"Pero de qué os serviría fabricar la propia vida si habéis perdido el sentido de ella."
Bernanos,
en boca de uno de sus personajes, da en el clavo con algunos de los
dilemas más actuales, aún ahora, después de haber conseguido
literalmente fabricar vida en laboratorios, sigue doliendo esta
afirmación como cuando era profética. Podemos leer este diario en clave
mística y encontraríamos una serie de acertijos a cada cual más
espeluznante. El otro día un niño kazajo me dijo que prefería tener su
edad que ser un adulto, aunque el adulto pueda hacer lo que quiera,
porque si ya está en la mitad de la vida no le quedan más que unas pocas
décadas por adelante, y que en cambio, teniendo trece años, tiene toda
la vida. Si es que no tienes un accidente mañana, le contesté, al menos
yo tendría más de cuatro décadas vividas si tengo ese accidente. El
punto de vista del niño, sin embargo, apuntaba a lo incierto que es el
futuro desde el ocaso, de facto se cuentan con menos posibilidades de
años. El niño pensaba sobre seguro y esa perspectiva de años limpios por
delante lo tranquilizaba y alegraba.
La minúscula muñeca de cuatro años hará las delicias de un chiquillo durante toda una temporada y en cambio un hombre maduro bostezará ante un juguete de quinientos francos. ¿Por qué? Porque ha perdido el espíritu de su infancia. Pues bien, la Iglesia ha sido encargada por Dios de mantener en el mundo ese espíritu infantil, esa ingenuidad. El paganismo no era enemigo de la naturaleza, pero sólo el cristianismo la engrandece, la exalta, la coloca a la medida del hombre, del ensueño humano.
El cura de Torcy profiere esas palabras al protagonista de Diario de un cura rural,
para acercar al cura joven al misterio verdadero de una iglesia
cristiana que tiene como misión preservar el cometido de toda la
filosofía: el asombro infantil. La alegría del niño radica en su
debilidad, en su indefensión. Tanto la vejez como la infancia son las
dos grandes pruebas del hombre, en las que se hace frente al dolor en
plena vulnerabilidad. Aún así se conserva la pureza de su misma
impotencia: está desarmado, dice el cura, y sin embargo la infancia
siempre se nos aparece como el lugar de lo esplendoroso.
Su equivocación no fue combatir la suciedad, sino haber querido aniquilarla, como si fuera posible semejante cosa. Una parroquia es forzosamente sucia. Una cristiandad es más sucia aún. Aguardemos al gran día del Juicio y veremos lo que los ángeles tendrán que sacar a paletadas de los más santos monasterios… ¡Qué vaciado de letrinas! Eso prueba, pequeño, que la Iglesia tiene que ser una buena ama de casa, un ama de casa razonable. Cosa que no era mi buena sacristana. Una buena ama de casa sabe que no puede hacer de su hogar un relicario. Tales cosas no son más que ideas y pensamientos de poeta.
La
historia sobre la limpiadora de la Iglesia que limpió tanto que se
humedecieron las paredes y de ellas salió moho sirve como parábola de
que una hiper limpieza también puede llegar a ser tan negativa como la
suciedad. Razonable es una posición que no cae en exageraciones, que va
de la mano de Aristóteles con su justo medio.
Pero no ha sido mi conciencia la que he podido ver con esta mirada interior, ordinariamente tan reposada, tan penetrante, que desprecia el detalle y va directamente a lo esencial. Parecía resbalar por la superficie de otra conciencia, hasta entonces desconocida para mí, por un turbio espejo que me hacía sentir el temor de ver surgir un rostro. ¿Qué rostro? ¿Acaso el mío...?Cada cual debería hablar de sí con un rigor inflexible. Pero al primer esfuerzo para comprenderse, ¿de dónde surge esta piedad, esta ternura, este aflojamiento de todas las fibras del alma y estos deseos de echarse a llorar?
Palabras que recuerdan a los versos de Pessoa en Tabaquería,
es quizá esa otra conciencia la máscara que tenemos pegada a la otra
máscara, cuando intentamos revelar nuestra verdadera apariencia
("verdadera" es una ilusión aquí), ese juego de espejos que vuelve
incierto al rostro. Una identidad poliédrica, un centro difícil de
definir por inefable. Y es la interrogante que se me suele presentar
cuando me requieren precisar una teoría del alma, una composición o
disposición de lo imposible. De dónde surge y rigor son antítesis, juego
de incompatibilidades.
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