jueves, 21 de agosto de 2014

De cuando me quedo con lo esencial en un viaje

No todo lo que ha hecho el hombre suena a algo artificial.

Hay ciertas obras que no quieren competir con la naturaleza

sino que parece que nacieran espontáneamente de ella.

¿Por qué me atraen tanto las bolas de paja?

sábado, 26 de julio de 2014

Corriendo detrás de los días, con efecto retardado

Y mirándolos pasar a gran velocidad delante de mi, son trenes que se van; de repente me apetece leer a Dámaso Alonso.

<pausa>

En este blog puede constar cómo se me han pasado los días.


¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.



Lo que me ha empujado a escribir son dos cosas:

1. Hay un bar que queda cerca de mi casa. Vivo en esta casa desde hace más de dos años. La zona la conozco bastante bien, vivo en esta zona desde hace más de siete años, ocho años o nueve años, fácilmente (para las fechas, para los números en general no sirvo nada); y muchas veces he pasado por esta calle. No es una calle grande ni ancha ni principal. Tampoco es una calle escondida. Hay graffitis, hay bares, hay una desembocadura que da al río (Turia, sin agua). Y uno de estos bares es este bar. Desde que vivo en esta casa paso todos los días delante y me llama mucho la atención. Día tras día pienso que me gustaría muchísimo entrar; veo la puerta, el cartel con ese nombre tan extraño que he buscado en internet y no significa nada, pero que me gusta y atrae demasiado, veo esa cara de cemento que está puesta al lado del cartel, y la ventana y puerta abierta, como de una casa polaca de campo, y el camarero señor mayor de barba gris y bigote y alguna señora mayor de vez en cuando. Escucho la música, no está mal, creo que es algo de jazz, de todas formas es música que no irritaría a nadie, y sí, creo que le pega que sea jazz a la puerta, mesas y barra de madera. Tras la ventana puedo ver un montón de lo que abarca ese bar en lo que me da de tiempo mientras paso al costado cuando salgo de mi casa o vengo después de trabajar (nunca ralentizo el paso ni me he quedado de pie delante para inspeccionar, jamás he hecho eso); y lo que veo es un bar desaprovechado (¿o no?) completamente vacío y con licores listos para servir y cervezas dispuestas a ser posicionadas... pero nada. Ni un parroquiano (¿quizá la señora? pero no, esa habla en la puerta, no entra, es una señora de paso, una vecina quizá), ni grupos de gente, ni curiosos, ni nada. Soledad soledad soledad. Pero ¿Y la música? ¿Es que llegará gente a alguna hora en la que no paso yo? Sinceramente, no lo creo. Lo que me consterna muchísimo, mucho mucho de verdad y sin exagerar, es que siento que ese bar se comporta como si estuviera activo, pero sin embargo no hay nadie. Eso me consterna y perturba y casi me emparanoia. Me digo "¡Pero algún día debo entrar!" Y no lo he hecho jamás y creo que no lo voy a hacer. Aunque me devore por dentro y me muera de las ganas: por su gran espacio, ya que es un bar  con dos alturas y no parece tener fondo; porque es bonito y porque debe ser más bonito aún todo lo que no alcanzo a ver.

2. Vi un hombre en el Kentucky. Comía pollo y miraba de reojo nuestra mesa. Fue solo a comer pollo. Imaginé que tendría una vida detrás de esa cara y esa soledad calórica. Esa cara quizá me miente una vida anodina, pero puedo imaginarle distintas versiones:

2.1 Soltero cuarentón, feo, religioso, valleinclanesco del siglo xxi, por supuesto. Vive con su madre y su tía. Se ha escapado para comer pollo crujiente. No ha estado con mujer, no le interesan tampoco. Se le ha muerto un gato hace poco, se da un pequeño capricho para olvidar.

2.2 Gran químico que no ejerce su profesión. Familia de dinero. No se casa porque no quiere, no tiene hijos. No le gusta la gente. Hace crucigramas.

2.3 Salido sexual y pervertido fetichista. Pero está en tratamiento. Por eso come pollo.

2.4 Señor normal, muy inteligente, tiene Asperger. Acaba de salir de una reunión de los síndrome de Asperger, cada uno de ellos se ha ido por su cuenta.

2.5 Solterón tranquilo de vida apacible. En proceso de adopción, papeleo para adoptar un niño ucraniano.



Las siguientes posibilidades serían rebuscadas: buscarle hijos, familia o profesión arriesgada en plan asesino o cosas así no serían la verdad, tendría sentido en una película, solamente. No miente tanto, ni el pollo ni el cuadro que había delante de mi. Y estoy segura de que no tendría hijos ni maldad. Tengo experiencia en reconocer vegetales silvestres.


jueves, 15 de mayo de 2014

La nave de los necios es Ryanair o la Biblioteca

Tras el congreso en Polonia tengo muchas impresiones, varias de ellas intertextuales, metaliterarias y líquidas.

Partiendo desde el contexto del avión, notando que siempre me toca sentarme (puesto que los asientos son de tres) con parejas. Lo curioso es que estas parejas responden a un perfil: cuarentones no casados, que se conocen del trabajo probablemente, muy melosos y cariñosos, que se comportan como adolescentes o como si estuvieran haciendo algo "furtivo"(¿quizá tienen pareja lejos de ese avión?). Suelen vestir de formas muy de mercadillo, pero no mercadillo en el que encuentras ropa tipo vintage, ya saben a lo que me refiero. Y comen muchas cosas y piden cervezas en el vuelo y se levantan para mear e incordiar. Hablan de forma muy barriobajera y con tonos de voz bastante irritantes. Suelen aparentar más edad de la que tienen en la piel de sus caras y en lo fofo de sus cuerpos; y la vida parece que los ha llevado al mismo punto, por lo que obligatoriamente tienen que estar juntos.

Es curiosísimo, pero este perfil se me repite en cada viaje. Quizá no tan curiosísimo porque viajo con compañías low-cost. Quizá es el perfil de parejas que más viajan.

Una de esas parejas me consta que eran del trabajo porque rajaban de otros compañeros durante el viaje. Hacían manitas como si estuvieran en el cine y se besuqueaban entre risas. Yo leía la revista que dan durante el vuelo e imaginaba posibles accidentes. Me gusta prestar atención a las instrucciones y observar bien dónde se guardan los chalecos salvavidas. Suelo respirar con alivio al ver que no llevo tacones (nunca los llevo) ni pendientes ni nada de esas cosas que son peligrosas antes de tirarse por la salida de emergencia, según el dibujito del manual de supervivencia.

En el congreso estaba rodeada de montañas. Ustron significa en castellano 'retiro' y es porque es una zona de balnearios, de descanso y relax. Yo imaginé la 'montaña mágica' de Thomas Mann: me gustaba sentarme en la terraza pensando que otrora estaría ahí mismo curándome de una tuberculosis. Sin embargo, la sensación se tornaba voluptuosidad al fumar mientras dejaba fluir esos pensamientos, hacerle daño a los pulmones en un lugar de descanso o purificación es una extraña forma de rendir homenaje a mis mitos. Pero créanme si les digo que se aprovecha mejor.

Los académicos pasean muchas veces muertos en vida, como zombies, como los de la Ciudad Irreal de Eliot. Es preciso cogerlos de los pies para que se detengan... alguna vez estuvieron con vida y sintieron pasión por la literatura.
A mi corazón artista le cuesta bombear con corsés demasiado ajustados, con cualquier tipo de corsés.
Sin embargo, los admiro porque cuentan con algo que yo no tengo: disciplina.

En una plenaria se habló de la locura en el teatro español. Pusieron algunas imágenes que me gustaron mucho... una de ellas era de la Biblioteca del Hospital, de Valencia. En la imagen se señalaba como 'Hospital de Valencia', tal es así que le comenté a la compañera que estaba sentada conmigo 'ahora es la Biblioteca Pública'.
Quizá muchos no sepan que ese Hospital, era un hospital psiquiátrico, el más moderno en aquel tiempo, fundado en 1409. De hecho, aquí no se le llama 'la biblioteca del psiquiátrico', 'la biblioteca del manicomio', se ha borrado cualquier relación con la locura al nombre de la biblioteca. Por eso se la conoce con el nombre de Biblioteca Pública o en todo caso 'del Hospital' (¿cuál?).
Cuántas personas van a diario a estudiar ahí, yo incluida he ido muchísimas veces durante toda esta última década. Me imaginaba que dónde quedaría toda esa carga mental desquiciada y torcida, que en un lugar así debe quedarse algo concentrado, por lo menos. Y si es posible estudiar con esa maraña sobre las cabezas... ¿La locura puede ser tan fuerte como para concentrarse en ciertos espacios per secula seculorum?

La nave de los necios, Sebastián Brant





martes, 29 de abril de 2014

Corazón gota

Cuando era niña tuve casi tuberculosis.

Mi cuerpo siempre ha sido muy débil. Mi caja torácica está bastante comprimida, ahí dentro no hay apenas espacio. Por eso, mi corazón tiene forma de gota.

