sábado, 18 de diciembre de 2021

Transmission



 De Joy Division e Ian Curtis se ha escrito mucho y se han hecho reportajes de todo tipo. Encontrarte con una novela con la clásica portada del Unknown Pleasures puede parecer a priori algo normal o cotidiano, incluso anodino de tanto que se ha visto. Es casi un logo como el de la Coca Cola. Y escribe esta reseña una persona que conoce solo de lejos el postpunk. De hecho, hasta hace poco pensaba que Love Will tear us Appart era de The Cure.

 Pero entonces empiezo el libro y me encuentro con una caracterización de los personales principales de esta historia: Ian y Debbie, desde los albores de su relación, muy jovencísimos y desganados. Aquí está ya el color de la historia, creo que Ian se revela como personaje contradictorio y alucinado y su inadecuación queda constatada en los episodios del libro. "Cuando los presagios de Ian sobre el éxito de Joy Division están a un paso de hacerse realidad, su vida privada sufre dos impactos imprevistos. La tendencia a ejercer un control obsesivo sobre las cosas y las personas que le rodean lo empujan a presionar a su mujer para tener un hijo. Ian sabe que Debbie lo desea más que cualquier otra cosa, pero cuando el embarazo está ya avanzado cae presa de la inquietud. Un día mientras está trabajando en la oficina, presencia la crisis epiléptica de una mujer joven que se ha acercado hasta allí para buscar trabajo."

Luego se suceden los motivos de inflexión: epilepsia, nacimiento de la hija Natalie, declive matrimonial e infidelidad. Asistimos, sin embargo, a un relato que nos aleja de Curtis, al ser su propio extraño no hay lugar para la empatía. Me pregunto si el mismo libro contado desde el punto de vista del cantante habría sido posible y creo que no, que puede que cobrara todo un carácter ficcional que este libro no tiene, pero que desde la distancia y a pinceladas sentimos también cómo se va rompiendo:


"Se sienta y no deja de beber hasta que la realidad empieza a desintegrarse. En los infinitos claroscuros de las habitaciones permanece indefenso con los brazos abiertos al aire, como un fósil deshabitado. En su cabeza las imágenes se suceden sin que el pensamiento consiga ordenarlas, su corazón está en caída libre. Coge la copia de la Biblia que tiene en la repisa de su biblioteca y la abre por el segundo capítulo del Apocalipsis de San Juan".


Un fósil deshabitado es quien da a luz Love Will tear us Appart, al poco de ser expulsado por su mujer cuando se entera de su infidelidad con Annick. Creo que la sensación que siente él con respecto a su enajenación también la siente el lector al ver cómo actúa el personaje, una persona cual Meursault (el personaje del extranjero de Campus que asesinó por la molestia del sol en los ojos) Ian retrocede y se corta de actuar impulsivamente cuando le molesta la mirada de su hija, en vez de cogerla se retira, en vez de actuar opta por el silencio y va cayendo una y otra vez. 


No sólo nos revela al Curtis persona y tormento, sino también al Curtis autor:


"La poética de Curtis parece superar la distancia de las eras. En La exhibición de atrocidades de Ballard hay un párrafo que anticipa su universo lírico: nuestro planeta es objetivo de una enorme cantidad de señales de radio procedentes de las zonas más remotas del espacio, señales que atraviesan distancias inconcebibles. Permanece la esperanza de poderlas descifrar algún día, y encontrar, no desde luego un improbable servicio de fax intergaláctico, sino una música coral generada espontáneamente, un arquitectura electromagnética ingenua, la sintaxis primitiva de un sistema filosófico".


Alessandro Angeli, el autor, es profesor de literatura y para gente como yo, que no somos fans de Joy Division también puede ser una lectura interesante y aprovechable. Para un fan del grupo mucho más.


domingo, 5 de septiembre de 2021

Lolito de Ben Brooks

He leído este libro con curiosidad y ha sido un descubrimiento divertido y muy agradable. Lo he leído en el tren, es de esos libros que quieres leértelos sin parar, o sea, sin dosificar y se presta para ello. El ritmo es ágil y he leído por ahí que se le critica el lenguaje, el hecho de ser tan coloquial para algunos. Yo creo, por el contrario, que tiene una mezcla bonita entre la lírica y el lenguaje directo y claro de un hombre joven (el autor, Ben Brooks), que se intuye reflejado en las anécdotas que cuenta, como se intuiría un joven Joyce en Stephen Dedalus.

 Hay una referencia evidente a Lolita de Nabokov en el título, y es el principal gancho para acercarse a la novela de Brooks. Una señora como yo aplaude que se inviertan esos roles rancios de hombre mayor y jovencita, la verdad. El tema de cómo sería ese joven muso, el efebo que seduciría a una señora mayor se acerca de forma plausible a través de la historia: un encuentro internáutico da pie al encuentro de estas dos personas solitarias. Hay un trasfondo de cuestionamiento a la hipocresía de lo que se supone que está bien (una relación entre una adulta y un joven puede ser visto como censurable e incluso como un abuso de menores) y una relación entre un hombre mayor que compra mujer rusa para casarse algo totalmente anodino. 

El interior del adolescente está muy bien caracterizado a través de sus monólogos silentes, salpicados de gracia y humor negro, muchas veces te hacen pensar que difícilmente un adolescente real pudiera pensar como el protagonista y que quizá es este el motivo por el que relaciones así serían inviables, porque la madurez de los adolescentes de la vida real no pudieran corresponderse con la madurez de este personaje literario. En cualquier caso, tenemos ejemplos como en la cita que pongo a continuación, de lo que pensaría el protagonista si pudiera reinventarse una vida con la señora que ha conocido:

Tomaremos Nytol y dormiremos durante catorce horas seguidas. Durante las temporadas de lluvias intensas, nos quedaremos inmóviles y nos volveremos infantiles. Nos comunicaremos con sonidos animales y apretones de mano. Cuando haga calor, tú guardarás silencio mientras te pongo crema solar en las mejillas. Fumaremos cigarros y nos fustigaremos con ramas de árbol, lo bastante fuerte para que sea divertido, pero no para que nos salgan moratones. Comeremos sándwiches de mermelada y ensaladas de fruta preparadas. Tú empezarás a hacer punto, tejerás algo que insistirás es un tabardo y repartirás toda la lana que te sobre. Dejaremos el trabajo y nos iremos a un país políticamente estable donde la gente se eche la siesta y coma fuera. Aprenderemos a jugar al bridge, haremos yoga y bucearemos. Moriremos los dos a la vez.


Si escarbamos en el lenguaje, podría poner algún otro ejemplo de la contradicción que refleja el protagonista, el contraste entre lo edulcorado y lo real que continuamente nos está remarcando el carácter de "humor negro" de esta novela. Lo iluso y ridículo de mirar un rostro cuando duerme, porque es lo que se supone que hacen en las películas. El corte abrupto de estos momentos diciendo: es aburrido. Aquí sucede algo similar cuando menciona la contemplación:

Me como los cacahuetes y me tomo una lata de vodka. Una voz aguda de mujer se escapa de los auriculares del hombre durmiente. Este deja el sándwich encima de la mesa de plástico y vuelve a dormirse. Llaman por teléfono a la mujer que tenemos delante y ella responde. Está planeando con entusiasmo una caminata a lo largo de no sé qué río que discurre entre Londres y Manchester. Habla de paisajes verdes y de un tiempo agradable. Dice la palabra contemplar. Quiero entusiasmarme. Quiero caminar junto a los ríos. Espera, no. Es aburrido. No quiero contemplar nada. Quiero querer algo en lugar de no querer nunca nada. Quiero emborracharme. Me termino los vodkas, me levanto y voy al vagón restaurante. Compro una Heineken en miniatura y otro vodka con Coca-Cola. Me los bebo deprisa en mi asiento, cierro los ojos y pienso: nos vemos en Londres.

En resumen, es un libro que recomendaría para leer ávidamente. El deseo intenso de la palabra avidez que se aplica prácticamente solo a comida y lectura. Este libro sería un croissant de la mañana, pero uno bueno, de mantequilla. 

miércoles, 7 de abril de 2021

Los mundos de José Luis Jover

 



“-Dígame qué nota.

-Que todo son cosas.

-¿A qué se refiere?

-A todas las cosas. Cuando están, están de más, y si no están las echo en falta.”


