domingo, 30 de junio de 2024

Uzumut

 


Le tenía muchas ganas a este libro por varias razones: Eduardo Almiñana tiene una trayectoria de periodista y escritor que he seguido durante varios años en redes sociales y siempre me ha sorprendido. Primero, por sus acertadas recomendaciones: tiene muy buen gusto (o un gusto afín al mío) tanto para la literatura, como para el cine, como hasta para la comida (he conocido restaurantes bastante interesantes gracias a él, sin que él lo sepa, por supuesto. Restaurantes armenios, polacos, ucranianos, exóticos y menos exóticos). Segundo, aunque en importancia igual que el primer punto, por su forma de escribir. Almiñana de Cózar (además tiene apellido de escritor antiguo, que eso es de admirar) sabe juntar las letras desde siempre, pero desde que las redes le permiten usar formatos atractivos ha sabido hacernos llegar historias como píldoras que son una bocanada de aire muy particular en medio de tanto moderneo instagramero. Así que intuía fuertemente que su Uzumut podía ser como esas píldoras, pero más saciante para el lector, y así ha sido, aunque yo soy de atracones cuando algo me gusta y no me ha durado más que este finde. Y tercer punto, pero algo más personal, el hecho de que me genere curiosidad este escritor valenciano contemporáneo es también por su predilección por la literatura eslava, ya que mi tesis doctoral fue sobre Witold Gombrowicz y este es un autor al que Eduardo Almiñana también tiene como referente cultural y literario, así que no es menos punto de curiosidad para mi querer leer a un compañero en estas lides eslavófilas.

Debo empezar por contar mi sensación más primaria, instintiva y poco reflexiva, al iniciarme en la lectura de esta novela o historia de historias: no había sentido lo mismo desde que, siendo una adolescente cogí por casualidad un libro llamado Bestiario de la biblioteca de mi avi. Tendría por aquel entonces trece años y no sabía quién era Julio Cortázar, en el colegio no lo estudiábamos ni lo estudiaríamos, al contrario de lo que hago yo con mis alumnos de primero, segundo o tercero de la ESO, que les explico algunos de sus cuentos. 

No estoy comparando al escritor argentino con el valenciano, no creo que Eduardo Almiñana esté incurriendo (¡cometiendo!) en realismos mágicos, o mejor dicho, en el realismo mágico tal cual lo conocemos. Pero sí estoy hablando de mi sentimiento o sensación, y ha sido muy placentero volver a ella. No se trata de que haya leído poco desde Cortázar, en absoluto. Pero ni Borges, ni Schulz, ni Julio Ramón Ribeyro o Clarice Lispector, escritores tan disímiles de cuentos, me han hecho sentir ese mismo sentimiento parecido a un extrañamiento fantástico por descubrimiento de cosmos. Será que cuando un escritor como Alejo Carpentier, por ejemplo, me pinta una historia, la siento de forma diferente. Y cada uno de esos escritores evoca algo muy suyo. Pero quizá son hijos de su época. Y me faltaba descubrir la sensación de una época nueva. Con Almiñana lo he sentido, Cortázar fue el primero, pero a partir de él todos eran de un siglo XX ya conocido, ya bien enmarcado. Ahora, es imposible desgajarnos de un background de pandemia, internet, Black Mirror, transhumanismo y thrillers distópicos. Esta es nuestra realidad y también puede ser vivida con magia y a través de la magia. Un neo-realismo-mágico, quizá.

Borges tenía fijación con los laberintos. Hay una infinitud que puede ser abarcable a través de esta simbología, en realidad no, pero esa es la paradoja que se puede ver en el símbolo del laberinto, un espacio que se enrosca en sí mismo, cual infinitas muñecas rusas que se contienen mise en abŷme una detrás de otra. O como el símbolo de lo circular en el Ouroboros. Tiempo y memoria tentáculos de este cefalópodo infinito.

Es un libro que se puede analizar desde el punto de vista de la hermenéutica ontológica, las modalidades de temporalización están presentes en la historia de Uzumut y es una pieza fundamental para entender el puzzle y hallarle la salida como en los dibujos que dan a los niños en los restaurantes de comida rápida, o al menos que daban hace tiempo, y había que ayudar a salir a determinado personaje de un laberinto. Digo que hay algo que me recuerda a Paul Ricoeur en La memoria, la historia y el olvido, ya que el objeto de estudio se ha trasladado del ser al objeto, de la pregunta de quién recuerda a qué es lo que se recuerda. La memoria, el tiempo y lo que perdura.

No hay espacio para lo baladí, ya que el libro (de una cuidada edición, la verdad es que la experiencia de estar cogiendo una caja mágica se ha transmitido hasta en el acertijo que es su carátula y contraportada) también recuerda a aquellos hombres como Antonio Machado que creían en cabalísticos juegos para armar sus poemarios (Soledades, Galerías y otros poemas está concebido como un entramado de números en el que cada agrupación encierra un mensaje), aquí también en el meollo encontraríamos un mensaje fundamental, cual lava del núcleo de la Tierra. Es ese mensaje, y la palabra melancolía, el que me dejó esbozando una sonrisa, ya que podía sentir lo que sentían los habitantes de ese mundo creado por Almiñana.

