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sábado, 2 de septiembre de 2017

Mi primera reivindicación de lo minúsculo

"sabes que yo tengo una heridita y no la ves porque es chiquitita y yo sí"

Es una frase dictada por mi cuando tenía unos dos años. Ahora me ha venido a la memoria y le doy una interpretación a la luz de mis lecturas de los últimos años: los mayores estamos relegados fuera del ámbito privilegiado, los niños ven cosas que nosotros no podemos y sabemos de esta pérdida de cualidad, pero ¿para cuántos de nosotros es una desgracia?




miércoles, 23 de diciembre de 2015

No una vida pintada sino una pintura vivible*

"La littérature c'est l'enfance enfin retrouvée", así sentencia Bataille y gracias a esta frase se pueden hacer infinitas asociaciones... algunas de ellas podrían tener que ver con la memoria, la muerte, el mal, el juego, la anarquía, lo salvaje; la literatura en medio y los demás conceptos girando alrededor y que harían pensar en una equivalencia literatura=infancia que nos trae a la mente distintos autores, además de Bataille y sus parientes malditos, y nos lleva hasta Gombrowicz y su tema de la inmadurez...

Bataille en el prefacio a "La literatura y el mal" nos plantea ya de entrada el tema de la infancia, lo salvaje y la literatura, guiándose de Baudelaire, para quien el genio era "l'enfance retrouvée à volonté": para Bataille sólo la infancia es el espacio en el que se puede acceder a la verdadera poesía, por su calidad de salvajismo. La infancia como la de Heathcliff y Catherine, ejemplo del animismo más puro y lo salvaje como símbolo de maldad (maldad en el sentido en que la entiende Bataille, característica "hipermoral") y también como lo que es un valor absoluto, sin convenciones, como el amor de los personajes de Bronté. La poesía es libre y salvaje como la infancia. La literatura es de esta forma, sin ataduras; es así como nos encontramos, otra vez, con nuestra esencia infantil, o nuestra inmadurez, como diría Gombrowicz (a pesar de que Gombrowicz a veces habla del término "poesía" para referirse a una idea más bien negativa y que entronca con su oposición a la crítica y a la pintura, por ejemplo).

Sin embargo, Bataille termina por lanzarnos una pregunta demoledora: ¿Qué verdad sería la de una infancia que gobernara? Suena a contrasentido, ya que la infancia precisamente es la anarquía, el anti-gobierno. Es así, pues, que tampoco la infancia podría enarbolarse como legítima, ya que perdería su esencia transgresora. Al otro lado tendríamos a Gombrowicz, para quien el patriarcado debe ser desmontado en favor de una filiatría.

La infancia gobernaría de forma anti leyes y promulgando la libertad, tumbando los límites del individuo, donde la palabra "juego" sería la clave para todo. El juego mayor, la impostura y lo naif. Muy Gombrowicz.

Bataille teoriza sobre la infancia intentando aclarar el sentido de la literatura. Para él la literatura es lo esencial, el todo o la nada. Pero ante todo, es culpable. Si seguimos con su idea del Mal, podemos partir del ejemplo que cuenta de Cumbres Borrascosas y Bataille hace de esa idea de Mal una vía a la que se ve arrastrado el ser que se opone al Bien como sinónimo de razón, la razón imperante y este personaje lo representa en Heathcliff: "No existe en la literatura novelesca personaje que se imponga más realmente, más simplemente que Heathcliff; y eso que encarna una verdad primera, la del niño que se rebela contra el mundo del Bien, contra el mundo de los adultos y es arrastrado, por su revuelta sin reservas, al partido del Mal." (pag 34-35)
La historia de Heathcliff como la historia de una rebeldía por no conformarse a renunciar al paraíso perdido (de la infancia) "¿Qué representa ese reino de la infancia al que la voluntad demoníaca de Heathcliff se niega a renunciar, sino lo imposible y la muerte?" (pag 33) es una vía abocada a la muerte. Pero esto es necesario, la muerte es el instante, y el niño sólo vive en el presente.