Este es el poema “Síntomas” de José Luis Jover. No hay mayor resumen de la vida que éste. Porque es verdad que todo lo que nos afecta, nos envuelve, todo con lo que tratamos son “cosas”. Esta forma de nombrar sería inadecuada en un texto formal, en un registro académico. Nos han enseñado a cambiar el sustantivo tan general de “cosas” por uno más pertinente para cada caso en particular. Gran dilema shopenhauariano. Las sombras errantes de esta tierra baldía anhelan cosas, materiales, cosas que son personas, cosas que son ilusiones y una vez que se aprehenden ya no se desean. Sólo en la ausencia las necesitamos. José Luis Jover sabe de los juegos de la poesía, de sus trampas, como que nos podemos golpear en la cabeza con el techo de la originalidad de la poesía, o como que el mundo está hecho de tramposos y que muchas veces no se sabe ni que se está fingiendo ya. José Luis Jover le escribe al poema y juega al escondite. También se deleita con la música, con lo visual, hace sinestesia de todos los tipos, se asoma en imágenes y en juegos de palabras. Qué es una ardilla ascendiendo por el árbol sin fin...de su respiración. Así es como nos pinta a la ansiedad y podemos visualizarlo. La imagen creada no existe, es suya, es de Jover, pero ese mundo es igualmente o tan válido como el nuestro, como el aburrido existente en el que no pasa nada o creemos que no pasa nada. Jover cree en el lenguaje universal de las imágenes. Aquí vemos que es un inextricable poetacollagista o collagistapoeta, su doble faceta unida más que las dos caras de una misma moneda, unos anteojos caleidoscópicos que usaría según el arte en el que se estaría desenvolviendo.


Es inevitable seguirle la pista a Jover hacia una poesía que hereda de las vanguardias, que es amiga del surrealismo y que vuelve, como una presencia rara avis en nuestros días, hacia los últimos escollos de una de las más renovadoras y enriquecedoras corrientes. El año que viene se cumplirán cien años desde la publicación del manifiesto surrealista por André Breton y podría decir que en estos cien años sigue siendo de actualidad, para quienes amamos la poesía de las vanguardias, la poesía del siglo XX, podríamos pensar que fue este período el último importante antes de que todo se fuera a la mierda con la poesía postpost de ahora, que es lo que se lee en todas partes y lo que haría pensar a menudo que sobran escritores, que nunca antes tantos se creyeron escritores sin pasar por la lectura, que estamos en la época en que se escribe antes que se lee. Si yo tuviera una varita mágica que pudiera decidir en qué período literario rebobinar, sería a éste precisamente, para continuar desde ahí creando.


Los casi-poetas de hoy son muy interesantes, pero su interés no me interesa”. Que decía Huidobro, puedo suscribirlo aquí.



José Luis Jover en sus collages crea mundos de la misma forma, como el escultor que extrae lo sobrante para que la figura que está dentro de la piedra aparezca. Pero también como el que es sorprendido por los mismos mundos que salen de sus manos de los cuales él es una especie de demiurgo ayudante, demiurgo conexión entre el mundo de las imágenes y el mundo de los hombres. Lo imagino distribuyendo piezas, como el más sentido músico de jazz que va juntando notas que hacen una armonía improvisada genial y que al final tienen una contundente presencia musical, así, su obra aparece, pero queda y esta parte es la que distinguiría su labor con la de un músico de jazz que está improvisando continuamente y cuyas notas no serán las mismas por una segunda vez. También, además del mundo mágico del collage que se va creando mientras uno, como creador, asiste al espectáculo del nacimiento, está el juego que se muestra, muy al estilo de las greguerías, y que vienen a ser coronadas con las palabras que a veces acompañan a sus collages.


Leyendo a Jover, pero visitándolo también en sus obras de collage, vuelvo al mundo de Queneau y sus juegos del lenguaje en los que se atisba que todo puede ser posible, que se pueden crear miles de sonetos con unas combinaciones que nos dispone él, por ejemplo, y esa posibilidad que no es infinita pero se siente infinita es asomarse al abismo. Como cuando la palabra es sencilla pero certera como un balazo. Y recuerdo también a la Hannah Hoch de los collages, esa mujer dadaísta que de mayor dijo “estoy harta del dadaísmo”, aunque supongo que a cualquiera a quien quieran encorsetar en una corriente termina por generar ese “condicionamiento García” que tenemos cuando comemos mucho de algún alimento.


Gracias por descubrirme tantas cosas.

sábado, 3 de abril de 2021

Cuentos de un bebedor de éter



Jean Lorrain es uno de los artistas decimonónicos franceses que puede ejemplificar la esencia de excentricidad y fatalismo como en un combo perfecto, algo equiparable al lema de sexo, drogas y rock and roll de la época, pero en su vertiente de dandysmo, duelos y sífilis.

Homosexual confeso y provocador, me encanta una descripción que hace un coetáneo sobre él: "Lorrain tenía una cara gorda y larga, cabellos divididos por una raya perfumados de pachuli; los ojos saltones, estúpidos y ávidos; labios gruesos babosos, que escupían y goteaban durante su discurso. Su torso era convexo como el esternón de los buitres. Se alimentaba con avidez de todas las calumnias e inmundicias".

Creo que debemos aprender mucho de las descripciones que hacían en la época, como la que hace Oscar Wilde de Aubrey Beardsley: “una cara como un hacha de plata, y pelo verde hierba”. 

La cuestión es que Lorrain, cuyo nombre verdadero era Paul Alexandre Martin Duval, producía irritación debido a su carácter descarado y controvertido. Por ejemplo, llegó a enfrentarse a un duelo con Proust, otro ejemplo es su enemistad con Maupassant, con quien también casi llega a enfrentarse en duelo.

De hecho, con este último tiene cierto parecido en las atmósferas de los cuentos (muy a pesar de Lorrain, quien despreciaba a Maupassant) en particular en el Maupassant de La peur. Pero es preciso recalcar que Lorrain va más allá, se nota su parentesco con el simbolismo y está más cerca a un Lautreamont de pesadillas que parece que se escapan por la habitación como en Una noche turbulenta de Cuentos de un bebedor de éter. 

Para el lector medio sería inevitable la relación con Poe y no se engañarían: el mismo Lorrain menciona a Poe y a Hoffman en su cuento El Doble (además de los cuadros de Odilon Redon) y hace un homenaje al personaje del cuervo. Pero para mi su principal atractivo no radicaría en la conexión con el género de terror, ni siquiera con lo que de simbolista tiene, sino más bien con cierta idea de mundo de la que lo veo precursor de existencialistas como Pessoa al poner en imágenes el dilema de la máscara humana y de los límites de la realidad siniestra de cada uno: “una duda espantosa me encogió el corazón ante todas esas máscaras vacías: ¡si yo también era semejante a ellos, si yo también había dejado de existir y si bajo mi máscara no había nada, tan solo ausencia!”, éste es un fragmento de Los orificios de la máscara,  mientras que en Tabaquería tenemos: “Cuando quise arrancarme la máscara,

la tenía pegada a la cara.

Cuando la arranqué y me vi en el espejo,

estaba desfigurado”.


Un ser alucinado aún sin drogas es un ser que llega a extrañarse más de lo anodino que de lo extraordinario. “La realidad me paraliza de terror”, afirma en El Poseído. 




sábado, 20 de marzo de 2021

Salinger y el paraíso perdido

 



De Salinger se ha hablado mucho, es un escritor de culto que generó fascinación desde siempre, él huía las entrevistas y se encerraba como un ermitaño, pero ese carácter huidizo era una confirmación de lo que todo el mundo pensaba, que él era Holden Caulfield... y entonces ya estaba servido como en un plato fuerte de banquete para los ávidos y deseosos de figuras anti heroicas idolatrables.

¿Por qué su generación de lectores quería devorarlo? Quizá porque él encerraba ese misterio contra el que todos querían luchar, el de la vida que se apaga en vida y en el siglo xx los zombies son legión más que nunca..,

Uno de los grandes tópicos literarios, les explico a mis alumnos de segundo de ESO, es el del paraíso perdido de la infancia. Lo dije cuando estudiamos El Principito: éste se ve desencantado cada vez más con el mundo de los adultos y nos refleja la incompatibilidad del mundo de estos con el suyo, en una lucha de polos opuestos: seriedad-adultez-robotización-deshumanización-materialismo versus inocencia-asombro-ver las cosas como si fuera primera vez-generosidad y amor.

