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jueves, 15 de mayo de 2014

La nave de los necios es Ryanair o la Biblioteca

Tras el congreso en Polonia tengo muchas impresiones, varias de ellas intertextuales, metaliterarias y líquidas.

Partiendo desde el contexto del avión, notando que siempre me toca sentarme (puesto que los asientos son de tres) con parejas. Lo curioso es que estas parejas responden a un perfil: cuarentones no casados, que se conocen del trabajo probablemente, muy melosos y cariñosos, que se comportan como adolescentes o como si estuvieran haciendo algo "furtivo"(¿quizá tienen pareja lejos de ese avión?). Suelen vestir de formas muy de mercadillo, pero no mercadillo en el que encuentras ropa tipo vintage, ya saben a lo que me refiero. Y comen muchas cosas y piden cervezas en el vuelo y se levantan para mear e incordiar. Hablan de forma muy barriobajera y con tonos de voz bastante irritantes. Suelen aparentar más edad de la que tienen en la piel de sus caras y en lo fofo de sus cuerpos; y la vida parece que los ha llevado al mismo punto, por lo que obligatoriamente tienen que estar juntos.

Es curiosísimo, pero este perfil se me repite en cada viaje. Quizá no tan curiosísimo porque viajo con compañías low-cost. Quizá es el perfil de parejas que más viajan.

Una de esas parejas me consta que eran del trabajo porque rajaban de otros compañeros durante el viaje. Hacían manitas como si estuvieran en el cine y se besuqueaban entre risas. Yo leía la revista que dan durante el vuelo e imaginaba posibles accidentes. Me gusta prestar atención a las instrucciones y observar bien dónde se guardan los chalecos salvavidas. Suelo respirar con alivio al ver que no llevo tacones (nunca los llevo) ni pendientes ni nada de esas cosas que son peligrosas antes de tirarse por la salida de emergencia, según el dibujito del manual de supervivencia.

En el congreso estaba rodeada de montañas. Ustron significa en castellano 'retiro' y es porque es una zona de balnearios, de descanso y relax. Yo imaginé la 'montaña mágica' de Thomas Mann: me gustaba sentarme en la terraza pensando que otrora estaría ahí mismo curándome de una tuberculosis. Sin embargo, la sensación se tornaba voluptuosidad al fumar mientras dejaba fluir esos pensamientos, hacerle daño a los pulmones en un lugar de descanso o purificación es una extraña forma de rendir homenaje a mis mitos. Pero créanme si les digo que se aprovecha mejor.

Los académicos pasean muchas veces muertos en vida, como zombies, como los de la Ciudad Irreal de Eliot. Es preciso cogerlos de los pies para que se detengan... alguna vez estuvieron con vida y sintieron pasión por la literatura.
A mi corazón artista le cuesta bombear con corsés demasiado ajustados, con cualquier tipo de corsés.
Sin embargo, los admiro porque cuentan con algo que yo no tengo: disciplina.

En una plenaria se habló de la locura en el teatro español. Pusieron algunas imágenes que me gustaron mucho... una de ellas era de la Biblioteca del Hospital, de Valencia. En la imagen se señalaba como 'Hospital de Valencia', tal es así que le comenté a la compañera que estaba sentada conmigo 'ahora es la Biblioteca Pública'.
Quizá muchos no sepan que ese Hospital, era un hospital psiquiátrico, el más moderno en aquel tiempo, fundado en 1409. De hecho, aquí no se le llama 'la biblioteca del psiquiátrico', 'la biblioteca del manicomio', se ha borrado cualquier relación con la locura al nombre de la biblioteca. Por eso se la conoce con el nombre de Biblioteca Pública o en todo caso 'del Hospital' (¿cuál?).
Cuántas personas van a diario a estudiar ahí, yo incluida he ido muchísimas veces durante toda esta última década. Me imaginaba que dónde quedaría toda esa carga mental desquiciada y torcida, que en un lugar así debe quedarse algo concentrado, por lo menos. Y si es posible estudiar con esa maraña sobre las cabezas... ¿La locura puede ser tan fuerte como para concentrarse en ciertos espacios per secula seculorum?

La nave de los necios, Sebastián Brant





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