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jueves, 2 de agosto de 2012

Perec, segunda parte



Primero voy a hacer una aclaración que servirá para todo lo que escriba. Mi forma de relacionar autores no se guía por la influencia directa y reconocida que tuvieron unos con otros o si dijeron y opinaron algo de sus obras entre sí, sino por la temática en común o por cierta sensibilidad que yo veo que compartan.

En la entrada anterior mencionaba que me gustaban las historias de paredes. Es curioso, pero ahora leía “Historias” de Robert Walser y también hay de esa 'ensoñación ridícula o melancólica' que tienen las paredes para hechizarnos. He seleccionado dos fragmentos:
“Estaba sentado una tarde, un mediodía o una mañana, a las ocho, a las doce o a las dos, en el oscuro espacio de su habitación, y decía a la pared de la misma: 'Pared, te tengo en mi cabeza. No te empeñes en engañarme con tu fisonomía extraña y tranquila. A partir de ahora serás prisionera de mi fantasía'. (…)
Érase una vez un poeta tan enamorado del espacio de su habitación que se pasaba el día entero sentado en su sillón y empollaba las paredes que tenía ante sus ojos. Retiró los cuadros de aquellas paredes para que ningún objeto lo distrajese o lo indujese a contemplar algo que no fuera una pequeña pared, manchada y poco amable.”("Historias", pag 14).

Pero Walser, además de las paredes, también coincide con Perec en los paseos. Creo que Walser enjuicia más el poder seductor de las paredes y no se termina de fiar de ellas. De hecho, él es más de aire y de exteriores. Aunque así podemos ver que ni uno encerraba totalmente a sus personajes ni otro los dejaba a la intemperie siempre. Coqueteaban con la dualidad. En “Un homme qui dort”, la película, no vemos el episodio cuando el protagonista se va al campo y vive unos días en casa de sus padres. Ahí, en el campo, hace largas caminatas:
“Tu te promènes encore parfois. Tu refais les mêmes chemins. Tu traverses des champs labourés qui laissent à tes chaussures montantes d'épaisses semelles de glaise. Tu t'embourbes dans les frondrières des sentiers. Le ciel est gris. Des nappes de brume masquent les paysages. De la fumée monte de quelques cheminées. Tu as froid malgré ta vareuse doublée, tes chaussures, tes gants, tu essayes maladroitement d'allumer une cigarette.
Tu fais des promenades plus lointaines qui te mènent vers d'autres villages, à travers les champs et les bois.” (“Un homme qui dort", pag 46).

Estaba leyendo el libro para encontrar si había alguna diferencia de percepción desde mi parte hacia la historia que escribe Perec con respecto a la película y concluí algo que ahora mismo no me acuerdo*. Además, me fijé más en un rasgo del protagonista: él es un chico de veinticinco años que al comienzo de ese ritual de encerramiento teme por la visita de sus amigos. Por tanto, era un chico hasta cierto punto popular que puede ser visitado en sus momentos de aislamiento. A mi creo que no me visitaría tanta gente; mucho menos veo a los personajes de Beckett siendo visitados por amigos. El joven de Perec al comienzo sí que piensa en sus compañeros y en que irán a buscarlo, en el ruido que hacen al marcharse cuando él no les abre la puerta y en que ya no irá al café para encontrarse con nadie. La rata en el laberinto de Dédalo, continuamente se dice de sí mismo.

Al leer el libro subrayo como mensaje principal la inutilidad de la indiferencia. El hacer o no hacer algo no cambia nada. Una conclusión que acerca a Beckett. La diferencia es que en el personaje de Perec aún sigue insistiendo con ciertos movimientos de aquí para allá, movimientos automáticos como con el 'billard électrique' (la maquinita como instrumento erótico) y lúdicos, creando juegos para solitarios con cartas, entretenimientos para matar el tiempo. En Beckett ya ni se intenta el movimiento. El fotograma que he puesto de la cama de la habitación en la otra entrada, por eso, para mi es mucho más beckettiano: “Just to wait until there is nothing left to wait for”. Eso sí, la espera. Pero el siguiente paso es la inactividad. Si este personaje, el de “Un homme qui dort” tuviera secuela, sería interesante ver cómo se da el paso hasta llegar a convertirlo en un muñón.

PD: Habrá una tercera parte de Perec, porque ahora leeré “La vida, instrucciones de uso”. Pero también tengo ganas de comentar el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell porque es una saga importante para mi y, aparte, un par de temas que no involucran a un autor o a una obra en particular y a muchos en general.


* este blog se acerca más a la prosa libre creativa que a un ensayo rígido y severo, por eso me puedo permitir este tipo de licencias.

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