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miércoles, 8 de junio de 2016

Fechas equivocadas

El otro día me sorprendí a mi misma ¿decepcionada? o ¿desesperanzada? por no poder conocer de antemano mi día de fallecimiento. El de nacimiento lo celebramos año tras año intentando pensar en que no está ese otro día y sin querer estamos celebrándolo con sonrisas y regalos al otro, al opuesto. Porque cada año perdemos un año de vida y ganamos un año de muerte, la dirección nos va acercando hacia esa otra fecha. Lo más justo sería conocerla, prepararla y celebrarla con la desacralización que se merece.

Es mucho más importante.
Inminente.
Tiene más poder sobre ti.

Que yo recuerde, la Muerte como personaje está en todas partes si tenemos en cuenta historias e historietas. El Nacimiento como personaje no lo conozco. No es lo mismo decir Vida, porque ese canto al origen y a la naturaleza no es el equivalente exacto del momento de nacer, como lo es la guadaña al momento de morir. Dar y quitar. Muerte como estado pasivo es el opuesto a Vida como estado que siempre es. Pero el del alumbramiento no es un personaje que nadie haya querido recuperar... es tan instantáneo y se queda tan atrás en la memoria.

A veces siento que celebro el día equivocado.

Que hay otro más importante.

Cada año que pasa y vivo en ese día que no conozco... ¿No he sentido un cosquilleo especial? ¿No será un día, quizá, en el que la muerte siempre me haga sentir de determinada forma, haciéndome caer tazas o en el que una vena de mi ojo se pronuncia más de lo normal?

Vivir cada día con un extraño presentimiento. Así, mis plantas son un exceso, cortarme las uñas un insulto, mis cereales de la mañana una vil provocación.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Soledad y silencio

Los ancianos empezaron a crecer.
Crecían en los arbustos, en las calles, en las madreselvas, en las esquinas. Invadían los rincones, las aceras hasta el punto de no poder transitarlas (si alguno se ponía en medio ya no había opción: la acera entera estaba tomada). Los bastones contaban doble, los sombreros remarcaban su calidad de ejército. El uniforme gris y el paso marcial. Un día subí al autobús y todos los asientos eran verdes. Los ancianos subían y subían despacio y no paraban de tictaquear*, llevaban sus carros de la compra o bolsas y neutralizaban a todo aquel que no fuera anciano a su alrededor. Con una soledad tristísima de polvo y de casa de los años cincuenta, vacía y acarcomada**, los ancianos peregrinan su naftalina hacia el exterior, se sientan y de pronto todo se vuelve gris. Los ancianos empezaron a crecer, de la noche a la mañana, crecían en la maleza, en los tréboles, en los dientes de león, en los champiñones, en el musgo y en todo lo verde de los electrodomésticos antiguos, junto con el óxido de su metal. En los ambulatorios alguna vez se trataron las personas de sus enfermedades, ahora sólo penan algunos fantasmas sus pantuflas con el reloj y el silencio, cada uno un pasillo. Los ancianos crecían en todas las listas de espera y en las colas de los bancos que confiscaban sus bienes. Soledad es la hora del otoño en el que se resisten a caer y se esparcen como las hojas. Según el Instituto Nacional de Estadística si se mantuvieran las tendencias demográficas actuales, España perdería un millón de habitantes en los próximos 15 años y 5,6 millones en los próximos 50 años. El porcentaje de población mayor de 65 años, que actualmente se sitúa en el 18,2% pasaría a ser el 24,9% en 2029 y del 38,7% en 2064. El número de defunciones ha superado por primera vez al de nacimientos a partir del 2015.



*tictaquear: hacer tic-tac
**acarcomado: embadurnado de carcoma

foto de Bárbara Blay



miércoles, 13 de enero de 2016

Lucky y Pozo

Esto se trata de una imposibilidad. Las hay negaciones, contra las que nada puede uno interponer. Mi parte más ficticia es otra persona. Pienso en Sartre y según sus términos, para mi el otro es objeto porque yo soy quien lo mira de mis cuencas para adentro. Y ahí, dentro de mi, el otro es mi parte más ficticia. Porque todo lo que toco y siento es más real que el otro, aunque el otro me roce o me hable al oído, siempre está en otra galaxia, porque tiene un pozo (no me refiero al sedimento, sino al pozo, a la oscuridad hundida, gigante, capaz de albergar cualquier misterio, y todos tenemos misterios, todos tenemos pozos...) y porque esos seres etéreos dentro de él, que él ni siquiera ve, lo mantienen alejado de otras entidades concretas... Y así, unos con otros. Por eso, aunque pasen mil doscientos años seguiremos sin conocernos. Por eso estamos solos y sin luz para orientarnos. Cada quien con sus fantasmas.

jueves, 8 de octubre de 2015

Cuento a lo Faulkner

Basado en un cuento tradicional alemán, así empezaba a veces el Cuentacuentos de Jim Henson. Pero soy sudamericana y mis historias por más que intento hacerlas serias y hasta cierto punto hieráticas alguna vez... me salen a lo real maravilloso mezclado con reguetón, muy chicha (la cultura pop del extrarradio peruano). Mi idiosincrasia, pues, se impone, y ayer leyendo algo de Ricardo Piglia (Respiración artificial) suscribí completamente un comentario que decía algo así como "nunca nadie hizo buena literatura con historias familiares". Es verdad, pero también reconozco que para todos deba sernos atrayente y un reto tentador intentar no caer en un Cien años de soledad, que es lo mismo que decir en un bucle ya conocido.

