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jueves, 25 de abril de 2019

Me siento identificada con Border




¿Es malo que me sienta identificada con esta película?
Es una película hermosa.
Me gusta cómo sabe contar una historia que parece drama y vamos descubriendo que las imágenes que surgen alrededor de sus protagonistas son la alegoría de una distopía interior, la de mi vida, quizá, en la que los demás pertenecen a una raza diferente a la mía y sólo me doy cuenta cuando encuentro a un ser especial, justo como yo, forjados por una mitología inexistente, pero que nos hace cuestionar la realidad de la cosmogonía científica y como-debe-ser.
Es inquietante descubrir que pueden representarte con un exterior amorfo, lo supuestamente amorfo no lo es tanto. Según qué parámetros. ¿Y si en mi propia realidad lo sucio significara limpio? ¿Y si se supone que debería de haber estado comiendo gusanos? Lo mismo pasa con el alma.
Puede que desde Freaks de Todd Browning no me encontrara con lo monstruoso tomando venganza frente a lo canónico de la forma en la que Border lo hace. “Para que sientan lo que nos hacen a nosotros”.
Todos sabemos del discurso sobre la alteridad y el miedo que el Otro ha representado para lo imperante. Un ejemplo típico es la amenaza que representaba ese otro, indígena, cuando aparecieron nuevos mundos. Miedo es la base para la construcción de todo ese discurso. El miedo al diferente lleva a la mayoría a segregarlos y al final... esa posibilidad de que exista un grupo de “otros” en algún paraje no imaginario puede significar algo lo más cercano a la esperanza.
Por eso me hace sentir lo agridulce, a través de esa esperanza. Realmente califico a esta película de esperanzadora.


martes, 26 de febrero de 2019

Roma y los perros


He visto Roma de Cuarón y acabo de leer la crítica de Slavoj Zizek y opino muy parecido a él... sobre todo en el episodio del ahogamiento de los niños y cómo la sirvienta se mete en el agua para salvarlos con una cámara que lo filma desde fuera, en horizontal, sin involucrar la visión de la mujer que está rescatando, haciéndola lejana, describiendo simplemente un paisaje bonito. Es, pues, una relación entre amos-esclavo que en todo momento de la película se subraya como cada uno en su puesto, donde la amabilidad o cortesía raya en el paternalismo y es este trato acentuado en cada momento del film, que quizá tenga como objetivo el abismo que se forma entre los mundos, el de la gente que caza y habla en inglés y entre los que celebran el nuevo año en otro sector de la hacienda, apiñados y bailando sus noticias tristes.

Para argumentarlo haré notar las partes que más me horadaron al verla: el enmarque de la película limpiando la mierda de los perros, el suelo mojado, las heces dispersas, el decírselo a Cleo explícitamente en un momento de tensión, "recoge la mierda", el ver cómo se aplasta lentamente con el neumático, la diligencia de la protagonista al limpiar. Es esta diligencia una característica muda en la mujer que vemos, su pasividad nos lleva a entenderla, a través de lo que calla, de lo que sufre. No es necesario que hable, es la diana andante o prisma en el que se reflejan los colores de los demás, como un chivo expiatorio. Las situaciones se retratan solas.

Pienso que Cleo es una Monalisa. Puede tener un rostro enigmático que lo mismo sufre como se mantiene impertérrita. Pero los elementos externos a ella son los que nos indican que algo se va gestando: explotan bombas, hay revueltas, hay fiestas, hay señales (vasos que se rompen en momentos de brindis), hay planos en los que le lamen la mano para que ella vea y sienta lo que es servir y cómo es que acabará; como los perros colgados en la pared, cabezas trofeo de las casas en las que sirven. Así, los esclavos con sus amos, como perros, remitiéndonos a aquella obra cumbre indigenista de Ciro Alegría...

Entonces, cuando ella llega y le dice a su compañera: tengo mucho que contarte, ahí, tras todo el metraje, podemos pensar que el revulsivo ha asentado, que un tiempo de inflexión da paso a otra Cleo, que quizá ya no estará más callada.

