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domingo, 22 de diciembre de 2013

ballena ayer mía

Hace unos pocos años saqué unos anagramas de mi nombre y apellido. Entre ellos estaban mi favorito por marielenesco "niebla alma ayer", el pretencioso "bella reina maya", y uno más lúdico "arenilla y ameba". Pero había uno que aleatoriamente decidió permanecer y yo lo dejé ahí junto a los otros, aunque no me dijera nada en ese momento. Ahora se ha desvelado el significado, el anagrama era "ballena ayer mía" y realmente ayer se me apareció una ballena. Es como si el destino me dijera: "¿Quieres aún más pruebas? Pues ahí te dejo una ballena en el parque de en frente de tu casa". Lo que más me remuerde la conciencia y me intriga muchísimo es el hecho de que estuviera tan absorta en el semáforo de la otra calle, que no viera la ballena que tenía justo en mis narices, a medio palmo de mi cara. Me siento como uno de esos personajes de la Ciudad Irreal, de Eliot; de repente puede llegar una ballena que nadie se va a inmutar, la señora seguirá paseando a su perro a mi lado, los de la acera de en frente también estarán concentrados en el mismo semáforo que yo. Y a la ballena le faltaba poco para hablar con el fin de atraer nuestras miradas, ni siquiera la dimensión de su gran carruaje me hizo extrañarme... Sin embargo, lo lamenté cuando se alejó. Hubiera querido entonces asimilarla con la mirada, verla mejor, no perder el tiempo en un semáforo cualquiera. ¿Y si hubiera sido un animal de mediano tamaño? Entonces me pongo a pensar en la cantidad de animales y, por qué no, seres fantásticos cuya aparición me he perdido precisamente por ese único motivo: por no ser de grandísimas y pesadas dimensiones.

Para la próxima espero estar alerta.

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