Todos tenemos familias y todos hemos escuchado (quizá no todos, pero si saben que te dedicas a las letras puede que te lo digan más) lo de "esto es tema para escribir un libro". Anécdotas familiares a montones. No hay una que destaque encima de otra, supongo que en todos lugares se cuecen habas. Por eso siempre defiendo la forma frente al argumento.

El hecho de que yo quiera cogerme a este tipo de material peliagudamente literario me lleva a justificarme por medio de la ensoñación, lo que siempre hago. Y ahora estoy en una etapa de fantasía futurista en la que sueño viva y despierta y muerta y dormida con mi otra vida de señora mayor. Porque yo podría ser ya una señora mayor, solo que aún no me he dado por aludida.

Cuenta la leyenda que la hermana de mi abuelita Eva no quería tener hijas, sino un hijo. Le había puesto nombre y todo, contaba los días para que naciera y hablaba de su hijo en presente, como una realidad patente, que estuviera ya fuera de su útero. Pero nació mujer y de no poder soportarlo se volvió loca. Tuvieron que ingresarla. Con este tipo de anécdotas (hay muchas más) me crié y al no gustarme los bebés no me preocupó esta historia en especial. Pero he aquí que con la treintena se me despertó lo que no creía que tenía y empecé a soñar con un hijo... varón. El temor a volverme loca al no conseguirlo se presenta como un quiebro frente a mi y a veces como un dedo que me apunta muy largo.

La mitología griega nos habla de las Grayas, hermanas de las Gorgonas, y eran tres ancianas de pelo gris, que compartían un solo ojo. Recuerdo que cuando vi el capítulo de Perseo en "El Cuentacuentos" me fascinó esa parte, cuando se encuentra con estas tres mujeres tan interesantes. Así que el otro día pensé en reconciliarme con la idea de unas hijas, porque unas descendientes mías de esta forma sí que las podría ver... Temor, Horror y Alarma, eran las Grayas, como tres nombres mágicos para ser sucesoras de una madre que se llama Infausta y que tiene Pavor escrito en sí misma (o sea encajan perfectamente en la mitología que tengo de mí misma, mi imaginario vital). Las Grayas parecían malignas y asustaban un poco, pero al final sólo era el morbo de lo desconocido, como todo lo que nos fascina teratológicamente. Vivían en un lugar oscuro, como es mi casa. Las imagino siempre mayores, como lo fui yo, como cuando era niña y ya era una anciana. Saldrían a su madre, claro. Y me cuidarían en la vejez, postrada en mi cama y ellas, Angustias, Mortificación y Dolores (así se llamarían las mías, mis grayas particulares) harían las diligencias con mucho cuidado de los niños que las señalarían por hurañas y, quizá, brujas. Mi casa, lugar en el que la risa estaría proscrita. El número tres, un número mágico con el que se ha jugado desde siempre.




martes, 14 de julio de 2015

Autosuficiente decadencia y algunas nomatofilias

A veces me pongo a pensar en lo obvias que se nos dan algunas asociaciones que, sin embargo, no deberían de ser tan obvias y, por el contrario, hay un todo que pasamos por alto, y que sin embargo está ahí.

Lo obvio no es tan obvio y lo desapercibido es más real que lo que se nos muestra. Pienso que la importancia está debajo, aunque no quiero ponerme en plan cursi como con razonamientos del tipo Principito “lo esencial es invisible a los ojos”, no va por ahí, aunque puede que coincida en algunos aspectos.
Coincido con el hecho de que muchas personas se nos presentan como objetivamente armónicas, estéticamente proporcionadas... hasta que hablan, se mueven y gesticulan. El movimiento y el tono de voz producen en el conjunto la impresión de lo que está debajo: lo que se guarda dentro de un cajón que está decorado con pinturas de colores por fuera.*
Eso tan sólo para el trato cotidiano, una primera toma de contacto ya nos hace percibir este tipo de rasgos. A veces no sabemos qué pasa, pero hay algo que “no va” y es ese algo de la misma naturaleza que los suspiros, pero sin su materialización. Cuando algo no va se aleja como un suspiro, de dentro hacia arriba y afuera. Es devuelto al aire en forma de aire y deja su inutilidad junto con el olvido. “Ya no hay más pasión que la indiferencia” sonreiría giocondamente de fondo un Gamoneda sin eco, más bien como un hacha. Todo eso es muy simpático, no hay dramas. Lo terrible se produce a la inversa: cuando hay algo que no sabes qué es, pero sí... todo encaja. Cuando todo encaja es extraño y no te preguntas demasiado. Triste utilidad preguntarse demasiado -uno piensa- mejor abandonarse a estos remedos de magia.
Todos sabemos cómo acaba.
Los magos no existen.