Cuando me lo dijo el doctor me hizo mucha gracia. Pueden salir muchas metáforas de todo esto... si nos ponemos a pensar, los corazones en forma de gota pertenecen a gente muy delgada o cansada... o es causado por enfisemas. 

Si el corazón se ha asociado al sentimiento amoroso y ese sentimiento es cansado, es lógico que tenga una forma de gota que cae, queriéndose desprender de su centro.

Éste no es mi corazón en forma de gota, el mío es muy, muy pequeño

lunes, 14 de abril de 2014

Un bar de Folies Bergère

Es un cuadro de Manet. El cuadro que rompe con el realismo de forma sutil. A simple vista no reparamos en que hay algo oculto ahí... tenemos que empezar a observar y es entonces cuando surgen las interrogantes. Yo me siento como ambos, como la camarera de la barra y como el señor del sombrero. Estoy con los ojos mojados, pero la otra mirada que enseña mi cuerpo de espaldas dice otra cosa, dice que estoy cómoda con el señor y que incluso busco un acercamiento hacia él. ¿Cuál es la mirada verdadera? ¿La frontal o la de la derecha? ¿La del espectador que es él mismo o la del espectador-señor del sombrero?
Como señor del sombrero me siento cerca y a la vez lejos.
Como camarera me siento triste y a la vez atraída.

Todas las miradas son ciertas. Pero la tautología desconcierta y es la que disuelve todas las partículas en el aire.


miércoles, 2 de abril de 2014

se me dan mal los ejercicios de estilo

Mi amigo Daniel Munin escribe y utiliza ejercicios para no desentrenarse. Es como las señoras que hacen yoga, pero con las palabras. Yo lo he intentado cuando veo alguna estructura que parece que pueda dar de sí, pero no he podido; no siento el corset, sino que mis imágenes suelen depender de una referencia exterior y a veces no calzan en el ejercicio, no me vienen experiencias similares a lo que siento que leo, para poder plasmarlas con esas formas.

Es muy útil eso de los ejercicios de estilo, y sino que se lo digan a Queneau. Yo estoy en una fase amniótica. Quiero desentumecerme, pero sólo me sale el conflicto con mi yo actual. He intentado leer para contagiarme de la savia que fluye por las venas literarias de otros... he leído "Ante el dolor de los demás" de Susan Sontag estos días, pero me esperaba algo más lírico... no sé. Mis expectativas están ahora en lo que me conmueve, y me conmueven muchas cosas, pero tras una capa de fino papel de plástico transparente; no es un material muy chic, pero sería algo así. No da pena romperlo, tampoco. O sea que ¡quiero salir! No me quejaría en lo absoluto si pudiera salir por fin a la superficie. Esta etapa de ensoñación ya viene durando mucho... y no sé qué espero. Cuánto daño me ha hecho el absurdo.

No sé si a alguno de uds le pasa, pero olvido cosas muy importantes. "Cosas" como escritores que me han gustado, nombres de poemas, etc. No es una tontería, quizá podría ser algo trivial, pero para alguien que se dedica a esto, o cuya vida gira en torno a esto de forma constante... es un motivo para consternarse. Me he quedado con una frase "me adorno con flores muertas que continuan vivas a mis ojos" y la he usado durante los últimos años para definirme (esa y la de "odre de putrefacción quiso que fuera mi cuerpo y una ramera de solicitaciones mi alma" de Dámaso Alonso ésta última). No puede ser que ahora no sepa de qué poema viene ni esté segura de su autor. Pensaba que era de T.S Eliot, pero no la encuentro en sus poemas... ¿Y si la creé yo?

Eso quisiera, pero obviamente no es mía. Aunque si nunca apareciera su eminente autor, la reclamaré yo, y lo digo desde ya para que no aparezca otro y se me adelante.




martes, 25 de marzo de 2014

Algún día justificaré mi monotema con citas y blabla

Mi tristeza es como las Fallas de Valencia.
Si tuviera que escribir sobre ella en algún poema seguramente utilizaría este símil en un momento u otro.

(Porque mi tristeza no es en blanco y negro,
sino de colores, grotesca y gigante,
no cabe en mi salón,
se festeja con ruido y hace de ciertos motivos estampas bufonescas).

Lo explico para las mentes menos avispadas.

jueves, 20 de febrero de 2014

Trabajar en la retracción de rostros

Volver a dar un examen del pasado con la aplastante vejez del presente.

Que tu propia vida sea como una película que no has visto pero que te cuentan: "has hecho esto, esto otro..." y ser como ese tipo de borrachos que se cogen la cabeza y dicen hermosamente ingenuos en sus resacas: "no recuerdo nada de eso".

Que a quienes quieres debas dejar de quererlos porque ya no te quieren o nunca te quisieron (trabajar en la retracción de rostros, que diría Gamoneda).

Verte en una telaraña de embobamiento sin posibilidad de avanzar o de retroceder, sin margen de movimiento.

Descubrir que das vueltas al mismo círculo y que te recuerdas al rinoceronte traumatizado del circo (que murió así) y que si no sales de ahí te esperará la misma suerte. Ese círculo "esperanza" y que alimentas imaginariamente de ilusiones... pero que es la misma, inútil ilusión disfrazada de colores nuevos y trajes importados. Y te haces mayor. Y sigues dando vueltas mediodormida. Te parece objetivamente patético, pero te repites "son importados, son importados...".

Ya no me sirve nada de esto, a quién pretendo engañar.


jueves, 6 de febrero de 2014

¡No está de moda ser sartriano!

Y menos aún en el centenario del nacimiento de Camus. Es así, ahora está más de moda ser camusiano. Lo respiro a mi alrededor, lo existencialista está aún hoy en día encasillado. Creo que es muy interesante seguir cuestionándonos por lo que llamamos "existencialista". La semana pasada asistí a una conferencia en el Instituto Francés de Valencia, titulada "Albert Camus y el existencialismo" y exponía Inmaculada Cuquerella. Me gustó refrescar ciertos conceptos, ciertas lecturas, que siempre han sido de mi predilección. Que quede claro que yo era una lectora camusiana en el pasado, no hace mucho, cuando tenía unos veinte años. Pero poco a poco me he ido haciendo más sartriana. En un momento de la conferencia, Inmaculada dijo "espero que no haya ningún sartriano entre nosotros"... yo di un respingo en mi asiento, como quien se ve acorralado o descubierto en medio de alguna fechoría. Sí, lo admito. La culpa la tiene "El ser y la nada" y el NEC HERCULES CONTRA PLURES gombrowicziano. La cantidad que cae como una pesada losa encima de nosotros, ni Hércules pudo con esa multitud, ni nosotros podemos defendernos de la mirada.

Para empezar a pensar en todo esto es necesario tener en claro qué es ser existencialista. El existencialismo básicamente plantea que la existencia precede a la esencia. De aquí podemos diferenciar que hay existencialistas cristianos (Kierkegaard, por ejemplo) y existencialistas ateos (Sartre, por ejemplo). En la conferencia de la semana pasada se partió de las tres consideraciones sobre Camus: si era existencialista, si no era existencialista, y si sólo era existencialista en sus primeras obras. Cuquerella (y con ella muchos de los autores que yo he consultado, por ejemplo, Francisco Gutierrez Sánchez o Charles Moeller, el autor de "Literatura del siglo XX y cristianismo", por citar un par de muchísimos) defiende la postura del no existencialismo camusiano. Yo sabía lo que aquello entrañaba: hablar de la esperanza sobre todo. Esperanza que distingue a Camus con respecto a otros escritores de su generación y de su 'círculo'. Por eso, subrayan los defensores de esta postura, se habría distanciado de su otrora amigo Sartre. Y, por supuesto, el recalcar que Camus mismo promulgó su no adherencia a esta corriente literaria.

Cabe resaltar que el existencialismo no gozaba de prestigio en aquel entonces. Todo era llamado "existencialista". Sartre en "El existencialismo es un humanismo" apunta una anécdota muy curiosa e ilustrativa; dice que una señora cuando soltaba una grosería decía "ay me estoy poniendo existencialista". Era, pues, una marca de Caín, una vileza mostrarse existencialista. Es lo que pasa con las modas o con lo que podemos ver ahora mismo con el posmodernismo. Yo también he escuchado "eres un posmoderno" para referirnos a algo negativo. Yo misma lo he utilizado.