No nos llega a doler el trato que le dan sus amos y sin embargo sí nos duele el trato que recibe de uno de su mismo rango. Esto es una trampa, los niños la abrazan y ella está seria. Cuando le celebran que ella los salvó, enseguida añaden: tráeme un batido. Todo esto no nos llama la atención, lo podemos pasar por alto porque entra dentro de lo asumible en este tipo de situaciones jerarquizantes.

Pero la película es hermosa y como buena obra de arte no hace didactismo y se agradece que no suene cual fábula con moraleja.

martes, 17 de febrero de 2015

Federico García Lorca lo dijo

¡Oh pequeña morena de delgada cintura!
¡Oh Perú de metal y de melancolía!
¡Oh España, o luna muerta sobre la piedra dura!

En uno de los peores días de mi vida pienso en los cuerpos amontonados en una fosa común del cementerio de Lima. El olor no se va, se queda en los pelillos de la nariz; cabe restregarse con la manga de la ropa para que se vaya, no con agua. Me lo dijo el doctor, afirma la taxista que habla con la directora del documental.

Documetal, he escrito de casualidad, se llama: "Mierda y melancolía" iba a decir... Mi subconsciente está muy pesimista hoy y cuando uno tiene un día gris-metal es normal que esto suceda. Se llama en realidad: "Metal y melancolía" y es de la directora peruano-holandesa Heddy Honigmann.
[Para leer sobre otra película suya: "El Olvido", remito al artículo de mi hermana Bárbara que es más concienzuda que yo].
El dolor físico distrae del dolor espiritual y del dolor mental. Pero el dolor físico hace replantearse muchas cosas... tantas, que pueden desencadenarse otros tipos de dolores más responsables.
Yo no sé por qué la gente me asusta tanto. Y las palabras me las tomo tan en serio que se quedan retumbando en mi cabeza como una caja de resonancia. O como en un cuenco tibetano, porque el sonido se queda atrapado dando círculos.
Sólo sé que soy limeña como los taxistas del documetal (esta vez ya no lo corrijo) y que llevamos algo que "el poeta español" diría que nos forma. Nuestras placas oxidadas pueden ser arte a la manera de una naturaleza muerta que no es naturaleza. El óxido huele a melancolía, es verdad, la tierra mojada es para cursis, la melancolía del óxido es más fuerte, poderosa para contener la tristeza durante más tiempo.
Si es una melancolía guardada en metal es una melancolía segura. Pero es segura de que pasará a la posteridad y de generación en generación aunque no quede más metal ni piedra ni taxista.
Escribiendo me siento menos irresponsable del dolor.
Este post se lo dedico a Terom. Gracias por adelantarte a los hechos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sylvain Chomet y el ocaso de los artistas



El mundo de Sylvain Chomet es el de mimos, funambulistas, ventrílocuos, payasos tristes y magos. En medio de personajes del mundo del arte, del teatro y del folletín, construye historias tan reales que si no se tratara de dibujos animados podríamos creer que estamos viendo un drama (por momentos). Viceversa, cuando trata personajes reales, los dota de elementos mágicos. Así, la visión del arte que podamos tener a través de su mundo siempre tendrá un tipo de engranaje que nos permite seguir soñando.

Aunque es difícil en un contexto en el que el arte va dejando de tener cabida en el entretenimiento. Así empieza “El Ilusionista”, último largometraje de Chomet, con el ocaso. Las salas vacías, el ser sustituido por modas juveniles, buscarse otros trabajos más humildes, para públicos más reducidos. Pasar de ser el centro de atención a un mero acompañamiento en bodas, algo exótico.

Si voy a hablar de tristes, este director se puede merecer un puesto de tristeza bella en medio de mi colección. De hecho, ya lo había obtenido cuando vi por primera vez el corto de "Paris Je t'aime", el de los mimos, al presentar la tristeza con una elegancia sin-igual y, al mismo tiempo, con la delicadeza de los colores. Porque la tristeza de Chomet no es en blanco y negro como con el estatismo y agriedad de otros tipos de tristeza (que puede estar muy bien para transmitir desgarro y penas más intensas, no tan melancólicas) y entonces logramos entrar en la parte de la pena que es alma, la que crea y da a luz. Como los mimos, de los que nace el amor o como las trillizas, que continúan brindando sus cantos.

