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martes, 10 de mayo de 2016

Mise en abyme



La cosa es bien simple: hay una transgresión, un mundo acuático con poca agua y unos seres acuáticos que viven y respiran lo mismo que nosotros sin dificultad.
Quizá no tienen branquias. Quizá lo que nos señalan es sólo su viscosidad.

Yo saco una bolita negra de entre mis dientes y se la enseño a mi madre. Es muy pequeñita y la deposito en una pecera. En esa pecera ya hay otros peces y mi bolita resulta ser un pez que se convierte en el más fuerte de todos. Lo reconozco por sus aletas. Pero esa pecera se transforma en acuario y los peces pasan de ser negros a grises y con grandes cabezas que asoman fuera del agua con esas caras inexpresivas de los peces plateados que amontonan en el hielo de los supermercados. Se disponen en hilera y mi antiguo pez se confunde, ya no lo logro distinguir. El acuario se transforma finalmente en piscina. Los peces son seres humanos mutantes con consciencia de mutación y sus partes corpóreas son como de quita y pon, algunos tienen sondas para vivir. Es decadente, están tristes y su autocompadecencia viene del hecho de que se creen inferiores a los seres humanos sin mutación. Yo les intento hacer ver que incluso quienes no somos mutantes también padecemos taras y enfermedades.

En este sueño mío me llama la atención la progresión pecera-acuario-piscina, y la progresión pez negro-pez gris-ser mutante horrible o más aún, puedo ir más lejos y hacer una progresión de cuatro en lugar de una progresión de tres si incluyo la bolita y mi diente como primer germen y primer receptáculo respectivamente. La visión de los seres mutantes saliendo de la piscina, mostrando sus extremidades, desencajándolas y enarbolándolas, genera escalofríos en mi ser durmiente. Le corps morcelé de Lacan me indica que lo que estoy soñando se puede aplicar al mundo. A veces sueño con casas y pasillos, pero esto es lo mismo, supongo (una forma de representar al organismo). Los seres acuáticos son símbolo de lo frío y el agua, como he dicho, no era abundante, eran híbridos. Es mi yo espejado con distorsiones, mi yo fragmentado en partículas de viscosidad.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Witkin y yo

Tengo que darles una noticia negra y definitiva:
Todos ustedes se están muriendo.

Siempre me acuerdo de estos versos de Emilio Adolfo Westphalen cuando la evidencia se me aparece en los momentos más adecuados: por medio de imágenes, por ejemplo, que se queden flotando en mi retina más tiempo de lo "normal" (de lo anodino). La evidencia de la que hablo -por si no resulta tan evidente- es la muerte. La muerte llega a nosotros no siempre de la misma forma, el final de la vida es una cuestión más misteriosa que la de un simple trozo de carne que se descompone.

Joel-Peter Witkin en sus fotografías me trae muchísimas ideas más allá de la idea del fin, pero es la ventana al otro lado la que más se queda dando tumbos en mi cerebro de forma reflexiva y al mismo tiempo deleitosa. Un morbo filosófico, quizá, pensar en esas imágenes reales y oníricas a la vez. Cada cuadro compuesto meticulosamente, cada pieza como parte de un conjunto simbólico, referencial. En medio, los versos de Westphalen haciendo música, entre la religiosidad y el paganismo, la letanía y lo satánico. Witkin rezuma espiritualidad en sus composiciones, es difícil explicar cómo un instante petrificado va a contar una historia, pero no de cualquier forma, sino una historia como una evocación (de un sitio de la memoria del sueño). No encuentro estas imágenes aterradoras como pesadillas, pero sí difuminando sus contornos como en los sueños en los que no se podría delimitar lo real de la parte más absurda. Dentro y afuera, discurso de límites como en Bataille. Hay mucho de los seres discontinuos de Bataille en la obra de Witkin, tenemos miembros abiertos, miembros con y sin suturas, partes con y sin muñones, metal, ojos cerrados, ojos abiertos. Nuestra realidad-sueño es igual de difusa en sus líneas como los términos del dentro y afuera de los personajes de Witkin.

Es preciso imaginarlo recogiendo sus partes de las fosas y de los depósitos mortuorios como quien quiere componer un puzzle, o como quien deshoja margaritas. Me ha fascinado leer ciertos testimonios en los que relata cómo sus personajes van cambiando una vez los ve recién traídos a la morgue, luego en el proceso de la autopsia, y tras el ornato final para sus fotos. La transformación del cuerpo viendo cómo se alargan unos dedos, cómo cambia una expresión, una cabeza, una maldad. Y al final, sumergirse en el terreno de lo siniestro para recuperar un halo de espiritualidad, cierta naturaleza muerta trascendente, unos muertos proteiformes que abrazan con ojos cerrados.