Me pareció muy interesante en la conferencia del otro día que se recordara el 'animismo' de la obra de "El extranjero": la naturaleza siempre presente y el protagonista dejándose llevar, en reacciones animales que le exoneraban de cualquier responsabilidad, puesto que los animalitos no tienen conciencia. Sí, es verdad, no hay un amargor de "reflexión" a lo Sartre ni profundizaciones en esos personajes que tan sólo viven, pero eso no quita que la obra nos haga o nos lleve a otras reflexiones a sus lectores. Tenemos que tener en cuenta que quienes niegan el existencialismo en Camus hacen una extensión de la persona a la obra. Está claro que sus obras entrañan una denuncia (pero el existencialismo tampoco es pasivo, lleva a la acción, como nos recuerda Sartre en su famoso ensayo) y que quieren buscar el valor de la existencia. Pero el hecho de que Camus haya sido en vida activista, un hombre comprometido, combativo, defensor de la vida, etc; no quiere decir que su obra no desentrañe los rincones más aciagos del ser. Que aporte esta importancia a la subjetividad lo hermana con el existencialismo. Y ojo que el existencialismo no es siempre sinónimo de tristeza y negatividad. El problema es que se crea esta lectura del existencialismo como plenamente acobardada y pasiva. Los temas de la obra de Albert Camus son de un gran contenido existencial y más allá del lenguaje empleado: no por decir "sinsentido" o "absurdo" vamos ilusamente a englobarlo con los de un cierto sector (aunque sí que podemos ver estos términos como claves o como pistas de lo que se está tratando, es innegable).

El dilema camusiano de que la realidad permanezca inalterable, aunque nuestros actos intenten condicionar en balde, es un dilema que junto con el de la idea de libertad, o la no pertenencia (el ser ajeno a uno mismo); se repiten en los textos existencialistas. El existencialismo habla de la moral del hombre, del hombre que se define a sí mismo y define a otros en el transcurso de su vida y no antes, y todo el sinsentido final es producto de una existencia desgraciada que se impone cuando hagamos lo que hagamos no podemos moldear la realidad a nuestro antojo. Camus lo intenta y ve la luz al final del túnel. Hace asomar la esperanza. Pero esto no tiene por qué apartarlo de su inquietud existencial, aunque nunca haya una conciencia desgraciada a la manera de Hegel, o un absurdo de espera vacía a la manera de Beckett. Por esto simpatiza tanto a los teóricos cristianos, quizá, porque a veces Camus canta a la vida.

Quizá, el meollo de todo el asunto sería la confusión con respecto a lo que se considera existencialista. Si por un lado se cree que el motor sería una angustia que lleva a la acción, o por otro lado una angustia paralizadora, estéril.
No todos los existencialistas son tristes.

Mi amado Sartre a la izquierda y su rival Camus a la derecha


Iba a acabar el post, pero acabo de leer (buscando una imagen, he leído un artículo) "Onfray se queda con Camus, y la mayoría también" y apuntan los rasgos virtuosos y combativos de Camus (antifascista, humanista, etc) y los rasgos antisociales de Sartre (orgulloso, pedante, seguro de su talento, e incluso una afinidad con el nazismo). Vuelvo a mantenerme firme: la obra por completo independiente a la figura de su autor, por favor. Sí que es necesaria la biografía para entender ciertos elementos, pero ésta no influye en mi capacidad para admirar la obra de determinado escritor. Léase Sartre, léase Céline o Vargas Llosa, da igual.

martes, 21 de enero de 2014

Otesanek y la esperanza

Conocía "Fausto" de Jan Svankmajer. He visto algunos de sus cortos stop motion surrealistas. Pero cuando vi la imagen de la mujer rubia con el trozo de tronco en sus brazos envuelto con ternura, decidí en ese mismo momento que tenía que ver la película. Afortunadamente, era fácil de encontrar. Las dos horas se me esfumaron tan rápidamente, como con los libros de historias que leía cuando era niña, me enganchó y me daba pena al acercarme al final.

Pero yo de normal no busco buenas historias que me atrapen, cuando leo libros. En películas, quizá, es otra cosa. Sé que en "Fausto" lo que encontraba era más un conjunto de sensaciones, reconocimiento ante determinadas imágenes,  y hasta vértigo en algunas escenas (las cabezas rodando por la ladera, las cabezas sobredimensionadas de los títeres, se me atragantaban en el movimiento). O el pavor y las gallinas. En "Otesanek" lo que hay es una historia mucho más normal, de personas normales, como los vecinos dicen al salir del cine que lo que quieren es ver "películas de personas normales como ellos".

Lo siento, pero voy a discrepar con casi todo el mundo y voy a decir que esta película para mi no es fantasía, o no radica en esta fantasía. Ahh pero no hablo de lo formal, el surrealismo es evidente en determinadas escenas y hace una aparición preciosa, que yo no voy a destacar. Yo voy a hablar de la carga real, interna, viva y latente de esta película.

Primero, que siento muy cercano el dilema de la esperanza y esta historia representa esa búsqueda. Pero no una búsqueda que se conforma con cualquier cosa, no, sino una búsqueda de unos personajes que crean e intentan vencer obstáculos para aferrarse a la ilusión. La ilusión es un trozo de tronco que tiene hambre.



La ilusión a veces es tan necesaria para no volverse loco y matar gente. O para vivir uno mismo sin molestar a nadie. Llenar un vacío con esa ilusión puede ser de vida o muerte.

Somos muchos los que abrazamos troncos con fervor. A veces no sabemos qué es lo que pasará cuando se despierten... pero tampoco nos importa. Es nuestro hijo y es el único que tenemos... cuando sabemos que no podremos tener nada más.

Creo que una mujer yerma (una Yerma lorquiana del siglo XXI) podría entender un tipo de ilusión así. Una mujer, un hombre, cualquiera que tenga una privación grave.

Paul Klee "El patetismo de la fertilidad"


Antes de despedirme de este post, también quiero mencionar a la niña inteligente de la peli. Creo que es la primera vez que una niñita 'sabelotodo' me cae bien en una película. Odio a la empollona de "La elegancia del erizo" y a la agridulce disforzada de "Pequeña miss sunshine". Siempre me han parecido super repelentes ese tipo de niñitas en las películas. Pero ésta es diferente. Una niña que lee de todo, con contestaciones ingeniosas y un carácter fuerte. Primera vez que encuentro un papel de niño no remilgado y divertido, con ocurrencias interesantes. Lo siento por los amantes del cine indie de colores muy fuertes y brillantes en el que prevalece el rojo ameliesco-darjeelingniesco, lo siento, pero ese gusto no es el mío.

Lo siguiente contiene spoiler de mi vida y de la peli:

Quienes me conocen dirán: "Bueno, tú siempre poniéndote de parte del monstruo blablabla". Sí, y de la sensibilidad torcida también, pero no me podrán negar que la ilusión que se desborda a ella misma y que se come todo lo demás es lo que guarda la ansiada dualidad: "poderoso para destruir/ poderoso para sostener" y eso, ya se sabe que es muy difícil de encontrar.

Por otro lado, los monstruos que se lavan las manos con cuidado, y se cepillan las uñitas antes de comer, siempre me han parecido muy simpáticos.

Yo, por mi parte, seguiré abrazando muy fuerte a mi tronco... hasta que a algún infeliz se le ocurra arrebatármelo.


jueves, 16 de enero de 2014

Nuevo

Hola, soy María Elena.
Que se haya repetido el número de entradas en el año 2012 y 2013 no es casual. Me di cuenta de que si no escribía más que una en diciembre repetiría el número 19. Así que decidí hacerle caso a ese juego.
Cuando era niña pensaba que este tipo de juegos, y el de no pisar línea en las aceras, eran retos que me proponía el demonio mentalmente, no sé por qué, supongo que por esa concepción del demonio-fauno de los bosques al que le gusta ser juguetón.

He pensado mucho en escribir. Me vienen ideas y las dejo marchar como el narrador dejaba marchar a Platero en sus cascabeleos ideales. De hecho, cuando pienso en cómo dejo marchar mis ideas me imagino siempre al burrito de Platero, contonéandose alegremente "que parece que se ríe". Era un secreto.

He decidido también, aunque no con mazo y en voz alta, que quiero confiarme mucho más en este blog, dejar constancia de que a veces existo. Hay muchos pensamientos que en mi nacen y mueren y a veces pienso que me volveré o loca o piedra. Prefiero lo de loca, así que voy a forzarme a escribir más, y esto no quería que fuera una lista de propósitos, pero es que temo mucho a lo de la piedra. Mucho mucho.

De las ideas que recuerdo... recuerdo borrosamente a dos ancianos diciéndole el uno al otro "tú me enterrarás" y no me acuerdo a qué quería llegar con todo esto... Hace poco me enteré de que no existen nichos a perpetuidad y esto me afectó-consternó de alguna forma. Con lo que yo temo a esta idea de no poder conservar esta materia terrenal por si acaso.

Me pasó como una estrella fugaz por la cabeza la idea de escribir una serie de cuentos o novela sobre una chica que trabaja de recepcionista en la consulta de un psiquiatra. Basada en mi, obviamente. Podría estar interesante si le dedicara tiempo, habría toda clase de anécdotas y mi personaje sería realmente dramático. Aunque ayer pensaba que yo no podría ser una dramaturga imparcial precisamente por mi carácter dramático. Hay que ser neutro para poder 'hacerse' dramático, no venir así de nacimiento. Creo...