Pero ese no es mi tema. Yo no hablo de magias ni intento explicarlas, se me da fatal escribir sobre “cosas bonitas” (y soy fervorosamente fiel al tema infausto de mi blog, que es todo lo contrario). Vuelvo a la primera línea y ahora me toca explicar la segunda parte de la frase: el todo que pasamos por alto y que sin embargo está ahí.
Estoy pensando obsesivamente en la palabra “decadencia”. No tengo ni diccionarios ni internet a la mano, así que si intento ponerme literal, mi intuición indica que decadencia originalmente hace referencia a lo que cae, a una lentitud y a la manera en que algo cae. Lo decadente evoca decrepitud, mortandad, sequedad, acritud, etc. Pero un día me levanto y pienso que en ella está toda la música. Sin querer auscultar en diccionarios ni en libros, lo decadente más allá de sus referencias pictóricas, literarias y estilísticas me importa por la música en sí de la palabra que se erige ella contra todo lo demás. Decadencia es la forma de lo suficientemente fuerte y rotundo como para autodefinirse por su música, sin ayuda de etimologías. Creo que varias veces en mi vida he enfermado de nomatofilia, y ello me ha llevado a estamparme palabras como si fueran enteras consignas. Me fío de ellas. Se me aparecen en sueños con colores o con acertijos y les hago caso. Me las tatúo. Las pienso y las vuelvo a pensar a lo largo del día. Les creo canciones. Intento pintarlas con mis dedos y con otros colores menos acertados de los que ellas mismas me muestran. Decadencia. Ya se me ha aparecido varias veces, la quiero como a ella misma, el valor que les doy es a cada una un valor diferente. Como el amor que dicen las madres que tienen hacia sus hijos diferentes. Pero no son mis hijos. Tampoco las adoro, ni siquiera las venero. Me obsesionan, las pienso, luego se van. Vuelven por la puerta de atrás, las miro y las vuelvo a decorar. Decadencia se tumba, no se enrosca, es alargada como su nombre, es enferma, lánguida y de tules. Lleva muchos trozos de trapo, estos sí, enroscados en sus pies. Arrastra las telas con una levitación imperceptible. No se maquilla, solo espera. Y a pesar de que no se esconde nadie la suele ver.



*En “La conciencia de Zeno” de Italo Svevo hay un dilema que tiene que ver con la importancia de los gestos, pero también con todo el tema de las asociaciones curiosas. Es en esta novela, creo, y en otras (“Mujeres enamoradas”, quizá, o algún cuento de Walser, no lo sé, en literatura es un tema que suele aparecer cuando se trata de amor) donde vemos cómo al conocer al hermano del ser amado, siendo éste menos agraciado que el depositario de nuestros deseos, de pronto los gestos que antes amábamos se ven mancillados por la distorsión que sufren en el sujeto recién conocido (he masculinizado al ser, sin embargo en literatura suele hablarse de esta característica desde la voz masculina refiriéndose a mujeres). Las asociaciones son las culpables, pues, de la apreciación menos objetiva de nuestros seres queridos.

lunes, 30 de marzo de 2015

Herberto Helder ha muerto

No lo conocía entonces, y mis hermanos y yo hablábamos de una "vena negra" que aparecía y nos asustaba. Sería quizá, la vena que partía de punta a punta a Herberto Helder, haciéndole una invasión con todo lo negro del mundo. Premonición de niños, o un compartir de monstruos transoceánicos.

Estos niños eran inocentes como las vísceras del poeta.

Más tarde fue el saludar despacio a los amigos tristes, saludar triste, amarlos despacio.
Pero sobre todo, seguir soñando con casas que son cada una la misma y yo en todas.


martes, 17 de febrero de 2015

Federico García Lorca lo dijo

¡Oh pequeña morena de delgada cintura!
¡Oh Perú de metal y de melancolía!
¡Oh España, o luna muerta sobre la piedra dura!

En uno de los peores días de mi vida pienso en los cuerpos amontonados en una fosa común del cementerio de Lima. El olor no se va, se queda en los pelillos de la nariz; cabe restregarse con la manga de la ropa para que se vaya, no con agua. Me lo dijo el doctor, afirma la taxista que habla con la directora del documental.

Documetal, he escrito de casualidad, se llama: "Mierda y melancolía" iba a decir... Mi subconsciente está muy pesimista hoy y cuando uno tiene un día gris-metal es normal que esto suceda. Se llama en realidad: "Metal y melancolía" y es de la directora peruano-holandesa Heddy Honigmann.
[Para leer sobre otra película suya: "El Olvido", remito al artículo de mi hermana Bárbara que es más concienzuda que yo].
El dolor físico distrae del dolor espiritual y del dolor mental. Pero el dolor físico hace replantearse muchas cosas... tantas, que pueden desencadenarse otros tipos de dolores más responsables.
Yo no sé por qué la gente me asusta tanto. Y las palabras me las tomo tan en serio que se quedan retumbando en mi cabeza como una caja de resonancia. O como en un cuenco tibetano, porque el sonido se queda atrapado dando círculos.
Sólo sé que soy limeña como los taxistas del documetal (esta vez ya no lo corrijo) y que llevamos algo que "el poeta español" diría que nos forma. Nuestras placas oxidadas pueden ser arte a la manera de una naturaleza muerta que no es naturaleza. El óxido huele a melancolía, es verdad, la tierra mojada es para cursis, la melancolía del óxido es más fuerte, poderosa para contener la tristeza durante más tiempo.
Si es una melancolía guardada en metal es una melancolía segura. Pero es segura de que pasará a la posteridad y de generación en generación aunque no quede más metal ni piedra ni taxista.
Escribiendo me siento menos irresponsable del dolor.
Este post se lo dedico a Terom. Gracias por adelantarte a los hechos.