He intentado no hacer spoiler y sé que me dejo varios puntos que hubiera querido tratar (debería de haberme hecho un esquema) pero quería escribirlo tal cual cerrar el libro, para que me sorprendan mis palabras, así a lo Pirandello.

viernes, 14 de junio de 2024

Anne Carson y el amor

 



    Con motivo de la sesión, última, de Melibeas para este curso que acaba ahora a finales de junio, me puse a rememorar a Anne Carson y es todo tan importante para mi que no quería dejar de compartirlo, como cuando asistí aquella vez a una de sus mágicas sesiones porque a Paul Celan no podía dejar de rendirle tributo y menos tras Almendra, con quien asistí a la velada de las chicas (las chicas de Melibeas me recuerdan a la película de Picnic en Hanging Rock de Peter Weir, o al menos así es como las tertulias-rituales se me aparecen en mi imaginación).

    Tras mi recién estrenada faceta de mamá de bebé no sé si podría acercarme a esas horas ...pero quiero constatar todo lo que hubiera querido compartir con el grupo en cuestión. Primero: Anne Carson significa para mi el amor. Voy a poner en contexto esta idea, o más bien, impresión. Cuando conocí al padre de mi última bebé me acababa de dejar mi ex marido. Yo no tuve la mejor idea de pasar esta fase con el poemario de Carson: La belleza del marido, cántico a un abandonador esposo, como el mío.

    La misma Anne Carson en Eros habla sobre el ensayo del amor de Stendhal y el proceso que denomina "cristalización". En él, una varita de árbol simple se recubre de muchos cristales hermosos al ser introducida en una mina de sal. Así es como ella decora al marido, de esta forma es la belleza del marido: "como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve". Creo que muchas de las mujeres que nos aferramos a esta ramita lo hacemos de la misma forma, con devoción a unos diamantes que nosotras mismas estamos proyectando. 

    Merodeando a través de los poemas de La belleza del marido encuentro conexiones: un marido conocido desde la adolescencia, pareja de décadas, el compartir un mundo entre las letras y poemas que van y vienen, cartas que han tejido una vida. Fue la mía una relación que se gestó también a través de la palabra. Hay temas fundamentales en Eros y en el poemario: los límites (como principal problema), la paradoja (y el lenguaje), la búsqueda de la otra mitad (y el símbolo). 


    Es importante el lenguaje con Carson, tanto o más que el amor. El lenguaje permite crear al amor y lo modela, da a luz al tipo de amor que delimita. Para la autora, los griegos gestaron la palabra glukupikron para hablar de lo dulceamargo del amor de una forma que no es baladí y en la que nuestra traducción el término "agridulce" cojea. Poner el "dulce" primero es más certero con la sensación que describe, pero el pozo final es amargo porque es un tender hacia, un camino dirigido que nunca llega y si es que llega se acaba el deseo. Lo dulceamargo es ese estado en el que nos tambaleamos y que encierra la paradoja. Es curioso que todas las palabras que más se acerquen a la metáfora o al símbolo encierren ellas mismas la figura de la paradoja. Para explicarlo fácilmente, cuando en clases de lengua y literatura queremos hablar de las figuras del pensamiento agrupamos las figuras de contradicción como una subespecie dentro de aquel grupo mayor y las explicamos como aquellas figuras que utilizamos bastante en poesía principalmente, porque la poesía pretende señalar con palabras de este mundo algo cercano al Misterio, y todas las cuestiones misteriosas o inabarcables como el amor, la muerte, o el tiempo nos van a hacer caer irremediablemente en la antítesis, el oxymoron o la paradoja. Pasa con estos términos griegos como el glukupikron o como el kairós (momento oportuno, pero también encierra la paradoja de ser una flecha que alguien dispara para hacer doler en ese instante, representado por el dios del instante feliz, que tiene un rizo por delante y está pelado por detrás, esa ambivalencia...), por mencionar solo dos conceptos. Es el lenguaje, pues, el modo de reflejar visualmente también aquel sentimiento dicotómico.

    Dualidad en el objeto, además de la palabra ambivalente, podemos ver si recordamos los fragmentos de Eros en los que se menciona aquellas ideas de Aristófanes sobre el ser fundido al amado, como una bola formada por ambos seres. También, se desarrolla el símbolo de que cada una de esas partes separadas lleva un hueso de tuétano para señalar que son mitades. Esa fundición es un concepto del enamoramiento en su parte dulce, pero no deja de entrañar la paradoja de lo amargo: fundirse es imposible, somos seres discontinuos, que decía Bataille, nuestros límites se imponen, nos vienen de fuera, y nuestro sino es permanecer insatisfechos, como no se cansó de remarcar en vida Schopenhauer. 

