En junio de 2010 fui por primera vez a ver una ópera de Salomé. Fue la de Zubin Mehta en el Palau de les Arts. Dieciséis años después he vuelto al mismo sitio a una nueva versión de Salomé. Buscando imágenes y vídeos de aquella que marcó mi imaginario y lo llenó de -mujeres con bandejas de plata exigiendo una reparación al desaire- he comprobado que hay escaso rastro de esa primera pieza. La foto que más me ha gustado es ésta:
La representación se caracterizó por unos tonos sombríos que eran cortados por algún rojo o azul estridente. Una luna metálica que lo envolvía todo. Y una actualización de siglo XX, quizá la Segunda Guerra Mundial. El Jochannan poderoso en harapos, cuya calvicie destacaba cada vez que Salomé alababa su cabellera azabache. De la memoria de esa obra se me quedó la impresión que cualquier persona siente por primera vez cuando presencia una danza de los siete velos. La marielena veinteañera se tatuó para siempre la imagen de Aubrey Beardsley:
Poco después, la foto perfil de Facebook en la que mis contactos aseguraban que había un parecido razonable entre la Salomé que puse y yo, la marielena de entonces:
Sentando todo ese precedente, cual fan kpop pero yo con la Salomé; sin embargo, no volví a ver ninguna obra al respecto hasta este sábado: la primera de las funciones que habrá esta temporada:

Ahí estaba yo, en mi butaca barata de menor visibilidad pero que si te mueves o te levantas un poquito en ciertos momentos lo puedes apreciar todo, felizmente. La de ahora es una Salomé contemporánea, brillante, con su trasunto infantil y muñeca que se pasan la una a la otra. La luna, a la que la obra hace referencia en distintos momentos, es una bola negra, como presagio mortuorio. Ángeles de alas negras y ojos vendados inundan la escena y construyen buenos cuadros que se animan por momentos y en otros encuadran una escena a la manera pictórica. Jochannan es grande, sí que se ha dejado el pelo largo, emerge de la tierra y se abate en ella. Sube y baja de una plataforma circular, reflejo de la luna. El momento estrella es cuando esta circunferencia se prende en llamas. Así como Salomé tiene su muñeca el gadget de Juan el Bautista es un cordero. El tetrarca es un hombre trajeado y Herodías, su mujer, va de oscuro también, sobrios y elegantes. Herodias con su mantra "no la mires, no la mires así". Salomé dirá al final al Bautista "por qué no me miraste", la mirada en esta escalera de amores no correspondidos. Lo curioso de esta obra es que sí que queda reflejado más que en otras representaciones el hecho de la pérdida de la inocencia de Salomé al ser vista como objeto sexual por su padrastro. Ahí, la Salomé niña, en la cama arropada y siendo zarandeada en la danza, intercalada con la Salomé mayor. Sin embargo, antes de la Salomé de Wilde, mucho antes, la Salomé era únicamente la niña. Algunas voces proclaman la sexualización de Salomé por la mirada masculina y hacer de ella, en principio una niña, una astuta mujer capaz de seducir. El momento de la cabeza es el más cercano al retrato de Gustave Moreau que haya visto:
Queda para la reflexión aquellos versos de Angélica Liddell, que en su momento me pareció que abarcaban la esencia de la Salomé que me tatué, una Salomé que se aqueja de enamoramiento, una Salomé de mal de amores, de locura de amor, que abraza y besa una cabeza cuando el amado ya no se le puede resistir:
Junté los pies en mi cama
y me hice cadáver
y no se echó sobre mi rostro
y no lloró sobre mí
y no me besó
ven
queridísimo
recuéstate aquí
ahora que tu preciosa cabeza
está hecha pedazos
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