Es uno de los grandes temas, como ya apuntaba Machado: “los frutos dorados de la infancia” la impotencia de verlos reflejados en aquella fuente, porque no volverán.

Beigbeder afirma en esta novela de faction como llama él (porque se nutre de historias reales) que Salinger es el escritor que ha hecho que a los humanos les repugne envejecer ya que “todas sus novelas y relatos dan voz a niños o adolescentes. Simbolizan la inocencia perdida”. ¿Pero qué es lo que pasa entonces con los humanos peterpanescos que se resisten a envejecer?

Para Salinger envejecer no tendría que ver con el cuerpo necesariamente, sino con asumir trabajos y vidas mediocres insertos en un capitalismo que coarta una naturaleza más primitiva, que genera quizá vagabundos, desequilibrados, pobres y desgraciados. En definitiva, inmaduros. Aquí, la inmadurez podría verse en un sentido gombrowicziano de primitivismo salvaje y pulsión vital contra lo caduco y obsoleto.

Por otro lado, el enamoramiento del que hace eco esta novela se basa en el enamoramiento real de Salinger con la hija del dramaturgo Eugene ONeill, quien había gozado de fama (incluso un Premio Nobel) y rodeado de infortunios (varios suicidios familiares) a partes iguales. 

Es pues, una novela de amor en el fondo, que es lo mismo que decir de vida y de trampas. Oona al final se casa con Chaplin y Salinger con una nazi.



Sus mejores relatos son aquellos en los que utiliza diálogos infantiles para expresar su repugnancia por el materialismo. Desde 1951 se han vendido en todo el mundo ciento veinte millones de ejemplares de The Catcher in de Rye, una novela corta que cuenta la historia de un chico que es expulsado del internado, deambula por Central Park y se pregunta adónde van los patos en invierno, cuando el lago está helado. Su teoría era seguramente pueril, sin duda falsa y quizá peligrosa, pero Salinger inventó la ideología de la que yo era víctima consentidora. Es el escritor que mejor ha definido el mundo actual: un mundo separado en dos bandos. Por un lado, los tipos serios, alumnos modélicos encorbatados, los viejos burgueses que van a la oficina (...) juegan al golf, leen ensayos de economía y aceptan el sistema capitalista tal cual (...). Por otro, los adolescentes inmaduros, los niños tristes, (...) los que se preguntan por los patos de Central Park, hablan con vagabundos o monjas (...) no trabajan nunca, permanecen libres...

martes, 24 de noviembre de 2020

Mis collages








 Este año encontré un montón de fotos antiguas que volaban en la calle y siguiendo el rastro vi que salían de una caja que habían dejado al lado de los contenedores. Reuní muchas de ellas y me inventé unas historias en base a las familias que salían retratadas ahí, generaciones de bodas y reuniones familiares básicamente. Luego me cansé de jugar a las historias y decidí hacer collages. Como también había guardado revistas para recortar me compré cuadernos y plástico de ese que se adhiere en las carátulas. Luego, creé otras historias, pero a partir de los collages. Las historias que fueron naciendo salieron ellas mismas como si de un libro de Pirandello se tratase.



viernes, 20 de noviembre de 2020

Pensamientos despeinados de Stanislaw Jerzy Lec

Stanislaw Jerzy Lec en Pensamientos despeinados da rienda suelta al aforismo ingenioso, implacable y de una profundidad que conecta con los grandes existencialistas, por momentos recuerda a Silogismos de la amargura de Cioran, sin lo desgarrado y performático de este último (en comparación a Cioran a quien visualizaría en medio de un escenario desgarrándose las vestiduras por no hacerlo con sus venas,  Lec estaría tras la concha del apuntador diciendo bajito sus líneas).



Hijo de nobles polacos y de origen judío, Lec está emparentado con otros escritores polacos de primera línea como Milosz o Szymborska. 

Su escritura es certera, cual arquero que quiere dar en una diana reveladora, y en sus temas saca a relucir lo que opina de la escritura misma y de quienes se enredan y espesan el bosque, al contrario de lo que haría él: “en el principio fue el Verbo y al final la verborrea” o: “...llega un momento en el que hay que dejar de escribir. Incluso antes de empezar”.


También toca temas universales y tópicos como la vida y la muerte o la libertad. El que más me llama de todos es el llamado Theatrum mundi: tiene unos cuantos aforismos en los que configura la realidad a imagen y semejanza del teatro, (pienso que esto le podría servir a Erving Goffman para nutrir sus textos y salpicarlos un poco de poesía).

Pero en el tratamiento de sus temas lo que brilla es la paradoja como mecanismo estrella: de términos aparentemente contradictorios extrae verdades: “Los poetas son como los niños: sentados ante el escritorio no llegan con los pies al suelo.”

miércoles, 29 de julio de 2020

Para Celan lo que es Almendra

Di tu nombre, di tu decir. Que sea sombra.
¿Quién pronunciará su nombre el último?
Sólo allí entraste en el nombre que es último.

Almendra.


Para Celan lo que es la almendra es la nada y el todo y la nada. También es el ojo, lo visible y lo invisible. Para Celan la almendra es mística a veces y la distingue llamándola Mandorla. Para Celan la almendra también es lo que de olor puede recordar a la muerte, muerte por veneno. "El testículo de almendras atormenta y florece" afirma en uno de sus poemas. Soledad y tristeza pero también renacimiento. ¿Florecer para la muerte? La almendra como destino y principio. La nada como aquel símbolo que raramente puede ser contenido en alguna imagen, a menos que esa imagen sea una almendra.




A veces para Celan la imagen y semejanza son el nombre, el poder decir de uno, el vacío y la paradoja del recipiente que lo contiene se le presentan inextricablemente del símbolo. Así es como alguien ha unido el símbolo al nombre, precisando lo imprecisable. Pero yo leo el poema de Almendra en clave secreta, la que me guardó en un mensaje de botella el mismísimo Paul Celan para cuando mi propia Almendra existiese. Y ahora que, tras el bautizo por Mandorla la Almendra se erige autodenominándose, pudiendo ser ella  autoreferente, autonominable y existente, sólo ahora es cuando aparece el resto de su mensaje, la profecía, o sentencia, de lo amargo, del silencio, la muerte y su brazo, y del penetrar en una oscuridad a donde tenía que conducirse desde el inicio, como si no se pudiera evitar el camino, o como si los destinos pudieran existir para que los presagios se cumplan.

viernes, 3 de julio de 2020

Angélica Liddell

Hace unos quince años aproximadamente fue mi primer contacto con Angelica Liddell. Fue un contacto fulminante, de los que te avientan a la cara y te golpean. No supe reaccionar, fui demasiado lenta, el negro del libro Los deseos en Amherst me llamaba, las páginas lustrosas hacían que mis huellas dactilares se marcaran más de lo que yo deseaba. Pero no solo el color negro, su negrura también, la oscuridad que asomaba de fondo. Mi primera trivial impresión me hizo pensar “esta mujer habla mucho de úteros y de órganos femeninos, parece que tiene un problema”. Me da risa recordar cómo me quedé, por aquel entonces, en esa superficie. Sin embargo, ya había sido inoculado el primer germen de mi enganche hacia ella con unos versos que se me quedaron flotando tanto en el subconsciente como en mi mente diurna y cotidiana que repetía mecánicamente: “Ven queridísimo recuéstate aquí, ahora que tu preciosa cabeza está hecha pedazos”. Era parte de uno de sus poemas, el verso final, el cual me remitió a una de mis heroínas favoritas: Salomé.


Ya estaba yo, sin saberlo, fascinada por su cosmogonía, una en la que los hombres son niños en escuelas, en la que ella no es llamada vieja aún, en la que el único problema es que tiende a amar, porque quiere dar asco y está harta del orden que le quieren colocar sobre los hombros como un bonito collar. Angélica se rebela, ciénaga, llanto, orín, más allá del esperma y del rechazo a la sumisión. El estigma del orden, del cual pretende liberarse, lo podemos ver como un hilo en común con otras poesías, menos abyectas pero igual de poderosas, como es el caso de Chantal Maillard, feminismo de subversión, una indagación en el cuerpo y las emociones.


Todo esto del orden en las leyes que son ordenadas per se o que incitan al orden, como una hipérbole de lo rígido y de lo que al final anula. Mujeres que fueron disciplinadas. Mujeres que dejan de serlo y que señalan el origen de su rebelión para señalarse luego el orificio -negro- del pecho y , finalmente, abrazar al caos.