Y también le debo un texto a la apatía que me está destruyendo. Y a las ilusiones que cuando se alejan te dan con la cola en la cara (ilusiones de piel suave y mojada como los reptiles, con colas largas y amarillas que zas zas zas).

Sigo con mi afán recopilador y ahora he puesto en dropbox algunos de mis cuentos de hoy y siempre, no están todos los que tengo, pero quizá los más presentables (formalmente hablando puede que encajen más en la concepción de 'cuento', mis otros textos son garabatos que se basan casi exclusivamente en mis sueños). Están puestos de más viejo a más nuevo, empezando con lo de los directores de orquesta, obsesión juvenil, y terminando con uno de hace un año o así, que no aprecio tanto, pero que tiene ideas marielenescas:

https://www.dropbox.com/s/mxdtwmzrdm89kqh/director%20de%20orquesta.doc
https://www.dropbox.com/s/ooupyimuud29zvw/cartasdeuntalfunes.doc
https://www.dropbox.com/s/ola1u8e1bd2ut8p/epifania.doc
https://www.dropbox.com/s/gjv5ybz0qzzbn4v/nomatofilia.doc
https://www.dropbox.com/s/6eg4hfuyccrn3w3/Ojo%20de%20cabra.doc


domingo, 22 de diciembre de 2013

ballena ayer mía

Hace unos pocos años saqué unos anagramas de mi nombre y apellido. Entre ellos estaban mi favorito por marielenesco "niebla alma ayer", el pretencioso "bella reina maya", y uno más lúdico "arenilla y ameba". Pero había uno que aleatoriamente decidió permanecer y yo lo dejé ahí junto a los otros, aunque no me dijera nada en ese momento. Ahora se ha desvelado el significado, el anagrama era "ballena ayer mía" y realmente ayer se me apareció una ballena. Es como si el destino me dijera: "¿Quieres aún más pruebas? Pues ahí te dejo una ballena en el parque de en frente de tu casa". Lo que más me remuerde la conciencia y me intriga muchísimo es el hecho de que estuviera tan absorta en el semáforo de la otra calle, que no viera la ballena que tenía justo en mis narices, a medio palmo de mi cara. Me siento como uno de esos personajes de la Ciudad Irreal, de Eliot; de repente puede llegar una ballena que nadie se va a inmutar, la señora seguirá paseando a su perro a mi lado, los de la acera de en frente también estarán concentrados en el mismo semáforo que yo. Y a la ballena le faltaba poco para hablar con el fin de atraer nuestras miradas, ni siquiera la dimensión de su gran carruaje me hizo extrañarme... Sin embargo, lo lamenté cuando se alejó. Hubiera querido entonces asimilarla con la mirada, verla mejor, no perder el tiempo en un semáforo cualquiera. ¿Y si hubiera sido un animal de mediano tamaño? Entonces me pongo a pensar en la cantidad de animales y, por qué no, seres fantásticos cuya aparición me he perdido precisamente por ese único motivo: por no ser de grandísimas y pesadas dimensiones.

Para la próxima espero estar alerta.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Mierda


Hubiera querido escribir sobre la sonrisa nerviosa que he visto aparecer completamente despistada y como último recurso delante de la muerte, del accidente, de la miseria de uno mismo. Pero cuando pasan los días las imágenes también se quedan atrás a veces. Algunas palabras sueltas, algún sentimiento engreído y solo que ni yo recogería. Culpo de mi dejadez a la cantidad de sueño que me da el vivir, moverme, como algo más que las plantas, un poco más que ellas. Pienso por las noches, antes de dormir otra vez, en textos que luego olvido. Luego despierto varias veces al día pensando en los sueños que ya no anoto. Dejar constancia de que aún estoy de este lado y no del otro. Pero por cuánto tiempo, a veces me confundo.

Paul Klee "El inicio de una sonrisa"

sábado, 26 de octubre de 2013

¿Y si hubiéramos sido amigas, Samantha Berger?

¿Y si hubiéramos sido amigas?

Últimamente la recuerdo, como si lo hubiéramos sido. O como si la hubiera conocido, aunque sea. En cierta forma, siento que sí la conocí. Compartimos el espejo del baño varias veces, cuando se delineaba los ojos de negro. Las chicas solían decir que "así cualquiera..." que con esa pintura todas podíamos llamar la atención. Samantha vestía de negro, solía llevar falda larga, pelo larguísimo... contrastaba con su piel y se acentuaba todo con la delgadez de nínfula de acero, imperturbable en su mirada y lejana, sobre todo.

"No procede", dijo una vez a mi lado. Era tan seria para los que la veíamos pasar. Era una persona que no terminaba de pasar, digamos que la gente pasa, entra y sale, se mueve, se posiciona en uno y otro lugar y desaparece. Ella no terminaba de pasar porque siempre estaba, se quedaba algo, silencio de mujeres dormidas a su alrededor.

Claro que los chicos por los que yo hubiera anhelado algo de atención la miraban con deseo. Pero la gente decía -y era verdad- que ella prefería a las chicas. Otro motivo más para verla como lo escurridizo, casi como una musa etérea.

Todo el mundo conocía su nombre en la facultad. Han pasado trece años, catorce a lo mejor. ¿Qué buscabas en Viena, Samantha? Creo que precisamente 'acero' es una palabra que hubiera definido muy bien a la imagen que tengo de ella (a ella no, a ella no lo sé, porque no la conocí). Ahora empiezo a recordar ciertas intervenciones suyas, coincidimos en muchas clases... Creo que pienso en Samantha porque es mi puente entre los grandes poetas peruanos que murieron trágicamente, ontalgia que se derrama de lo gris de nuestro entorno, y la cotidianidad de mi vida adolescente, en los albores de mis estudios universitarios, cuando se gestaba en mi la apertura: primera habitación el entorno pijo-estudiantil cerrado, a una segunda habitación más amplia, crisol de otros tipos de personas, que vienen de otros entornos. Ahí.

Mi primera apertura.

¿Y ahora? Hay cierta conexión. La serenidad tras comprobar que nada nuevo puedo encontrar. Que quizá todo lo que venga sea una repetición disimulada de lo anterior. Para cierto tipo de espíritus esto es demasiado.

Las mujeres son más discretas a la hora de morir. Los hombres suelen ser más hardcore, no se contentan con morir, sino que quieren explotar, dejar manchas, dejarlo todo perdido... hacer de la muerte un acto de exhibición, como una performance. La mujer suele salir por la puerta de atrás, salta, se toma una pastilla, desaparece detrás del decorado, hace mutis por el foro sin que eso signifique gran cosa...

Otro compañero incendió su cuerpo. Como aquel del que habla Santiago Rocangliolo en su cuento. La facultad de Letras de la Católica ha incubado una ontalgia que lleva a la acción, puede ser. Los que se van sirven de precedente a las nuevas generaciones. Nuestra tristeza es un rasgo que a algunos les parecerá censurable, otros admirarán, pero desde luego, no es menos significativo que tantos nombres de los grandes se hayan visto marcados por la tragedia.

He nevado tanto para que duermas.


miércoles, 16 de octubre de 2013

la foto que no hice

Hoy he vuelto a recordar la foto que quise hacer. Cuando estaba por entrar en mi casa y tuve que detenerme, delante de mi, cruzando la calle estrecha, estaban el señor mayor y el perro pequeñito. El perro metía y sacaba la pata, sorprendido y muy inquieto. Lo que se formaba entre ellos era una bola de polvo, pelusa y porquería de la calle, todo eso había hecho un remolino con trocitos de papel de colores muy brillantes, que habían sobrado de alguna boda, pero que junto con la mierdecilla había cogido cuerpo y se agitaba muy uniformemente. Habían formado una entidad compacta y rápida con un agujero central como un donut. El señor sujetaba al perrito con sonrisa pero hipnotizado, evidentemente, por este hecho sobrenatural. El perrito no paraba de intentar unirse a la bola, no con sus patas traseras ni saltando dentro, sólo tocando un poquito con una de sus patas delanteras -muy importante saber que esa bola ahora se movía con la rapidez y fuerza de un tornado- rozaba la bola y enseguida apartaba la mano. No saltaba, ninguno de los dos se movía de su sitio. Yo tampoco. Esa era la foto que quise hacer y no hice porque no tenía cámara. Era merecedora de foto por los colores, por la brillantez de esa bola tan nueva, una bola especial que reconocimos los tres durante ese momento. Le reconocimos carácter de ser, como cualquier manifestación de la naturaleza, solo que mejor, ya que se había impuesto y originado a ella misma sin necesidad de un dios tras siete días de creación majestuosa. No he vuelto a ver esa bola, pero sí que he recordado la foto cuando veo a otros perros haciendo un gesto, que no es igual, a lo mejor están metiendo una pata dentro de una reja, en medio de la alcantarilla, o levantándola para cualquier acto innecesario; no es el mismo gesto, pero recuerda a ese otro gesto.

domingo, 8 de septiembre de 2013

una larga temporada de verano

Para quienes nacemos en una ciudad con mar es difícil que nos lleguemos a separar de ese vínculo: siempre acabaremos viviendo en otra ciudad con mar.


jueves, 13 de junio de 2013

Oda a la confusión

Quien no se interroga, no duda y por tanto, no piensa.
¡Líbrame de tener claros pensamientos
y líbrame de un camino definido!

