Conocida es la afición de Klee por la música, siendo él mismo intérprete y habiéndose decantado finalmente por la pintura, esa formación suya y pasión en vida por el lenguaje musical no es ajena a su obra. Lo que pasa es que no se puede decodificar al pie de la letra: una equivalencia es necesaria a la hora de hacer una transposición entre esos dos tipos de creación artística.
Paul Klee siempre me fascinó como todo lo que fascina por no acabar de entenderse. Ciertamente, me falta su complejo bagaje, pero este es un llamamiento a la gente como yo, que sin tener todo eso detrás podemos intuirlo o apreciar lo que sugiere el pintor y eso no es menos importante. Creo, firmemente, que ejecuta, hasta perpetra una obra que nos permite asomarnos a su mundo, sin previo lenguaje común. Este libro de Pierre Boulez vendría a ser una ayuda o quizá un salvoconducto.
Boulez era director de orquesta. Punto. Con eso podemos resumir su capacidad para armar y orquestar, ese poder tan precioso, no exento de ritmo y colores. La sinestesia está presente en Klee, analizada por Boulez, una lectura de lo que sería la fuga roja, lo que puede ser un ritmo de un tablero de ajedrez o unas notas convertidas en hierba verde. El país fértil se encuentra tras el ritmo y el salpicar de notas que ahora son plantas.
Son muchos los compositores que se han dejado seducir por el aspecto material de la partitura. Incluso en Bach hallamos ciertos recursos que son tanto visuales como auditivos. Me atrevería a afirmar que ciertos cánones satisfacen más la vista que el oído. No es que la música no sea bella, pero es la vista, más que el oído, la que percibe inmediatamente las simetrías.
Boulez contrapone la fuerza en la memoria visual con la menor fuerza de la memoria auditiva y de esta manera nos lleva de la mano para entender correspondencias que en Klee están presentes. Pero también nos invita a detenernos en sus procesos, las capas y laboratorio, el hacer de un fondo un disparador de miradas, en el que la nuestra es requerida para que sea ella el movimiento: de esta forma entramos en el diálogo que nos sirve el autor.
Más allá de su faceta de profesor de la Bauhaus, de la que vemos reminiscencias en sus estructuras pictóricas, "sus dibujos de ciudades con reflejos, simetrías y divisiones, por ejemplo, me enseñaron mucho sobre el desarrollo orgánico de una arquitectura sonora que, al mismo tiempo, poseía estos mismos reflejos, simetrías y divisiones de otro plano" (pg 42); tenemos un Klee que se distingue de un Kandinski (o de cualquier otro Bauhaus): "cuyos cuadros parecen anónimos. El espíritu es fuerte, pero la carne ni siquiera es débil, sencillamente está ausente. Son objetos sin vida que podría haber fabricado casi cualquiera. En Klee observamos justo lo contrario. Lo que más convincente me resulta es que su impronta es reconocible (...) Tenemos al mismo tiempo la geometría y su desviación..." (pag 47).
Para los diletantes, que oscilábamos entre la literatura, la música y las bellas artes en nuestra juventud. Para los que conectamos con trasuntos nuestros que se aplicaron en otra disciplina que nosotros tuvimos que soltar... Este libro sazonado de preciosas imágenes de Klee es una pequeña joya para cualquier admirador del suizo-alemán y del arte en general.
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