Como la rebelión de otra musa de la literatura transgresora: Catherine Robbe-Grillet, quien escribiría Ceremonia de mujeres bajo el seudónimo de Jeanne de Berg y cuya verdadera identidad de la autoría atribuyeron a su marido, el escritor más famoso de la nouveau roman Alain Robbe-
Grillet. Hasta el año 2002 no se supo que la verdadera autoría sería de su esposa, reflejando lo poco que podía concebirse una visión fría del sexo en mente de autora mujer. Pero va más allá de esta anécdota: Catherine Robbe-Grillet es actualmente, a sus casi noventa años, la dominatrix más importante de Francia y sus prácticas rituales se han enseñado hasta en documentales de la talla de La Cérémonie. Ahí podemos escuchar cómo la teoría BDSM puede llegar a ser también un rito sagrado para algunos, un teatro en el que los personajes no son herméticos ni fijamente asignados y en el que lo teatral lo domina todo, más allá de la vida, o poniendo precisamente aquello de relieve: lo teatral que nos permite expresarnos verdaderamente.


En Angélica lo teatral es un elemento fuertísimo para llevar a escena su poesía y para reactualizar mitos, un punto en común con Robbe-Grillet: la Savannah Bay de Marguerite Duras sería como un libro que la autora de El amante de la China del Norte hubiera escrito para ella, y por eso el año pasado interpretó al personaje de Madeleine, mostrando el amor desde una mujer en su senectud y en una muy joven. Savannah es, pues, un símbolo, como lo sería el personaje de Lucrecia, la de la Antigua Roma, para Angélica Liddell. En You are my destiny la violación de Lucrecia, tan retratada en lienzos y pinturas, será deconstruida, la visión de esta violación dándole la vuelta, enamorada de Tarquino, alejándola del relato de Tito Livio y del poema shakespeareano: “Se ha dado una visión plana, maniquea y politizada del personaje, exaltando a esa mujer violada que se quita la vida, sin explorar el fango humano del que están hechos los personajes, su deseo y su vida espiritual”.


Liddell es Premio Nacional de Literatura Dramática. Pero es una desterrada, tras cuatro años estuvo fuera de España. Al volver llevó a los escenarios su Trilogía del Infinito. En la primera, Esta breve tragedia de la carne, volvió a hacer de las suyas, introduciéndose un consolador dorado por la vagina. Además, los personajes parecerían sacados de fotografías de Diane Arbus o de Joel Peter Witkin: desarraigados, amorfos, provocadores en sus fisionomías como los freaks de Browning o del circo macabro de cualquier ciudad seria normal.


La poesía de Liddell nos sacude: quizá hasta que no nos muestran la sangre directamente no somos capaces de reaccionar.

domingo, 10 de mayo de 2020

Oscuridad y Radiguet


Radiguet, genio extraño, causó un impacto entre los artistas surrealistoides, dadaístas, pintores y músicos de vanguardia. Tanto por su belleza, a la que Stravinsky haría referencia diciendo de él que era "verdaderamente deseable y perturbadoramente guapo", como por su genio, que equiparaban a un Rimbaud más potente y más precoz. Sedujo a muchos y muchas, Cocteau estaba fascinado por él y significaría una especie de Tadzio en su vida. Una figura de este calibre, capaz de desprender ese magnetismo, porque era un joven que imantaba, llegó a generar envidias hasta al propio Apollinaire.

En unas reuniones con los Hugo (descendientes de Victor Hugo) hicieron sesiones de espiritismo en las que se dice que el demonio mismo rindió culto a Radiguet. El diablo en el cuerpo trata el espíritu del fuego, el carácter del joven genio en busca de un vivir intensamente en torno a un amor que no es contenido, pero que sabe de sus límites.


En este enlace hablo un poco más de esta novela:


https://www.facebook.com/watch/?v=3708133235927065

jueves, 9 de abril de 2020

Solenoide de Mircea Cărtărescu

Desde la primera página me atrapó vilmente, como cogiéndome del cuello: yo también tengo piojos, no puede ser, pensé. Supe enseguida que el libro hablaría de mi, de mi momento vital, y quizá, si rascaba más, de todos mis momentos vitales expuestos en fila. Lo que no me creí ni imaginé siquiera es que los expondría en un diorama loco, caleidoscópico, psicodélico a ratos y a ratos tal cual mi mente los suele proyectar cuando duermo. El autor de mis sueños cuando duermo, el narrador de mis sueños de niña, la voz en off de mis pesadillas nocturnas y diurnas. Así podría llamar al bello, nunca demacrado, Mircea Cartarescu, y mi adoración comenzaría a tomar forma, color y nombre. Más páginas y me trasladaría del estupor al miedo y de la compañía sagrada a lo siniestro con una facilidad de vértigo, de esquinas abiertas en las que la esquina de la hoja me hace sentir como si me balanceara al borde de mi cama en estado de hipnosis sonámbula. Medio en duermevela medio en estado de vigilia, así te leo, Cartarescu, mi lectura es un convocarte, asisto a la ceremonia en la que te congrego, mágicamente, tu espíritu embadurna mi habitación (habitación, tú lo sabes bien, qué importante son las habitaciones, las estancias de una casa) y embalsama mis monstruos (los describes muy bien, Cartarescu, tú los has visto, no me cabe duda). Quién mejor que tú para embalsamarlos, ponerles sus óleos, sus hierbas, catalogarlos, guardarlos, exponerlos, visitarlos, olerlos de lejos y apuntarlos con un palito si se tercia. Te amo en tu mansedumbre total, de quien ausculta y de quien usa el microscopio. Pero que se expone patas arriba al cielo, y que sin embargo, se deja tragar por la tierra. Eres un Alicio en el país de las desgracias, Cartarescu, tus túneles son trazados rápidos, colosales, inimaginables en el mundo exterior. Pero mis demonios hablan contigo a veces, en el lenguaje de la literatura, para ti no hay otra forma de hablar más que la poesía, y se nota que fuiste poeta antes que narrador, que lo que vives es poesía, como cuando yo era joven y creía en la literatura más que en la vida, y tú sabes que no puedes quitar una sin quedarte con el esqueleto de la otra, sabes que la música te la da tu poesía, y salpicas sin querer como un conejo es adorable sin querer, así estás salpicando las páginas de música, salpicar es hacer música también, con ese saltar al vuelo del pincel, esa disposición azarosa de las notas al caer, tus palabras alimentan mi nomatofilia y la de tantos otros, supongo, cuando nos llega algo así no podemos más que agradecer de que seas inagotable en un solenoide, en un artefacto tan grande, espacioso y que se despliega en otros más.