La duda, motor de la filosofía.
La tribulación, asiento del existencialismo.

El hombre práctico querrá encasillarse en lo que ve. Asumirá lo que venga con una sonrisa.
El hombre contemplativo se confundirá a sí mismo mil veces para no definir nada nunca. Las definiciones no se hicieron para el que ama sólo a las preguntas.

Confusión es el nombre de la obra teatral que interpretamos con la vida.
Aunque a veces nos olvidemos de que no somos más que máscaras.

Y esto no es una cara

viernes, 19 de abril de 2013

Algunos apuntes sobre mi

Cuando era niña me gustaban las historias de santos y sobre todo mártires. Me producía mucho morbo, curiosidad, admiración, una mezcla de todo; al leer las historias de las vidas de estos santos mártires, sucesos paranormales, mutilaciones, ubicuidades y olor a rosas desprendido del cuerpo tras la muerte. También me fascinaban las noticias de accidentes en las columnas de 'Sucesos' de los diarios. Leía a los clásicos, Dostoviesky, Charles Dickens, algo de realismo mágico (leí por primera vez 'Cien años de soledad' a los doce años), hermanas Brontë y recuerdo que también un libro llamado 'El Premio Nóbel' de Irving Wallace. Era esa época cuando me encerraba y pasaba horas tirada en mi cama leyendo. Bueno, eso continuó en mi adolescencia, pero hacia vertientes un poco más existencialistas (Camus y Hesse en particular). He recordado ahora, que estaba leyendo un libro para clase de valenciano, cómo cuando era niña y leía libros más 'argumentales' en los que la historia era lo importante, me solía leer el final cuando llevaba más de la mitad del libro leído y después de leerme el final retomaba la historia desde donde me había sobrepasado la curiosidad. He hecho lo mismo ahora, con el libro en valenciano y me he acordado...

Los peces y los pájaros me gustaban por igual. Pero más que nada los de colores. Aún ahora me gustan los peces y pájaros por igual. Entre perros y gatos siempre he sido más de perros. Cuando pienso en los animales, pienso en sus distintas capacidades para percibir los colores.

Siempre he prestado mucha atención a lo que ocurre en mis sueños. Creo que he llegado a entender el lenguaje que aparece en ellos, o que utiliza mi subconsciente en ellos. Por ejemplo, hace poco alguien en clase de francés dijo que era músico. Esa noche soñé que esa persona no tenía manos, que las había perdido y tenía en cada puño un muñón. Mi interpretación del lenguaje de mis sueños es que al no saber yo qué instrumento tocaba le había cortado las manos. Una forma de poner un signo de interrogación en esa parte del cuerpo. Cuando era niña no tenía miedo antes de dormir, nunca tuve miedo de monstruos nocturnos... sin embargo sí que tenía miedo de los monstruos del sueño. No aparecían debajo de mi cama, no tenía miedo de la oscuridad cuando estaba despierta. Sólo cuando estaba dormida. Hasta que no llegué a los 12-14 años no dejaron de molestarme todos esos monstruos que me hacían cosquillas en la espalda.

Hablando de lenguajes, cuando hablo en otros idiomas hago increibles circunloquios. No me pasa en castellano, suelo ser más sintética cuando hablo. Pero en otros idiomas doy vueltas alrededor de una idea que se queda colgando de mi boca y a la que le pongo un punto en el momento en que me canso, tras utilizar muchas palabras comodín. Como si cortara un hilo que se queda fuera de mi boca, muy mal, muy desagradable todo eso.

Durante mi infancia añoraba haber tenido una hermana gemela, y digo 'añoraba' porque lo vivía como una pérdida. Supongo que era por la soledad que sentía muy pesada y creer que con una 'yo' casi clonada iba a no sentirme de esa forma; buscaba escapes a esa soledad, pero siempre en modo fantasía. Como fantasía menos fantasiosa imaginaba haber tenido hermanos mayores y no menores, porque los menores no servían para nada. Ser adolescente mientras tus hermanos son aún infantes no es nada agradable. Se siente doblemente duro el paso de crecer y vergüenza ante ciertas vivencias de madurez.

También detestaba a los bebés. Era un sentimiento muy incómodo y muy inapropiado, a veces. Era un impedimento para sentirme normal en algunas circunstancias, como cuando la gente se arremolinaba en torno al bebé de alguien. Como si fuera obligatorio decir algo bonito o sentir algo tierno, etc. Ahora esto ha cambiado, cosa que no creí que pudiera suceder, así, de repente. Aunque no voy a decir 'tan de pronto' porque han pasado treinta años. Creo que en esas épocas envidiaba al amor. O sentía odio y rencor por la existencia del amor. O era que no soportaba la idea de mi soledad.

La sensación de sentirse amado siendo un adolescente debe ser algo muy bueno, supongo. Algo que nunca podría llegar a conocer, como los colores que ven las mariposas y que nuestro cerebro nunca reconocería. Así que no puedo sacar la conclusión de que no hubiera tenido preocupaciones de soledad, etc. Ahora, esos sentimientos (de sentirse querido) creo que no son tan importantes. Por lo menos para mi, a partir de los diecinueve años, más o menos, ya no lo eran. Como si hubiera pasado el momento para ello.

A los diecisiete me hice llamar infausta, por mi dirección de email (eran los primeros tiempos del correo electrónico). Poco después desarrollé mi filosofía: "la realidad es la que uno quiere que sea". Pero quizá, mi verdadera filosofía de vida apareció mucho antes... y cuenta la anécdota (que yo no recuerdo, pero quienes participaron de ella, sí) que tenía unos tres años cuando pedí salir al parque sobre las siete u ocho de la tarde. Mi madre, rodeada de unas monjitas a las que había ido a ver, me dijo: "no, ya es muy tarde ¿no ves que los niños no salen a estas horas al parque?", a lo que dicen que yo respondí: "yo no quiero ser esos niños, quiero ser yo. ¡Déjame ser yo!". También dicen que lo dije bastante indignada y enfadada. Algo que les quedó grabado y siguieron recordando muchos años después.

Gombrowicz, es el autor del cual hago la tesis, habla de esta autoafirmación en varias partes de sus Diarios. Es uno de los temas principales, una de las aristas de su ideario fundamental. Dice él: "No he escrito ya en este diario que en ese 'yo quiero ser yo' se encierra todo el secreto de la personalidad, que esa voluntad, ese deseo, es decisivo para nuestra actitud ante la deformación y hace que ésta empiece a dolernos? Aunque las fuerzas exteriores me amasen como una figurita de cera, seguiré siendo yo mismo mientras sufra por ello y proteste contra ello..."



"a estas horas los niños ya no salen al parque..."




miércoles, 20 de marzo de 2013

Murió de muerte natural

El libro murió de muerte natural. Lo concebí ligeramente, como quien espera a su amante que vuelva del bar, lo llegué a vislumbrar tras la cortina de la ducha en medio de un vapor de somnolencia, pero caliente como el limbo; sin embargo, no tuve la precaución de atarlo a la patita de mi cama para que no escapara. Y es un grave error no tratar a la idea como a los globos con helio, la idea es de poderoso éter, elemento brujo, mucho peor que cualquier otro. Y murió de muerte natural, mientras yo imaginaba un restablecimiento de su parte, en la sala de espera.
No debí sentarme a esperar su reanimación. Él esperaba de mi los cuidados de enfermera. Murió de muerte natural. Mi libro murió de muerte natural.

sábado, 16 de marzo de 2013

Es falsa esta mudanza de plumas


No escribo de mis vivencias, de mi vida, pero esto, de alguna forma, es un diario. Recordé,  el otro día cuando me sacaba los calcetines, cómo estos estaban rotos. En los talones, completamente. Unos calcetines comprados en unos chinos, en Dublín. Tenían tréboles, la tela no es algodón, está claro, pero parecía resistente. Me acordé de los calcetines cuando estaban completos, y del tiempo, más que de cualquier suceso en concreto.

¿Por qué los pies y sus complementos tienen que ser para mi lo que las magdalenas para Proust? No lo sé, pero ya incluso viviendo el momento, cuando no se había transformado aún en pasado, me fijé en unas pantuflas oscuras y pensé que nunca tendría el valor de probármelas. Esto no guarda absolutamente ningún significado oculto.

No pertenezco a la parte fuerte del mundo, que pisa y se asienta, construyendo vivencias concretas, recuerdos para marcar en el calendario. Los momentos me vienen siempre como abrazos que se aflojan y sueltan. Queda la sensación buena o traidora, pero el tiempo la juega otra vez. Cuando era niña intenté plasmar esta sensación de fugacidad con metáforas de momentos-trofeo, momentos-latas de conservas, etc. Incapacidad para ponerles pegatinas con sus nombres y archivar, o exhibir. No se puede hacer nada de esto.