La muerte y la llegada a la muerte son vistas como un proceso de filiatría, tanto si hablamos de la comparación del instante por antonomasia con el presente eterno de lo infantil, como si hablamos de ese desnudarse para la muerte, el volverse niños en una depuración que vive el agonizante, despojándose de todas las capas hasta quedar ligerísimo. Así trata Umbral la muerte: "Cómo me rejuvenece todo para la muerte. Más que irnos barroquizando, el tiempo nos va desnudando. Todo es un ir retornando a la niñez, a la sencillez, porque la muerte no crece en nuestras condecoraciones de vida y dolor. La muerte nos toma niños, puros, solos, y pienso que es en estos momentos cuando puedo morir". (pag 114)

Es fácil, entonces, unir literatura, con juego, con niño. En "Mortal y rosa", Umbral descubre naturalmente estas relaciones, a través de la muerte, el instante, y de ello al niño, a su pureza, a la escritura y al juego. Todo un planteamiento de inmadurez: "Por eso escribo, sí, porque escribir es jugar y jugar es ser niño esencial. Sólo quiero la infancia, la mía y la del mundo, la de mi hijo y la de todos los hijos, sólo quiero el juego, el girar del planeta por toda aventura". (pag 114)

¿Cómo será la vida de quien no tiene memoria de su infancia? Muchos la tomamos como un referente, suele preferirse tal o cual cosa por asociación a otra vivida o alojada en una habitación de la memoria. Fernando Savater en "La infancia recuperada" logra unir a la memoria con lo que se cuenta, utilizando narraciones como contraposición al género "novela", en este sentido aburguesado, para tratar lo que uno no inventa, una narración en el sentido en el que Walter Benjamin entiende el término, un tipo más práctico o utilitarista de literatura. Así, enunciación y memoria van juntos, con evocación y conjuro literario.

La memoria es el lugar que perturba y por el que muchos arrastran lo que los condena. "Éramos tan felices..." repiten una y otra vez en "Después de tantos años", la continuación a "El Desencanto", documental de Jaime Chávarry sobre la decadencia de la familia Panero. "La literatura y el Mal" de Bataille se nutre de escritores malditos y de la culpabilidad de la literatura. Nada mejor que la familia Panero para simbolizar el estigma de malditismo, ese estigma que los marca con la señal de Caín para hacerlos uno con la tragedia, símbolo extensivo a todos los miembros de una familia y de la que no pueden escapar. En ellos, el lugar de la memoria es importantísimo: se da una constante y recurrente evocación, la infancia es ese tiempo dorado como los frutos dorados que simbolizan para Machado ese tiempo jugoso y perfecto y del que, como Merleau Ponty, no nos podemos recuperar.


Gottfried Helnwein


*Juego que he hecho para elegir el título abriendo una página de "Mortal y rosa" al azar y pescando lo primero que han visto mis ojos; casualmente lo interpreto en consonancia con el texto: una pintura vivible es a lo que nos exhorta Gombrowicz, en contraposición a la artificialidad de una vida pintada y todos sus accesorios.

