lunes, 29 de diciembre de 2025

Mi último post del año

 

Tras el ocaso de mi blog debido a la aparición del substack en mi vida, este 2025, las entradas de aquí se han visto mermadas en favor de mi otra página. La verdad es que el concepto no ha sabido diferenciarse bien entre una y otra versión de mí misma, y en substack al final también se han plasmado reseñas. Y aquí, a su vez y como en la otra, se hace reflexión al margen de los libros, así que no se me da bien compartimentar mis dos dominios.

Pero para hacer una última entrega anual, me es más visual no abandonar el blog, ya que aquí se ve mi trayectoria desde sus inicios y no quiero dejar de lado este espacio como cuando las webs acaban por ser desiertos de elefantes, ya no solo por las visitas, sino por su propia producción. Es preciso hacerle un hueco, y que sepa compartir con su hermano gemelo.

Hace unos minutos he cerrado las páginas de una novela que tiene mucho hype. Pertenece también a la biblioteca de Alfonso Vila, es decir, es otra donación de mi amigo escritor-fotógrafo-historiador. Yo sabía de esta novela escrita por mujer joven (1989) y publicada por una editorial bastante conocida: Libros del asteroide. Se trata de la novela de nombre bonito: Comerás flores.



He devorado esta novela y todas sus flores. Entiendo el hype. Pero estoy tan lejos de este tipo de escritura. Nunca leo libros así, la verdad. Soy de degustar una forma, del placer de la forma por la forma misma. Los libros que he reseñado en mi substack este año son todos así: obras de filigrana. Comerás flores, por el contrario es muy actual (habla de la violencia machista invisible que hace carámbanos de tus huesos) pero es todo fondo, contenido. No hay espacio para mí aquí. Es cierto que he experimentado el placer de leerme un libro como quien ve una peli: del tirón y en unas pocas horas. Pero no siento que me cambie a niveles de placer estético o de reflexión filosófica. Tampoco paladeo metáforas ni regurgito mitos o joyas entre sus páginas. No sabía qué encontraría y he visto que las grandes editoriales apuestan por unas buenas hamburguesas que gustan a todo el mundo. Y yo soy adicta a una granadilla, con pepitas y que comemos solo unos pocos. No sé. En realidad yo también soy de hamburguesas, supongo que cada cosa tiene su momento. ¿Dónde están mis congéneres, mis amigos neoulipenses? Quizá no ha llegado la editorial para nosotros o ya no tenemos cabida, son otros tiempos.

Me gusta la novela, pero no como las novelas que me gustan de verdad. Supongo que está bien para pasar el rato, exactamente como una película dramática o una indie con momentos divertidos como esa de una pareja que se conocen en una fiesta de disfraces, él de águila y ella de tiburón, no recuerdo el nombre.

Como libro que subrayaría de este 2025 (porque no los he contado ni he hecho ranking) sí que mencionaría Presencias irReales de Ana Carrasco Conde. Creo que lo he referenciado más de una vez cuando he escrito sobre otros títulos, es un buen libro de cabecera como en su momento fue el de Barthes con su glosario del discurso amoroso, pero con lenguaje fantasmal y sobre el lenguaje y sus fantasmas.

Y te sirve no sólo para hablar de libros...

El otro día navideño a mi abuela de 96 años le preguntaron qué soñaba. Sueño con mis padres, con mis abuelos, con mis ancestros, dijo. Se le notó chiquita entonces, y a mí se me hizo que todos volvemos al inicio cuando vamos acercándonos al final y que es una forma de cerrar el círculo. Y pensé en los fantasmas del libro de Ana Carrasco y que la memoria es un blandinblú, un slime...

sábado, 4 de octubre de 2025

El último retrato siempre es el más certero

 Porque somos una acumulación o, aunque inacabados, la última versión de nosotros puede que lo atine todo más precisamente que nuestros intentos previos, nuestras imágenes del camino que van conformando el resultado final. Como esos fotogramas de las películas de Charles Chaplin, que luego puestas en conjunto adquirían movimiento y entonces: "he ahí la película".


Estuve pensando estos días en lo equivocada que estaba cuando era niña. Por entonces pensaba que los recuerdos de los mayores iban por gradaciones: mientras más rebobinaban hacia su pasado primitivo más lo veían borroso y mientras más adelantaban sus recuerdos por edad se iban clarificando, exactamente como una escala de colores en las que los tonos más vibrantes serían los hechos que se iban acercando al presente y los tonos más difuminados serían los que acercarían en el tiempo al pasado más remoto. 


presente-pasado cercano-pasado lejano-pasado prístino



Ese abanico de colores representaría la gráfica mental que se me ocurría a mi que era como funcionaban los recuerdos. Cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que, al menos en mi, esto no ha ocurrido así. Siento nula gradación de intensidad con respecto a mis recuerdos, o en todo caso, no siguen el esquema de más nitidez mientras más cercano sea. Siento una anarquía vivencial en mis recuerdos, es decir, son vívidos según les da la gana, he podido sentir un recuerdo del colegio y del jardín de infancia de la misma forma en la que tengo un recuerdo de hace pocos años o meses o incluso hasta días. El sentimiento del recuerdo, su fenomenología, no observa esta jerarquía que yo imaginaba en mi más ilusa infancia. Lo más curioso es que me esté dando cuenta ahora. El recuerdo es en sí mismo un color nuevo y cualquier recuerdo lleva el mismo color.

Pasado, indolente,
el tiempo irá dejando atrás
tu pedernal figura,
hasta que el viento y la lluvia
hayan borrado los ojos
de todas las estatuas.

José Luis Jover en este último retrato, su poemario reciente editado en Pre-textos llamado Último retrato del autor, nos llama estatuas, nos conmina a la imperturbabilidad del proceso de encontrarnos y reencontrarnos. Las cosas son así, parece decirnos, y si no estamos muertos nos duchamos y ya está y a seguir con el día. Sigue siendo el José Luis Jover de los juegos de palabras, el fan de las greguerías que ya lo demostraba en sus otros libros, aunque solo fuera para acompañar sus collages; no es menos poeta en sus juegos aquí, quizá un poco más, un poeta que aún tiene que asomarse para decir algo que se le ha venido urgente sobre la memoria. Cuántas veces vamos a volver a retractarnos sobre ella, me digo, cuántas veces más (si es que sigo con vida) reformularé impresiones y añadiré otras metáforas, la última metáfora, la metáfora final y la definitiva, con la que uno se pueda ir a dormir tranquilo.


A veces la memoria se pone medio loca,
lo revuelve todo y crea
conexiones caprichosas
entre recuerdos que nada tienen en común.
Pareciera que estuviera 
proponiéndome un juego,
pero yo no puedo jugar,
estoy cansado
y me duermo.


Certero Jover, evanescente y rápido como un holograma, suave humor agudo, habla de juegos, recovecos de la memoria, ese magistral juego al escondite, pero que se le aparece a un hombre mayor, a un hombre que siente la sombra de sus últimos días. Estoy cansado, dice, y el tono es tan real, de nuestro tiempo, de una persona que ha vivido y que puede hablar sobre ello sin temor a equivocarse y por eso las metáforas son tan reales que te aletean en la cara y te hacen decir: solo tienes que leer a personas mayores cuando quieras leer sobre la memoria. Y entonces te sientes mayor y agradeces el don de la clarividencia que te viene regalado cuando pasas ese umbral de la adultez y saludas y sonríes y aceptas tu turno para la siesta, para ver la tele infinitamente por la tarde, porque ya solo toca esperar, como espera mi abuela nonagenaria, y por eso la tele existe y sólo la tele puede existir jamás porque a veces la memoria se pone medio loca y entonces qué hacemos.

Lo que no se ve no es menos cierto, lo transparente puede que en realidad sea opaco, los fantasmas de la memoria aparecen de una proyección desde lo hondo, de lo profundo, una profundidad conflictiva, ya que ahí, donde descansa la memoria y el pasado también está atropellado el recuerdo y el olvido. La lectura del poemario de Jover me recuerda al libro de la filósofa Ana Carrasco Conde, Presencias irReales, en el que trata las diferentes formas de fantasmas y monstruos en un ensayo que nos hace reflexionar en torno a estos límites que pueden dársenos difusos. Creo que ya he hablado varias veces sobre este ensayo en mi blog o en otras partes, pero me ha remitido algún y otro poema de Jover en su ultimísimo retrato al ensayo mencionado y, encima, señala la fealdad y tristeza del "amistoso" fantasma de la melancolía. No hay que fiarse de un fantasma que se te acerca a darte la mano así. Y yo que creía que más bien era un poco apático pero hermoso, el de Jover es un querubín venido a menos, también es aceptable que lo sea, modo ángel caído, fantasma desdichado.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

"Quipus", de Ximo Rochera

Un caluroso domingo de agosto es la fecha que elige Sánchez Ferlosio para retratar el Jarama. James Joyce utilizó también un día, el 16 de junio, conocido por todos como Bloomsday desde entonces. Los personajes que transitan Quipus están maquinando sus escapes (mutis por el foro, momentos de inflexión o puntos suspensivos vitales) en esta misma fecha, varios años después entrados los dos mil. 