    Seres a medias o en camino a ser un ser anhelante, siempre sediento. Metáforas de lo dulceamargo que ahondarán en el Misterio a través de las paradojas, cual "vivo sin vivir en mi"; grandes dilemas, solamente siendo susceptibles de ser expresados a través de este lenguaje que oscila, que zozobra, que pende sobre nuestras cabezas como guadaña de lo funesto y la terrible, promesa de lo que no puede apresarse porque si se apresa deja de ser. La intensidad se rebaja y entonces se esfuma ese deseo.

    Pasó que cuando yo leía La belleza del marido hace cinco años, conocí al padre de mi reciente bebé. Quiso la casualidad que él estuviera leyendo por aquel entonces Eros, es el ejemplar que reviso en este momento. No solo eso, por mi cumpleaños, aquel 2019, me regaló un libro de Anne Carson en el que estudia a Paul Celan y que se llama Economy of the Unlost. La dedicatoria que me puso: Por unas glukupikron felicidades. Sé que me escribió un poema sobre una peonza que gira, y ... espero que siga girando. Anne Carson estuvo, pues, al final y luego al inicio, sirvió para cerrar una era y abrir otra. La cerró con La belleza del marido y la abrió, como tuvo que ser, con Eros. Sé que a Anne Carson le gusta Parménides y los círculos en los que inicio y fin se tocan, así, el símbolo mayor a mi historia amorosa es también una peonza, como los planetas, con su movimiento rotativo sobre su eje y al mismo tiempo en traslación hacia el sol. 



lunes, 10 de junio de 2024

La hija oscura, segunda parte

 Qué estupidez pensar que una pueda confesarse ante los hijos antes de que cumplan al menos cincuenta años. Pretender ser vista por ellos como una persona y no como una función. Decir: yo soy vuestra historia, vosotros salisteis de mi, escuchadme, podría serviros. En cambio yo no soy la historia de Nina, Nina podría verme incluso como un futuro. Elegir la compañía de la hija de otros. Buscarla, acercarse a ella.



 


He elegido esa cita de La hija oscura porque me parece una declaración relevante de una madre, me veo diciendo esas mismas palabras sabiendo cómo es de difícil que la parte engendrada pueda llegar a acercarse realmente a la parte progenitora sin haber pasado ellos mismos a su vez por una situación similar o, en su defecto, poseer el cúmulo de experiencias adquiridas por los años que podrían dar una sensatez o una cercanía con el que ya ha vivido. No se entiende la vida sin vivirla. Por eso es extraño empatizar con escritores tan jóvenes: sobre qué puede hablar quien no ha vivido, quizá puede hablar bien, puede imitar una sonoridad y puede acercarse a las sensaciones... pero no es lo mismo leer a alguien que sabe todo lo que entraña una vida al haberla pasado tras las décadas. Repetir los actos, aprender por la experiencia y analizar desde fuera cuando algo ya ha pasado es lo más parecido a un bucle infernal, pero también a vivir con madurez. 

Apuntaba en mi reseña anterior que la protagonista de la película no es exactamente como la describen en el libro. Tampoco lo son los demás personajes, sobre todo la embarazada, que en el libro es repugnante, o el marido de Nina, que en el libro es bajito y gordo y en la película es uno de los hombres más guapos del mundo. Pero, quizá, no son datos relevantes. Lo que sí era más importante para la trama (o para la trama que se lee entre líneas, la trama interior) es todo lo que tiene que ver con la reflexión de la madre sobre su propia maternidad y sus hijas, que en la película tenemos que inferir de algunas imágenes, pero que en el libro ocupa más espacio y, como en el fragmento que encabeza esta reseña, está escrito con palabras que nos lleva a pensar en temas generales como la vida y el aprendizaje, además de su situación particular. Estas reflexiones hechas en secreto para nosotros los lectores, para mi han sido lo más interesante del libro. Así que creo que vale la pena leerlo, en la película nos entretendremos con la historia pero no podremos acercarnos siquiera a los entresijos mentales de su protagonista. Queda muy lejos poder inferir todo con tanto detalle.

Por otro lado, el juego de símbolos que guía la historia recuerda a los de la novela Cosmos de Gombrowicz: un gesto que desencadena equívocos, elucubraciones e interpretaciones peregrinas que se van engarzando una detrás de la otra hasta dar una cadena de significados, un objeto o ser que da pie al símbolo y a lo funesto (sea un gorrión muerto, sea una muñeca inerte). Cadenas de significados ocultas que desentraña el protagonista como si leyera un mapa secreto para descubrir un tesoro, pistas que llevan a una epifanía, autoexploración y dramas de los personajes que rodean al protagonista como un cosmos de planetas cada uno girando con un propósito, pero sólo tenemos un mapa.

Dije que quizá hacía una segunda parte para matizar el final de mi lectura y mi impresión más reposada. Esta es, pero se lee en conjunto con la anterior.