Si de la fascinación del omphalos nos trae la duda de nuestras anillas como si fuéramos árboles que quisiéramos datarnos absurdamente, al mirarnos el ombligo intentar precisar nuestro centro, nuestro anclaje estamosenestemundo, la vana ilusión de que existimos desde hace ya, que no estamos durmiendo. Si es la marca la que nos indica que hubo un pasado, aún así nos suena sospechoso el tener que recurrir a ella. En Cartarescu este ombligo lo conecta con la realidad, pero es un ombligo del que a veces pierde el cordón y lo tiene como un recuerdo borroso, un extrañamiento y un símbolo de que tenía que haber una concreción en algún punto de inicio. Esa búsqueda no hace sino más que hacernos dudar de los tiempos, de este tiempo en el que estamos, de que quizá no exista el pasado y el futuro y que el presente es una masa informe de muchos tiempos a la vez. Tenemos un ombligo vacío, su oscuridad nos hace adentrarnos en nuestra propia cantidad de nada más absoluta.
Cartarescu habla de la historia de las anomalías de su personaje, así le llama a todos estos fenómenos, de hecho estuvo tentado en ponerle ese título a la obra. Las anomalías o las hordas que vienen del interior. Toda esta fábula desplegada como una historia de búsqueda, pero que se hace a la manera de un puzle onírico en el que los límites entre el sueño y la realidad se tornan difusos:
“la irrelevancia de la distinción entre sueño y realidad y comprendo que la serie de sueños de este tipo no forma parte de ninguno de esos estados, sino de un tercero, que podríamos denominar (…) hechizo, magia, encantamiento...”
Y la historia de su personaje se mueve en el territorio entre los sueños y la infancia, aquello que recuperaron los románticos, pero que él utiliza para conectar con su otra mitad: es en el espacio del sueño donde cree que puede conectar con ese otro yo. Esa llamada espiritual nace con los delirios, con la paranoia, con lo anormal, pero también es un portal, un agujero de gusano, una otra dimensión. Todos estos sueños le anuncian lo mismo que los mensajes que le llegan a través de símbolos y conexiones/casualidades en la vida: que huya. Pero en cada salida puede hallarse también una trampa, por eso es necesario lo que se trabaja a través de la narración de su personaje, que es intentar otorgarle un buen plan de escape.
Y algunos dicen perderse en sus narraciones de sueños, pero, ¿qué escritor no ha llevado una bitácora de sueños y se sirve de ellos? Quizá todos lo hemos hecho desde que éramos pequeños como si fuéramos pertenecientes a una cofradía espiritual onírica que nos reveló que lo hiciéramos. Es más real esa disposición aparentemente aleatoria de símbolos que un proyecto férreo y hermético de novela. Creo que no es posible otra novela hoy en día, él la llama Evangelio. Además, su autor nos conmina a salvar al niño, al más puro estilo gombrowicziano, y eso quiere decir no quedarnos en laureles de persona mayor: “¿Quiénes eran aquellos seres de ojos grandes e hipnóticos, como los de las abejas? ¿Por qué había que domesticarlos, durante años y años, para transformarlos finalmente en seres como nosotros? ¿Sólo para no ser devorados por ellos?”. Son los adultos, los que pertenecemos al valle de lágrimas, los que pueden ser vistos como esas formas monstruosas y tristes que el protagonista y su novia Irina observan en una ventanita secreta cuyo código cambian para no volver a presenciar espectáculo tan duro: “por qué adoptaba la vida formas tan insoportablemente tristes. ¿Por qué habían nacido estos seres? ¿Qué sentido tenía su eterno caminar por un mundo que nadie conocía, que a nadie importaba?”.
De su narración me quedo con las imágenes de su casa construida sobre uno de los seis solenoides de la ciudad. Una casa con mil habitaciones que se van sucediendo diferentes e inabarcables( y en la que se guarda una estancia muy similar a la de Solaris, inevitable visualizar a Irina y al profesor protagonista flotando como en la película con música de Bach de fondo). La narración de Solenoide es, pues, a veces, un sueño en sí misma, porque creo reconocer mis propios sueños reflejados en la descripción de este tipo de detalles y el símbolo no me parece baladí; dice el gran poeta Tomas Tranströmer, otro adicto a la confusión entre esos espacios de realidad y sueño: “No te avergüences de ser hombre, ¡enorgullécete! Dentro de ti una cripta da a otra cripta, sin fin. Nunca estarás completo y así debe ser”. Así será y en nuestros sueños las habitaciones del espacio mausoleo finca hospital siempre se sucederán infinitas, como reflejo de nosotros mismos y de lo que albergamos, de nuestros espacios inhabitados y de nuestras estancias jamás recorridas.
Artaud pensaba que no somos libres y que una forma de enseñárnoslo es el teatro. Para Cartarescu gran parte de esa vía en la que se nos muestra nuestro encerramiento y que nos lleva a intuir otros mundos más allá de los muros que nos privan de libertad está en los sueños. Podemos hablar de intertextualidad en la novela que trato, una vastísima intertextualidad, tanto implícita como con lo que sucede con Gombrowicz (otra vez Gombrowicz) para quien los poetas/escritores/artistas pueden pecar de lo que explicaría Cartarescu con las siguientes palabras: “salvan la obra de arte y dejan que se queme el niño”; como explícita, es el caso de Lautrémont y los Cantos de Maldoror, que son citados en varios momentos de Solenoide y cuyos vestigios también vemos como reflejos iridiscentes en el tema de los “visitantes”(aquellos personajes que se le aparecen al protagonista en torno a su cama en momentos de duermevela) y el doble que aparece en Maldoror cuando señala “alguien me mira en la pared de mi cuarto, alguien me mira con mis ojos que no son los míos”. O con Thomas Mann y su Montaña Mágica con la situación del niño curándose de la tuberculosis en la montaña y también, de paso, con toda esa imaginería esotérica que además es deudora de la teosofía que inspiró a otro escritor cuya novela contiene un mundo en un día (similar a lo que hace Cartarescu, que inserta mundos, o la historia del mundo). Por eso, pensaba afirmar sin temor a equivocarme, que Solenoide es el nuevo Ulises.


Solenoid (traducción al rumano de Sorina Ionica)