Cuando encuentras una historia que te cuenta lo que alguna vez se te ha pasado por la mente querer descifrar (historia que resuelve preguntas, dando posibles explicaciones, una de tantas, todas válidas) y eso que te cuenta te hace sentir un in crescendo porque te emocionas de lo que vas descubriendo, así son las historias que no hace falta que contengan fantasía para que te puedan maravillar. Hablo de las que este compendio de relatos contiene, hermanando relatos de personas desencontradas en sus lazos fraternos: en sus desencuentros las desesperanzas o la realidad más inmediata, a la cara y siempre con un toque de dulzura. Porque la melancolía es así, triste (y cómo describirías a la melancolía sino, triste, con la pizca de azúcar que nunca rebaja su amargor, sino que lo potencia en ese glukupikron del que Anne Carson hace estandarte), aunque te esté contando cómo se apaga la vida de alguien. Y quién no ha imaginado los derroteros de las personas grisáceas con sus trajes uniformados de jirones, sus pelos enmarañados y sus pestes en los cajeros por la noche. Más aún, te has puesto a pensar en cómo ha devenido mendigo un señor que antaño sería otra cosa, porque nadie nace mendigo, sino que la transformación se da como en esas pelis de zombies cuando los zombies se alimentan de otros zombies y no en humanos y acaban produciendo un ser amorfo peor. O eran vampiros. En cualquier caso, la metáfora sirve para ilustrar al ser en el cual nos transformamos en el ocaso de nuestras vidas o por alguna decisión desafortunada... no siempre teniendo posibilidad de elección. 

Hay poesía en la física o es que la física a veces es poesía, de la misma forma que hay belleza artística y perfección en la matemática de la música (macro), como en el universo o en una composición sublime (micro). En Armonías de Werckmeister, nos lo contaba Béla Tarr a su modo, en blanco y negro y haciendo uso de cadencias, silencios y cortes abruptos. En Quipus uno de sus personajes tiene un pensamiento similar: "En el instituto odiaba la física, siempre le gustó más la música y las artes, pero posteriormente descubrió que la física era poesía" . Y cómo no puede ser poético todo esto si la teoría de cuerdas está tan cercana al Misterio porque aún no puede ser corroborada y es hasta señalada a veces de pseudociencia, incluso se dice que su verdad oscila como un péndulo entre lo tajantemente cierto y la equivocación más absoluta, pero que de esto no se puede asegurar nada. Su magia radica en esta incertidumbre.

Houellebecq llamó a una de sus famosas novelas Las partículas elementales. En Quipus estamos viendo la conexión entre distintos relatos que vendrían a significar también estas partículas en una analogía hasta visual con los nudos de los quipus ancestrales. 



A veces lo que pensamos que son casualidades no son tanto casualidades sino hechos que responden a una dinámica superior, una conexión invisible que en estos relatos Ximo Rochera aborda con la analogía de la teoría de las cuerdas. Es curioso, porque sus personajes a pesar de ser muchos personas comunes y corrientes de algún modo participan del interés por la física o son ellos mismos estudiosos de la física y desarrolladores. Así como pensamos en las metáforas de la vida cotidiana podemos pensar en las casualidades que se nos presentan que responden a un poder invisible mayor, como si de hilos que nos conectan se articularan nuestras experiencias. Podemos no saber que estamos participando de esta conexión, a menos que venga un relator omnisciente y nos disponga cómo X persona se ha cruzado con Y persona en algún momento y de algún modo. Si nuestras historias fueran contadas así... cuántas casualidades veríamos expuestas y reveladas. Como la de la teleoperadora que se encuentra dentro de miles de llamadas a una antigua compañera de piso. O cómo una llamada puede interrumpir un momento decisivo, llamadas que van dejadas al vacío o que no se llegan a conectar. Son estas metáforas de las ondas que se transmiten para poder comunicarnos telefónicamente (no las vemos, pero existen) bastante precisas a la hora de significar minúsculas partículas que no podemos ver tampoco, pero en las que creemos por la física, más allá de electrones y protones, los quarks, tan misteriosos y escurridizos a la hora de experimentar con ellos.

Si no fuéramos puntos, sino hilos...

En Quipus hay distintos personajes, de clase trabajadora o incluso en situación de pobreza alguno o de extrema pobreza, algunos extranjeros inmigrantes, latinoamericanos y que acaban viviendo en Valencia. También hay alusiones a escritores centro y sudamericanos como José Emilio Pacheco y Roberto Bolaño. Se da, pues, un fiel reflejo de lo que sería esta multiculturalidad que en España se está teniendo ya desde hace un tiempo y cómo es que los caminos de estos personajes se entrecruzan aún viniendo desde tan lejos, que nadie se libra de estas casualidades. Es que si no hay nombres sueltos, si vibramos en una cuerda continua, estamos afectándonos los unos a los otros constantemente; parecemos puntos, pero puede que no lo veamos del todo bien en nuestra limitación. En Quipus vemos esta teoría unificadora plasmada en distintos casos, a cada cual más interesante. Debo confesar que la lectura de este libro me ha entretenido como las series adictivas que ves del tirón, pero en este caso a la vez alimenta.

martes, 15 de julio de 2025

Coches vertiginosos transitan tus venas

El poemario que presento en esta oportunidad es el libro de un amigo consustancial, a la manera en que eran padre e hijo consustancial la dupla Leopold Bloom y Stephen Dedalus, así, uno puede tener amigos consustanciales sin saber que los tienes, y, otra vez, como reflejo de la historia joyceana en la que ambos, Bloom y Dedalus no acaban de encontrarse a lo largo de distintos parajes (ambos se entrecruzan en la imprenta, en la playa, en las calles de Dublín...) para ver cómo hay un hilo invisible (siempre son invisibles esos hilos) que los reúne al final y solo entonces entiendes que hay un diferente tipo de comunión entre ciertas personas que aparentemente no se han conocido aún.



En este caso la literatura. Como si leer algunos autores te pudiera predisponer a ello, a urdir caminos que convergen en libros y en calles. "Un coche violento a punto de sufrir un terrible accidente" (ediciones Contrabando 2024) tiene algunas de las páginas negras como mi poemario y como alguno de Angélica Liddell que yo me sé, pero la mayoría de nuestros escupe letras sigue escogiendo el blanco, ese tan habitual camino aburrido de luz. Cuando ambos hemos querido retratar la noche "pero a mi noche no la mata ningún sol" no hay otra coherencia posible, sólo la dejamos flotar, no ponemos piedras a los cadáveres para que se queden en el fondo, al contrario, salpicar de negro y emborronar obsesivamente, como lo hace Heme Brazo, seudónimo de Mauricio Ruiz, escritor afincado en Valencia. Me encanta reseñar escritores que habitan mi territorio y sé que si hubiera gente que conectara (siempre en un tiempo hipotético, porque no me consta tener lectores de mis reseñas) con mis lecturas habituales podría simpatizar con lo que voy a exponer aquí.

El poema que abre estos salmos de la amargura es el Génesis de la disipación; y ve que el sueño es bueno, como una apertura a una creación diferente, la de nuestras pesadillas. En estos territorios hay toda una nomenclatura particular, como una Alicia en el país de las pesadillas, así vemos transitar al yo poético, con hoyos incluidos en los que no teme tropezar, de esta forma el pie se balancea y permite que ciertos elefantes se sienten en su vientre. 

La razón se presenta postdiluviana siempre a veces

cuando ya no sirve para nada 

Como una invitada que se requería al inicio, pero ya se han llevado todos los cadáveres y limpiado el escenario, la razón no nos sirve, ya es ridículo que aparezca aquí. Así se abre paso a los embates de la razón inútil y de la memoria, pesada, punzante, muy mala gente... sólo el apoyo del gran ente químico en sus diferentes formas, a modo de comuniones. Es un escudo y una panacea, es el farmakos griego, veneno y alivio. Y uno de los poemas más bonitos, porque también hay belleza en la oscuridad química, retrata así el poder defensor del Diazepam:

Tu cuerpo, Diazepam, es el muro que impide a la piara del mundo meter su pezuña en el nervio de nuestras cabezas

Amén.


Seguimos avanzando y encontramos el conjuro del fuego, una purificación invertida, como si nosotros disputáramos a la memoria nuestros restos y este litigio no diera a lugar, nace de nuestra propia carne carbonizada, nos consumimos y ese fantasma nutrido de lo que fue nuestro cuerpo es la memoria, o quizá lo que se queda pegado a esta carne. Tan dentro y tan fantasía al mismo tiempo (porque la memoria es terreno de la fantasía). Dios vomita a los tibios, pero Diazepam los celebra. Es su reino el de los mediocres, de los fracasos, de todos los "losers" sin patria. Aquí no se nos juzga por no poder, por no llegar, o destacar. Aquí se está adormecido cuando no se está sufriente.

La memoria y el recuerdo son paradojas. El yo poético intenta expulsarlos con sus conjuros contradictorios, con el oxymoron que es el único intento posible de aproximación a lo que no existe o no tiene un contorno definible o real, o al menos no de este mundo. 

El verdadero Génesis está al final. Justo antes del Apocalipsis.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Somos madres y no todas estamos desnortadas

 Esto no es una reseña literaria.

Me acuerdo que la otra vez que di a luz, cuando me estrené como madre hace ocho años, no había tanta discusión en redes sobre lo agobiante que era ser mamá. Es cierto que en el aire se respiraba mucho secretismo y una bruma que ensordecía la verdad sobre el alumbramiento: descubrí todo lo que no se nos solía contar (hemorroides, cura de episiotomías, violencia obstétrica, mastitis...). Pero ahora sí que leo esta advertencia por todos lados y no nos veo tan carentes de información sobre los inconvenientes y sobre todo lo que puede ir mal. Creo que hasta hay sobreabundancia de maldiciones en torno a la maternidad que ya se está pasando de rosca: se está convirtiendo en un espantabobos, que adquiere dimensiones de tremendismo total.