lunes, 14 de abril de 2014

Un bar de Folies Bergère

Es un cuadro de Manet. El cuadro que rompe con el realismo de forma sutil. A simple vista no reparamos en que hay algo oculto ahí... tenemos que empezar a observar y es entonces cuando surgen las interrogantes. Yo me siento como ambos, como la camarera de la barra y como el señor del sombrero. Estoy con los ojos mojados, pero la otra mirada que enseña mi cuerpo de espaldas dice otra cosa, dice que estoy cómoda con el señor y que incluso busco un acercamiento hacia él. ¿Cuál es la mirada verdadera? ¿La frontal o la de la derecha? ¿La del espectador que es él mismo o la del espectador-señor del sombrero?
Como señor del sombrero me siento cerca y a la vez lejos.
Como camarera me siento triste y a la vez atraída.

Todas las miradas son ciertas. Pero la tautología desconcierta y es la que disuelve todas las partículas en el aire.


martes, 25 de marzo de 2014

Algún día justificaré mi monotema con citas y blabla

Mi tristeza es como las Fallas de Valencia.
Si tuviera que escribir sobre ella en algún poema seguramente utilizaría este símil en un momento u otro.

(Porque mi tristeza no es en blanco y negro,
sino de colores, grotesca y gigante,
no cabe en mi salón,
se festeja con ruido y hace de ciertos motivos estampas bufonescas).

Lo explico para las mentes menos avispadas.

jueves, 6 de febrero de 2014

¡No está de moda ser sartriano!

Y menos aún en el centenario del nacimiento de Camus. Es así, ahora está más de moda ser camusiano. Lo respiro a mi alrededor, lo existencialista está aún hoy en día encasillado. Creo que es muy interesante seguir cuestionándonos por lo que llamamos "existencialista". La semana pasada asistí a una conferencia en el Instituto Francés de Valencia, titulada "Albert Camus y el existencialismo" y exponía Inmaculada Cuquerella. Me gustó refrescar ciertos conceptos, ciertas lecturas, que siempre han sido de mi predilección. Que quede claro que yo era una lectora camusiana en el pasado, no hace mucho, cuando tenía unos veinte años. Pero poco a poco me he ido haciendo más sartriana. En un momento de la conferencia, Inmaculada dijo "espero que no haya ningún sartriano entre nosotros"... yo di un respingo en mi asiento, como quien se ve acorralado o descubierto en medio de alguna fechoría. Sí, lo admito. La culpa la tiene "El ser y la nada" y el NEC HERCULES CONTRA PLURES gombrowicziano. La cantidad que cae como una pesada losa encima de nosotros, ni Hércules pudo con esa multitud, ni nosotros podemos defendernos de la mirada.

Para empezar a pensar en todo esto es necesario tener en claro qué es ser existencialista. El existencialismo básicamente plantea que la existencia precede a la esencia. De aquí podemos diferenciar que hay existencialistas cristianos (Kierkegaard, por ejemplo) y existencialistas ateos (Sartre, por ejemplo). En la conferencia de la semana pasada se partió de las tres consideraciones sobre Camus: si era existencialista, si no era existencialista, y si sólo era existencialista en sus primeras obras. Cuquerella (y con ella muchos de los autores que yo he consultado, por ejemplo, Francisco Gutierrez Sánchez o Charles Moeller, el autor de "Literatura del siglo XX y cristianismo", por citar un par de muchísimos) defiende la postura del no existencialismo camusiano. Yo sabía lo que aquello entrañaba: hablar de la esperanza sobre todo. Esperanza que distingue a Camus con respecto a otros escritores de su generación y de su 'círculo'. Por eso, subrayan los defensores de esta postura, se habría distanciado de su otrora amigo Sartre. Y, por supuesto, el recalcar que Camus mismo promulgó su no adherencia a esta corriente literaria.

Cabe resaltar que el existencialismo no gozaba de prestigio en aquel entonces. Todo era llamado "existencialista". Sartre en "El existencialismo es un humanismo" apunta una anécdota muy curiosa e ilustrativa; dice que una señora cuando soltaba una grosería decía "ay me estoy poniendo existencialista". Era, pues, una marca de Caín, una vileza mostrarse existencialista. Es lo que pasa con las modas o con lo que podemos ver ahora mismo con el posmodernismo. Yo también he escuchado "eres un posmoderno" para referirnos a algo negativo. Yo misma lo he utilizado.

