen buenos cuadros que se animan por momentos y en otros encuadran una escena a la manera pictórica. Jochannan es grande, sí que se ha dejado el pelo largo, emerge de la tierra y se abate en ella. Sube y baja de una plataforma circular, reflejo de la luna. El momento estrella es cuando esta circunferencia se prende en llamas. Así como Salomé tiene su muñeca el gadget de Juan el Bautista es un cordero. El tetrarca es un hombre trajeado y Herodías, su mujer, va de oscuro también, sobrios y elegantes. Herodias con su mantra "no la mires, no la mires así". Salomé dirá al final al Bautista "por qué no me miraste", la mirada en esta escalera de amores no correspondidos. Lo curioso de esta obra es que sí que queda reflejado más que en otras representaciones el hecho de la pérdida de la inocencia de Salomé al ser vista como objeto sexual por su padrastro. Ahí, la Salomé niña, en la cama arropada y siendo zarandeada en la danza, intercalada con la Salomé mayor. Sin embargo, antes de la Salomé de Wilde, mucho antes, la Salomé era únicamente la niña. Algunas voces proclaman la sexualización de Salomé por la mirada masculina y hacer de ella, en principio una niña, una astuta mujer capaz de seducir. El momento de la cabeza es el más cercano al retrato de Gustave Moreau que haya visto:




Queda para la reflexión aquellos versos de Angélica Liddell, que en su momento me pareció que abarcaban la esencia de la Salomé que me tatué, una Salomé que se aqueja de enamoramiento, una Salomé de mal de amores, de locura de amor, que abraza y besa una cabeza cuando el amado ya no se le puede resistir: 

Junté los pies en mi cama
y me hice cadáver
y no se echó sobre mi rostro
y no lloró sobre mí
y no me besó
ven
queridísimo
recuéstate aquí
ahora que tu preciosa cabeza
está hecha pedazos







jueves, 23 de abril de 2026

Misteriosas eleusinas




Cuando leí el "Cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell fueron las sesiones secretas de sus mistagogos una de las cosas que más me llamaron la atención a mis recién estrenados veinte años. Mystes es una palabra griega que significa "boca cerrada" y que hace alusión a las religiones mistéricas que existían en la antigua Grecia. Me hace recordar a la palabra mistagogo, y supongo que también viene de aquella, a todo lo que sea secreto. Uno de los misterios más famosos de entonces son los misterios eleusinos.
Ceres, la diosa de la agricultura, llamada Deméter para los griegos tuvo una hija: Proserpina o Perséfone. Esta niña fue raptada por Hades, que se la llevó a su reino. Deméter, como buena madre, la buscó muchísimo pero no consiguió que Zeus le hiciera caso hasta que asoló con hambrunas a la humanidad, tierras desérticas y sequedad. Así consiguió, pues, que Zeus intercediera por ella, pero la niña no debía comer de ningún fruto del infierno. Hades liberó a Perséfone a regañadientes, pero le tendió una trampa para atarla para siempre consigo, aunque sea por épocas: le dio de comer cuatro granos de una granada. Cada uno de esos granos significó un mes, en el que Hades recuperaba a Perséfone cada año. Durante esos meses la tierra dejaba de producir frutos: ese era el invierno, las lágrimas de Deméter, su forma de languidecer. El invierno para cualquier madre, el consumirse por dentro y exteriorizar ojeras, un ser demacrado, que no quiere vivir, ese es el equivalente a perder una hija.
De todos los sitios por los que Deméter pasó fue en Eleusis donde mejor la trataron y por eso les enseñó unos ritos, que en forma de sociedad secreta siguieron perpetuando. No hay un pacto con Deméter en la actualidad que no signifique aliarse con las madres en detrimento de los que quieren ultrajar a sus hijas. Misteriosas eleusinas cambia el foco de recepción del misterio: las eleusinas, todas aquellas aliadas de Deméter, también esconden misterios, dudas, se aquejan, les conmueve y les preocupa lo que viven sus hijas y las hijas de las demás.

domingo, 22 de marzo de 2026

Personajes soviéticos y el color en medio de lo grisáceo

 Huérfanos en un vacío de estrellas. Voces literarias de la Unión Soviética (1920-1940) es un libro que ha publicado la editorial de El Doctor Sax y que es una pieza de arte en sí misma, en sus páginas con dibujos de trazo pastel, que recuerdan a la técnica del collage, y que está finamente sazonado de palabras alusivas a sus personajes, como salpicado de prosa poética. Para quien disfruta de las imágenes y del surrealismo, del collage y de la literatura rusa, es una joya, una pieza de colección. 



De entre la treintena de nombres que aparecen tenemos: Isaac Babel, Velimir Jlebnikov, Aleksandr Blok, Yevgueni Zamiatin, Daniel Jarms, Vladimir Mayakovsky, Serguei Yesenin, Andrei Biely, Shalamov, Petrov, Anna Ajmatova, Pasternak, Bulgákov, Osip Mandelstam, Marina Tsvetaieva, etc. 


Páginas a colores, retazos, onomatopeyas y poesía. Cada autor tiene su espacio, con textos alusivos a la obra de los autores que retrata, como es el caso de Mayakovski: 

Señor Dios, te acaricias la barba como si fueras duro y omnipresente. Yo soy el decimotercer apóstol de tu hijo. Mi alma no tiene ni una sola cana. Decapitaré todas tus constelaciones luego de tocar un nocturno con los sibilantes caños de desagüe.