Ni lo uno ni lo otro.

Creo que haría falta un punto medio, en el que no se silencie pero tampoco se sobredimensione. Ahora resulta que poner mensajes por todos lados de: sé feliz, no seas madre (lo he leído por doquier en instagram) sea lo más pertinente, adecuado y esperado. Madres que dicen: es verdad, soy madre, lo avalo. Y chicas que rechazan la maternidad con un espanto total, casi con pavor. 

Voy a contar mi experiencia, que no es la general, pero tampoco será la excepción ni un caso rarísimo: no he dejado de ser yo. Así como suena y con todas sus letras. Suelo leer también que las mamás que se lamentan de ser madres hablan del poco tiempo para dedicarse a sí mismas. Pero también las que no se quejan dicen que son otras personas, que el proceso de identidad les afecta, les transforma... No he sentido nada de esto y no pasa nada. La verdad es que me encanta que haya sido natural y sea igual antes, durante, después. Y nunca fui una mujer preparada para esto ni entraba en mi obsesión de vida. Es curioso cómo el "dejarse fluir" tan trivial a veces, en "esta cosita" que es el vivir a veces lo borda. Y así es como poco a poco entró en mis planes y con 43 tengo dos niñas, de 8 y 1 año, planeadas, sin problemas en sus concepciones (de forma natural y sin largas esperas, ni tiempos de búsqueda) y ambas con totalmente diferente forma de maternar:

Con la primera lactancia materna exclusiva hasta más allá de los dos años y medio, con muchísima leche y sin problemas de agarre ni succión en ningún momento. Destete no respetuoso, o no entendido como respetuoso para las formas políticamente correctas de maternar. Fui yo la que la obligué a dejarlo contra su voluntad porque no quería seguir amamantando. Todo iba perfecto, pero no quería una niña mayor tomando leche de mi más tiempo. Lo de llorar por separarme yo de esa forma de alimentar no pasó, por supuesto (hay algunas madres a las que les cuesta más a ellas que a los bebés, supongo por el papel que sienten que cumplen, la importancia con respecto al bebé o vínculo que tienen, me gustaría explicar un poco esto desde el punto de vista de una madre como yo que viví esto, dándole exclusivamente el pecho y siendo refugio anticaídas, antilloros y antitodo. La panacea de la teta. No he llegado a disfrutar de ese lugar, lo hice porque era lo que se supone que se debía hacer, pero ese extraño masoquismo de "bello pero doloroso" no lo viví, aunque ni siquiera me doliera absolutamente nada. Nunca tuve dolor por amamantar, todo era tan fácil, pero no, no es lo mío). Ella siguió tocándome el pecho varios años después, llevo un par de años que no lo hace y no sé si me parece ideal que hiciera eso...la verdad es que no, pero cada una...

No me gustaba dar el pecho en público. Tenía que encerrarme en los baños de los sitios a los que fuera. Una vez se me obligó a dar el pecho en el autobús para callar a mi bebé. Lo odié, no hice caso. Me decían "tápate si quieres". No quería, no me sentía cómoda. Para mi amamantar era un acto privado, entre ella y yo. Casi ritualístico. No quería sentirme ni la transgresora ni la que naturaliza nada. Yo naturalizaba de puertas para dentro, pero aunque sea algo ciertamente cotidiano, para mi seguía siendo mi cuerpo y me parece terrible que se me critique por mi particular tipo de pudicia.

Con la segunda tomé la pastilla que corta la leche nada más dar a luz. La lactancia artificial me ha gustado bastante porque ambas partes: madre y padre, se hacen cargo por igual y no soy siamesa de mi hija. No siento un apego diferente de ella a mi por este hecho. Desde luego ambas hijas me han salido muy independientes y la primera a pesar de estar pegada a la teta siempre nunca lloró por separarse de mi cuando empezó a ir al cole o cuando se tenía que quedar con sus abuelos y ninguna tiene mamitis.

Hay gente que dice que la transformación es total. Para mi no. Sigo siendo la que quiere ir al jiujitsu, aunque en este periplo haya parado años entre maternidad y maternidad y en vez de estar avanzada y ser una jiujitera de diez años de trayectoria siga siendo una newbie, una eterna principiante. Da igual, en el trabajo uno también se reinventa y cambia y se vuelve a formar. Me lo tomo así, como si fuera otro trabajo y en la vida tenemos bastantes dimensiones que pueden convivir una con la otra. El año que viene me gustaría retomar clases de arpa y clases de ruso. Tengo todavía bastante vida para ir empezando continuamente, a menos que me muera inesperadamente, claro. Pero un hijo crece, un bebé no dura más que un suspiro, un niño es en gran parte independiente, en más de la mitad de su día está en el colegio, además, y uno lo echa de menos, las madres no somos madres todo el día, muchas van al gimnasio, muchas quisieran leer o tener tiempo para ellas, pero no es por los hijos, es por el capitalismo que no podemos hacerlo más. Desgraciadamente, tenemos que trabajar para vivir y tenemos que ir de aquí para allá y centrarnos en asuntos bastante aburridos, serios, terribles. No conozco berrinches ni rabietas, si tienes eso, no sé cómo lo afrontaría. Para mi, mi hija la mayor ha sido un bálsamo y no tormenta, ha entrado en mi vida tan naturalmente que es parte de ella sin suponerla una sacudida.

Mi identidad no está más ni menos clara por ser madre. Es simplemente la misma identidad confusa de cualquier ser humano que ha leído Ser y tiempo. La ontología transmite este estado de tribulación en sí misma, pero lo tendría si fuera hombre también.

Es fácil ser madre si es un proceso consustancial a tí misma, aunque no supieras que eras madre antes de serlo.



martes, 6 de mayo de 2025

Wenceslao Ventura, poesía

 



Resina se llama este poemario publicado por ediciones Contrabando, que nos gusta con ese identificativo color cieno, encaja con el título de este poemario y con todo lo orgánico, como si quisiéramos escarbar la sustancia que obtenemos de algo que rascásemos con las uñas, o lo que se destilara de alguna corteza cualquiera, que luego pudiéramos transformar. Lo telúrico y sus óleos, sus protecciones naturales, sus barnices engañosos y sus propias conversiones en callo para resistir.

Los árboles abrazan como ancianos huesudos, imágenes de lo antiguo que se erige y alcanza la luna, sarmientos por brazos, brazos sarmentosos del tiempo, siglos, como la noche o el mar. El espacio nocturno abraza la calidez de la creación, mientras el mar acuna la memoria. 

Lo telúrico es desde lo que brota algo parecido al amor, pero no tiene miedo de llamar amor: esto es amor, dice, de la tierra y el barro, desde donde sale todo el ecosistema de bichos y bacterias contra el que nos defendemos. Pero con agua siempre, en formato lluvia deteniéndose, ante lo evidente del paraje verdoso. Libro vida, marrón y verde, activo, pulsión vital. 

La noche alberga lo irracional. Esta voz lo anuncia: abandonan el sustrato del sentido/ nos arrastran hacia la noche. Caldo de cultivo de la palabra, donde se ocultan los sortilegios y donde la sinrazón se explaya. Es, pues, lugar del laberinto, de aquel techo sobre el que no para de llover. La voz poética lo delimita y lo deja de delimitar cuando intenta salir de él: la mazmorra del sentido. Paraje de abundancia para congregar todos los símbolos. 

Otro espacio significativo: el mar. Que pareciera que el poeta nos congregara al episodio proteico de Stephen Dedalus en el Ulises. Ahí los caparazones en la orilla, de las cuencas de las palabras vacías. Pero también lugar desde el que performa y arroja fardos. El yo poético es un camaleón a lo Pessoa, sus máscaras son las del actor en su tercer acto, pero también el actor de la vida cotidiana, como propugnaba Erving Goffman. Salir de escena, con sigilo, dice el poeta, escondiéndose tras un largo epitafio. 

Detrás de toda esta celebración a la vida oscura: por fin una luz que se entromete y no para de dar señales de claridad, así es el ritual de la negación, así le asisten los Claros en el bosque: Cierro los ojos / hasta el blanco. Pero también los anuncia directos: Claridad de los hilos solares. Esta luz es una promesa, es la luz del "hacer no haciendo" que dice: No querer es poder, como un taoísta que renuncia a la voluntad y se aísla en la palabra.

Y esta extraña esperanza en la que la tristeza espejea, pero aún hay amor. En un perpetuo otoño. Siempre.


lunes, 24 de marzo de 2025

Malone muere. Tú todavía no

Un mínimo de memoria es indispensable para vivir de verdad. Su familia, por ejemplo, verdaderamente yo ya no sé, por así decirlo, nada sobre ella. Pero estoy tranquilo: está anotado en alguna parte. Es el único medio de controlarlo. Pero en lo que a mi se refiere, no siento la misma necesidad. Ignoro también mi propia historia, la olvido, pero no necesito conocerla. Y, sin embargo, escribo sobre mi, con el mismo lápiz, en el mismo cuaderno, que sobre él. Ya no soy yo, debí decirlo antes, sino otro cuya vida apenas ha empezado. Es justo que él también tenga su pequeña historia, sus recuerdos, su razón, y que pueda hallar lo bueno en lo malo, lo malo en lo peor, y así envejecer dulcemente a lo largo de días siempre iguales, y morir un día como otro cualquiera, solo que más corto."