jueves, 12 de noviembre de 2015

La infancia, su locura






La locura, el genio y el arte en la infancia de Henry Darger nos lleva a la reflexión de cómo a veces quien es considerado insignificante por la edad, tamaño y falta de experiencia puede entrañar un mundo y mientras eso sucede nadie se inquieta, todo sigue rodando como si no se ocultara una potencia tras los disfraces de seres pequeños; al contrario, la risa será censurada, los pensamientos serios impuestos. Pasar siempre de lo abstracto a lo concreto es imperativo en este mundo de adultos, sin embargo, los pensamientos infantiles están en conexión con lo original y simple, que suele ser más "creativo"(fecundo) a pesar de carecer de la artificialidad de los pensamientos adultezcos más elaborados. Una creatividad que se encuentra en algo atávico, quizá, miedos, anhelos e inspiraciones que vienen de lo hondo del ser, un recuerdo de otras vidas o de lo prístino del hombre, cuando se le despoja de todos sus afeites. Henry Darger sufrió esto en su infancia y no podía encajar, como todo lo que desconcierta e incluso molesta. No es un secreto que todo aquel que se aparte de lo convencional tenderá al sufrimiento en algún momento y esto es proporcional a lo mucho que se aparte o no; si se es un activista rebelde o si en algún momento se rinde y se somete a la masa y pueda, al fin, descansar. La locura suele ser una respuesta ante esta enajenación-extrañamiento del mundo. Locura-refugio, quizá, para quien eligió permanecer siendo niño a través de sus criaturas: las Vivian girls. Henry Darger creó todo un cosmos para ellas y sus fantasías, por eso es quien tiene la obra más infinita y casi inconmensurable con más de 15 mil páginas para un solo título. 
Quien no se refugió en la locura, pero sí combatió a los poderosos adultos, fue Witold Gombrowicz. Para entender el mundo en el que lo salvaje es auténtico y seguir las pistas de sus palabras quizá nos viene bien prestar atención a los huérfanos del art brut, como Darger, huérfano social y niño por dentro.

No estaba equivocado. La locura suele estar relacionada con los actos "inconscientes" de los que también se acusa a los niños. 

Locura e infancia. Dos términos que se intercalan en el artista Darger y que también nos vienen a la mente de forma inextricable a la palabra "genio". Es ese genio al que Gombrowicz admira y exhorta a prestarle atención como quien nos sacude para que miremos lo que llevamos delante, frente a nuestras narices, y si es posible descalzarnos y seguir el camino de la imitación. Casi recordándonos a Jesús de Nazareth diciéndonos que para entrar al Reino de los Cielos debemos hacernos como niños. Pero este reino es uno de pureza artística, de verdadero talento, lo más parecido a saviabruta en humanos de lo que podríamos aspirar... es lo que Artaud también defendería, y tantos otros sensatos no-cuerdos para el mundo. La precisión del adulto es de lo que huye el niño inconscientemente, porque no concibe un mundo de precisiones (sufriría, como ponerse piedras en sus propios zapatos ya de por sí duros, para seguir con la metáfora del calzado). Artaud rotundo, exclama: "Las gentes que huyen de la vaguedad para buscar la precisión de lo que pasa en su pensamiento, son unos cerdos" . Esto es, no hay que tener miedo al caos infantil, savia de otros mundos.

viernes, 28 de agosto de 2015

Lo que parece una catástrofe es en realidad una danza (¿II?)

No sé si he usado este título antes, en alguna entrada de hace años. Es muy probable que sí, era una frase que repetía en mi mente constantemente, incluso quería tatuármela por aquel entonces, pese a su longitud... al final me pareció excesivo, pero las letras permanecieron bajo piel.

Se puede decir que intuía que el significado de esa frase era inherente a mi persona, pero lo sentía más como una simpatía estética o lema a seguir. Sin embargo, no era consciente de que esa esencia que a veces intentaba definir (esencia personal, identidad, lo no mutable), tenía mucho que ver en mi caso con la frase dancística que se ríe de las tragedias y que palpa voluptuosidad en el ridículo.

El Loco, la carta del Tarot que más me ha salido en los últimos años las pocas veces que he tenido contacto con cartas de este tipo, tiene que ver con sueños premonitorios, con inmadurez, con impulso irreflexivo, con ese andar contracorriente, con el caos, la fantasía... todo lo que puede parecer una danza sinsentido, pero que transforma esos caos-catástrofes en fuente creadora y que se alimenta de ella.