Me pareció muy interesante en la conferencia del otro día que se recordara el 'animismo' de la obra de "El extranjero": la naturaleza siempre presente y el protagonista dejándose llevar, en reacciones animales que le exoneraban de cualquier responsabilidad, puesto que los animalitos no tienen conciencia. Sí, es verdad, no hay un amargor de "reflexión" a lo Sartre ni profundizaciones en esos personajes que tan sólo viven, pero eso no quita que la obra nos haga o nos lleve a otras reflexiones a sus lectores. Tenemos que tener en cuenta que quienes niegan el existencialismo en Camus hacen una extensión de la persona a la obra. Está claro que sus obras entrañan una denuncia (pero el existencialismo tampoco es pasivo, lleva a la acción, como nos recuerda Sartre en su famoso ensayo) y que quieren buscar el valor de la existencia. Pero el hecho de que Camus haya sido en vida activista, un hombre comprometido, combativo, defensor de la vida, etc; no quiere decir que su obra no desentrañe los rincones más aciagos del ser. Que aporte esta importancia a la subjetividad lo hermana con el existencialismo. Y ojo que el existencialismo no es siempre sinónimo de tristeza y negatividad. El problema es que se crea esta lectura del existencialismo como plenamente acobardada y pasiva. Los temas de la obra de Albert Camus son de un gran contenido existencial y más allá del lenguaje empleado: no por decir "sinsentido" o "absurdo" vamos ilusamente a englobarlo con los de un cierto sector (aunque sí que podemos ver estos términos como claves o como pistas de lo que se está tratando, es innegable).

El dilema camusiano de que la realidad permanezca inalterable, aunque nuestros actos intenten condicionar en balde, es un dilema que junto con el de la idea de libertad, o la no pertenencia (el ser ajeno a uno mismo); se repiten en los textos existencialistas. El existencialismo habla de la moral del hombre, del hombre que se define a sí mismo y define a otros en el transcurso de su vida y no antes, y todo el sinsentido final es producto de una existencia desgraciada que se impone cuando hagamos lo que hagamos no podemos moldear la realidad a nuestro antojo. Camus lo intenta y ve la luz al final del túnel. Hace asomar la esperanza. Pero esto no tiene por qué apartarlo de su inquietud existencial, aunque nunca haya una conciencia desgraciada a la manera de Hegel, o un absurdo de espera vacía a la manera de Beckett. Por esto simpatiza tanto a los teóricos cristianos, quizá, porque a veces Camus canta a la vida.

Quizá, el meollo de todo el asunto sería la confusión con respecto a lo que se considera existencialista. Si por un lado se cree que el motor sería una angustia que lleva a la acción, o por otro lado una angustia paralizadora, estéril.
No todos los existencialistas son tristes.

Mi amado Sartre a la izquierda y su rival Camus a la derecha


Iba a acabar el post, pero acabo de leer (buscando una imagen, he leído un artículo) "Onfray se queda con Camus, y la mayoría también" y apuntan los rasgos virtuosos y combativos de Camus (antifascista, humanista, etc) y los rasgos antisociales de Sartre (orgulloso, pedante, seguro de su talento, e incluso una afinidad con el nazismo). Vuelvo a mantenerme firme: la obra por completo independiente a la figura de su autor, por favor. Sí que es necesaria la biografía para entender ciertos elementos, pero ésta no influye en mi capacidad para admirar la obra de determinado escritor. Léase Sartre, léase Céline o Vargas Llosa, da igual.

sábado, 26 de octubre de 2013

¿Y si hubiéramos sido amigas, Samantha Berger?

¿Y si hubiéramos sido amigas?

Últimamente la recuerdo, como si lo hubiéramos sido. O como si la hubiera conocido, aunque sea. En cierta forma, siento que sí la conocí. Compartimos el espejo del baño varias veces, cuando se delineaba los ojos de negro. Las chicas solían decir que "así cualquiera..." que con esa pintura todas podíamos llamar la atención. Samantha vestía de negro, solía llevar falda larga, pelo larguísimo... contrastaba con su piel y se acentuaba todo con la delgadez de nínfula de acero, imperturbable en su mirada y lejana, sobre todo.

"No procede", dijo una vez a mi lado. Era tan seria para los que la veíamos pasar. Era una persona que no terminaba de pasar, digamos que la gente pasa, entra y sale, se mueve, se posiciona en uno y otro lugar y desaparece. Ella no terminaba de pasar porque siempre estaba, se quedaba algo, silencio de mujeres dormidas a su alrededor.

Claro que los chicos por los que yo hubiera anhelado algo de atención la miraban con deseo. Pero la gente decía -y era verdad- que ella prefería a las chicas. Otro motivo más para verla como lo escurridizo, casi como una musa etérea.

Todo el mundo conocía su nombre en la facultad. Han pasado trece años, catorce a lo mejor. ¿Qué buscabas en Viena, Samantha? Creo que precisamente 'acero' es una palabra que hubiera definido muy bien a la imagen que tengo de ella (a ella no, a ella no lo sé, porque no la conocí). Ahora empiezo a recordar ciertas intervenciones suyas, coincidimos en muchas clases... Creo que pienso en Samantha porque es mi puente entre los grandes poetas peruanos que murieron trágicamente, ontalgia que se derrama de lo gris de nuestro entorno, y la cotidianidad de mi vida adolescente, en los albores de mis estudios universitarios, cuando se gestaba en mi la apertura: primera habitación el entorno pijo-estudiantil cerrado, a una segunda habitación más amplia, crisol de otros tipos de personas, que vienen de otros entornos. Ahí.

Mi primera apertura.

¿Y ahora? Hay cierta conexión. La serenidad tras comprobar que nada nuevo puedo encontrar. Que quizá todo lo que venga sea una repetición disimulada de lo anterior. Para cierto tipo de espíritus esto es demasiado.