¿Dónde se encontraría el miedo a la realidad?, se puede reflejar en el niño que duerme, o en quererse (a uno mismo, al niño de uno mismo) con desencanto. Podría decir desencanto, o desazón o desaliento y significaría lo mismo. Es decir, no demasiado, verdaderamente no significaría gran cosa.

jueves, 14 de marzo de 2013

Clarice Lispector


Las mujeres de ojos rasgados ven hacia dentro. Las mujeres que tienen los ojos rasgados están predestinadas a grandes logros... y a paradójicas catástrofes. Una mujer de ojos rasgados puede ser muy femenina, muy lista y seria, pero esquiva, ajena, y mientras más quiera uno llegar a la mujer de ojos rasgados, más se perderá en sus palabras sin llegar a comprenderla. Las mujeres con ojos como estos son misteriosas, la misma línea del ojo te hace pensar que en algo estarán tramando. Si el ojo es negro, la hondura nos hará apartarnos a unos y a otros querer adentrarnos, fascinados, en torno a ese pozo, forado trágicamente oscuro por el que nos moveremos a tientas. Algo grande se siente al leer a Clarice Lispector, la maestra de las sensaciones. Con ella podemos perdernos en un movimiento, en una acción, y es como si plasmara sucesivos cuadros, que estuvieran chorreando aún de tinta.

Los cuentos de Clarice Lispector, conocida como brasileña de origen ucraniano, son como si Cortázar les hubiera quitado la primera capa de piel a los suyos, congelado momentos, y se explayara a lo Joyce. Pero sin mostrar la forma en que se despellejara, aunque el lector puede sentir, un poquito, cómo quemaría si alguien tirara un poco de su propia piel, hasta exponer la carne a la intemperie. Nos podemos imaginar a la hermana gemela talentosa de Kafka, animando a los objetos igual que él y diciendo cuánto los ama.

Enigmática y trágica, Clarice lo tiene todo, habiendo sido incomprendida desde temprana edad, rodeada de escritores realistas de claros argumentos desarrollados linealmente. No tuvo cabida su personal forma de visión de mundo; si a alguien le sorprende ahora que ciertos poemas sean tachados de 'extraños' por no llevar rima, imagínense unos cuentos que sean tachados de impublicables por narrar sensaciones. Un verdadero lirio entre cardos, podría decirse.

A raíz de leer el otro día un artículo sobre el libro “Sólo para mujeres” que se ha atribuido a Lispector al mismo nivel que sus otras obras, he investigado un poco y parece ser que no está a la altura de su obra global, ya que los artículos que ella escribía a veces en revistas y otras publicaciones y en los que se basa dicho libro no los firmó con su nombre y distan mucho en calidad de lo que ella solía escribir. Siendo que su obra es mucho más que eso, he pensado en recordarla donde más brillaba, en su prosa viva.


lunes, 4 de marzo de 2013

Visión


 Una mujer escritora impactante, pero no de las pasionales. Una que no se mató, que no se quemó la cara y que no se desgarró. Pero igualmente chocante. Una que no sufrió en su útero. Una mujer escritora que se confundiría con Eliot, la contención, o con el hieratismo.  

martes, 26 de febrero de 2013

Los países imaginarios


Ayer, a mi vecina la de arriba, le vinieron a hacer una visita. A la chica -¿en qué estaría pensando?- se le ocurrió utilizar una de las palabras prohibidas. Dijo que estaba triste. Eso no entra en nuestro vocabulario, hace décadas que el Líder nos hizo el bien de quitar todo aquello que podría aquejar a su pueblo; y empezó por las palabras negativas que no podemos emplear en voz alta: tristeza, melancolía, hastío, soledad, misantropía, astenia, etc. Los académicos del Líder dieron por válidas palabras como oscuridad para matizar la ausencia de luz eléctrica y para describir la noche del planeta Tierra, y no para referirse a una oscuridad como espacio del alma o concepto metafórico. Lo mismo con la palabra vacío: se permitía desde entonces para referirse al espacio y no como vacío vital. Es decir, se salvaron algunas que podían seguir conservando sus significados más prácticos.

Al cortar por lo sano con esas palabrejas, de pronto, todos empezamos a estar contentos. Operó un cambio radical, fuimos libres. Porque la libertad es la alegría de saber que nunca estaremos mal. Lo otro sí que es una cadena: atarse a estados que te oprimirían hacia abajo, hacia la improductividad, la pérdida de sentido. Por eso nuestro Líder ostenta uno de sus títulos con mucho orgullo: el de liberador de los estados de ánimo del hombre. Él nos ha liberado de cualquier patología del alma.

Ya nadie se ha vuelto a quejar. Y las revueltas ¿cuándo ha habido alguna revuelta? Aquí no necesitamos ese tipo de manifestaciones desordenadas propias de sociedades menos desarrolladas. Aquí nadie tiene que manifestar una indignación, siquiera un desconcierto. Porque no hay ninguna mancha y ni una sola rajita por donde se pueda resquebrajar una pieza de este sistema. Todo está controlado por la disciplina de los altos cargos, que también viven como nosotros y que adoran a nuestro Líder como los que más, por encima de sus propias vidas.

Creo que es imposible poder transmitir una sensación tan plena y compadezco a los que no forman parte de nuestra comunidad, porque sé que no están bien y que sufrirán todo aquello que ellos llaman democracia y se muestra en la televisión, en dos palabras: caos y desigualdad.

Yo por ejemplo, me levanto a las seis de la mañana para hacer mis oraciones, nos despertamos todos a esa hora y sin ningún esfuerzo por nuestra parte, ya que tomamos unas pastillas que nos regulan el horario diario y así es imposible que no tengamos ganas de hacer una sola de nuestras tareas, siempre habrá un pinchacito debajo del cráneo que te recordará lo que tienes que hacer. Aquí no hay gente despatarrada frente a la televisión o a lo que ustedes llaman internet, nadie come entre comidas por placer y menos aún nos damos siestas o nos quedamos mirando el techo. Aquí no hay vagos. Otro motivo por el que fue razonable y hasta necesario borrar esas palabras de nuestro vocabulario fue porque ni las usábamos: no existe en nuestra vida el concepto de persona que no hace nada y tampoco de gente que está tirada en la calle mendigando. No vemos enfermos ni incapacitados. Alguna vez he visto fotos de ellos en algún periódico que mostraba la miseria de otros países. Pobres. Sólo puedo que reafirmarme en mi compasión con respecto a los que no forman parte de nuestro sistema.

Y mi vecina, se lo merecía, la insensata estaba contagiando a sus propios hijos cierto talante sombrío, salía de casa sin una sonrisa en la cara, o no era una sonrisa muy plena, cuando mostraba un amago de sonrisa era tan tímida, tan apenas esbozada, que no se podía dar por válido eso. Eso no convencía a nadie. Y por ahí se movía como serpenteante, sin marcar sus actos con determinación. Algo fallaba en esa mujer y la gente no es tonta como para pasarlo por alto. Rápidamente convocamos a una reunión de vecinos y llamamos a las autoridades competentes. Se la han llevado con mucha rapidez, por eso puedo felicitar al equipo que lo llevó a cabo y otro ejemplo de la pulcritud del sistema de nuestro Líder. Un día más y esa mujer podría habernos enturbiado algún minuto de nuestras vidas o habernos aportado algún tipo de venenosa inquietud. Sus hijos, felizmente, han pasado a manos de la seguridad social que se hará cargo de ellos.

Cada vez estamos mejor, es cierto. Al comienzo el Líder tuvo mucho trabajo. Tuvo que recomponer las apariencias de nuestro terreno, limpiándola de todo lo que podía hacer daño a la vista. El camión que recogía la camorra se llevó perritos vagabundos, abuelos tristes de los bancos de los parques y mendigos de los puentes. Todo eso se erradicó. No hemos vuelto a tener que llorar de pena al ver ese tipo de espectáculos desagradables. No nos sentimos en deuda con nadie, nos ha quitado cualquier tipo de preocupación. No conocemos el estrés ni ningún tipo de patología producto de mentes enfermas. El Líder ha podido asegurarnos una salud de hierro y una felicidad a prueba de balas.

Todos esos árboles que se quedaron sin hojas en otoño, han sido rápidamente vestidos con hojas artificiales muy verdes y bonitas. No tenemos acantilados desde donde nadie se lanzará al abismo. No tenemos olas ni caracolas que las imiten, está prohibido el viento. También está prohibido el completo silencio y el ruido estruendoso. Está prohibido el color negro en los funerales y los entierros de cuerpo presente, todos se incineran. No se toleran sauces ni cipreses, plantamos por lo general robles. Los pájaros negros están prohibidos, cuervos, incluso jilgueros. Pero ante todo y sobre todo no construiremos jamás un discurso absurdo y mientras menos siga hablando de lo que me rodea, mejor.