El Loco indica esa búsqueda vital, paradójicamente también representa el intento por definir la esencia de la que hablaba antes, y además, es una carta de tránsito y de impulso. Cada otra carta de los arcanos necesita del Loco para poder moverse. Es una sana irreflexión, o irreflexión necesaria, como la entendida por Gombrowicz cuando se refiere a la inmadurez. Precisamente esta carta se relaciona con los pensamientos gombrowiczianos de inmadurez fecunda. El suelo que pisa el Loco no es el mismo que está bajo el Colgado, es al revés, es un suelo delirantemente fértil. Como todo lo que me fascina.

Curiosamente, describe mis más hondas simpatías y la filosofía en la que más creo. No precisamente porque sea la mía, sino porque es la única que he podido tomar, la que se me está destinada. También creo que (como me demostraba un sueño que tuve hace poco) el destino siempre se puede alterar, o no existe, porque si cambia deja de ser destino como tal... pero en mi caso no optaría por nada más, ya que es parte de mi esencia y todas las pistas indican que debo asumirla.

Las cartas han hablado como hablan los poemas y las teorías. Follia, follia, ¿follis? Dicen que en el origen etimológico de "locura" está el viento. El viento es el símbolo de la locura en poesía por antonomasia. El viento es lo que está en movimiento, el Loco es la única carta que te da la espalda, la razón le muerde el culo.

No tener miedo a la locura. Siempre que parezca que todo está bocabajo, en realidad así es como se supone que debe estar. Para todos es imposible que pueda regir el mismo orden.

Ayer hablaba con un amigo también filólogo y tuvimos ese tipo de conversaciones en las que todo se transforma en literatura. Me contó una anécdota en la que se encontraba en el metro con unos adolescentes despreocupados con sus conversaciones de adolescentes... y sintió simpatía (a lo mejor ternura también) hacia ellos al recordarse a sí mismo con dieciséis años. Luego me dijo que imaginó el encuentro entre ese adolescente de dieciséis y él mismo, el de ahora, y creyó que no se sentiría desilusionado y que le habría gustado en lo que se había convertido. Por mi parte pensé, y le dije, que mi marielena teen realmente es la de ahora, y que mi yo actual tendría que rendirle cuentas a la del pasado, iría con excusas "no se podía hacer otra cosa" y ella mirándome con condescendencia... La de dieciséis ciertamente sería la voz de la madurez y mi caos adolescente mental sólo lo habría conseguido a lo largo de estos últimos años y en base a la experiencia.


viernes, 19 de abril de 2013

Algunos apuntes sobre mi

Cuando era niña me gustaban las historias de santos y sobre todo mártires. Me producía mucho morbo, curiosidad, admiración, una mezcla de todo; al leer las historias de las vidas de estos santos mártires, sucesos paranormales, mutilaciones, ubicuidades y olor a rosas desprendido del cuerpo tras la muerte. También me fascinaban las noticias de accidentes en las columnas de 'Sucesos' de los diarios. Leía a los clásicos, Dostoviesky, Charles Dickens, algo de realismo mágico (leí por primera vez 'Cien años de soledad' a los doce años), hermanas Brontë y recuerdo que también un libro llamado 'El Premio Nóbel' de Irving Wallace. Era esa época cuando me encerraba y pasaba horas tirada en mi cama leyendo. Bueno, eso continuó en mi adolescencia, pero hacia vertientes un poco más existencialistas (Camus y Hesse en particular). He recordado ahora, que estaba leyendo un libro para clase de valenciano, cómo cuando era niña y leía libros más 'argumentales' en los que la historia era lo importante, me solía leer el final cuando llevaba más de la mitad del libro leído y después de leerme el final retomaba la historia desde donde me había sobrepasado la curiosidad. He hecho lo mismo ahora, con el libro en valenciano y me he acordado...

Los peces y los pájaros me gustaban por igual. Pero más que nada los de colores. Aún ahora me gustan los peces y pájaros por igual. Entre perros y gatos siempre he sido más de perros. Cuando pienso en los animales, pienso en sus distintas capacidades para percibir los colores.