Para degustar en pequeñas dosis, tenemos un abanico de escritores simbolistas, futuristas, acmeístas...que comparten un mismo espíritu transgresor y de vanguardia, anterior a los surrealistas y de igual fuerza. Tienen en común el uso del símbolo y la metáfora aguda, la paradoja constante y mucho sarcasmo. Así, Kiril Bozhinov hace un homenaje con sus textos y condensa el espíritu de cada uno de ellos. Por ejemplo, en el texto "Suspiro" que es un guiño a aquel otro que Tsvetaieva le dedica a Ajmatova. 

Tu nombre, hondo suspiro,

Cae en ese hondo abismo que carece de nombre.


Los textos de Kiril, las imágenes de Francesca Ricci, este proyecto es un trabajo de años, que ya vio la luz parcialmente en ¡Os ruego que me escuchéis! y posteriormente en un teatro alternativo de Londres, también en parte, y que luego ha sido alimentado de más storyboards, collages, biografías ficticias... Un proyecto que ha ido mutando y del cual tenemos un recopilatorio estéticamente hermoso llevado a cabo por la editorial de El Doctor Sax y disponible en su librería en el centro de Valencia.


lunes, 9 de marzo de 2026

Nueva novela de Jesús: XXVI o el gran hongo flotante

Voy a iniciar tardíamente mis andanzas de reseñas en este blog con la nueva novela de Jesús Pérez Caballero, llamada XXVI (por el siglo en el que se desarrolla) de editorial Sloper. Sólo he estado escribiendo en Substack este año, 2026, pero como las anteriores novelas de Jesús (también de editorial Sloper) las he reseñado por aquí he considerado lógico seguir en esta línea para cerrar la trilogía.

Aquí la reseña de la primera novela:

https://infausta.blogspot.com/2017/10/las-brigadas-prosublime.html

Y aquí la segunda:

https://infausta.blogspot.com/2017/12/en-los-margenes-de-la-biblioteca-europea.html




Empiezo señalando que esta novela para mí es una neo picaresca, con trazas de un futuro romanticismo hipotético en el que se pudiera escribir sobre personajes postpunks que son tunantes en un contexto de exilio y máscaras, con pestes postapocalípticas y ríos espesos con cadáveres en sus lechos. Porque ¿qué otra cosa no es el becchino sino un Lazarillo de Tormes del futuro o un protagonista tunantesco como el de Eichendorff? 

El becchino es el sepulturero, profesión heredada de los que ya lo eran en la peste del XIV, y que en el XXVI dan una sepultura ordenada a los muertos por la dominada, una maldanza a lo Covid 19 pero en más crudo y mortífero, que se cobra las vidas de los habitantes de la Tierra del futuro, una humanidad como un hongo flotante, como dice el autor. Pero es un personaje al cual vemos atravesar por distintas profesiones: se convierte de sepulturero en redactor y de redactor en soldado, para al final acabar, otra vez, como becchino en sus últimos días, profesión heredada de sus familiares.

 

Sabes que, desde que te has hecho becchino, y ahora eres uno, vas a tener que remover muertos, para volver a enterrarlos más profundo, porque se están moviendo todavía, pues sufren al no estar enterrados según la costumbre funeraria que nosotros mantenemos.

 

El becchino, personaje que vemos desde la candidez de estar aprendiendo del mundo, hasta la sequedad del paso del tiempo (más de cien años), se encuentra como un personaje de Camus un poco a expensas de la deriva de sus tiempos: si reacciona de una u otra manera es más por evitar consecuencias que por un idealismo o lealtad consigo mismo. Si se va de un entorno es porque todos se han ido, si deserta es porque lo echan, si vuelve a aparecer en algún lugar es porque no tiene otra opción.

Pero es que en esta distopía de las profesiones no queda clara ninguna utilidad... Cuando preguntan por la utilidad de los cuadernillos que redactan los periodistas del inicio de la novela responden: "Nadie conjura mejor el fatalismo que nosotros". Ni saber el para qué ni saber el de dónde ni el hacia dónde. Un gran hongo flotante. La deriva. Aquí, los monstruos y lo siniestro son los trozos humanos que se arrastran, las fantasmagorías de lo que son los hologramas, o los clones dispersos al azar. 



"Creo que el próximo demonio será un clon", dice el becchino. El viejo responde que si el demonio es un clon significa que el demonio ya estaba antes de ser un clon. "No -responde el becchino-, lo demoníaco vendrá por el hecho de ser un clon de alguien. De hecho, en la Biblia, Satanás es un clon de Dios, ¿o no piensas que en los textos se quiera borrar precisamente eso, que se ve tan claro?."

Para la conformación de lo siniestro como subversión de lo que entraría usualmente en nuestro entorno familiar tenemos flagrantes: los jóvenes, los vestigios de supermercado y sus carritos, unas máscaras de Darth Vader, unos cactus, varios animales, etc, etc. Pero otra vez están volcados al revés, junto con mutaciones o mutilaciones (sin lo gore) y junto con cualquier transformación de un futuro que no sabemos para dónde ha devenido. 

No voy a hacer un resumen  porque lo más atrayente de esta novela es la forma en la que está contada y que te hace sentir esa brumosidad del mundo que describe. De Jesús Pérez he leído esta trilogía y el ensayo de Her, personas, máquinas y derecho (Tirant lo Blanch ediciones) y como es mi amigo lo voy a presumir por aquí porque ya que tenemos una amistad atemporal como nuestras fotos, si se hace famoso (famoso de verdad como esos que son best sellers y llevan esta novela al cine) ya tengo yo una demostración de que lo conocí antes de todo eso.


En la presentación de su novela anterior hace nueve años

Ahora, 2026