Le tenía muchas ganas a este libro por varias razones: Eduardo Almiñana tiene una trayectoria de periodista y escritor que he seguido durante varios años en redes sociales y siempre me ha sorprendido. Primero, por sus acertadas recomendaciones: tiene muy buen gusto (o un gusto afín al mío) tanto para la literatura, como para el cine, como hasta para la comida (he conocido restaurantes bastante interesantes gracias a él, sin que él lo sepa, por supuesto. Restaurantes armenios, polacos, ucranianos, exóticos y menos exóticos). Segundo, aunque en importancia igual que el primer punto, por su forma de escribir. Almiñana de Cózar (además tiene apellido de escritor antiguo, que eso es de admirar) sabe juntar las letras desde siempre, pero desde que las redes le permiten usar formatos atractivos ha sabido hacernos llegar historias como píldoras que son una bocanada de aire muy particular en medio de tanto moderneo instagramero. Así que intuía fuertemente que su Uzumut podía ser como esas píldoras, pero más saciante para el lector, y así ha sido, aunque yo soy de atracones cuando algo me gusta y no me ha durado más que este finde. Y tercer punto, pero algo más personal, el hecho de que me genere curiosidad este escritor valenciano contemporáneo es también por su predilección por la literatura eslava, ya que mi tesis doctoral fue sobre Witold Gombrowicz y este es un autor al que Eduardo Almiñana también tiene como referente cultural y literario, así que no es menos punto de curiosidad para mi querer leer a un compañero en estas lides eslavófilas.
Debo empezar por contar mi sensación más primaria, instintiva y poco reflexiva, al iniciarme en la lectura de esta novela o historia de historias: no había sentido lo mismo desde que, siendo una adolescente cogí por casualidad un libro llamado Bestiario de la biblioteca de mi avi. Tendría por aquel entonces trece años y no sabía quién era Julio Cortázar, en el colegio no lo estudiábamos ni lo estudiaríamos, al contrario de lo que hago yo con mis alumnos de primero, segundo o tercero de la ESO, que les explico algunos de sus cuentos.
No estoy comparando al escritor argentino con el valenciano, no creo que Eduardo Almiñana esté incurriendo (¡cometiendo!) en realismos mágicos, o mejor dicho, en el realismo mágico tal cual lo conocemos. Pero sí estoy hablando de mi sentimiento o sensación, y ha sido muy placentero volver a ella. No se trata de que haya leído poco desde Cortázar, en absoluto. Pero ni Borges, ni Schulz, ni Julio Ramón Ribeyro o Clarice Lispector, escritores tan disímiles de cuentos, me han hecho sentir ese mismo sentimiento parecido a un extrañamiento fantástico por descubrimiento de cosmos. Será que cuando un escritor como Alejo Carpentier, por ejemplo, me pinta una historia, la siento de forma diferente. Y cada uno de esos escritores evoca algo muy suyo. Pero quizá son hijos de su época. Y me faltaba descubrir la sensación de una época nueva. Con Almiñana lo he sentido, Cortázar fue el primero, pero a partir de él todos eran de un siglo XX ya conocido, ya bien enmarcado. Ahora, es imposible desgajarnos de un background de pandemia, internet, Black Mirror, transhumanismo y thrillers distópicos. Esta es nuestra realidad y también puede ser vivida con magia y a través de la magia. Un neo-realismo-mágico, quizá.
Borges tenía fijación con los laberintos. Hay una infinitud que puede ser abarcable a través de esta simbología, en realidad no, pero esa es la paradoja que se puede ver en el símbolo del laberinto, un espacio que se enrosca en sí mismo, cual infinitas muñecas rusas que se contienen mise en abŷme una detrás de otra. O como el símbolo de lo circular en el Ouroboros. Tiempo y memoria tentáculos de este cefalópodo infinito.
Es un libro que se puede analizar desde el punto de vista de la hermenéutica ontológica, las modalidades de temporalización están presentes en la historia de Uzumut y es una pieza fundamental para entender el puzzle y hallarle la salida como en los dibujos que dan a los niños en los restaurantes de comida rápida, o al menos que daban hace tiempo, y había que ayudar a salir a determinado personaje de un laberinto. Digo que hay algo que me recuerda a Paul Ricoeur en La memoria, la historia y el olvido, ya que el objeto de estudio se ha trasladado del ser al objeto, de la pregunta de quién recuerda a qué es lo que se recuerda. La memoria, el tiempo y lo que perdura.
No hay espacio para lo baladí, ya que el libro (de una cuidada edición, la verdad es que la experiencia de estar cogiendo una caja mágica se ha transmitido hasta en el acertijo que es su carátula y contraportada) también recuerda a aquellos hombres como Antonio Machado que creían en cabalísticos juegos para armar sus poemarios (Soledades, Galerías y otros poemas está concebido como un entramado de números en el que cada agrupación encierra un mensaje), aquí también en el meollo encontraríamos un mensaje fundamental, cual lava del núcleo de la Tierra. Es ese mensaje, y la palabra melancolía, el que me dejó esbozando una sonrisa, ya que podía sentir lo que sentían los habitantes de ese mundo creado por Almiñana.
He intentado no hacer spoiler y sé que me dejo varios puntos que hubiera querido tratar (debería de haberme hecho un esquema) pero quería escribirlo tal cual cerrar el libro, para que me sorprendan mis palabras, así a lo Pirandello.