Siempre he prestado mucha atención a lo que ocurre en mis sueños. Creo que he llegado a entender el lenguaje que aparece en ellos, o que utiliza mi subconsciente en ellos. Por ejemplo, hace poco alguien en clase de francés dijo que era músico. Esa noche soñé que esa persona no tenía manos, que las había perdido y tenía en cada puño un muñón. Mi interpretación del lenguaje de mis sueños es que al no saber yo qué instrumento tocaba le había cortado las manos. Una forma de poner un signo de interrogación en esa parte del cuerpo. Cuando era niña no tenía miedo antes de dormir, nunca tuve miedo de monstruos nocturnos... sin embargo sí que tenía miedo de los monstruos del sueño. No aparecían debajo de mi cama, no tenía miedo de la oscuridad cuando estaba despierta. Sólo cuando estaba dormida. Hasta que no llegué a los 12-14 años no dejaron de molestarme todos esos monstruos que me hacían cosquillas en la espalda.

Hablando de lenguajes, cuando hablo en otros idiomas hago increibles circunloquios. No me pasa en castellano, suelo ser más sintética cuando hablo. Pero en otros idiomas doy vueltas alrededor de una idea que se queda colgando de mi boca y a la que le pongo un punto en el momento en que me canso, tras utilizar muchas palabras comodín. Como si cortara un hilo que se queda fuera de mi boca, muy mal, muy desagradable todo eso.

Durante mi infancia añoraba haber tenido una hermana gemela, y digo 'añoraba' porque lo vivía como una pérdida. Supongo que era por la soledad que sentía muy pesada y creer que con una 'yo' casi clonada iba a no sentirme de esa forma; buscaba escapes a esa soledad, pero siempre en modo fantasía. Como fantasía menos fantasiosa imaginaba haber tenido hermanos mayores y no menores, porque los menores no servían para nada. Ser adolescente mientras tus hermanos son aún infantes no es nada agradable. Se siente doblemente duro el paso de crecer y vergüenza ante ciertas vivencias de madurez.

También detestaba a los bebés. Era un sentimiento muy incómodo y muy inapropiado, a veces. Era un impedimento para sentirme normal en algunas circunstancias, como cuando la gente se arremolinaba en torno al bebé de alguien. Como si fuera obligatorio decir algo bonito o sentir algo tierno, etc. Ahora esto ha cambiado, cosa que no creí que pudiera suceder, así, de repente. Aunque no voy a decir 'tan de pronto' porque han pasado treinta años. Creo que en esas épocas envidiaba al amor. O sentía odio y rencor por la existencia del amor. O era que no soportaba la idea de mi soledad.

La sensación de sentirse amado siendo un adolescente debe ser algo muy bueno, supongo. Algo que nunca podría llegar a conocer, como los colores que ven las mariposas y que nuestro cerebro nunca reconocería. Así que no puedo sacar la conclusión de que no hubiera tenido preocupaciones de soledad, etc. Ahora, esos sentimientos (de sentirse querido) creo que no son tan importantes. Por lo menos para mi, a partir de los diecinueve años, más o menos, ya no lo eran. Como si hubiera pasado el momento para ello.

A los diecisiete me hice llamar infausta, por mi dirección de email (eran los primeros tiempos del correo electrónico). Poco después desarrollé mi filosofía: "la realidad es la que uno quiere que sea". Pero quizá, mi verdadera filosofía de vida apareció mucho antes... y cuenta la anécdota (que yo no recuerdo, pero quienes participaron de ella, sí) que tenía unos tres años cuando pedí salir al parque sobre las siete u ocho de la tarde. Mi madre, rodeada de unas monjitas a las que había ido a ver, me dijo: "no, ya es muy tarde ¿no ves que los niños no salen a estas horas al parque?", a lo que dicen que yo respondí: "yo no quiero ser esos niños, quiero ser yo. ¡Déjame ser yo!". También dicen que lo dije bastante indignada y enfadada. Algo que les quedó grabado y siguieron recordando muchos años después.