Pero una mosca se posa en mi mano, y aunque este hecho pretende pasar desapercibido y sin importancia, la mosca se impone; vuela y vuelve a posarse: quiere que su dolor sea mi dolor. Desde entonces, soy un símbolo sucio. Y callo, pues ya no soy digna de la palabra.



"Ciudad irreal bajo la parda niebla de una madrugada de invierno un caudal de gentes vi pasar. Y siendo tantos, nunca pensé que la muerte llevara a tantos." (Tierra Baldía- Eliot)

jueves, 21 de febrero de 2013

El infausto Malleus Maleficarum

Empiezo mi primera entrada del año reviviendo temas antiguos en mi e identidades atávicas. El otro día, tras invocar a la fortuna por mi falta de dinero, la suerte me bendijo con un fajo de billetes en la calle y volví a pensar en mis poderes mágicos. Por eso llegué a la conclusión de que mejor compadecer a quien no creyera en ellos, ya que tarde o temprano creerá.

Hace algunos años descubrí lo que llamaban en la antigüedad "prueba de la aguja". Estaba yo haciendo unos trabajos sobre literatura medieval y concentrada en libros como el Malleus Maleficarum y pensé que a lo mejor, quizá, todo eso estuviera oculto, debajo de nuestras bibliotecas, pero aún entrañando nuestro lado salvaje. Me atrevo a pensar en que la magia que aún vive debajo de la tierra no sea fruto de algún don de los dioses, sino más bien un recuerdo que se queda atascado, siempre producto de muchas vivencias; y esa energía acumulada de los que nos predecedieron es la que podemos considerar como poderosa.

Ya desde pequeña una bruja se me acercó a mirarme la mano. Le dijo a mi madre "esta peca en su mano izquierda en el lugar de la copa de la fortuna le traerá dones". Efectivamente, esa peca, un punto marrón oscuro muy visible, se encuentra en la parte inferior de la palma, justo en medio, en el lugar verdadero donde le pusieron los clavos a Cristo. Es decir, donde tendrían que aparecer los estigmas.

Se cuenta que la prueba que le hacían a las mujeres para saber si eran brujas era clavarles justo ahí para ver si sangraban. Si no sangraban eran brujas y las mataban. Las que nacían con esta señal habían sido condenadas por brujas en sus vidas pasadas.

Sigo conservando la peca, como es normal, aunque durante muchos años la miré embelesada por su forma nítida y por pensar que se me había quedado así desde que maté una mosca con la mano.

Más adelante, tuve un viaje astral. Me levantaba una y otra vez. Recuerdo muy vivamente lo que me pasó, ya que durante muchos días no sabía si me había despertado definitivamente o si por el contrario seguía atrapada en el limbo de uno de mis sueños. Porque si con cada vez que me desperté (y realmente seguía soñando) pensaba que estaba en la vida real, ¿qué me aseguraba que esta vez sí que lo estaba? Pavor.

Por aquella época soñé con la muerte de mi abuelo, y se produjo, también es preciso anotar que desde los doce años más o menos, había podido desterrar definitivamente a todos esos seres que se me aparecían por la noche para molestarme y hacerme cosquillas en la espalda (lo de mi abuelo fue a los trece). Cuando me pude enfrentar a ellos y no volvieron a aparecer en mis sueños me sentí libre. Siempre había tenido interferencias de seres nocturnos. Recuerdo haber visto a un señor frente a mi cuna cuando aún era una niña de dos o tres años. Mi madre también lo recuerda y era el hombre del sombrero.

Creo que todos estos datos no se deben olvidar, ni pasar por alto.

Hasta que me hice mayor y un día deseé la muerte. Y se produjo. Y no lo suelo contar, pero por eso pensé que mejor tener miedo y ahora compadezco a quienes no vayan a creer en la magia. Yo también me compadezco de mi, porque sé que es algo que me excede y me sobrepasa como una aguja en la mano.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Canción Errónea en Valladolid


Al final, cumplí mi sueño de conocer en persona a Antonio Gamoneda. La verdad es que, desde hace un tiempo, cuando ya sabía que lo iba a ver, fue menguando poco a poco esa necesidad tan angustiante que tenía en un principio. Hasta llegar a la suma normalidad cuando estaba sentada en medio de esa gente, lista para escucharlo en la presentación de su nuevo poemario. No imaginé que sería así, él sí, no mi reacción final tan contenida siendo que había sido tan dolorosa la espera. Yo siempre he sido muy entusiasta y he creído más en la búsqueda del referente, cuando me despierto con palabras y me doy cuenta de que no se pueden tocar ("la única poesía es la que calla y aún ama este mundo, esta soledad que enloquece y despoja"). Mi búsqueda fue esa, pues, la del referente, la de la fuente de todas las imágenes que me acompañaron en el frío de la juventud. Esas palabras eran las de los poemarios de Gamoneda, y sabía que él era real. Conocer a Antonio Gamoneda, padre poético de mis mejores amigos compañeros de Filología y mío, se me aparecía urgentísimo en medio de la crisis actual, no sólo económica, sino también de referentes. Se me aparecía necesario en tanto que es el mejor poeta español vivo. Y todos los que admiramos a los mejores escritores no dejaríamos pasar la oportunidad de ver y escuchar a Antonio Gamoneda, así como no hubiéramos dejado pasar la oportunidad si viviéramos contemporáneos a Valle Inclán. Se me ocurre Valle Inclán y no cualquier otro por razones personales, preciso decir.

“Canción errónea” comienza a dar respuestas. O trastoca símbolos. Reconoceremos madera y vida, indiferencia y amor... En la presentación se hizo alusión a estos temas generales y se habló de las palabras inmóbiles. Antonio Gamoneda precisó que no se trataba de la general inmobilidad existencial, sino más bien de ese amor por las palabras inmóbiles, en el sentido más concreto.
Se habló de la muerte, de la indiferencia del que ha vivido sensatamente y abundantemente y acaba satisfecho.
Pero sobretodo, nuestro poeta quiso recalcar la importancia del desorden en su poemario. La falta de coherencia que es buscada y que si acaso se hallara algún orden en dicho libro, sería fruto de la pura casualidad.
Me reconfortaba esa serenidad en el caos. También ese desdén a la estructura, a lo academicista “yo de gramáticas no sé ni me importa”... en cada uno de esos momentos esbocé una sonrisa.

Por eso doy gracias por haber podido estar ahí. Y a Amelia Gamoneda que es una hija y persona maravillosa.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sylvain Chomet y el ocaso de los artistas



El mundo de Sylvain Chomet es el de mimos, funambulistas, ventrílocuos, payasos tristes y magos. En medio de personajes del mundo del arte, del teatro y del folletín, construye historias tan reales que si no se tratara de dibujos animados podríamos creer que estamos viendo un drama (por momentos). Viceversa, cuando trata personajes reales, los dota de elementos mágicos. Así, la visión del arte que podamos tener a través de su mundo siempre tendrá un tipo de engranaje que nos permite seguir soñando.

Aunque es difícil en un contexto en el que el arte va dejando de tener cabida en el entretenimiento. Así empieza “El Ilusionista”, último largometraje de Chomet, con el ocaso. Las salas vacías, el ser sustituido por modas juveniles, buscarse otros trabajos más humildes, para públicos más reducidos. Pasar de ser el centro de atención a un mero acompañamiento en bodas, algo exótico.

Si voy a hablar de tristes, este director se puede merecer un puesto de tristeza bella en medio de mi colección. De hecho, ya lo había obtenido cuando vi por primera vez el corto de "Paris Je t'aime", el de los mimos, al presentar la tristeza con una elegancia sin-igual y, al mismo tiempo, con la delicadeza de los colores. Porque la tristeza de Chomet no es en blanco y negro como con el estatismo y agriedad de otros tipos de tristeza (que puede estar muy bien para transmitir desgarro y penas más intensas, no tan melancólicas) y entonces logramos entrar en la parte de la pena que es alma, la que crea y da a luz. Como los mimos, de los que nace el amor o como las trillizas, que continúan brindando sus cantos.

"Les triplettes de Bellville" es el primer largometraje de Chomet y pude verlo en pantalla grande en la filmoteca de aquí de Valencia. Me resultó muy amena esta película, tenía toques surrealistas (cómo se convertía lo del ruido del tren en algo onírico, hasta la comida de ranas bombardeadas tenía un toque surreal...) y de sueño en medio de lo cotidiano. Aquí ya encontramos personajes del mundo del espectáculo en el ocaso de sus vidas y carreras (de los escenarios a los cubos donde se calientan los 'clochards' debajo del puente).

Antes de las trillizas, vi en youtube “La vieille dame et les pigeons” y me cautivó. El tema es muy curioso: un hombre que se percata de una mujer que adora a las aves y las ceba de comida en el parque. El hombre se disfraza de gran paloma y va a visitar a la mujer para que ésta lo alimente también. La gracia de los movimientos y gestualidad es algo de resaltar en este director, ya que en todas sus obras el diálogo es pobre o inexistente (pero cuando aparece, es necesario e igual de brillante que sus otros elementos). Me gustan las películas en las que los protagonistas son grandes amigos que hablan diferentes idiomas y son grandes porque su comunicación es sin palabras. Ésta es una película de esas.