La memoria en Beckett está presente incluso en los seres más inmóviles. Porque cuando todo se apaga el entretenimiento del que espera solo puede estar en su mente, ahí se refugia la memoria. Despreciada por algunos, por los personajes de Beckett aún no. Es curioso, hasta pareciera que están algo vivos. O es que viven precisamente por eso y la memoria puede ser un equivalente a la existencia.

En este fragmento, que me ha fascinado, se fragua el desdoblamiento del narrador y personaje como el que tenemos todos cuando recordamos a nuestro otro yo, el que vivió todas las experiencias del pasado. 


El protagonista de Malone muere, en su lecho afirma que "está tranquilo" porque "está anotado en alguna parte". Entiendo perfectamente esto, me pasa muy a menudo que he recopilado por escrito mis películas, en modo lista, mis canciones, mis impresiones en este blog, mis fotos en redes, y si no fuera por este conglomerado de recuerdos apilados en categorías sentiría que no ha pasado nada, que no me he movido, que no he existido, pero está "en alguna parte" y luego me doy cuenta de que he olvidado por completo la existencia de tal o cual objeto que me dio mucho placer y si no fuera porque está almacenado para que yo pueda consultarlo no lo recuperaría jamás. Se va desenrollando como disipando una bruma y así es como me he percatado y asumido la importancia de una consignación por escrito. La urgencia es real y no la reconoces hasta que no has vivido unas cuantas décadas y has visto ya muchos tesoros caer en agujeros negros devorados por el olvido del paso del tiempo (y a veces ni siquiera hace falta que pase mucho tiempo). 

"Ya no soy yo", afirma. El que se sabe a punto de morir no es, está dejando de ser, ve cómo se le va apagando  la llama de la vida, pero no de la memoria, además, el factor libreta y lápiz es de suma importancia para este momento tan decisivo. El lápiz como arma para el olvido, su libreta un escudo. Hago lo propio, pues, con mis textos, me hago una foto a mí misma, porque no sé por dónde está mi ejemplar de Malone muere, que es que tras la mudanza tengo los libros en lugares que no controlo aún y estoy releyendo un texto atemporal, me encanta que me hable de forma distinta, el olvido es persistente, el olvido es un martillo, por eso es cada vez un encuentro distinto, te hablan nuevas voces y tus mismas experiencias lo cambian todo, cambian tus ojos, el color de los ojos o el iris que mira las mismas palabras de Beckett, ordenadas de la misma forma, pero que sin embargo no dicen lo mismo.

Reseñas de relecturas.

Reseño fragmentos.

sábado, 8 de febrero de 2025

Odilon Redon y Huysmans. Una mixtura de pintar y escribir.

 

Aquí junto a un cuadro de Odilon Redon en la exposición del surrealismo en el Pompidou, París 2024

Odilon Redon y Huysmans eran amigos. Uno me lleva al otro y viceversa desde hace un tiempo y cada cierto tiempo. Recuerdo cuando descubrí el hombre cactus de Redon, hace una veintena de años, cómo me maravilló y cómo fue de mis primeras fotos perfil del Facebook unos años más tarde. Era la época dark de Marielena (si es que se puede considerar época), la de la eclosión de infausta (o asentamiento, porque el nick ya existía desde la época de los primeros chats).

No sabía por entonces que Redon también escribía. Y al llegar Joris-Karl Huysmans varios años más tarde a mis ojos, tampoco supe por aquel entonces de su vínculo con Redon. El decadentismo se me antojó un movimiento interesante, era como la explicación de los devaneos pesimistas de varios de mis admirados. Un George Perec hablando de un estudiante que decide no ir a un examen y que se encuentra monocromo por las calles de París es un Oblomov moderno heredero de Huysmans, de ahí venían todos los "hacer no haciendo" de mis héroes literarios.

Mucho antes, pues, estuvo Des Esseintes. qué conde más abúlico y qué tretas pudo hacer para crearse un fortín del pasar desapercibido. Ser menos que un mueble. Pero usar los muebles para crear un escenario, para vivir "como si", en una simulación perpetua. Adentrarse en la obra de Huysmans es similar al ir desgranando una cronología con la obra de Samuel Beckett: lo comparo porque hay una tendencia a la inmovilidad en Beckett (primero un estatismo-extasío, luego en unos cubos de basura, para al final ser simplemente un muñón en su última novela, la del "Innombrable") y en Huysmans hay unos protagonistas que se debaten entre el menor esfuerzo para vivir. "A la deriva" tiene un protagonista que lo intenta, que va a restaurantes, aunque todo le produce decepción. Hay un momento en que llega a decorar su casa... pero que cada esfuerzo, en los últimos estertores de su esperanza, es arrollado por la realidad, cada vez más gris. Cada vez más triste y por la que vale menos la pena luchar.

Es en "A contrapelo" donde encontramos el ardid del conde como un camuflaje de "mira, parece que estoy viviendo, pero solo estoy sobreviviendo". El conde des Esseintes es un camaleón que utiliza su fortuna para poder recrear un espacio en el que no sea necesario salir, se invierte los horarios, disfraza a sus criados para solo ver sombras que recuerden a un monasterio, puede recrearse habitaciones que parezca que está en la cubierta de un barco... El microcosmos creado no es para el placer, es para el recogimiento. Como la mansión de La Rinconada, en "El obsceno pájaro de la noche", cuando el padre del hijo monstruo le hace a su imagen y semejanza todo un mundo de deformidad, ya que en un mundo de deformidad el sano es el monstruo y el dolor puede desaparecer al estar la normalidad invertida.

Libro adquirido en la exposición sobre el surrealismo


Es curioso que los últimos libros que haya leído sean sobre pintores que escriben o escritores que pintan. Los límites están difusos en la dupla de amigos que trato en esta entrada: Huysmans en sus obras menciona los cuadros de Redon y de otros pintores con detenimiento, los incluye en sus historias, en las descripciones de sus habitaciones... porque Huysmans surge del naturalismo para oponerse a él, para tratar las descripciones de una forma que a Zola le harían rasgarse las vestiduras, de entrada sutil y luego un loco: descripciones de mobiliarios que representan estados de ánimo, decoraciones que son reflejo de un alma humana. Ya hemos hablado de Klee en una de las entradas anteriores y cómo éste vivía imbricando pintura, escritura y música. Para Huysmans estas artes también estarían ligadas, sobre todo la rama pictórica y la literatura: pintaba con palabras, para salirse de la línea. Aquí un fragmento de su obra más conocida, "A contrapelo" en el que vemos el desprecio a la experiencia vivida y el elogio a la imitación:

En verdad viajar le parecía una pérdida de tiempo, puesto que creía que la imaginación podía suministrar un sucedáneo más que adecuado a la realidad vulgar de la experiencia vivida. En su opinión, era perfectamente posible colmar los deseos que por lo común se suponen de más difícil satisfacción en condiciones normales, y ello mediante el fútil subterfugio de crear una buena imitación del objeto de esos deseos. Así, es bien sabido que en la actualidad, en restaurantes afamados por la excelencia de sus bodegas, los gourmets se extasían con raras cosechas elaboradas mediante vinos baratos tratados según el método del señor Pasteur. Ahora bien, sean auténticos o falsificados, estos vinos tienen el mismo aroma, el mismo color, el mismo bouquet; y por consiguiente el placer experimentado al saborear estas bebidas adulteradas, falaces, es absolutamente idéntico al que proporcionaría el vino puro, intacto, que ya no se obtiene a ningún precio.

Es un dato relevante que James Joyce leyera "Al revés" a los diecisiete años y se inspirara en ella para escribir el "Retrato del artista adolescente". A Huysmans se le calificó de satanista por esta obra y es ciertamente este toque de fascinación por lo esotérico y lo oculto lo que lo hermanaría con Joyce (la teosofía en el Ulises es algo que he tratado por extenso en mi tesina de máster y en un vídeo de mi canal de Youtube), pero el decadentismo del que se le ha hecho precursor se deriva de su trascendencia sobre el pesimismo de Schopenhauer. Es cierto que Huysmans se convirtió al catolicismo al final de sus días y es cierto que toda la simbología mística operó un gran fenómeno en él y en su obra. Es tan ecléctico en su postura que algunas páginas de "Al revés" parecen ser escritas por un católico, sin embargo, cuando él se sentía lejos de la religión. Pero lo que ocurría es que él creía fervientemente que de Schopenhauer al Eclesiastés o al Libro de Job no había ninguna distancia. Creía, así mismo, que las premisas sobre el pesimismo en ambas fuentes eran las mismas y que era el filósofo el que se escabullía en las conclusiones, y que los libros sagrados iban más allá. Las palabras de Huysmans al respecto son las siguientes:

Me agradan sus ideas sobre el horror de la vida, sobre la estupidez del mundo, sobre la inclemencia del destino; me agradan, igualmente, en las Sagradas Escrituras; pero las observaciones de Schopenhauer no llegan a nada, lo dejan a uno, por así decir, abandonado a mitad de camino; sus aforismos sólo son, en suma, un herbario de quejas secas; por su parte, la Iglesia explica los orígenes y las causas, indica los fines, presenta los remedios, no se contenta con el diagnóstico del alma: trata al paciente y lo cura, en tanto que el medicastro alemán, tras demostraros que la dolencia que padecéis es incurable, con una mueca os da vuelta la espalda. Su Pesimismo es, simplemente, el de las Escrituras, de donde lo ha sacado, No ha ido más allá que Salomón o que Job, y ni siquiera que la "Imitación", la cual resumió mucho antes que él toda su filosofía en una frase; "¡Es verdaderamente una miseria vivir sobre la tierra!"