Westphalen seguiría retumbando: la muerte, los muertos, la muerte de ojos rojos...
Y de ojos blancos y las muchachas haciéndose jóvenes. Al igual que Diane Arbus (fotógrafa suicida, apasionada y delirante, la de los Freaks de Tod Browning) Witkin repleta su imaginario artístico con lo teratológico: opta por enanos, hermafroditas y seres incompletos (o partes de ellos) para recrear sus cuadros.

Sobre la vida de Witkin me llama especialmente la atención el caso del olor de la gangrena de la pierna de su abuela mezclado con el café matinal, como la sangre corrupta que puede significar amor y dolor, un recuerdo que se puede llamar "bello" como los cuadros que él compone. Es un episodio que puede pensarse como de la misma naturaleza que sus obras; la palabra "conmovedor" podría excederse en azúcar, definitivamente, pero sí que se puede hablar de lo estético del mundo de Witkin y que lo hermoso a veces tiene forma oscura (sus fotos nunca tienen color). Otro dato biográfico que me ha gustado es cuando el fotógrafo era niño y coge en sus manos el crucifijo de la abuela y dice que de mayor le gustaría hacerlos y ser el encargado de clavar la persona a la cruz.

Voy a adjuntar algunas de sus fotos aquí, estaba tentada a hacerlo en Facebook, pero obviamente me expondría a la denuncia y censura de mis contactos más cerriles, así que lo haré a continuación:



Algunas de estas imágenes me recuerdan al universo de Odilon Redon. Sin embargo, las influencias de Witkin son más bien clásicas.

Para comparar a una escala infinitamente menor, pero que quizá sirva para aclarar el concepto de foto-que-llama-al-sueño, pondré una que hice hace un par de años en una casa abandonada en Doël (casas abandonadas también son un juego de dentro y afuera, la casa violada, la casa sin uso, el espacio en el que se dejó todo a mitad y que continúa en un momento congelado para el futuro) que denota un espacio de la memoria, del sueño, las plantas que crecen más de lo normal, el techo, la pared, plantas en la memoria es musgo del tiempo que pasa mientras todo sigue igual, musgo de lo inservible que se rebela con todo su verde.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Lilith, pesadillesco y otros demonios

Este fin de semana para mi ha sido pesadillesco.

Primero, cuestiones laborales que me hacen pensar en mi gran torpeza no apta para este mundo (siempre sigo siendo el albatros de Baudelaire).

Luego, lo otro. Y lo otro.
El segundo otro se refiere a mi baja autoestima. No caer bien es algo que me pesa y me tortura.

Pero el primer otro es lo más importante de todo.
No voy a entrar en detalles irrelevantes. El estado de la cuestión me tiene sin cuidado. Sólo me importa poder explicar la sensación que considero importante.

Cuando alguien atesora algo
cuando algo es casi sagrado
y uno lo guarda

sólo puede ser compartido con quienes no representan una amenaza
con quienes uno quiere o estima
o siquiera tolera

pero jamás con gente a la que uno odia
pues la persona a la que odiamos nunca será digna
uno preferiría que desconocidos (sean como sean) tocasen ese algo
pero jamás y por nada del mundo uno a quien odia

El que odiamos mancilla nuestro tesoro
su imagen se nos repite profanando lo que amamos
esta imagen es una imagen Grotesca:
con toda su chapucería de cuerpo entero
esos dedos regordetes acostumbrados a lo más burdo
esos ojos prosaicos y mal dibujados, posándose en lo que queremos
es una pesadilla
y no lo podemos aguantar.

Si este algo es un autor y sus versos, una pieza musical que para uno es sublime (y en la que nos hallamos), o una obra de arte que nos extasía... el choque de lo grotesco en nuestra mente nos genera arcadas.
Esa persona a la que odiamos no es digna de profanar tan altos y preciados tesoros.
Podemos llorar, es legítimo y sensato.

Este finde ha sido espantoso. Pesadillesco. Lilith me daba miedo, pero las profanaciones de mis tesoros amados es una de las más altas infamias que he podido sentir. Mucho más que el hecho de que se me pise a mi.

Lilith me das miedo
Pero no quiero cambiar.
Me pensarán desquiciada, exagerada o muy extraña por dar tanto valor a una (falsa) fruslería.
No lo es.
Nadie me dicta qué es lo que importa y qué no.
Reniego a cortarme este lado sensible en el que atesoro lo stendhálico.