"Les triplettes de Bellville" es el primer largometraje de Chomet y pude verlo en pantalla grande en la filmoteca de aquí de Valencia. Me resultó muy amena esta película, tenía toques surrealistas (cómo se convertía lo del ruido del tren en algo onírico, hasta la comida de ranas bombardeadas tenía un toque surreal...) y de sueño en medio de lo cotidiano. Aquí ya encontramos personajes del mundo del espectáculo en el ocaso de sus vidas y carreras (de los escenarios a los cubos donde se calientan los 'clochards' debajo del puente).

Antes de las trillizas, vi en youtube “La vieille dame et les pigeons” y me cautivó. El tema es muy curioso: un hombre que se percata de una mujer que adora a las aves y las ceba de comida en el parque. El hombre se disfraza de gran paloma y va a visitar a la mujer para que ésta lo alimente también. La gracia de los movimientos y gestualidad es algo de resaltar en este director, ya que en todas sus obras el diálogo es pobre o inexistente (pero cuando aparece, es necesario e igual de brillante que sus otros elementos). Me gustan las películas en las que los protagonistas son grandes amigos que hablan diferentes idiomas y son grandes porque su comunicación es sin palabras. Ésta es una película de esas.



“El Ilusionista” se inspira en la obra y persona de Jacques Tati. De hecho, el protagonista lleva su nombre completo: Tatischeff. Sabemos que fue la hija de Tati la que encargó a Chomet la tarea de llevar a su realización esta idea que se había quedado hasta el momento en manuscrito. La imagen de Tati es reflejada tal cual en el dibujo y se encuentra cara a cara con el Tati original, imagen grabada y en movimiento, cuando el personaje de Chomet entra en un cine.

El protagonista se ve obligado a emigrar para hacer su espectáculo y aterriza en Edimburgo. Ahí no se le quiere separar una adolescente ingenua que piensa que no le faltará de nada con aquel, para ella, ser mágico y viajan juntos a su nueva casa. La chica, de campo y pobre, ve en la ciudad un nuevo tipo de vida que la seduce y poco a poco quiere más lujos para vestir. El ilusionista se ve en la necesidad de trabajar fuera de tiempo para poder pagar los caprichos de la chica. Prefiere trabajar de cualquier cosa antes que revelarle que los magos no existen y que él no hace aparecer las cosas de la nada, que 'simplemente' es un fingidor y un artista de las apariencias y de la ilusión. Hasta que descubre que la chica se ha enamorado del vecino y que ya no lo necesita demasiado como compañía y soporte. Y se va, previa nota amarga, como varios apuntes amargos hay en la película; todos ellos constituyen mis momentos predilectos, porque como he dicho, es una amargura sutil que hace de la injusticia vital un bello poema.

Son imborrables las imágenes del muñeco del ventrílocuo en el escaparate, siendo continuamente rebajado, hasta que llega un momento en que la etiqueta pone que lo regalan, porque nadie quiere un muñeco como ese... y el ventrílocuo en la mendicidad, sentado en la esquina de una escalera como otro muñeco completamente abandonado. O el payaso que siempre está al borde del suicidio. También es significativa la aparición de una niña humilde que recuerda a cómo era la chica que ahora pasea como un maniquí de escaparate, representando la imagen de un espíritu limpio antes de los aderezos de presunción en la sociedad.

Nostalgia silenciosa es la de Sylvain Chomet, donde las historias tristes son de colores.



domingo, 4 de noviembre de 2012

Infaustos en Béla Tarr


El título de esta entrada tiene dos sentidos: infaustos en Béla Tarr como fieles en Cristo, permanecemos infaustos en nuestra butaca creyentes de la religión desesperanzada de Tarr; pero también quiere hacer alusión a los personajes infaustos de sus películas.