La experiencia, pues, de leer "Il rêve" de Odilon Redon es sumergirse en sus sueños, en su nostalgia (el país de su memoria en el que se funden ambos) tras conocer su obra pictórica es ponerle voz, o leer una película con subtítulos y su idioma original. Es como oír los poemas recitados por la voz del autor que los engendró. En estos cuentos nos podemos encontrar con recuerdos suyos del país vasco español, en un viaje que hizo en su juventud. También nos hace asomarnos a sus espectáculos favoritos, a sus amores, a la música que le apasiona... una oda al sueño, a dormir también, y al seguir pintando incluso cuando crea historias:

Le bleu, comme toutes les couleurs, a sa signification morale. Certaines âmes cèdent à cet instinct si singulier que nous avons devant le rouge, le jaune ou bien encore sentent leur rapprochement par des fibres plus délicates. Qui n'a senti l'effet mordant et fier du noir sur le rouge, et l'âpreté mélancolique du blanc et du noir? Les peuples qui cèdent à ces harmonies, comme y rencontrant leurs qualités, ont aussi la dominante de leurs goûts et de leurs passions et de leur vie intérieure.
Dans ce petit coin de la Biscaye dont le fond de l'âme est si fier et si doux, elle se traduit par le bleu foncé mélangé de brun.


martes, 19 de noviembre de 2024

Wolfgang Paalen y el axolotl, pero no el de Cortázar


Estuve en el Pompidou hace poco y compré un par de libros. Uno de ellos es el de Wolfgang Paalen llamado L'Axolotl. Me gustó la edición; no es la primera vez que cojo un libro por su apariencia, además, sabiendo que tenía relación con la exposición del surrealismo que acababa de ver, no podía ser una apuesta arriesgada. De hecho, me había gustado mucho la exposición y, si bien, Paalen no había sido mi favorito (Dorotea Tanning forever) sí que había llamado la atención sus objetos dispuestos por la escena: un paraguas de esponjas, un teléfono de marisco. Además, la sinopsis de la contraportada auguraba misterio y dualidad, y así ha sido.

Todos tenemos al axolotl relacionado con el cuento famoso de Cortázar. Sin embargo, más allá de la reflexión sobre la construcción del otro y el uno mismo, existe el tema de la duplicidad (quizá también relacionado, quizá es un solo tema en una construcción de la identidad fragmentada). Cortázar hace el mismo trueque (¿quiasmo?) que opera en su otro cuento "Lejana": hay un intercambio de cuerpos, un otro y un sí mismo intercambiables. Para el tema de las dualidades en literatura se puede consultar mi entrada de aquí:


 https://infausta.blogspot.com/2022/08/siniestro-es-tu-doble-fuera-del-espejo.html


Es esta obra de Paalen encajable en ese contexto, uniéndose al corrillo de escritores obsesionados con el tema del doble. ¿Cuál es el aporte original del libro, hasta ahora inédito, del artista austríaco? Pues que utiliza la evidente imagen de unas gemelas para hacer de símbolo de este dualismo. Evidente, sin opacidades, que los gemelos sirvan para significar lo doble no nos parece a priori enrevesado, la verdad. Cuesta ver el símbolo, lo que se oculta. Y sin embargo...

Tenemos una historia sazonada de mitología antigua mexicana. Los aztecas tenían mitos sobre el axolotl, aquel animal que ha inspirado a otros escritores además de Cortázar, que estaban relacionados con la duplicidad, al ser un animal medio acuático, medio terrestre y al creer que poseía cualidades mágicas:

Vous savez bien sûr quel rôle fondamental et étrange joue le double dans nos mythes anciens. Le Xolotl, se refusant au grand sacrifice, tente d'échapper aux autres dieux. Poursuivi, il se métamorphose d'abord en double d'un épi de maïs; bientôt découvert sous ce travestissement antique, en ce qu'elle signale la présence d'un élément, sinon divin, du moins effrayant), le figitif se transforme en Mexalotl, cet agave à deux souches, car, pour ne pas se dissimuler sous une forme qui ne lui siérait pas, cette divinité est contrainte de procéder à des dédoublements. Sans cesse retrouvé sous des formes dupliquées, toujours nouvelles, le Xolotl finit enfin par trouver refuge dans le lac, sous la forme d'une salamandre à l'état larvaire, animal mi-aquatique, mi-terrestre et, pour cette raison, aux yeux des anciens, amphibie en esprit également, mystérieuse créature gémelle devenue axolotl.


La trama es sencilla: un trasunto de Paalen (¿otro doble?) va en busca de reliquias arqueológicas (como hacía Paalen, de hecho, fue perseguido por saquear esculturas arqueológicas en México) y se encuentra con la historia de unos hermanos enamorados de unas gemelas idénticas. Ignacio, el chico que va en busca de esculturas, lo que quiere es descubrir el misterio de unos cuadros en la hacienda en la cual se hospeda. Dichos cuadros representan a una mujer, en uno de ellos con un dado de cinco bolitas y en otro con un dado de tres (no recuerdo las cifras exactas, pero creo que son esas). El misterio desvelado: habían echado a la suerte, a través de un dado, qué hermano se casaría con cada gemela, Leandra o Leondina. 

Es curioso, porque el haber silenciado durante todo el relato de uno de los hermanos (cuando le cuenta a Ignacio su historia) la voluntad de las hermanas no es baladí. La voz femenina acierta al imponerse al final:

Tu oublies, répondit-elle, ne pouvant plus cette fois dissimuler la détresse qu'il y avait dans sa voix, tu oublies que l'on ne nous a guère interrogées. Souviens-toi tout de même que vous n'avies rien trouvé de mieux que de nous tirer au dé.


Y es que no todo tenía que ser decisión de los hombres de la historia (partiendo del padre de los esposos, que fue quien decidió la astucia de jugar los matrimonios a los dados). Pero más allá del tema de la asignación de las parejas aparece el dilema de uno de los dos hermanos por descubrirse enamorado de la mujer de su hermano, estando ya casados. La explicación es bastante peregrina: al ser idénticas se entiende a ambas como un solo ser y poder poseer al ser amado en su totalidad es poseer a su otra mitad:

N'avais-je pas poursuivi une chimère dans cette créature duelle? S'il m'avait fallu posséder les deux femmes pour, de cette dualité fantomatique, pouvoir en désindividuer l'une d'elles, n'était-ce que parce que je ne pouvais me contenter de n'avoir vécu qu'avec l'une d'elles, avec la moitié de l'identité d'une individualité duelle? 


El libro acaba con unas fotos de las obras surrealistas de Wolfgang Paalen, sus cuadros más famosos, sus hallazgos escultóricos y fotos del autor, más reconocido como pintor, en su estudio. Apunte curioso: el libro está dedicado a la mujer de Elias Canetti, amiguísima de su infancia. El axolotl de Paalen está decorado con historias de la obsidiana negra volcánica, de los ojos de vidrio del emperador Maximiliano, que teniéndolos él azules le acabaron poniendo los de la virgen de Guadalupe, negros, hechos de la roca volcánica. Para fans del eterno tópico del doppelgänger y apto, sobre todo, para mi. 

lunes, 28 de octubre de 2024

Klee


 Conocida es la afición de Klee por la música, siendo él mismo intérprete y habiéndose decantado finalmente por la pintura, esa formación suya y pasión en vida por el lenguaje musical no es ajena a su obra. Lo que pasa es que no se puede decodificar al pie de la letra: una equivalencia es necesaria a la hora de hacer una transposición entre esos dos tipos de creación artística.

Paul Klee siempre me fascinó como todo lo que fascina por no acabar de entenderse. Ciertamente, me falta su complejo bagaje, pero este es un llamamiento a la gente como yo, que sin tener todo eso detrás podemos intuirlo o apreciar lo que sugiere el pintor y eso no es menos importante. Creo, firmemente, que ejecuta, hasta perpetra una obra que nos permite asomarnos a su mundo, sin previo lenguaje común. Este libro de Pierre Boulez vendría a ser una ayuda o quizá un salvoconducto.

Boulez era director de orquesta. Punto. Con eso podemos resumir su capacidad para armar y orquestar, ese poder tan precioso, no exento de ritmo y colores. La sinestesia está presente en Klee, analizada por Boulez, una lectura de lo que sería la fuga roja, lo que puede ser un ritmo de un tablero de ajedrez o unas notas convertidas en hierba verde. El país fértil se encuentra tras el ritmo y el salpicar de notas que ahora son plantas.

Son muchos los compositores que se han dejado seducir por el aspecto material de la partitura. Incluso en Bach hallamos ciertos recursos que son tanto visuales como auditivos. Me atrevería a afirmar que ciertos cánones satisfacen más la vista que el oído. No es que la música no sea bella, pero es la vista, más que el oído, la que percibe inmediatamente las simetrías.

Boulez contrapone la fuerza en la memoria visual con la menor fuerza de la memoria auditiva y de esta manera nos lleva de la mano para entender correspondencias que en Klee están presentes. Pero también nos invita a detenernos en sus procesos, las capas y laboratorio, el hacer de un fondo un disparador de miradas, en el que la nuestra es requerida para que sea ella el movimiento: de esta forma entramos en el diálogo que nos sirve el autor.

