miércoles, 4 de septiembre de 2024

Dinosaurio



Yo, en mi habitación lista para dormir, con la mascarilla puesta y el libro en la mano: Dinosaurio es una aventura a la que me quería entregar así, en mis momentos más zen, porque el pack de libro y ritual nocturno le pega mucho a esta historia y yo sin saberlo me acomodé de una forma que recomiendo: llegados a cierta edad somos mucho de packs aromáticos y de tés con complementos. Los rituales vienen con libros de acuerdo a cada ocasión y a mi Dinosaurio se me antojaba un matcha terroso con sabor añadido, tipo vainilla o coco, en todo caso algo exótico, interesante para probar. No me he equivocado. De hecho, me fui a dormir más tarde de lo usual porque no pude despegarme de la historia. Y debo confesar que he despertado revuelta, con una sensación agripicante, ese tipo de sensación que tienes cuando piensas que la historia que has leído o visto en una película te va a acompañar a lo largo del día como telón de fondo. Y reflexionas y te das cuenta de que no te has tragado sólo una historia, sino un Tao contemporáneo, un tratado de vida. Vaya.

Dinosaurio tiene la prosa de David Pascual, directa y mordaz, tremendista a lo Cela del siglo XXI (si Cela viviera no dudo que alabaría esta obra) pero tampoco está libre de momentos de la prosa lírica más delicada y suave (1) o de mantras que se repiten para hacernos una experiencia real de un entorno mágico-sagrado, ante todo religioso. Esta característica de no sólo contarnos una historia en la que lo new age se desborda y roza el surrealismo (pero también el realismo más trágico, aunque escondido, aunque con métaforas o símbolos), sino que a través de la forma nos evoque ese mismo cariz, una inmersión en la palabra que vuelve lo profano en sagrado porque se repite, porque puede ser alabado y enaltecido hasta tornarse divinidad.

(1) Mi madre rezando y llorando y sonriéndonos con una sonrisa que es como mirar a un barranco desde el borde del precipicio y diciéndonos que hay que aceptar los finales y que antes de dejarse secuestrar y ser violado de mil maneras diferentes, que antes de soportar el suplicio del infierno de los hombres, hay que irse, hay que ascender al cielo. Y que el cielo es como el río, y que estar allí es como ser un pez que se deja llevar esquivando con soltura las rocas. Y que allí donde vamos no existe el dolor ni existe la gente mala. Que allí donde vamos lo único que existe es la paz y que por eso no debemos temer nunca la gracia de Donatello.

Cinematográficamente, porque enfrentarme nuevamente a una novela de David aka Perfumme es jugar a pensar quién llevaría al cine su libro, al padre del protagonista lo visualizo como al señor gordo del sofá de Taxidermia, esa película húngara de György Pálfi. No es baladí la coincidencia, se trata de una comedia de terror. Otro húngaro que recordé entre risas mentales fue Bela Tarr, ya que en el Caballo de Turín están comiendo patata durante casi todo el metraje de la larga película, una patata cíclica e infinita. Hacer estas mezclas de referentes que combinan con Dinosaurio se me antoja muy entretenido, ya que la obra se presta para ir en consonancia con ciertos tonos agrios e incisivos como los de Todd Solondz en Palíndromos, hay niños y hay una inocencia que perturba y espanta. Los niños en una secta extraña (todas las sectas lo son y ésta no tendría por qué serlo más que otras) de unos Herodes que ahogan bebés compulsivamente, una comunidad de sádicos religiosos que seguirían a una especie de Llados (machista e implacable en su tonicidad muscular) ni más ni menos absurdo que el Llados real nos podrían hacer replantear que lo que leemos no es tan delirante como aparenta. Es la televisión la que lidera aún las imágenes de las generaciones mayores (2) y a partir de ahí se pueden ver reflejadas las debilidades de la sociedad. Pero es en general las pantallas, las plataformas de streaming y todo lo que se pueda consumir, lo que va a definir y perforar mentalmente a sus usuarios.

(2) En el cuarto día Donatello hizo instalar antenas sobre la copa de cada árbol y dijo: Mirad la televisión, pues a través de ella conoceréis mi reino. Porque lo importante no es tangible. Porque el verbo no puede tocarse y a través de los símbolos es que lo aprendemos. Mirad la televisión porque en la publicidad está mi palabra (...)


Sin embargo, y para acabar porque no quiero hacer grandes spoilers, lo que más me ha cautivado es el protagonista de la historia y que me resuena al buen salvaje de Rousseau, pero que va mucho más allá: hay un momento en el que te das cuenta de que todo lo que has leído es la mente de alguien cuya imagen de sí mismo no se corresponde con lo que los otros perciben de él y este desdoblamiento nos revela un personaje de una construcción genial. Pero no explicaré los detalles, lo que cuenta es la forma, el Verbo, que al inicio siempre va él.





 

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