Conocí a Béla Tarr hace algunos años. Tuve la oportunidad de ver casi todas sus películas en la filmoteca. Tengo pendiente Satántangó, me arrepiento de no haberla visto cuando tuve oportunidad y como no tengo internet no sé si podré conseguirla (tampoco sé si se puede encontrar por internet, teniendo como tiene infinitas horas de duración). Me acuerdo de “Gente prefabricada”, la primera que vi, en color sepia. Las mujeres parlanchinas y los hombres ausentes. La siguiente fue “The Outsider”, que me gustó mucho, el personaje principal, desarraigado, despeinado y sin dientes, un violinista que se nos muestra primero en un hospital geriátrico (para mi es relevante) es un personaje muy simpático llamado András. Luego, el resto de personajes aparecen como si crecieran de la esquina de la cocina, in media res, me gusta esta aparición accidental de los personajes. Aquí ya empiezan a mostrarse los ancianos tarrianos, tan simpáticos que siempre me cautivan. El final amenizado con rapsodia húngara número 2 de Liszt...

Luego vi la que es mi favorita de Béla Tarr: “Armonías de Werckmeister”. Valuska, el joven sensible que está transparentando sus miedos y sus descubrimientos cada vez que lo vemos pasar y con el tono de su mirada y el de su voz. Las armonías también nos pueden hablar de los silencios, en los intervalos de cualquier pieza. Esta es una pieza en la que se nos abre una ballena, Valuska también nos lo dice.

¿Debemos prestar más atención de la normal o es que tan sólo debemos dejarnos llevar por las imágenes? Hay una secuencia de diez o quince minutos aproximadamente, en la que una multitud entra en el hospital asolando todo a su paso y dando golpes a los pacientes... hasta que la escena es cortada de golpe con la aparición de un anciano muy anciano, muy pequeño. Completamente desnudo. Se ofrece, cabizbajo... y entonces hay una luz y una música que agreden nuestra sensibilidad (la claridad muestra lo que no queremos ver). Los destructores no tienen otra opción más que salir tristes, silenciosos, del lugar. Sobran las palabras para explicar el momento, por eso es necesario ver este cine más que hablar de él.




La última película de Tarr que había visto hasta antes de ayer era “El hombre de Londres”. Se trata de una película de humor negro en la que la vigilancia es primordial: siempre hay alguien que escucha una conversación o alguien que mira detrás de una ventana...
Maloin es el protagonista, cual Meursault de "El extranjero" de Camus, sobre todo en aquella frase de poco antes del final: "yo sólo quería traerle algo de comer" como si dijera "era el sol el que me molestaba". Su vista, su contención, su ser incomprendido frente a su esposa (que está perfecta en el papel, su histerismo, los gritos en la mesa no son banales, forman un cuadro) sus pasos errantes, aunque su decisión firme y sus silencios. La música marca los tiempos: nos avisa de la vigilancia, del ser vigilado, de la expectación. ¿Una de mis escenas favoritas? Cómo no, una de estética mendicante y bella a la vez: los viejitos del bar bailando con silla y bola de billar al ritmo del acordeón.

Turin Horse” es la última película de Béla Tarr. A través de seis días vemos a un padre de cincuenta y ocho años y a su hija viviendo en medio de la nada. El viento castiga la casa de piedra y se levanta el polvo y las hojas de los árboles. Ambos se turnan frente a la ventana para ver el mismo paisaje que se extiende hasta una pequeña colina donde hay un árbol que recuerda a Friedrich (ver imagen). Un pozo y poco más. Cada día va la hija a sacar agua del pozo y lucha contra la inclemencia del tiempo. Luego viste al padre que sufre de una parálisis en el brazo. Hacen cosas cotidianas como lavar ropa, coser, cortar leña, dar de comer al caballo, comer una patata hervida y beber aguardiente, todo en medio de un profundo silencio que es quebrado sólo para hacerse pequeñas observaciones sobre la carcoma o si está lista la comida. Hay un par de interrupciones de foráneos: un vecino que viene a pedir aguardiente y empieza un largo monólogo sobre la injusticia, la ineptitud de Dios, el poder y el pueblo, etc. El dueño de la casa sólo le corta al final: “Eso es una estupidez”. Otra interrupción es la del grupo de gitanos que vienen a coger agua del pozo y son echados por los dueños de la casa. Uno de ellos le regala un libro sagrado a la chica de la casa.