Las mujeres son más discretas a la hora de morir. Los hombres suelen ser más hardcore, no se contentan con morir, sino que quieren explotar, dejar manchas, dejarlo todo perdido... hacer de la muerte un acto de exhibición, como una performance. La mujer suele salir por la puerta de atrás, salta, se toma una pastilla, desaparece detrás del decorado, hace mutis por el foro sin que eso signifique gran cosa...

Otro compañero incendió su cuerpo. Como aquel del que habla Santiago Rocangliolo en su cuento. La facultad de Letras de la Católica ha incubado una ontalgia que lleva a la acción, puede ser. Los que se van sirven de precedente a las nuevas generaciones. Nuestra tristeza es un rasgo que a algunos les parecerá censurable, otros admirarán, pero desde luego, no es menos significativo que tantos nombres de los grandes se hayan visto marcados por la tragedia.

He nevado tanto para que duermas.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sylvain Chomet y el ocaso de los artistas



El mundo de Sylvain Chomet es el de mimos, funambulistas, ventrílocuos, payasos tristes y magos. En medio de personajes del mundo del arte, del teatro y del folletín, construye historias tan reales que si no se tratara de dibujos animados podríamos creer que estamos viendo un drama (por momentos). Viceversa, cuando trata personajes reales, los dota de elementos mágicos. Así, la visión del arte que podamos tener a través de su mundo siempre tendrá un tipo de engranaje que nos permite seguir soñando.

Aunque es difícil en un contexto en el que el arte va dejando de tener cabida en el entretenimiento. Así empieza “El Ilusionista”, último largometraje de Chomet, con el ocaso. Las salas vacías, el ser sustituido por modas juveniles, buscarse otros trabajos más humildes, para públicos más reducidos. Pasar de ser el centro de atención a un mero acompañamiento en bodas, algo exótico.

Si voy a hablar de tristes, este director se puede merecer un puesto de tristeza bella en medio de mi colección. De hecho, ya lo había obtenido cuando vi por primera vez el corto de "Paris Je t'aime", el de los mimos, al presentar la tristeza con una elegancia sin-igual y, al mismo tiempo, con la delicadeza de los colores. Porque la tristeza de Chomet no es en blanco y negro como con el estatismo y agriedad de otros tipos de tristeza (que puede estar muy bien para transmitir desgarro y penas más intensas, no tan melancólicas) y entonces logramos entrar en la parte de la pena que es alma, la que crea y da a luz. Como los mimos, de los que nace el amor o como las trillizas, que continúan brindando sus cantos.

"Les triplettes de Bellville" es el primer largometraje de Chomet y pude verlo en pantalla grande en la filmoteca de aquí de Valencia. Me resultó muy amena esta película, tenía toques surrealistas (cómo se convertía lo del ruido del tren en algo onírico, hasta la comida de ranas bombardeadas tenía un toque surreal...) y de sueño en medio de lo cotidiano. Aquí ya encontramos personajes del mundo del espectáculo en el ocaso de sus vidas y carreras (de los escenarios a los cubos donde se calientan los 'clochards' debajo del puente).

Antes de las trillizas, vi en youtube “La vieille dame et les pigeons” y me cautivó. El tema es muy curioso: un hombre que se percata de una mujer que adora a las aves y las ceba de comida en el parque. El hombre se disfraza de gran paloma y va a visitar a la mujer para que ésta lo alimente también. La gracia de los movimientos y gestualidad es algo de resaltar en este director, ya que en todas sus obras el diálogo es pobre o inexistente (pero cuando aparece, es necesario e igual de brillante que sus otros elementos). Me gustan las películas en las que los protagonistas son grandes amigos que hablan diferentes idiomas y son grandes porque su comunicación es sin palabras. Ésta es una película de esas.



“El Ilusionista” se inspira en la obra y persona de Jacques Tati. De hecho, el protagonista lleva su nombre completo: Tatischeff. Sabemos que fue la hija de Tati la que encargó a Chomet la tarea de llevar a su realización esta idea que se había quedado hasta el momento en manuscrito. La imagen de Tati es reflejada tal cual en el dibujo y se encuentra cara a cara con el Tati original, imagen grabada y en movimiento, cuando el personaje de Chomet entra en un cine.

El protagonista se ve obligado a emigrar para hacer su espectáculo y aterriza en Edimburgo. Ahí no se le quiere separar una adolescente ingenua que piensa que no le faltará de nada con aquel, para ella, ser mágico y viajan juntos a su nueva casa. La chica, de campo y pobre, ve en la ciudad un nuevo tipo de vida que la seduce y poco a poco quiere más lujos para vestir. El ilusionista se ve en la necesidad de trabajar fuera de tiempo para poder pagar los caprichos de la chica. Prefiere trabajar de cualquier cosa antes que revelarle que los magos no existen y que él no hace aparecer las cosas de la nada, que 'simplemente' es un fingidor y un artista de las apariencias y de la ilusión. Hasta que descubre que la chica se ha enamorado del vecino y que ya no lo necesita demasiado como compañía y soporte. Y se va, previa nota amarga, como varios apuntes amargos hay en la película; todos ellos constituyen mis momentos predilectos, porque como he dicho, es una amargura sutil que hace de la injusticia vital un bello poema.