Más allá de su faceta de profesor de la Bauhaus, de la que vemos reminiscencias en sus estructuras pictóricas, "sus dibujos de ciudades con reflejos, simetrías y divisiones, por ejemplo, me enseñaron mucho sobre el desarrollo orgánico de una arquitectura sonora que, al mismo tiempo, poseía estos mismos reflejos, simetrías y divisiones de otro plano" (pg 42); tenemos un Klee que se distingue de un Kandinski (o de cualquier otro Bauhaus): "cuyos cuadros parecen anónimos. El espíritu es fuerte, pero la carne ni siquiera es débil, sencillamente está ausente. Son objetos sin vida que podría haber fabricado casi cualquiera. En Klee observamos justo lo contrario. Lo que más convincente me resulta es que su impronta es reconocible (...) Tenemos al mismo tiempo la geometría y su desviación..." (pag 47).

Para los diletantes, que oscilábamos entre la literatura, la música y las bellas artes en nuestra juventud. Para los que conectamos con trasuntos nuestros que se aplicaron en otra disciplina que nosotros tuvimos que soltar... Este libro sazonado de preciosas imágenes de Klee es una pequeña joya para cualquier admirador del suizo-alemán y del arte en general.




miércoles, 4 de septiembre de 2024

Dinosaurio



Yo, en mi habitación lista para dormir, con la mascarilla puesta y el libro en la mano: Dinosaurio es una aventura a la que me quería entregar así, en mis momentos más zen, porque el pack de libro y ritual nocturno le pega mucho a esta historia y yo sin saberlo me acomodé de una forma que recomiendo: llegados a cierta edad somos mucho de packs aromáticos y de tés con complementos. Los rituales vienen con libros de acuerdo a cada ocasión y a mi Dinosaurio se me antojaba un matcha terroso con sabor añadido, tipo vainilla o coco, en todo caso algo exótico, interesante para probar. No me he equivocado. De hecho, me fui a dormir más tarde de lo usual porque no pude despegarme de la historia. Y debo confesar que he despertado revuelta, con una sensación agripicante, ese tipo de sensación que tienes cuando piensas que la historia que has leído o visto en una película te va a acompañar a lo largo del día como telón de fondo. Y reflexionas y te das cuenta de que no te has tragado sólo una historia, sino un Tao contemporáneo, un tratado de vida. Vaya.

Dinosaurio tiene la prosa de David Pascual, directa y mordaz, tremendista a lo Cela del siglo XXI (si Cela viviera no dudo que alabaría esta obra) pero tampoco está libre de momentos de la prosa lírica más delicada y suave (1) o de mantras que se repiten para hacernos una experiencia real de un entorno mágico-sagrado, ante todo religioso. Esta característica de no sólo contarnos una historia en la que lo new age se desborda y roza el surrealismo (pero también el realismo más trágico, aunque escondido, aunque con métaforas o símbolos), sino que a través de la forma nos evoque ese mismo cariz, una inmersión en la palabra que vuelve lo profano en sagrado porque se repite, porque puede ser alabado y enaltecido hasta tornarse divinidad.

(1) Mi madre rezando y llorando y sonriéndonos con una sonrisa que es como mirar a un barranco desde el borde del precipicio y diciéndonos que hay que aceptar los finales y que antes de dejarse secuestrar y ser violado de mil maneras diferentes, que antes de soportar el suplicio del infierno de los hombres, hay que irse, hay que ascender al cielo. Y que el cielo es como el río, y que estar allí es como ser un pez que se deja llevar esquivando con soltura las rocas. Y que allí donde vamos no existe el dolor ni existe la gente mala. Que allí donde vamos lo único que existe es la paz y que por eso no debemos temer nunca la gracia de Donatello.

Cinematográficamente, porque enfrentarme nuevamente a una novela de David aka Perfumme es jugar a pensar quién llevaría al cine su libro, al padre del protagonista lo visualizo como al señor gordo del sofá de Taxidermia, esa película húngara de György Pálfi. No es baladí la coincidencia, se trata de una comedia de terror. Otro húngaro que recordé entre risas mentales fue Bela Tarr, ya que en el Caballo de Turín están comiendo patata durante casi todo el metraje de la larga película, una patata cíclica e infinita. Hacer estas mezclas de referentes que combinan con Dinosaurio se me antoja muy entretenido, ya que la obra se presta para ir en consonancia con ciertos tonos agrios e incisivos como los de Todd Solondz en Palíndromos, hay niños y hay una inocencia que perturba y espanta. Los niños en una secta extraña (todas las sectas lo son y ésta no tendría por qué serlo más que otras) de unos Herodes que ahogan bebés compulsivamente, una comunidad de sádicos religiosos que seguirían a una especie de Llados (machista e implacable en su tonicidad muscular) ni más ni menos absurdo que el Llados real nos podrían hacer replantear que lo que leemos no es tan delirante como aparenta. Es la televisión la que lidera aún las imágenes de las generaciones mayores (2) y a partir de ahí se pueden ver reflejadas las debilidades de la sociedad. Pero es en general las pantallas, las plataformas de streaming y todo lo que se pueda consumir, lo que va a definir y perforar mentalmente a sus usuarios.

(2) En el cuarto día Donatello hizo instalar antenas sobre la copa de cada árbol y dijo: Mirad la televisión, pues a través de ella conoceréis mi reino. Porque lo importante no es tangible. Porque el verbo no puede tocarse y a través de los símbolos es que lo aprendemos. Mirad la televisión porque en la publicidad está mi palabra (...)


Sin embargo, y para acabar porque no quiero hacer grandes spoilers, lo que más me ha cautivado es el protagonista de la historia y que me resuena al buen salvaje de Rousseau, pero que va mucho más allá: hay un momento en el que te das cuenta de que todo lo que has leído es la mente de alguien cuya imagen de sí mismo no se corresponde con lo que los otros perciben de él y este desdoblamiento nos revela un personaje de una construcción genial. Pero no explicaré los detalles, lo que cuenta es la forma, el Verbo, que al inicio siempre va él.





 

domingo, 30 de junio de 2024

Uzumut

 


Le tenía muchas ganas a este libro por varias razones: Eduardo Almiñana tiene una trayectoria de periodista y escritor que he seguido durante varios años en redes sociales y siempre me ha sorprendido. Primero, por sus acertadas recomendaciones: tiene muy buen gusto (o un gusto afín al mío) tanto para la literatura, como para el cine, como hasta para la comida (he conocido restaurantes bastante interesantes gracias a él, sin que él lo sepa, por supuesto. Restaurantes armenios, polacos, ucranianos, exóticos y menos exóticos). Segundo, aunque en importancia igual que el primer punto, por su forma de escribir. Almiñana de Cózar (además tiene apellido de escritor antiguo, que eso es de admirar) sabe juntar las letras desde siempre, pero desde que las redes le permiten usar formatos atractivos ha sabido hacernos llegar historias como píldoras que son una bocanada de aire muy particular en medio de tanto moderneo instagramero. Así que intuía fuertemente que su Uzumut podía ser como esas píldoras, pero más saciante para el lector, y así ha sido, aunque yo soy de atracones cuando algo me gusta y no me ha durado más que este finde. Y tercer punto, pero algo más personal, el hecho de que me genere curiosidad este escritor valenciano contemporáneo es también por su predilección por la literatura eslava, ya que mi tesis doctoral fue sobre Witold Gombrowicz y este es un autor al que Eduardo Almiñana también tiene como referente cultural y literario, así que no es menos punto de curiosidad para mi querer leer a un compañero en estas lides eslavófilas.

Debo empezar por contar mi sensación más primaria, instintiva y poco reflexiva, al iniciarme en la lectura de esta novela o historia de historias: no había sentido lo mismo desde que, siendo una adolescente cogí por casualidad un libro llamado Bestiario de la biblioteca de mi avi. Tendría por aquel entonces trece años y no sabía quién era Julio Cortázar, en el colegio no lo estudiábamos ni lo estudiaríamos, al contrario de lo que hago yo con mis alumnos de primero, segundo o tercero de la ESO, que les explico algunos de sus cuentos. 

No estoy comparando al escritor argentino con el valenciano, no creo que Eduardo Almiñana esté incurriendo (¡cometiendo!) en realismos mágicos, o mejor dicho, en el realismo mágico tal cual lo conocemos. Pero sí estoy hablando de mi sentimiento o sensación, y ha sido muy placentero volver a ella. No se trata de que haya leído poco desde Cortázar, en absoluto. Pero ni Borges, ni Schulz, ni Julio Ramón Ribeyro o Clarice Lispector, escritores tan disímiles de cuentos, me han hecho sentir ese mismo sentimiento parecido a un extrañamiento fantástico por descubrimiento de cosmos. Será que cuando un escritor como Alejo Carpentier, por ejemplo, me pinta una historia, la siento de forma diferente. Y cada uno de esos escritores evoca algo muy suyo. Pero quizá son hijos de su época. Y me faltaba descubrir la sensación de una época nueva. Con Almiñana lo he sentido, Cortázar fue el primero, pero a partir de él todos eran de un siglo XX ya conocido, ya bien enmarcado. Ahora, es imposible desgajarnos de un background de pandemia, internet, Black Mirror, transhumanismo y thrillers distópicos. Esta es nuestra realidad y también puede ser vivida con magia y a través de la magia. Un neo-realismo-mágico, quizá.

Borges tenía fijación con los laberintos. Hay una infinitud que puede ser abarcable a través de esta simbología, en realidad no, pero esa es la paradoja que se puede ver en el símbolo del laberinto, un espacio que se enrosca en sí mismo, cual infinitas muñecas rusas que se contienen mise en abŷme una detrás de otra. O como el símbolo de lo circular en el Ouroboros. Tiempo y memoria tentáculos de este cefalópodo infinito.