Sabemos que Tarr se inspiró en el caballo que Nietzsche vio ser maltratado por su cochero. El caballo de la película deja de comer y en vez de ser útil para sus dueños, comienza a ser un peso más. Cuando intentan huir de la casa, deben cargar con el caballo y los trastos, todo lo lleva la chica. No sólo es el caballo lo que empieza a ir mal. Se acaba el agua del pozo, se va la luz y no pueden encender las lámparas, las brasas no pueden encender nada. Sin agua y sin fuego no pueden hervir las patatas y los inunda la penumbra al final de la película, donde el mayor come una patata cruda y la hija observa sin intentar comer siquiera ante la advertencia de su padre: “Deberías comer” como antes ella le señalaba al caballo.

Lo importante, no está sólo en la fotografía cuidada y preciosista... hay muchos planos, pero me quedo especialmente con la imagen que se ve desde dentro de la casa del vecino alejándose, debatiéndose con el viento y el marco de la ventana encuadrándolo. La ventana es especial, vemos a la chica mirar también enfocándola desde afuera, casi al final de la película. Vemos comer un día desde el ángulo del padre, desde el ángulo de la chica otro día, al siguiente los vemos a los dos desde un lado de la mesa, y finalmente desde el otro. Así, vemos todo y nos metemos en esa casa y en su silencio (con una única melodía que encaja a la perfección).

No sabemos por qué vuelven, no sabemos si llegaron a marcharse. Hay una condena en esa casa, que los atrapa y los expulsa, que los mantiene autómatas y en silencio. Ya no hay más pretextos para crear otras obras de cine después de ésta porque se deja en evidencia el sinsentido, y cuando eso pasa, no es posible añadir nada más. Hay, pues, un alto nivel de becketidad.

Enfermos que no se frotan la herida, pero que la ven agrandarse y extenderse por todo su ser.

jueves, 26 de julio de 2012

Ejercicios y soledad


Georges Perec.
Desde hace algunos meses que quiero escribir sobre él. Vengo anunciándolo en Twitter y aún no me sentaba a escribirlo... Es que vi “Un homme qui dort” y me quedé sorprendida. No había visto una película así, tan verdaderamente existencialista, que tanto me recuerde a Beckett o a Cioran. No recuerdo cómo llegué a Perec. No fue por Raymond Queneau, cuyos ejercicios de estilo me parecían simpáticos hace muchos años. En serio no recuerdo nada de cómo llegué a Perec; luego fui y me compré “Especies de espacios” un libro que era superficialmente lo que intuía que podía ser, aparentemente simple, de primera ojeada muy parco y sin anécdota. Todo lo contrario cuando se le presta atención, es esa clase de libros "engañosos" (conozco pocos libros así). En “Especies de espacios” le pones tú la anécdota: los barrios son tus barrios y las ciudades son tus ciudades, junto con sus vecinos y sus cafés. Me encantan los libros que hablan sobre paredes. Éste es uno de ellos. La parte de paredes y escaleras me gustan mucho, así como el borrador de carta y su ejercicio de “lugares”.


Es curioso que yo escribiera “Lo que no se nombra es el título” en una entrada del 27 de junio. Ahora que releo a Perec me parece que tiene mucho de él en cuanto al mecanismo que sigo: intento llegar a sensaciones que el lector puede compartir mediante la enumeración escueta de situaciones cotidianas (de lo que es 'misterioso' en lo cotidiano). Hay mucha labor del lector en todo esto.