Son imborrables las imágenes del muñeco del ventrílocuo en el escaparate, siendo continuamente rebajado, hasta que llega un momento en que la etiqueta pone que lo regalan, porque nadie quiere un muñeco como ese... y el ventrílocuo en la mendicidad, sentado en la esquina de una escalera como otro muñeco completamente abandonado. O el payaso que siempre está al borde del suicidio. También es significativa la aparición de una niña humilde que recuerda a cómo era la chica que ahora pasea como un maniquí de escaparate, representando la imagen de un espíritu limpio antes de los aderezos de presunción en la sociedad.

Nostalgia silenciosa es la de Sylvain Chomet, donde las historias tristes son de colores.



jueves, 18 de octubre de 2012

De tortugas y héroes

El otro día leía sobre la anécdota que contaba Schopenhauer y que le hacía sentir gran tristeza. Era la de las tortugas. Contaba que cada año desde hace miles, unas tortugas depositan sus huevos en la isla de Java, de forma maquinal, como poseídas. Pero cada vez que lo hacían acababan siendo devoradas por unos perros salvajes. Entonces plantea Schopenhauer ¿por qué esta acción que lleva inevitablemente a la tragedia y al dolor? Ve al hombre en la misma situación, como un autómata aferrado a la vida y que esto solo le lleva al sufrimiento. La voluntad de vivir se vuelve absurda y cruel.

Ayer fui a la conferencia de mi amiga Lorena Rivera, ella hablaba sobre Dostoviesky en Crímen y Castigo. Planteaba el concepto de héroe en esta novela y cómo tenía rasgos románticos... para llegar a definirlo en su esencia más completa (acabando con un poema maravilloso de Valle Inclán). Raskolnikov no es un héroe moral, no tiene por objetivo liberar al mundo de la vieja usurera. No mata por ningún fin de esos, que le hubieran podido servir de coartada. Simplemente mata para probarse a sí mismo, la sensación del abismo, la razón todo poderosa, el vértigo que se siente al asomarse en frente de él.


Cómo venían a mi mente otros antihéroes trágicos como el Mersault de Camus, llevado al crimen simplemente por un sinsentido general, y en este caso cualquier pretexto hubiera valido: Mersault podría haber matado por la ligera incomodidad de que se le posara una mota de polvo en la nariz (el pretexto que da tras su acto fatal es que le molestaba el sol...). Aquí ya no es el romanticismo el que impera, sino el absurdo.

O, tras el bien y el mal, se me aparecía Demian (de Hesse), hablando de Abraxas y tocando los dos lados en una única fusión de ying yang.

Todos antihéroes y cómo se podía ver el 'crimen' desde cada uno de estos prismas. Volviendo al "Schiller ruso" que era Raskolnikov, también encuentro la semillita de la tortuga del inicio, la que ponía los huevos y era devorada. El pesimismo existencial que ya tiene su antepasado en el romanticismo es tan patente en todos estos héroes que me inclinaría a señalarlo como rasgo general y compartido. Raskolnikov será devorado, por los lobos de la justicia, por la sociedad, etc; pero aún así se encamina a la tragedia. Así como todos los héroes atormentados post-románticos. No hay escapatoria para el sinsentido, pues. Se abre una brecha hacia lo absurdo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Infausto, infausto Cioran



El dolor está relacionado con la tristeza. El dolor permite el alejamiento que hace que todas nuestras cotidianidades adquieran un toque severo y estremecedor. Son temas que tocan Pavese, Celan y Cioran. Cioran los citaba a ellos, los leía, tenía amistad con su compatriota Celan y relata el talante sombrío de éste en sus Cuadernos. Si gustamos de este tipo de literatura existencial vamos a encontrarnos con estos temas, realidad, lenguaje, máscaras, poesía, lo trágico, etc.

¿Pero yo que tengo que ver con la vida? Creo que así lo decía Cioran, con todo ese extrañamiento que proporciona el gran dolor. Cioran es un erudito del dolor, un gran prolífico de las letras del dolor. Creo que si en mi biblioteca comparamos Libro del desasosiego de Pessoa, todos los libros de Cioran, los de Beckett y los poemas de Celan y Antonio Gamoneda, tan sólo con eso podríamos ya trazar una línea en la que coincidirían todos ellos en muchos puntos. Y Pavese con sus diarios y Kierkegaard con sus héroes y sus trágicos y aquel libro azul que tengo de Tres formas de la existencia frustrada de Ludwig Binswanger. En las novelas que guardo celosamente también hay mucho de esto, pero en los libros mencionados arriba está condensada y explicada la línea dolorosa tan ampliamente que bastaría para una asignatura de universidad que podría impartir yo sin ningún criterio serio como historia, marco político-social, contexto, etc. Tan sólo hablando del dolor. Sería una asignatura temática más que instructiva, ponemos el tema y divagamos. Muy cioranesca, también, ya que rechazaríamos todas esas vías aburridas y escribiríamos con “excitación, con furia” muy como él lo hacía.



El dolor se pretende contener en palabras y se mece con los fantasmas, las sombras hamletianas, se cae en diferentes realidades, en la pugna de ellas por creerse cada cual la más “real”. Y en medio de todo ello, el dolor sigue brillando, porque puede ser bello también, porque Cioran decía cuando estaba de mejor humor “En la tristeza todo se vuelve alma” y luego se desdecía y gritaba; y entonces podemos ver que es cíclica y en ella se acogen pasión y contención: un mecanismo que desequilibra y nos deja permeables y expuestos a todo cuando es la tristeza que desgarra, y cuando estamos devorándonos tranquilos y ensimismados, la otra, la de la belleza.