Es un libro que se puede analizar desde el punto de vista de la hermenéutica ontológica, las modalidades de temporalización están presentes en la historia de Uzumut y es una pieza fundamental para entender el puzzle y hallarle la salida como en los dibujos que dan a los niños en los restaurantes de comida rápida, o al menos que daban hace tiempo, y había que ayudar a salir a determinado personaje de un laberinto. Digo que hay algo que me recuerda a Paul Ricoeur en La memoria, la historia y el olvido, ya que el objeto de estudio se ha trasladado del ser al objeto, de la pregunta de quién recuerda a qué es lo que se recuerda. La memoria, el tiempo y lo que perdura.

No hay espacio para lo baladí, ya que el libro (de una cuidada edición, la verdad es que la experiencia de estar cogiendo una caja mágica se ha transmitido hasta en el acertijo que es su carátula y contraportada) también recuerda a aquellos hombres como Antonio Machado que creían en cabalísticos juegos para armar sus poemarios (Soledades, Galerías y otros poemas está concebido como un entramado de números en el que cada agrupación encierra un mensaje), aquí también en el meollo encontraríamos un mensaje fundamental, cual lava del núcleo de la Tierra. Es ese mensaje, y la palabra melancolía, el que me dejó esbozando una sonrisa, ya que podía sentir lo que sentían los habitantes de ese mundo creado por Almiñana.

He intentado no hacer spoiler y sé que me dejo varios puntos que hubiera querido tratar (debería de haberme hecho un esquema) pero quería escribirlo tal cual cerrar el libro, para que me sorprendan mis palabras, así a lo Pirandello.

viernes, 14 de junio de 2024

Anne Carson y el amor

 



    Con motivo de la sesión, última, de Melibeas para este curso que acaba ahora a finales de junio, me puse a rememorar a Anne Carson y es todo tan importante para mi que no quería dejar de compartirlo, como cuando asistí aquella vez a una de sus mágicas sesiones porque a Paul Celan no podía dejar de rendirle tributo y menos tras Almendra, con quien asistí a la velada de las chicas (las chicas de Melibeas me recuerdan a la película de Picnic en Hanging Rock de Peter Weir, o al menos así es como las tertulias-rituales se me aparecen en mi imaginación).

    Tras mi recién estrenada faceta de mamá de bebé no sé si podría acercarme a esas horas ...pero quiero constatar todo lo que hubiera querido compartir con el grupo en cuestión. Primero: Anne Carson significa para mi el amor. Voy a poner en contexto esta idea, o más bien, impresión. Cuando conocí al padre de mi última bebé me acababa de dejar mi ex marido. Yo no tuve la mejor idea de pasar esta fase con el poemario de Carson: La belleza del marido, cántico a un abandonador esposo, como el mío.

    La misma Anne Carson en Eros habla sobre el ensayo del amor de Stendhal y el proceso que denomina "cristalización". En él, una varita de árbol simple se recubre de muchos cristales hermosos al ser introducida en una mina de sal. Así es como ella decora al marido, de esta forma es la belleza del marido: "como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve". Creo que muchas de las mujeres que nos aferramos a esta ramita lo hacemos de la misma forma, con devoción a unos diamantes que nosotras mismas estamos proyectando. 

    Merodeando a través de los poemas de La belleza del marido encuentro conexiones: un marido conocido desde la adolescencia, pareja de décadas, el compartir un mundo entre las letras y poemas que van y vienen, cartas que han tejido una vida. Fue la mía una relación que se gestó también a través de la palabra. Hay temas fundamentales en Eros y en el poemario: los límites (como principal problema), la paradoja (y el lenguaje), la búsqueda de la otra mitad (y el símbolo). 


    Es importante el lenguaje con Carson, tanto o más que el amor. El lenguaje permite crear al amor y lo modela, da a luz al tipo de amor que delimita. Para la autora, los griegos gestaron la palabra glukupikron para hablar de lo dulceamargo del amor de una forma que no es baladí y en la que nuestra traducción el término "agridulce" cojea. Poner el "dulce" primero es más certero con la sensación que describe, pero el pozo final es amargo porque es un tender hacia, un camino dirigido que nunca llega y si es que llega se acaba el deseo. Lo dulceamargo es ese estado en el que nos tambaleamos y que encierra la paradoja. Es curioso que todas las palabras que más se acerquen a la metáfora o al símbolo encierren ellas mismas la figura de la paradoja. Para explicarlo fácilmente, cuando en clases de lengua y literatura queremos hablar de las figuras del pensamiento agrupamos las figuras de contradicción como una subespecie dentro de aquel grupo mayor y las explicamos como aquellas figuras que utilizamos bastante en poesía principalmente, porque la poesía pretende señalar con palabras de este mundo algo cercano al Misterio, y todas las cuestiones misteriosas o inabarcables como el amor, la muerte, o el tiempo nos van a hacer caer irremediablemente en la antítesis, el oxymoron o la paradoja. Pasa con estos términos griegos como el glukupikron o como el kairós (momento oportuno, pero también encierra la paradoja de ser una flecha que alguien dispara para hacer doler en ese instante, representado por el dios del instante feliz, que tiene un rizo por delante y está pelado por detrás, esa ambivalencia...), por mencionar solo dos conceptos. Es el lenguaje, pues, el modo de reflejar visualmente también aquel sentimiento dicotómico.

    Dualidad en el objeto, además de la palabra ambivalente, podemos ver si recordamos los fragmentos de Eros en los que se menciona aquellas ideas de Aristófanes sobre el ser fundido al amado, como una bola formada por ambos seres. También, se desarrolla el símbolo de que cada una de esas partes separadas lleva un hueso de tuétano para señalar que son mitades. Esa fundición es un concepto del enamoramiento en su parte dulce, pero no deja de entrañar la paradoja de lo amargo: fundirse es imposible, somos seres discontinuos, que decía Bataille, nuestros límites se imponen, nos vienen de fuera, y nuestro sino es permanecer insatisfechos, como no se cansó de remarcar en vida Schopenhauer. 

    Seres a medias o en camino a ser un ser anhelante, siempre sediento. Metáforas de lo dulceamargo que ahondarán en el Misterio a través de las paradojas, cual "vivo sin vivir en mi"; grandes dilemas, solamente siendo susceptibles de ser expresados a través de este lenguaje que oscila, que zozobra, que pende sobre nuestras cabezas como guadaña de lo funesto y la terrible, promesa de lo que no puede apresarse porque si se apresa deja de ser. La intensidad se rebaja y entonces se esfuma ese deseo.

    Pasó que cuando yo leía La belleza del marido hace cinco años, conocí al padre de mi reciente bebé. Quiso la casualidad que él estuviera leyendo por aquel entonces Eros, es el ejemplar que reviso en este momento. No solo eso, por mi cumpleaños, aquel 2019, me regaló un libro de Anne Carson en el que estudia a Paul Celan y que se llama Economy of the Unlost. La dedicatoria que me puso: Por unas glukupikron felicidades. Sé que me escribió un poema sobre una peonza que gira, y ... espero que siga girando. Anne Carson estuvo, pues, al final y luego al inicio, sirvió para cerrar una era y abrir otra. La cerró con La belleza del marido y la abrió, como tuvo que ser, con Eros. Sé que a Anne Carson le gusta Parménides y los círculos en los que inicio y fin se tocan, así, el símbolo mayor a mi historia amorosa es también una peonza, como los planetas, con su movimiento rotativo sobre su eje y al mismo tiempo en traslación hacia el sol. 



lunes, 10 de junio de 2024

La hija oscura, segunda parte

 Qué estupidez pensar que una pueda confesarse ante los hijos antes de que cumplan al menos cincuenta años. Pretender ser vista por ellos como una persona y no como una función. Decir: yo soy vuestra historia, vosotros salisteis de mi, escuchadme, podría serviros. En cambio yo no soy la historia de Nina, Nina podría verme incluso como un futuro. Elegir la compañía de la hija de otros. Buscarla, acercarse a ella.



 


He elegido esa cita de La hija oscura porque me parece una declaración relevante de una madre, me veo diciendo esas mismas palabras sabiendo cómo es de difícil que la parte engendrada pueda llegar a acercarse realmente a la parte progenitora sin haber pasado ellos mismos a su vez por una situación similar o, en su defecto, poseer el cúmulo de experiencias adquiridas por los años que podrían dar una sensatez o una cercanía con el que ya ha vivido. No se entiende la vida sin vivirla. Por eso es extraño empatizar con escritores tan jóvenes: sobre qué puede hablar quien no ha vivido, quizá puede hablar bien, puede imitar una sonoridad y puede acercarse a las sensaciones... pero no es lo mismo leer a alguien que sabe todo lo que entraña una vida al haberla pasado tras las décadas. Repetir los actos, aprender por la experiencia y analizar desde fuera cuando algo ya ha pasado es lo más parecido a un bucle infernal, pero también a vivir con madurez. 

Apuntaba en mi reseña anterior que la protagonista de la película no es exactamente como la describen en el libro. Tampoco lo son los demás personajes, sobre todo la embarazada, que en el libro es repugnante, o el marido de Nina, que en el libro es bajito y gordo y en la película es uno de los hombres más guapos del mundo. Pero, quizá, no son datos relevantes. Lo que sí era más importante para la trama (o para la trama que se lee entre líneas, la trama interior) es todo lo que tiene que ver con la reflexión de la madre sobre su propia maternidad y sus hijas, que en la película tenemos que inferir de algunas imágenes, pero que en el libro ocupa más espacio y, como en el fragmento que encabeza esta reseña, está escrito con palabras que nos lleva a pensar en temas generales como la vida y el aprendizaje, además de su situación particular. Estas reflexiones hechas en secreto para nosotros los lectores, para mi han sido lo más interesante del libro. Así que creo que vale la pena leerlo, en la película nos entretendremos con la historia pero no podremos acercarnos siquiera a los entresijos mentales de su protagonista. Queda muy lejos poder inferir todo con tanto detalle.