De la prima pagină m-a captivat, m-a înșfăcat parcă de guler și m-a privit sfredelitor în ochi: “Și eu am păduchi, nu se poate”, m-am gândit. Am știut atunci imediat, cartea va vorbi despre mine, despre momentul meu fundamental și poate, dacă aș râcâi mai mult, despre toate momentele mele esențiale, înșirate unul după celălalt. Ce nu am crezut și nici nu mi-am imaginat a fost că le va expune într-o dioramă nebunească, caleidoscopică, psihedelică din nou și din nou, așa cum mintea mea le proiectează de obicei atunci când dorm. Țesătorul viselor mele de acum, naratorul viselor mele de copil, vocea din fundal a coșmarurilor mele de noapte și de zi. Așa aș putea să-l numesc pe Mircea Cărtărescu, „frumos”, niciodată ”tras la față”, iar adorația mea ar începe să prindă formă, culoare și nume.
Trec de la stupoare la frică și de la companie sacră la sinistru cu o ușurință de vertij, pagină după pagină, în timp ce pe colțurile lor mă simt ca și cum aș face echilibristică pe marginea patului meu, într-o stare de hipnoză somnambulică...
Jumătate în somn, jumătate în stare de veghe, așa te citesc, Cărtărescu! Prin lectură te convoc, particip la ceremonia în care te invoc, magic, spiritul tău îmi inundă camera (camera, tu știi prea bine cât de importante sunt camerele, încăperile unei case) și îmi îmbălsămează monștrii (îi descrii foarte bine, Cărtărescu, tu i-ai văzut, nu am nicio îndoială). Nu e nimeni mai potrivit decât tine pentru a-i îmbălsăma, a le adăuga uleiurile și plantele aromatice, a-i cataloga, a-i pune la păstrare, a-i expune, a le ține companie, a-i mirosi de departe și a-i indica precis cu un băț, dacă este nevoie. Te iubesc în blândețea ta totală, a cuiva care auscultă și care folosește microscopul. Dar si care se expune cu labele în sus spre cer și totuși se lasă înghițit de pământ. Ești un Alice în țara nenorocirilor, Cărtărescu, tunelurile tale sunt trasări rapide, colosale, de neimaginat pentru lumea exterioară. Dar demonii mei vorbesc cu tine uneori, în limba literaturii, pentru tine nu există altă modalitate de a vorbi decât poezia și se vede că ai fost poet înainte de a fi narator, căci ceea ce trăiești este poezie, ca atunci când eram tânără și credeam în literatură mai mult decât în ​​viață și știi că nu poți elimina una fără să rămâi cu scheletul celeilalte, știi că muzica îți este dată de poezia ta, ea este cea care îți conferă muzicalitatea, iar tu picuri muzică pe pagină fără să vrei, așa cum un iepure este adorabil fără să vrea, la fel tu stropești paginile cu note muzicale, stropirea creează la rându-i și muzică, prin acel salt de la tușa pensulei către înșiruirea aceasta aleatorie a notelor în cădere, cuvintele tale îmi alimentează nomatofilia, mie și multor altora presupun, iar când ceva de genul acesta ne iese în cale, nu putem decât să îți mulțumim că ești inepuizabil într-un solenoid, într-un dispozitiv atât de mare, de spațios, care se dezvăluie în noi, ceilalți.
Dacă fascinația Omphal-ului creează în noi îndoiala inelelor noastre ca și cum am fi copaci pe care am vrea, în mod absurd, să-i datăm, atunci când ne uităm la buricul nostru încercând să ne fixăm centrul, ancorarea noastră în Aicișiacum, iluzia zadarnică că existăm de mult timp, că nu dormim. Dacă este semnul care indică faptul că a existat un trecut, încă ne sună ciudat că trebuie să recurgem la el. La Cărtărescu, acest buric reprezintă conexiunea, îl conectează la realitate, dar este un buric care uneori își pierde cordonul și îl păstrează doar ca pe o memorie încețoșată, o înstrăinare și un simbol că trebuie să fi existat un concretism, un Întreg, la un moment dat când a început totul. Căutarea aceasta nu ne face decât să ne îndoim de vremuri, de vremurile acestea în care ne aflăm, că poate nu există trecut și viitor și că prezentul este o masă fără formă de multe ori simultan. Avem un buric gol, întunericul său ne face să intrăm în propria noastră cantitate de nimic mai absolut.
Cărtărescu vorbește despre istoria anomaliilor personajului sau, așa numește el toate aceste fenomene, de fapt chiar a fost tentat să pună operei acest titlu. Anomaliile sau sumedenia de trăiri care vin din interior. Această întreagă fabulă se desfășoară ca o un istoric al căutărilor, dar care se manifestă sub forma unui puzzle oniric în care limitele dintre vis și realitate devin difuze:
"Irelevanța distincției dintre vis și realitate și am înțeles că seria viselor de acest tip nu face parte din niciuna dintre aceste stări, ci dintr-o a treia, pe care am putea să o numim (...) vrăjire, magie, farmec ..."
Și povestea personajului său se derulează pe teritoriul dintre vise și copilărie, teritoriu recuperat de romantici, dar pe care el îl folosește pentru a se conecta cu cealaltă jumătate a sa: este în spațiul visului unde crede că se poate conecta cu acel alt eu. Acea chemare spirituală se naște odată cu amăgirile, cu paranoia, cu anormalul, dar este de asemenea un portal, o gaură de vierme, o altă dimensiune. Toate aceste vise îi arată, la fel ca mesajele care îi vin prin simboluri și coincidențe în viață: că fuge. Dar în fiecare ieșire se poate ascunde și o capcană, de aceea este necesar să fie abordată prin intermediul narațiunii, narațiunea personajului său, care să încerce să-i ofere un plan de evadare bun.
Și unii spun că s-a pierdut în poveștile lui despre vise, dar ce scriitor nu a ținut un jurnal de vise și se folosește de el? Poate că am făcut-o cu toții de când eram mici ca și cum am aparține unei frății spirituale onirice care ne-a dezvăluit să o facem. Acest aranjament aparent aleatoriu de simboluri este mai real decât un proiect de fier și ermetic al unui roman. Nu cred că este posibil un alt roman astăzi, el îl numește Evanghelia. În plus, autorul său ne îndeamnă să-l salvăm pe copil, în adevărat stil gombrowiczian, și asta înseamnă să nu ne complacem în existența de om mare: „Cine au fost acele ființe cu ochi mari și hipnotici, precum cei ai albinelor? De ce au trebuit să le îmblânzească, ani și ani, pentru a le transforma în cele din urmă în ființe ca noi? Doar ca să nu fie devorat de ele? Adulții, cei care aparțin văii lacrimilor, pot fi văzuți ca acele forme monstruoase și triste pe care protagonistul și iubita sa Irina le observă într-o fereastră secretă al cărei cod se schimbă pentru a nu asista la un spectacol atât de dur: de ce viața a luat astfel de forme insuportabil de triste? De ce s-au născut aceste ființe? Care a fost rostul mersului său etern într-o lume pe care nimeni nu o știa, de care nu-i păsa nimănui?
Din narațiunea sa, am rămas cu imaginile casei sale construită pe unul dintre cele șase solenoide din oraș. O casă cu o mie de camere care se succed diferite și nesfârșite (și în care se păstrează o încăpere foarte asemănătoare cu cea a lui Solaris, inevitabil să o vedem cu ochii minții pe Irina și pe profesorul protagonist plutind ca în film, cu muzică de Bach în fundal). Narațiunea lui Solenoid este, așadar, uneori un vis în sine, deoarece cred că îmi recunosc propriile vise reflectate în descrierea acestui tip de detalii, iar simbolul nu mi se pare neînsemnat; cum spune marele poet Tomas Tranströmer, un alt dependent al confuziei dintre acele spații dintre vis și realitate: „Nu te rușina că ești om, fii mândru! Înăuntrul tău se deschide arcadă după arcadă la infinit. Nu vei fi niciodată gata, și așa e drept să fie.”  Acesta este cazul și în visele noastre, încăperile spațiului mausoleu se vor succede la infinit, ca o reflectare a noastră și a ceea ce adăpostim în spațiile noastre nelocuite și camerele noastre în care nu am pășit niciodată.

Artaud era de părere că nu suntem liberi și că o modalitate de a ne dezvălui acest lucru îl reprezintă teatrul. Pentru Cărtărescu, o mare parte din acea cale în care ni se arată captivitatea și care ne conduce la intuirea altor lumi dincolo de zidurile care ne privează de libertate, se găsește în vise. Putem vorbi de intertextualitate în romanul de față, de o extrem de vastă intertextualitate, atât implicită, cât și cum se întâmplă la Gombrowicz (din nou Gombrowicz) pentru care poeții/scriitorii/artiștii pot păcătui, Cărtărescu exprimând acest lucru prin următoarele cuvinte: „ei salvează opera de artă lăsând copilul să ardă ”; la fel de explicit, este cazul lui Lautrémont și Cantos de Maldoror, care sunt citate în diverse momente ale Solenoidului și ale căror vestigii ni se înfățișează ca si reflecții iridescente în tema „vizitatorilor” (acele personaje care îi apar protagonistului în jurul patului în momentele dintre somn si veghe) și sosia care apare în Maldoror când spune „cineva mă privește din peretele camerei mele, cineva mă privește cu ochii mei care nu sunt ai mei”. Sau cu Thomas Mann și Muntele său magic, cu situația copilului care se vindecă de tuberculoză în munte și, de asemenea, în acelasi timp, cu toate acele imagini ezoterice care de asemenea provin din teozofia care a inspirat un alt scriitor al cărui roman conține o lume într-o zi (similar cu ceea ce face Cărtărescu, care încorporează lumi sau istoria lumii). Astfel pot sa afirm, fără teamă să greșesc, că Solenoid este noul Ulise.



viernes, 17 de enero de 2020

Loa a Ulrich Seidl/ invectiva a mi memoria

Un director austríaco con una película que enseña lo que la gente puede tener en sus sótanos me recuerda a mi memoria.
En ella creo que está empezando a hervir una habitación 
recientemente creada para asuntos personales.
Dentro, se gestan más recuerdos que no se solidifican nunca.
A los que no puedo acceder jamás.
Y de los que es ridículo intentar hablar, como quien cría un bebé para dárselo a otro.
O peor, como quien cría bebés reborn para guardarlos en cajas en el sótano.
Y es tan improductivo como una convención de los dueños de estos muñecos
comentando cómo duermen, cómo comen, cómo lloran...
¡si son unos muñecos...!
Así también intento escribir sobre lo que no tiene forma
no ocupa espacio
ni tiene color
ni siquiera se puede decir que respire lo que ya no se recuerda.



jueves, 16 de enero de 2020

El Gato, de Giovanni Rajberti

Entre las postrimerías del siglo XVIII y el comienzo del XIX se daban, además de una serie de fenómenos típicos del Romanticismo, como el dar importancia al ser uno solo con la naturaleza envolvente, la primacía de los sentimientos, la creatividad y la nostalgia de paraísos perdidos, otros acontecimientos que estaban muy en boga, y que tenían que ver con el misterio o bruma que asoma detrás de lo que no se tenía un conocimiento riguroso...como, por ejemplo, ciertas prácticas curativas del tipo del magnetismo animal o mesmerismo.

Pero ya entonces (y esto puede llamarnos la atención por haber pasado tanto tiempo y habernos desarrollado, en teoría, bastante científicamente y sin embargo, aún notar la persistencia de este tipo de prácticas) se escuchaban voces que desde la medicina alertaban de lo charlatán que se gestaba en esos ámbitos afines a lo homeopático y curas “alternativas”. Una de esas voces era Giovanni Rajberti, el llamado “médico poeta”. ¿Un adelantado a su tiempo? ¿Cómo es un médico racional y defensor de lo científico y al mismo tiempo un poeta en el siglo más sentimental de todos?