Gombrowicz, es el autor del cual hago la tesis, habla de esta autoafirmación en varias partes de sus Diarios. Es uno de los temas principales, una de las aristas de su ideario fundamental. Dice él: "No he escrito ya en este diario que en ese 'yo quiero ser yo' se encierra todo el secreto de la personalidad, que esa voluntad, ese deseo, es decisivo para nuestra actitud ante la deformación y hace que ésta empiece a dolernos? Aunque las fuerzas exteriores me amasen como una figurita de cera, seguiré siendo yo mismo mientras sufra por ello y proteste contra ello..."



"a estas horas los niños ya no salen al parque..."




lunes, 18 de junio de 2012

mi diario



Cuando era niña pensaba siempre en el misterio de la adultez. Y pensaba que nunca olvidaría lo que significaba la infancia. Estaba muy en el presente, aunque pensaba en el futuro, pero el futuro se veía como un plan desdibujado, mucho menos palpable que mis propios sueños de aquel entonces. Me concentré en escribir mi diario a partir de los ocho años de forma compulsiva, pero resultó ser una mera descripción de mis actividades. Lo peor es que no escribí lo que tenía en la mente por pudor a que lo leyeran en un futuro (me imaginaba que abrirían una caja perdida en una de las últimas casas en las que viviera y encontrarían el diario, y que posiblemente fueran extraterrestres, o una forma de vida diferente, cuando los humanos se hubieran extinguido o estuvieran extinguiéndose) y esto lo sé porque recuerdo exactamente cómo lo adorné y lo acartoné (por ejemplo, decía que veía en la tele Garfield y acotaba: es un gato; para que mis lectores del futuro lo entendieran y me callaba cosas que pensaba que no entenderían, todo muy convencional, dejaba puntos suspensivos y jamás, pero jamás, me pasaba de la hoja asignada, porque cada hoja tenía su propia fecha. Creo que esto impidió que me explayara profundizando en la propia cotidianidad, sobre todo cuando tenía cosas que decir), ahora resulta de tan poco valor porque debo hacer un esfuerzo complicado para recuperar ciertas sensaciones que tenía por aquellas épocas y algunas las recuerdo, como la duda que me embargaba, la que me paralizaba; no sé a qué podría pertenecer ese tipo de Duda general, si a una extraña forma de madurez mental o quiebre sentimental. La única vez que la he vuelto a experimentar fue cuando tuve mi única crisis psicodélica (sin drogas, obviamente) en Cracovia un día de nieve y luces rojas. Pero por aquel entonces, cuando apareció la Duda, tenía unos siete años y ninguna preocupación en concreto. En esta muestra que adjunto se puede ver y, además, lo del espacio de una sola hoja por día. Me gustaban las hojas, eran perfumadas, aún huelen. Me gustaba circular el dibujito que ponía sol, paraguas o nube para indicar el tiempo que había hecho. Es un texto del 91, cuando tenía exactamente nueve años.



Lo de la adultez vista por mi infancia era un pensamiento bastante particular. Quería retener la esencia de la infancia para siempre, pero no influida por historias a lo Peter Pan, no la conocía por aquel entonces o no la entendía en esa clave. No se trataba de ser niño para siempre, sino que el adulto conociera el secreto de los niños, sabía que siendo niña tenía algo valioso que luego olvidaría (ese “algo” es lo que estoy tratando de recordar). Y era simplemente que veía dos mundos enfrentados: el de los niños y el de los adultos. A los adultos los veía concentrados en cosas aburridas, muy lejanos, sentía que les faltaba algo, que no veían lo principal... Lo curioso de todo esto es que la clave la he olvidado, la esencia que consideraba primordial. Espero acordarme concentrándome más en estos temas. Aunque me temo que no pueda porque soy muy adulta.