Y cómo lo lleva al cine. “Un homme qui dort” es un chico que se rebela contra lo que se supone que tiene que hacer. Yo, personalmente, no creo que esté reflejando un día en el que cambia y decide ser de otra forma y no seguir yendo a clases, etc. Creo que relata lo que hace siempre, sus divagaciones y conflictos son de mucho atrás. Este chico tiene ansias de infinito, de trascender. Por eso la voz en off que relata su pensamiento no para, es una voz que relata la soledad, pero que por lo general es dulce (en el sentido de la melancolía). Hay un poco de spleen... pero se intercala con otros sentimientos como en una sinfonía. El chico empieza y acaba en su cuarto las noches, sale a la calle, pasea, devora su soledad.

El episodio que más me gusta es cuando se sienta en frente de un señor mayor. Cómo batallan en sus bancos. Se da por vencido y se da cuenta que no puede estar tan inmóvil como el señor ahí al frente. El joven, al fin y al cabo, es un jovenzuelo. Pero el estatismo, quietud y mansedumbre de su oponente es tal, que cualquiera que experimente la desazón del paso del tiempo o la irreversibilidad sabrá empatizar con este cuadro.


No todo es una soledad hermosa en este film. Aparece la rabia, la música que rasga y la voz en off que se enciende cuando se habla de los 'otros' como monstruos. Recuerda a la “Tierra Baldía” de Eliot, por lo menos a mí me lo recordó, aquello de “Ciudad Irreal, bajo la parda niebla de una madrugada de invierno un caudal de gentes vi pasar y siendo tantos, nunca pensé que la muerte llevara a tantos”. Así es como se describe a la humanidad. Unos monstruos, unos entes de carcasa. El protagonista sufre y lo quiere ver todo derruido, que todo se purifique. Como en la canción de Tool: “Aenima” cuando pide que un maremoto acabe con todo. Y así acaba la película. En medio de una ciudad devastada. Perec puede ser un posmoderno, pero en la sensibilidad es de los míos, de los de fines del XIX-comienzos del XX.  

domingo, 21 de noviembre de 2010

Roland Barthes, Truffaut y sobres de azúcar del bar

El otro día en una conferencia sobre arte, bienales y anuncios kitsch, comentaron una cita de Roland Barthes a propósito de la moda como cultura: "La alta costura es alta cultura". Me acordé inmediatamente de este blog (así de impersonal, me despersonalizo para desentenderme de los fracasos que representan los blogs para mi, o mejor dicho, la nutrición de un blog llevado por mi).

También una señora de teoría del arte dijo en medio de todas sus palabras, algo que siempre que lo escucho (o cuando yo misma me acuerdo de esto, como quien se acuerda de que vamos a morir) me deja en estado pasmoso. Se trata de la gente que pasa a tu lado cotidianamente y ese pensamiento fugaz que invade, que dura lo mismo que el "encuentro" con esas personas; de que no volverás a verlos más. Más allá de inventar sus vidas y todo ese tipo de cursilerías típicas de peli ameliesca, se trata de la conciencia de vertiginosidad, del tiempo, del tiempo kantiano que solo nos compete a nosotros y a nadie más. La ponente se sobresaltó cuando dijo lo del segundo en que pasa rapidísimamente el tren y vemos toda esa gente por la ventanilla. Cuántas veces he escuchado esa reflexión, pero siempre me impacta y consigue hacerme nadar otra vez en mis experiencias.


Como hoy en la peli de Truffaut, la historia que cuenta la chica cuando dice que su padre se enamoró a primera vista de una mujer que vio en el tren y quedó con ella y el día que había quedado le salió un grano y no se presentó a la cita. Y el resto de su vida se la pasó triste por no haber acudido.

Luego, vuelven a hacer referencia a este tipo de fulminaciones de gente desconocida en tropel, pero no me acuerdo ahora mismo.

Lo del sobre de azúcar es que las citas que ponen suelen estar entretenidas, pero ayer encontré una que me dejó muy complacida porque me identifico: "Muchos serían cobardes si tuvieran suficiente coraje para serlo". De un tal Fuller que, además del mérito de haber sentenciado de forma tan arriesgada, no he encontrado otro rasgo de su vida ni obra que me llame en lo absoluto la atención.