La edición de El Doctor Sax


Rajberti en El Gato es un representante interesante de su siglo. A través de la imagen que desgrana de este animal toca los grandes ideales de su tiempo como la libertad o la ociosidad contemplativa. Este último tema ya era enaltecido por uno de sus contemporáneos alemanes, Eichendorff, quien en sus obras, y sobre todo, en La vida de un tunante trata de este “ocio filosófico” al que se refiere Rajberti en el apartado sobre “La beatitud de los ocios del gato”. Así mismo, confiere al gato el estatus de filósofo antes que de poeta, ya que el poeta es un ser triste por naturaleza y el gato es un ser positivo y feliz para el italiano, lo cual afirma en el apartado titulado: “El gato filósofo como Maquiavelo o Talleyrand”. De paso, coincide con Eichendorff en ese adeudo que hay con la literatura picaresca, pudiendo ver en la imagen de este gato un personaje a la manera de El Buscón o del famoso lazarillo, de El lazarillo de Tormes.

Giovanni Rajberti no es el único escritor que se ha centrado en la figura del felino, nuestro ejemplo más evidente es el de T.S Eliot, quien escribiría El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum un siglo después que el italiano. Esta recopilación de poemas gatunos sirvió de inspiración para el musical famoso Cats. Pero tanto Rajberti como Eliot coinciden en tratar un tema aparentemente menor y hacer de él una suma de virtudes y rasgos felinos extrapolables a los seres humanos.

Esta segunda edición cuenta con ilustraciones de Natalia Verginella


Finalmente, no todo es subrayar los atributos más positivos del gato. Giovanni Rajberti constata ya desde su época que el felino está hermanado a lo oscuro, al poder de lo diabólico, incluso: “lo imputaron en muchos cuentos y juicios sobre magia, nigromancia y brujería” afirma en el apartado “El gato cazador”. Estos rasgos demoníacos atribuidos al gato persisten a lo largo del siglo XX y en literatura, un ejemplo que resalta es el del gato Popota en El maestro y Margarita de Bulgakov, quien encarna el papel de un demonio más del séquito de Mefistófeles. Podemos constatar también que en el imaginario religioso, protestante cristiano y católico, la imagen del gato está prácticamente excluida. Vemos a toda la fauna, desde el cordero, pez, paloma del Espíritu Santo, león de San Marcos, toro de San Lucas, águila de San Juan, perro de San Roque, caballo de Santiago, cerdo de San Antón, hasta la mula y buey del nacimiento en Belén... Conclusión: la imagen de un gran individualista no puede ser emparentada con lo divino como uno más, ya que él mismo se cree un dios, el espíritu de un ser libre.


miércoles, 8 de enero de 2020

Transirak es un nombre exótico



Es verdad que tenía muchas ganas de leer lo nuevo del señor Perfumme. Sólo había leído Saber Matar y fue una incursión en una prosa vertiginosa, pero que ya dejaba asomar ciertos toques líricos que me dejaron con una gran duda de cómo sería la nueva novela. Podría haber sido de cualquier forma y no me hubiera inmutado, la verdad, estaba preparada para la sorpresa. Pero he de decir que hay una cadencia que ya intuía, una música más lenta, más honda, que fluye sola, que habla con el lector suavemente, natural, como si hubiera estado ahí de toda la vida, en la cocina, y aún así es capaz de la digresión, de los juegos y del monólogo silente, a lo Molly Bloom en el Ulises, la carta de la mujer del dictador a su madre, por ejemplo, indagando en el duelo, en el recuerdo, en lo femenino, en el tiempo...: “De cómo las máscaras fueron convirtiéndose en caras, fueron adquiriendo el color de la piel, su textura, su temperatura, hasta que ya no eran más máscaras. El pasado no existe en realidad, nos lo inventamos porque estamos muertas de miedo”.

La edición es de “niños gratis*” muy bonita, muy práctica para llevar encima



Se me ha escapado el libro casi sin darme cuenta, sabía que iba a ser así porque es de una lectura muy agradecida, de esas que atrapan, y yo, que soy muy ignorante de las cosas de la vida político social y de todas las cosas que tienen que ver con la responsabilidad y la adultez, aún así, he sido cogida por el recuerdo, de cuando era niña-adolescente y en el colegio nos ponían unos exámenes en los que incluían preguntas del panorama actual mundial para obligarnos a estar al tanto de las noticias y de la realidad y estaba este señor del bigote frondoso, muy particular, muy acolchado bigote, y se llamaba Saddam Hussein y tenía esta relación muy problemática con Estados Unidos... ¿Quién no conoce a Saddam Hussein? Unos amigos le pusieron a su grupo de música Saddam Juguetín. El libro de Mr. Perfumme traza historias posibles, reactualiza mitos, les da nuevo color, te habla de la enfermedad como uno de los temas principales, es delicado y a la vez ácido, ¿cómo puede hacer eso? Es una paradoja, pero la trama paralela, que es la historia que no se apoya en un personaje político conocido, sino en una pareja de hermanas del mundo de la ficción, llega a ser la historia de cualquiera, de cualquier outsider. En esto, me recuerda a Ana Lily Amirpour, una directora de cine que (además de tener un apellido que suena a ambientador de coches) tiene casualmente ascendencia iraní, y que nos muestra outsiders atípicos en sus pelis, en un fondo que podría ser del color de Transirak; si es que en mi mente va representándose la novela sería más o menos como en las pelis de Amirpour. Definitivamente una mezcla entre ella y el Terry Gilliam más mágico-lisérgico elegiría yo para la adaptación cinematográfica de Transirak.

miércoles, 1 de mayo de 2019

nadie


Yo sé que soy la persona de la que dirás que pasó por tu vida
que alguna vez conociste,
esa persona soy
para ti
para todos.

Sé que no existe aquel que dirá de mi
es la persona que está aquí”,
no.

En una época alguien que no era yo desdoblada
me salvaba en mis sueños de peligros y apocalipsis
con los maremotos, lunas que se descuelgan,
campanas, rechinar de dientes;
aparecía y me llevaba:
era el santo de mi cotidianidad.

Lo que crea una mente esperanzada.
L de loser

jueves, 25 de abril de 2019

Me siento identificada con Border




¿Es malo que me sienta identificada con esta película?
Es una película hermosa.
Me gusta cómo sabe contar una historia que parece drama y vamos descubriendo que las imágenes que surgen alrededor de sus protagonistas son la alegoría de una distopía interior, la de mi vida, quizá, en la que los demás pertenecen a una raza diferente a la mía y sólo me doy cuenta cuando encuentro a un ser especial, justo como yo, forjados por una mitología inexistente, pero que nos hace cuestionar la realidad de la cosmogonía científica y como-debe-ser.
Es inquietante descubrir que pueden representarte con un exterior amorfo, lo supuestamente amorfo no lo es tanto. Según qué parámetros. ¿Y si en mi propia realidad lo sucio significara limpio? ¿Y si se supone que debería de haber estado comiendo gusanos? Lo mismo pasa con el alma.
Puede que desde Freaks de Todd Browning no me encontrara con lo monstruoso tomando venganza frente a lo canónico de la forma en la que Border lo hace. “Para que sientan lo que nos hacen a nosotros”.
Todos sabemos del discurso sobre la alteridad y el miedo que el Otro ha representado para lo imperante. Un ejemplo típico es la amenaza que representaba ese otro, indígena, cuando aparecieron nuevos mundos. Miedo es la base para la construcción de todo ese discurso. El miedo al diferente lleva a la mayoría a segregarlos y al final... esa posibilidad de que exista un grupo de “otros” en algún paraje no imaginario puede significar algo lo más cercano a la esperanza.
Por eso me hace sentir lo agridulce, a través de esa esperanza. Realmente califico a esta película de esperanzadora.


domingo, 31 de marzo de 2019

¿Por qué leer a Emanuel Carnevali hoy en día?


Carnevali es un autor nacido en Florencia en 1897. A los dieciséis años emigra a Estados Unidos. Su poesía es reflejo vivo de esta situación de migrante, a caballo entre lo americano y lo italiano y no conteniéndose en ninguno de los dos espacios. Esta ambivalencia le hace cuestionarse el rumbo que adquiere la sociedad adelantada, como cuando dice “tú eres joven y apresurada, ¿qué te amenaza, que te precipitas de ese modo, América?” Estas cuestiones las plantea en su poema “El Retorno”:

Pero con las prisas la gente se olvida de amar;
Pero con las prisas uno abandona y pierde la bondad.

Para el pensador coreano Byung-Chul Han, una de las implicaciones de la sociedad de la aceleración, que nos quita de ritualidad y ceremonias, es que se nos ha despojado del aroma del tiempo, porque la transparencia no desprende aroma, porque ya no hay fosforescencia. Todo ello con la disociación y dispersión de lo temporal, que se ha obtenido por culpa de esta aceleración. Otra de las consecuencias nefastas es la agonía del eros, que deja claro Carnevali en sus versos como un profeta.