Otro de sus temas estrella: la soledad. Aceptar la existencia real de otros como yo. Hasta qué punto aceptamos esta existencia. De ahí el origen de todas las mentiras. La mentira inmanente, capítulo de Breviario de podredumbre. Los quijotes, porque todos somos quijotes en potencia. El secreto del arte, el fingir, el impostar, las máscaras, las personas. Pero Cioran se debate cual Tántalo entre el hacer no haciendo (un poco taoísta) y el oficio de escribir, el oficio de poeta. Y entonces se nutre desde dentro, llevado por la fatalidad, y en la necesidad de escribir, en la búsqueda de autenticidad, también se destroza porque grita cuando se da cuenta de que es esclavo de la palabra:

“Escribir un libro, publicarlo, es ser esclavo de él. Pues todo libro es un vínculo que nos ata al mundo, una cadena que hemos forjado nosotros mismos. Un 'autor' no llegará nunca a la liberación plena: será un simple veleidoso en todo lo relativo a lo absoluto”. (Cuadernos, Página 130).

Contradicción. Aspirar entonces a la nada. Al no ser. O al ascetismo. Ya lo decía Schopenhauer. No hay otra. Estamos condenados, Cioran piensa que todo acto es ridículo en sí mismo. “Vivir es un descuido de la inacción” (Libro del desasosiego, página 120).

Cuando leo a Cioran a veces me evocan fragmentos de otros poemas, no sólo los de Celan. También me evoca a La Tierra Baldía, con lo de las sombras errantes en la Ciudad Irreal. Y otras veces recuerdo Esperando a Godot, porque la tristeza... no creo que sea lícito decir que se agota, después de todo lo que he dicho antes, pero sí creo que la tristeza que es susceptible de desembocar en el desencanto nos lleva a un estado superior del 'ya-no-poder-siquiera-esperar-más-aguantar-para-dar-el-último-movimiento-el-movimiento-que-nos-mataría-ni-siquiera-ese-último-movimiento'.

Cada una de las novelas de Beckett, por tanto, nos lleva en progresión hacia esa inacción, cada vez más el hombre se encuentra más reducido, más amputado, con menos margen de acción y movimiento, hasta finalmente acabar hecho un muñón. Un claro ejemplo del sinsentido tras perder esa tristeza. Quizá la congoja, la de retorcernos, no puede llegar a ser lo suficientemente poderosa para sostenernos, sólo para destruirnos.

Pero qué mejor que el dolor para saber que somos y estamos. Qué mejor que la tristeza para saber que aún creamos y nos cautivamos. Toda aspiración a la nada deja estas sensaciones detrás en el camino. 

(Ya me cansé de los colores)

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Infaustas

Acabo de cambiar la dirección de este blog, porque me parecía que era muy larga y complicada. Intenté llamarlo simplemente 'infausta' como las direcciones de mis cuentas de correo, pero ya estaba cogido. Tuve curiosidad por ver el blog llamado 'infausta' y resultó que era mío, muy antiguo, un blog que tuve en el 2002 y, aunque dejé de escribir ahí al año o poco después de un año, tardé en cerrarlo hasta el 2008, fecha en que me di cuenta de que aún estaba activo. Así que me dio pudor de que estuvieran esas palabras adolescentes circulando impúdicas por la red y quise tomar medidas. Sin embargo, como yo no soy muy buena con las cosas digitales, no lo pude cerrar y sólo borré las entradas y comentarios, algo que me costó mucho tiempo porque tenía varias entradas y muchos comentarios (en aquella época estaba muy de moda escribir en blogs).

He recuperado aquel blog, lo he vinculado junto con éste y además le he quitado el dominio 'infausta' para dárselo al que uso ahora y a ese lo he nombrado "blog antiguo de infausta". Por supuesto, está vacío, sólo tiene el título y explicación. Conservo los huesos porque me da pena borrarlo para siempre y más aún ahora que lo he recuperado.

Ahora, ya que estamos en el tema, haré un homenaje a las infaustas. Creo que son aquellas mujeres atormentadas o demasiado pasionales para la vida de los comunes. En estas mujeres que he seleccionado destaco la fuerza, la creatividad, la capacidad para sentir hasta el límite y el halo de misterio que las envuelve.

Mi primera seleccionada es Lucía Joyce, con su danza y su amor por Samuel Beckett:


La siguiente es Clarice Lispector, la de los cuentos salvajes, cigarros y cicatrices:

Otra infausta en la mirada es la Condesa de Noailles, musa de pintores, entre ellos Zuloaga, inspiración de intelectuales y amiga de Proust:

Camille Claudel, la hermana del poeta Paul Claudel, escultora discípula y amante de Rodin, infausta de treinta años de manicomio:

Una infausta por ser diferente y de una creatividad rompedora y, para mi, reconfortante. Judith Scott, abrazando a su obra:

Estas mujeres son las verdaderas infaustas. Las que tienen la mirada triste y no sólo unos ojos tristes.