Por otro lado, el juego de símbolos que guía la historia recuerda a los de la novela Cosmos de Gombrowicz: un gesto que desencadena equívocos, elucubraciones e interpretaciones peregrinas que se van engarzando una detrás de la otra hasta dar una cadena de significados, un objeto o ser que da pie al símbolo y a lo funesto (sea un gorrión muerto, sea una muñeca inerte). Cadenas de significados ocultas que desentraña el protagonista como si leyera un mapa secreto para descubrir un tesoro, pistas que llevan a una epifanía, autoexploración y dramas de los personajes que rodean al protagonista como un cosmos de planetas cada uno girando con un propósito, pero sólo tenemos un mapa.

Dije que quizá hacía una segunda parte para matizar el final de mi lectura y mi impresión más reposada. Esta es, pero se lee en conjunto con la anterior.

domingo, 26 de mayo de 2024

La hija oscura o el corazón horadado

 ¿O la madre oscura? ¿O ambas?

La maternidad envuelta en sombras, en todo caso. 


Podría crear una sección nueva de "libros que me regala mi amiga Lorena". Lorena Rivera, amiga de las de verdad, antiquísima de mis otras vidas, cuando estudiábamos ruso y éramos jovenzuelas. Compañera a la que admiro y mi filósofa favorita, especialista en Dostoyevski y el amor atormentado. Ya he hecho reseñas aquí de libros patrocinados por Lorena en mis cumpleaños, y nunca defrauda.

Esta novela, de la misteriosa Elena Ferrante (¿es Elena Ferrante mujer? ¿es un caso similar al de Carmen Mola?) no la había relacionado con la película que ya había visto, del mismo nombre La hija oscura. Pero ha sido leer la sinopsis y enseguida unirlas. La anécdota es bastante singular y no da lugar a dudas porque se resume fácilmente, además, la película refleja exactamente lo que queda patente en la sinopsis del libro. Ver la película antes que leer el libro no es algo que haya hecho nunca, creo (me pasó a la inversa con Grandes esperanzas, con catastrófico resultado). Supongo que viendo la película primero se aprovecha mejor ambas partes y podemos sentirlas por separado. Creo esto firmemente y según el análisis que voy a hacer quedará explicado.

Para empezar, la novela te sitúa mucho mejor que la película en la idiosincrasia de la protagonista: al tener acceso directo a sus entresijos mentales a través del discurso narrativo podemos ver que sus hijas están presentes en su vida, que mucha parte de esta vida ha estado condicionada por ellas y todo esto salpicado por recuerdos del pasado en el que las dos hijas estuvieron presentes. En la película este factor no aparece, al contrario, se crea una bruma con respecto a su relación materno filial y nos deja haciendo cábalas sobre ella: apenas podemos ver algunas llamadas de una de sus hijas que no son relevantes. En la novela nos esclarece desde el inicio un papel de madre activo y que ha incluso sacrificado momentos por tenerlas a ellas presentes. Sin embargo, en la versión fílmica me llevé una impresión completamente diferente de la protagonista: no es hasta el final que descubrimos cómo ella abandona una (larga) temporada a las hijas y que eso le ha causado un gran forado mental y otro a la altura del pecho, horadando el corazón. Leyendo las primeras páginas de la novela sabemos, por el contrario, que no se trata de una madre desnaturalizada, sino de alguien que ha estado ahí en la vida de sus hijas y que ellas la siguen llevando consigo.

Abandonar y estar ausente, aunque sean pocos años, es drástico ciertamente. Llevar esa carga en el corazón a pesar de haber hecho borrón y cuenta nueva es completamente natural. La historia es cercana, verosímil. Las luces y sombras de la historia apuntan hacia la oscuridad remota haciéndose cada vez mayor. Un símbolo: la muñeca; es el encargado de desatar todo el meollo acumulado de tristeza, nostalgia y melancolía. Atorado como en una tubería de su garganta se despliega como si tiraran de un hilo invisible.

Se sabe que la autora de La hija oscura cedió los derechos a condición de que solo Maggie Gyllenhaal fuera la encargada de llevarla a la pantalla. La protagonista es Olivia Colman que a pesar de no ser parecida a la imagen mental que nos llevamos de la protagonista al leer la novela (delgadísima y de apariencia juvenil en el retrato que se hace de ella) puede ser compensado este hecho con la calidad actoral de Colman, que es bastante potente. 

La reflexión de fondo de esta historia tiene que ver con el ilustrativo título: es la maternidad un juego de claroscuros y es siempre difícil. Sobre todo para quienes la viven antes o después de su propio tiempo, del tiempo que ellas mismas necesitarían. En este caso, siendo madres muy jóvenes tanto la observadora como la observada de la novela, produciéndose un juego de doppelgängers en el que hay de envidia (¿por poder, la observada, hacerlo todo limpiamente ya que tiene aún la vida con su hija por delante?) y la nostalgia priman.

Con respecto a la intertextualidad, evidente es el fragmento de la playa cuando se evoca aquel otro de Muerte en Venecia; la belleza que duele, mirando al Otro en la playa:

Sospeché que estaba representando su papel de madre joven y bella no por amor a la hija sino para nosotros, la gente de la playa, todos, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos.

Su cuerpo y el de la muñeca fueron rociados largo rato. Ella quedó brillante de agua, los haces luminosos disparados por la regadera le empaparon hasta el pelo, que se le pegó a la cabeza y a la frente.


Un Tadzio sustituido por mujer madre y joven. La belleza adolescente por la belleza de la maternidad incipiente. La nostalgia del tiempo perdido, en ambas novelas. No será casualidad que se presten las dos historias para ser retratadas en el cine y sospecho que Elena Ferrante la tendría de novela referente. Tadzio y la madre joven, Nina, son apariciones angelicales, quizá un querubín en el caso del adolescente y una Virgen María de "haces luminosos" en el caso de Nina.

Voy a dejar la reseña en este punto, aunque retomable si se me pide. Las maternidades oscuras y sus secretos dan para una contraparte de esta historia: ¿cómo sería en el caso de la maternidad tardía? Definitivamente otras problemáticas se plantearían, pero igualmente difíciles de solucionar en el plano de reproches y autoexigencias maternas, que siempre cargamos como una cruz a cuestas con más o menos peso.









sábado, 6 de abril de 2024

El escritor y sus fantasmas


Que Sabato le haya puesto ese título a su libro de reflexiones literarias hace pensar en esa bruma que envuelve al escritor cuando no está escribiendo. Escribir sería sacar a esos fantasmas al aire, desempolvarlos, para que en el acto de la escritura cobren una entidad más concreta. Todo lo que no pertenece a la literatura, entonces, sería fantasmagórico. 

Pocos libros tengo a los que recurro como si fueran manuales de consulta y éste es uno de ellos. Otro sería, por ejemplo, el Libro del desasosiego. Ambos tienen en común que abras por donde abras el libro puedes orientarte y hallar un motivo para pensar, el hilo narrativo no es lineal, sino que están hechos a retazos.

La ventaja es que nuestra mente va también a retazos y a veces se enreda, se fragmenta y se recompone. Otras veces funciona en círculos y un libro de este formato tiene todas las licencias para volver a indagar en temas tratados previamente, desarrollarlos desde el contexto, desde la opinión personal, desde la historia...

La paradoja de la creación novelística consiste en que el escritor debe dar en una obra que es forzosamente finita una realidad que es fatalmente infinita.

 Al hacer esta afirmación, Sabato se muestra contrario al posmodernismo de incluir fragmentos de cartas o pesquisas reales que podrían sazonar una obra de ficción (al estilo de un Vila Matas o Javier Cercas) porque afirma que sólo lo irreal bajo apariencia de verosímil es lo que tendría que tener cabida en la literatura. Sin embargo, defiende la entidad de la novela que ha ido deconstruyéndose como un conglomerado ecléctico y en permanente cambio (aún teniendo para él esos límites antes mencionados) porque dice que la novela aún está en auge y, sobre todo, desde el surgimiento de la novela moderna, cuando la crisis del hombre empieza a iluminar los dilemas que plasmarían los escritores en la ficción (igual que en el teatro, cuando pasa de estar focalizado el problema fuera del hombre a dentro del hombre, que es cuando empieza a hacerse más complejo). Es curioso que cuando Sabato expone sus ideas sobre la novela del sXX no podemos evitar comparar con todo el andamiaje de las preocupaciones del sXXI y lo fluido y permeable que son las identidades, así también serán de fluidas y permeables sus novelas.

¿Imaginaría el argentino una novela tan fluida? ¿Qué diría al respecto? Viviendo en la época del poliamor, no binarismo, lo queer, el género fluido y etc... una novela que quisiera seguir el ritmo de todo este abanico de identidades es una novela más poliédrica que nunca. La soledad, el absurdo y la muerte, como temas pascalianos que Sabato menciona hacen más "real" una novela contemporánea a su tiempo y afirmando que no valen los parámetros ni las concepciones del sXIX para estudiar la novela del sXX, asímismo vemos que con la del sXXI pasaría igual: cabe tener en cuenta unos cánones propios de su tiempo.