Además, el italiano es un poeta maldito, como siguiendo la estela de Rimbaud, de los de bares y decadencia, cuya vida acompaña en ritmo a sus versos. Por eso, en ellos, vemos cómo hay plétora en la noche, ahí es cuando se liberan sus discursos más sinceros. En “Viejo insolente fantasma acostumbrado”, por ejemplo, asistimos a la exposición de su efigie gris, sólo despejada por una madrugada que también es gris y se funde con la calle gris y la respiración enferma de una ciudad. Este juego de temporalidades, de discursos que amanecen junto con un sol que no asoma, y que salen a jugar cuando la noche hace su escena, los vemos en varios de sus poemas, “Alborada” para él es un cadáver blanco, quién pudiera convertir un símbolo positivo (los rayos del sol) en lo que mata y extiende la tristeza. Afirma en “Mañana”:

Por favor, escucha, tengo una pequeña, querida alma, y todo lo que quiero es una belleza silenciosa, cualquier cosilla, nací para un siglo silvestre, ¿tengo que exigir que me dejen solo?...
Ni siquiera esperaría que entendieses -solo...
Bajo esto, como una prostituta odiadora del frío,
yazgo
inconsciente...
Y mi rostro es triste porque
una vez
hubo...
Ah, hubo un tiempo...

El poeta del tiempo hace de su Mañana, su Mediodía, su Tarde, su Noche y su Madrugada el espacio de su alma por dar vueltas en torno a una habitación y a los días. La vida espera en la noche, la luz diurna es sólo una concatenación y sonidos, que le hacen sorprenderse “nadie muere” en la tarde, como en la ciudad irreal de Eliot, todos pasan, en Manhattan en este caso, y de paso a la noche, donde empieza a asomar la locura. El día se va feminizando conforme se alarga el tiempo y entra a la madrugada. Su espacio, su autoafirmación, de heridas y flores muertas. El espacio en el que se debate entre vivir y seguir muriendo, mirar con lejanía a los libros y pensar en su cordura, hasta este punto del día ha llegado el poeta. 

El yo poético se transforma en juncos que se curvan junto al agua, en hojas de sauces que se inclinan y se mojan en lagos, en todo lo que se quiebra y forma un signo de interrogación, la curva es su espalda, es una duda que tiembla, le vemos representar esta conmoción en varios de sus poemas y, al mismo tiempo, clama por una esperanza en la imagen del lago, ese mañana, un quizá. Su canto es lento y desasosegado, hay tristeza y también un encogerse de hombros “esto es lo que hay”. Nunca una resignación tuvo un canto que descorazona y tranquiliza al mismo tiempo como en “Chanson de Blackboulé”. Esta poesía, al más puro estilo pesoano del poeta fingidor, nos hace reflexionar sobre nuestro tiempo y ese tiempo. Aquí aún era posible una sociedad de máscaras, donde las personas podían seguir siendo personas como en el origen de la idea de la palabra, con lo que tenemos de teatral... que bajo la dictadura de la revelación, sobreexposición y transparencia ahora estamos perdiendo. 

Exponerse el corazón sin el juego, como nos toca ahora, es una tarea sin enjundia, en contraposición a lo escénico e ilusorio de las representaciones por medio de las cuales se dejaba entrever las emociones humanas en la época de los escritores malditos, antes de la llegada de los mass media. ¿Se puede ser maldito sin descanso en la sociedad del internet donde todos están expuestos en la misma medida y todo es cercanía? Ciertamente, un escritor con filtro por medio del cual se depure la negatividad de sus fotopoemas difícilmente podría seguir siendo un maldito, ya que la sociedad del ahora y el megusta sólo acepta la positividad.  


lunes, 18 de marzo de 2019

Puro buitre, poemario de Marina González, El Doctor Sax editorial

Puro buitre de Marina Gonzalez nos adentra en el panorama oscuro, pero tranquilo, de lo que conocemos bien si nos tentamos de vez en cuando con un espejo, pero hacia dentro, en una labor que no siempre es entretenida, sino que tiende al conjuro. A destapar lo inquietante mediante esas invocaciones o letanías. La poesía surge en el espacio en que al sujeto poético le sigue sorprendiendo algún detalle. Ahí se muestra la voz, anhelando lo que sabe que no será para ella, que se “le vea por toda la cara”. Escribir unos versos muy buenos es otra exhortación, sin embargo, al otro lado del mundo alguien lo hace mejor. El fondo, es entonces, lo contenido, de una mujer en verano que habla de muerte y de frialdad en la terraza con sol tomándose una limonada. Sin restarle un ápice de frío a sus palabras, porque la pena se encuentra precisamente ahí donde sería paradójico encontrarla y por eso se la trata con condescendencia “¿y tú qué haces aquí?” le parece increpar esta voz. Y aún parece añadir “siento tu tibio sol en mi cara, sepáralo”;  cuando está a punto de ser arropada.

Es justamente el poema que da nombre al poemario sobre el que pivotarían el resto de temas cual vectores saliendo disparados desde ese corazón de ave de rapiña. “Mientras espero viene el frío. No viene nadie”. La estampa que nos describe la podemos imaginar como aquella escena de Un homme qui dort de Perec, en la cual sentados en un parque, el protagonista frente a un hombre mayor, yacen inmóviles y el tiempo se congela sabiendo que la espera es lo último que nos queda “esperar, hasta que no haya nada que esperar”, como la espera beckettiana, ese transfondo se respira en estas obras hermanas, la escena es gris y a partir de aquí surge lo cotidiano. 

Marina González llama a estas estampas “minucias urbanas” y es de lo mejor de su poesía. Las historias que cuenta tienen ese silencio que se esconde en la cotidianidad, que nos recuerda a una Clarice Lispector en sus decorados de lo cotidiano, donde dispone mundos; estos mundos en la autora que nos compete son citadinos, de supermercados, apuestas, ascensores, el mirar por la ventana, fruteros y vecinos. También pone el foco en otros, en historias de otros que nos puede hacer resonar la desolación humana, como es ese poema “Historias del barrio” cuando dice: “algunos miran para otro lado y fingen que ya no está”; en la suma dejadez y falta de empatía hacia los seres que nos rodean. 

Hay un color que se repite, una frialdad, el elemento del frío está presente en nieve, aire o humedad en algunos poemas y llega a su máxima representación en el poema “Otras cosas” en el que notamos una clara referencia al gran Antonio Gamoneda de “Sobre excremento de rebaños...” del Libro del frío. Afirma el Premio Cervantes: “Cesa el viento y las sombras son húmedas. Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado”. Marina González hace una paráfrasis de estos versos y los encuadra en un homenaje directo para el que emplea los mismos elementos que utiliza Gamoneda (excrementos, vientos y sombras) dispuestos en una nueva estampa, quizá el mismo sentimiento del cual se siente deudora; en ambos se recalca lo fundamental, lo que se ha extinguido frente a lo que permanece: “Abro y no hay viento, las sombras son húmedas. Por fin una casa. Este no es mi sitio, pero he llegado”. 

Otro de los vectores importantes en su poesía es la imagen de la infancia y de la vejez como dos polos que se atraen, la infancia en lo imposible y la vejez en la pena romántica que desprende. La infancia en lo inacabado. La vejez en el olor a algo imposible y en las huellas y surcos de manos y piernas. Ciertamente es una visión romántica de la vejez, sin quitarle el spleen y la melancolía que puede desprender, el paso del tiempo está marcándose bajo sus formas menos sutiles y la autora sabe apreciar el espectáculo.

Finalmente el yo poético afirma: “soy del lugar donde tiro la basura” constatación con la que muchos podemos sentirnos identificados y hacerlo extensivo a nuestra voz, e incluso hacia el poema, ya lo decía Ammons: “basura tiene que ser el poema de nuestra época porque la basura es lo bastante espiritual y creíble como para embargarnos la atención, estorbando, poniéndose por medio, amontonándose, apestando, manchando los arroyos de marrón y de blanco cremoso: qué otra cosa nos aparta de los errores de nuestros ilusorios usos, no la tentación de carecer de porquería, eso resulta remoto, y, en cualquier caso, inimaginable, poco realista...”. Así, pues, la autora es consciente de que para llegar a cuotas realistas no hace falta edulcorar nada y qué más realista que la basura y lo desencantado que se nos pone de por medio.