¿O la madre oscura? ¿O ambas?
La maternidad envuelta en sombras, en todo caso.
Podría crear una sección nueva de "libros que me regala mi amiga Lorena". Lorena Rivera, amiga de las de verdad, antiquísima de mis otras vidas, cuando estudiábamos ruso y éramos jovenzuelas. Compañera a la que admiro y mi filósofa favorita, especialista en Dostoyevski y el amor atormentado. Ya he hecho reseñas aquí de libros patrocinados por Lorena en mis cumpleaños, y nunca defrauda.
Esta novela, de la misteriosa Elena Ferrante (¿es Elena Ferrante mujer? ¿es un caso similar al de Carmen Mola?) no la había relacionado con la película que ya había visto, del mismo nombre La hija oscura. Pero ha sido leer la sinopsis y enseguida unirlas. La anécdota es bastante singular y no da lugar a dudas porque se resume fácilmente, además, la película refleja exactamente lo que queda patente en la sinopsis del libro. Ver la película antes que leer el libro no es algo que haya hecho nunca, creo (me pasó a la inversa con Grandes esperanzas, con catastrófico resultado). Supongo que viendo la película primero se aprovecha mejor ambas partes y podemos sentirlas por separado. Creo esto firmemente y según el análisis que voy a hacer quedará explicado.
Para empezar, la novela te sitúa mucho mejor que la película en la idiosincrasia de la protagonista: al tener acceso directo a sus entresijos mentales a través del discurso narrativo podemos ver que sus hijas están presentes en su vida, que mucha parte de esta vida ha estado condicionada por ellas y todo esto salpicado por recuerdos del pasado en el que las dos hijas estuvieron presentes. En la película este factor no aparece, al contrario, se crea una bruma con respecto a su relación materno filial y nos deja haciendo cábalas sobre ella: apenas podemos ver algunas llamadas de una de sus hijas que no son relevantes. En la novela nos esclarece desde el inicio un papel de madre activo y que ha incluso sacrificado momentos por tenerlas a ellas presentes. Sin embargo, en la versión fílmica me llevé una impresión completamente diferente de la protagonista: no es hasta el final que descubrimos cómo ella abandona una (larga) temporada a las hijas y que eso le ha causado un gran forado mental y otro a la altura del pecho, horadando el corazón. Leyendo las primeras páginas de la novela sabemos, por el contrario, que no se trata de una madre desnaturalizada, sino de alguien que ha estado ahí en la vida de sus hijas y que ellas la siguen llevando consigo.
Abandonar y estar ausente, aunque sean pocos años, es drástico ciertamente. Llevar esa carga en el corazón a pesar de haber hecho borrón y cuenta nueva es completamente natural. La historia es cercana, verosímil. Las luces y sombras de la historia apuntan hacia la oscuridad remota haciéndose cada vez mayor. Un símbolo: la muñeca; es el encargado de desatar todo el meollo acumulado de tristeza, nostalgia y melancolía. Atorado como en una tubería de su garganta se despliega como si tiraran de un hilo invisible.
Se sabe que la autora de La hija oscura cedió los derechos a condición de que solo Maggie Gyllenhaal fuera la encargada de llevarla a la pantalla. La protagonista es Olivia Colman que a pesar de no ser parecida a la imagen mental que nos llevamos de la protagonista al leer la novela (delgadísima y de apariencia juvenil en el retrato que se hace de ella) puede ser compensado este hecho con la calidad actoral de Colman, que es bastante potente.
La reflexión de fondo de esta historia tiene que ver con el ilustrativo título: es la maternidad un juego de claroscuros y es siempre difícil. Sobre todo para quienes la viven antes o después de su propio tiempo, del tiempo que ellas mismas necesitarían. En este caso, siendo madres muy jóvenes tanto la observadora como la observada de la novela, produciéndose un juego de doppelgängers en el que hay de envidia (¿por poder, la observada, hacerlo todo limpiamente ya que tiene aún la vida con su hija por delante?) y la nostalgia priman.
Con respecto a la intertextualidad, evidente es el fragmento de la playa cuando se evoca aquel otro de Muerte en Venecia; la belleza que duele, mirando al Otro en la playa:
Sospeché que estaba representando su papel de madre joven y bella no por amor a la hija sino para nosotros, la gente de la playa, todos, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos.
Su cuerpo y el de la muñeca fueron rociados largo rato. Ella quedó brillante de agua, los haces luminosos disparados por la regadera le empaparon hasta el pelo, que se le pegó a la cabeza y a la frente.
Un Tadzio sustituido por mujer madre y joven. La belleza adolescente por la belleza de la maternidad incipiente. La nostalgia del tiempo perdido, en ambas novelas. No será casualidad que se presten las dos historias para ser retratadas en el cine y sospecho que Elena Ferrante la tendría de novela referente. Tadzio y la madre joven, Nina, son apariciones angelicales, quizá un querubín en el caso del adolescente y una Virgen María de "haces luminosos" en el caso de Nina.
Voy a dejar la reseña en este punto, aunque retomable si se me pide. Las maternidades oscuras y sus secretos dan para una contraparte de esta historia: ¿cómo sería en el caso de la maternidad tardía? Definitivamente otras problemáticas se plantearían, pero igualmente difíciles de solucionar en el plano de reproches y autoexigencias maternas, que siempre cargamos como una cruz a cuestas con más o menos peso.