“El Ilusionista” se inspira en la obra y persona de Jacques Tati. De hecho, el protagonista lleva su nombre completo: Tatischeff. Sabemos que fue la hija de Tati la que encargó a Chomet la tarea de llevar a su realización esta idea que se había quedado hasta el momento en manuscrito. La imagen de Tati es reflejada tal cual en el dibujo y se encuentra cara a cara con el Tati original, imagen grabada y en movimiento, cuando el personaje de Chomet entra en un cine.

El protagonista se ve obligado a emigrar para hacer su espectáculo y aterriza en Edimburgo. Ahí no se le quiere separar una adolescente ingenua que piensa que no le faltará de nada con aquel, para ella, ser mágico y viajan juntos a su nueva casa. La chica, de campo y pobre, ve en la ciudad un nuevo tipo de vida que la seduce y poco a poco quiere más lujos para vestir. El ilusionista se ve en la necesidad de trabajar fuera de tiempo para poder pagar los caprichos de la chica. Prefiere trabajar de cualquier cosa antes que revelarle que los magos no existen y que él no hace aparecer las cosas de la nada, que 'simplemente' es un fingidor y un artista de las apariencias y de la ilusión. Hasta que descubre que la chica se ha enamorado del vecino y que ya no lo necesita demasiado como compañía y soporte. Y se va, previa nota amarga, como varios apuntes amargos hay en la película; todos ellos constituyen mis momentos predilectos, porque como he dicho, es una amargura sutil que hace de la injusticia vital un bello poema.

Son imborrables las imágenes del muñeco del ventrílocuo en el escaparate, siendo continuamente rebajado, hasta que llega un momento en que la etiqueta pone que lo regalan, porque nadie quiere un muñeco como ese... y el ventrílocuo en la mendicidad, sentado en la esquina de una escalera como otro muñeco completamente abandonado. O el payaso que siempre está al borde del suicidio. También es significativa la aparición de una niña humilde que recuerda a cómo era la chica que ahora pasea como un maniquí de escaparate, representando la imagen de un espíritu limpio antes de los aderezos de presunción en la sociedad.

Nostalgia silenciosa es la de Sylvain Chomet, donde las historias tristes son de colores.



domingo, 4 de noviembre de 2012

Infaustos en Béla Tarr


El título de esta entrada tiene dos sentidos: infaustos en Béla Tarr como fieles en Cristo, permanecemos infaustos en nuestra butaca creyentes de la religión desesperanzada de Tarr; pero también quiere hacer alusión a los personajes infaustos de sus películas.

Conocí a Béla Tarr hace algunos años. Tuve la oportunidad de ver casi todas sus películas en la filmoteca. Tengo pendiente Satántangó, me arrepiento de no haberla visto cuando tuve oportunidad y como no tengo internet no sé si podré conseguirla (tampoco sé si se puede encontrar por internet, teniendo como tiene infinitas horas de duración). Me acuerdo de “Gente prefabricada”, la primera que vi, en color sepia. Las mujeres parlanchinas y los hombres ausentes. La siguiente fue “The Outsider”, que me gustó mucho, el personaje principal, desarraigado, despeinado y sin dientes, un violinista que se nos muestra primero en un hospital geriátrico (para mi es relevante) es un personaje muy simpático llamado András. Luego, el resto de personajes aparecen como si crecieran de la esquina de la cocina, in media res, me gusta esta aparición accidental de los personajes. Aquí ya empiezan a mostrarse los ancianos tarrianos, tan simpáticos que siempre me cautivan. El final amenizado con rapsodia húngara número 2 de Liszt...

Luego vi la que es mi favorita de Béla Tarr: “Armonías de Werckmeister”. Valuska, el joven sensible que está transparentando sus miedos y sus descubrimientos cada vez que lo vemos pasar y con el tono de su mirada y el de su voz. Las armonías también nos pueden hablar de los silencios, en los intervalos de cualquier pieza. Esta es una pieza en la que se nos abre una ballena, Valuska también nos lo dice.

¿Debemos prestar más atención de la normal o es que tan sólo debemos dejarnos llevar por las imágenes? Hay una secuencia de diez o quince minutos aproximadamente, en la que una multitud entra en el hospital asolando todo a su paso y dando golpes a los pacientes... hasta que la escena es cortada de golpe con la aparición de un anciano muy anciano, muy pequeño. Completamente desnudo. Se ofrece, cabizbajo... y entonces hay una luz y una música que agreden nuestra sensibilidad (la claridad muestra lo que no queremos ver). Los destructores no tienen otra opción más que salir tristes, silenciosos, del lugar. Sobran las palabras para explicar el momento, por eso es necesario ver este cine más que hablar de él.




La última película de Tarr que había visto hasta antes de ayer era “El hombre de Londres”. Se trata de una película de humor negro en la que la vigilancia es primordial: siempre hay alguien que escucha una conversación o alguien que mira detrás de una ventana...
Maloin es el protagonista, cual Meursault de "El extranjero" de Camus, sobre todo en aquella frase de poco antes del final: "yo sólo quería traerle algo de comer" como si dijera "era el sol el que me molestaba". Su vista, su contención, su ser incomprendido frente a su esposa (que está perfecta en el papel, su histerismo, los gritos en la mesa no son banales, forman un cuadro) sus pasos errantes, aunque su decisión firme y sus silencios. La música marca los tiempos: nos avisa de la vigilancia, del ser vigilado, de la expectación. ¿Una de mis escenas favoritas? Cómo no, una de estética mendicante y bella a la vez: los viejitos del bar bailando con silla y bola de billar al ritmo del acordeón.

Turin Horse” es la última película de Béla Tarr. A través de seis días vemos a un padre de cincuenta y ocho años y a su hija viviendo en medio de la nada. El viento castiga la casa de piedra y se levanta el polvo y las hojas de los árboles. Ambos se turnan frente a la ventana para ver el mismo paisaje que se extiende hasta una pequeña colina donde hay un árbol que recuerda a Friedrich (ver imagen). Un pozo y poco más. Cada día va la hija a sacar agua del pozo y lucha contra la inclemencia del tiempo. Luego viste al padre que sufre de una parálisis en el brazo. Hacen cosas cotidianas como lavar ropa, coser, cortar leña, dar de comer al caballo, comer una patata hervida y beber aguardiente, todo en medio de un profundo silencio que es quebrado sólo para hacerse pequeñas observaciones sobre la carcoma o si está lista la comida. Hay un par de interrupciones de foráneos: un vecino que viene a pedir aguardiente y empieza un largo monólogo sobre la injusticia, la ineptitud de Dios, el poder y el pueblo, etc. El dueño de la casa sólo le corta al final: “Eso es una estupidez”. Otra interrupción es la del grupo de gitanos que vienen a coger agua del pozo y son echados por los dueños de la casa. Uno de ellos le regala un libro sagrado a la chica de la casa.



Sabemos que Tarr se inspiró en el caballo que Nietzsche vio ser maltratado por su cochero. El caballo de la película deja de comer y en vez de ser útil para sus dueños, comienza a ser un peso más. Cuando intentan huir de la casa, deben cargar con el caballo y los trastos, todo lo lleva la chica. No sólo es el caballo lo que empieza a ir mal. Se acaba el agua del pozo, se va la luz y no pueden encender las lámparas, las brasas no pueden encender nada. Sin agua y sin fuego no pueden hervir las patatas y los inunda la penumbra al final de la película, donde el mayor come una patata cruda y la hija observa sin intentar comer siquiera ante la advertencia de su padre: “Deberías comer” como antes ella le señalaba al caballo.

Lo importante, no está sólo en la fotografía cuidada y preciosista... hay muchos planos, pero me quedo especialmente con la imagen que se ve desde dentro de la casa del vecino alejándose, debatiéndose con el viento y el marco de la ventana encuadrándolo. La ventana es especial, vemos a la chica mirar también enfocándola desde afuera, casi al final de la película. Vemos comer un día desde el ángulo del padre, desde el ángulo de la chica otro día, al siguiente los vemos a los dos desde un lado de la mesa, y finalmente desde el otro. Así, vemos todo y nos metemos en esa casa y en su silencio (con una única melodía que encaja a la perfección).

No sabemos por qué vuelven, no sabemos si llegaron a marcharse. Hay una condena en esa casa, que los atrapa y los expulsa, que los mantiene autómatas y en silencio. Ya no hay más pretextos para crear otras obras de cine después de ésta porque se deja en evidencia el sinsentido, y cuando eso pasa, no es posible añadir nada más. Hay, pues, un alto nivel de becketidad.

Enfermos que no se frotan la herida, pero que la ven agrandarse y extenderse por todo su ser.