"El primer animal visible" de Miguel Ángel Martínez, escritor y profesor de literatura latinoamericana de la Universidad de Valencia, es un digno objeto de colección para los amantes de las ediciones bonitas, sello especial de su editorial Ediciones Menguantes, que incluye una serie de imágenes y dibujos que ayudan al lector a sumergirse en el paisaje onírico que ayudó a concebir esta obra, también tiene una lista de música; ahora, en tiempos del pdf, conseguir un libro que sea un abanico de sensaciones es un placer.
Me encanta reseñar libros de autores valencianos, creo que es mucho más valioso que toparte con las reseñas de los libros que todos conocemos y que ya están dentro del canon, porque, además, nos ayuda a conocer a quienes están escribiendo sobre lo que nos rodea en el entorno en el que vivimos, y en el tiempo que nos ocupa... En mi caso, no hay nivola más urgente para mí que la de Migue ahora, porque él era compañero mío de facultad y muy amigo de uno de los personajes que guían "El primer animal visible", sino la piedra angular del mismo: nuestro amigo Rafa.
Y cuando los caballos salvajes irrumpen en mi imaginación, es cuando la historia que quiero escribir traza de verdad una dirección diferente. A partir de entonces, no será el dolor el que guíe mis palabras. Ni querré ya narrar, únicamente, la historia de los fracasos que han mermado mi capacidad de acompañar al amigo enfermo. Cuando recupero esa imagen, polvorienta y equina, que me une a Rafa, empiezo a escribir un relato en el que ya no pretendo explicar ni comprender nada. Si después de los caballos hay una historia, no es la historia de Rafa, de la enfermedad o de la culpa. Si hay una historia, es la historia de un vínculo que se transforma y se expande.
Migue narra en una prosa que nos sumerge a la manera en que afloran nuestros recuerdos: es el lenguaje de la rememoración, que como precisaría la filósofa española Ana Carrasco, este lenguaje del recuerdo es un lenguaje que se acerca a la fantasía, y yo añadiría, a ese espacio liminal que es la duermevela o el trance. Cuando el autor nos sumerge a través de la luz a sus recuerdos podemos asociarlo muy bien con estas huellas que funcionan en nuestra mente como disparadores: vemos un color o un enfoque, un ángulo que se nos ha quedado perennizado... poco a poco con el pasar de los meses y los años va diluyéndose todo lo demás y es nuestra reconstrucción a posteriori a veces una cábala, o una elucubración: en todo caso, esta pesquisa para nosotros se asemeja a los caballos salvajes de los que nos habla Migue; imposible apresarlos, pero, sin embargo, sí somos conscientes de su velocidad y de lo que nos genera ese movimiento en nuestro interior, aunque ya no esté ahí.
Los libros que más me gustan son los que pueden llegar a ser fieles con el fluir de una conciencia que más que intentar teorizar transparenta y se deja transparentar, es necesario pues que el artificio sea lo más diáfano posible, lo cual no exime de belleza a una prosa que sigue siendo lírica por momentos, musical.
Lo recuerdo todo con exactitud y como si fuera, a la vez, un balbuceo. Puedo contarlo, puedo transformar cada imagen en un relato, lo hago en cada ocasión y, sin embargo, al mismo tiempo, cada recuerdo es menor que una palabra, apenas una letra, la inscripción de un fonema en la partitura de mi lengua. En eso conssite la eficacia, la duración de cada fotografía. Las respuestas, las letras, la música de las imágenes están todavía en mí.
El intento de apresar un instante y la paradoja que reside en el tiempo del recuerdo, de la acumulación de instantes que es como si sacáramos una sustancia concentrada, que cabe en una sola gota, una esencia, quizá muy poderosa, como los perfumes pequeños, ahí condensado todo el olor del recuerdo prensado. Hacen falta muchos pétalos de recuerdos para tejer una sola gota de sustancia, ese balbuceo del que habla el autor de este libro de recuerdos y caballos. La historia de Rafa, para mí, es vista desde un ángulo distinto al mío: yo sólo fui una vez a Burdeos, en 2011, en un viaje en el que me encontré con el amigo tras la primera crisis. Migue estuvo también en la más dura de todas, y es su retrato el que descubro en el libro y que yo sólo había sido capaz de intuir, a través de las cartas y la tristeza. Hay un silencio en torno a la enfermedad, un tabú, que sólo tras la distancia se permite poder llegar a una reconstrucción del puzzle. El autor indaga, no sólo en la historia de nuestro amigo, sino a través de ella recorre (y de la mano de diferentes escritores, pintores, referentes en los que también trabajaba su tesis...) los parajes de la culpa, la aceptación, la redención, la amistad... y los tópicos que más me gusta encontrarme una y otra vez en literatura y ensayo: el tiempo, la memoria y el olvido, para hacer un guiño a Ricoeur.
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| mis vistas en Hendaya, donde dormí en un banco, esperando a coger el tren que me llevaría a Burdeos, casa de Rafa, octubre 2011 |
Nosotros, como cuenta Migue en su libro, pertenecimos a la Generación Anémica en tiempos de la facultad. Fue este libro el que se encontraba maquetando Rafa cuando tuvo el ictus en Burdeos: en la portada unos glóbulos rojos y blancos. Años antes, fuimos los que pasábamos días recitando versos de Gamoneda en el río y los cafés del Carmen. Dice el autor:
No sé si escribir este texto es un trabajo inútil. Si forma parte de mi empeño en volver a hablarle una vez más. De volver a la escena de una discusión. De intentar zarandearlo, como si el espanto, que es pura transparencia, como si el recuerdo de haber muerto, pudieran caerse para siempre de sus bolsillos de enfermo. No. Quizás todavía no lo pueda evitar. O no lo pueda evitar cuando vuelvo a abrir el álbum de fotos o cuando vuelvo a leer alguna página de nuestra correspondencia. Extraño desvío el de la luz que baña la trayectoria de nuestras vidas.
Hay una película que se llama "Descansa en paz" que es una adaptación de la novela de John Ajvide Lindqvist, en ella, los silencios y los tonos tristes y melancólicos transmiten una inquietud permanente ante unos zombies que vuelven a sus casas cabizbajos...sin mucho que decir, apagados y taciturnos. Un día, empiezan a volver a sus casas los muertos que sus familiares creían perdidos para siempre. Es esta vuelta de los desaparecidos, un retorno imprevisto que corta el duelo y hace que la culpa se atrofie y se enquiste como una caries que lo va a corroer todo: el sentimiento a medias, el pasar página. Quizá, la enfermedad deje un halo similar, cuando el luto por una parte de la persona que enfermó se cierne sobre sus familiares y amigos, puesto que tras la enfermedad nos ha regresado otra persona a la que habíamos conocido. Este dilema plantea diferentes soluciones, pero la enfermedad no es más que otra forma de morir una parte de nosotros: otros tienen hijos y familia y el amigo que conocimos muere. Otros se entregan con fervor al trabajo y se dejan desaparecer... Desaparecemos y a veces nos desaparecen. Puede ser que una forma sea volver a conocernos, una y otra vez.
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Con Rafa y Dani en 2009, contraportada del libro de la Generación Anémica Migue y Dani, ese mismo día El autor del libro "El primer animal visible", cuando aún no había pensado esas páginas |





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