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lunes, 18 de junio de 2012

mi diario



Cuando era niña pensaba siempre en el misterio de la adultez. Y pensaba que nunca olvidaría lo que significaba la infancia. Estaba muy en el presente, aunque pensaba en el futuro, pero el futuro se veía como un plan desdibujado, mucho menos palpable que mis propios sueños de aquel entonces. Me concentré en escribir mi diario a partir de los ocho años de forma compulsiva, pero resultó ser una mera descripción de mis actividades. Lo peor es que no escribí lo que tenía en la mente por pudor a que lo leyeran en un futuro (me imaginaba que abrirían una caja perdida en una de las últimas casas en las que viviera y encontrarían el diario, y que posiblemente fueran extraterrestres, o una forma de vida diferente, cuando los humanos se hubieran extinguido o estuvieran extinguiéndose) y esto lo sé porque recuerdo exactamente cómo lo adorné y lo acartoné (por ejemplo, decía que veía en la tele Garfield y acotaba: es un gato; para que mis lectores del futuro lo entendieran y me callaba cosas que pensaba que no entenderían, todo muy convencional, dejaba puntos suspensivos y jamás, pero jamás, me pasaba de la hoja asignada, porque cada hoja tenía su propia fecha. Creo que esto impidió que me explayara profundizando en la propia cotidianidad, sobre todo cuando tenía cosas que decir), ahora resulta de tan poco valor porque debo hacer un esfuerzo complicado para recuperar ciertas sensaciones que tenía por aquellas épocas y algunas las recuerdo, como la duda que me embargaba, la que me paralizaba; no sé a qué podría pertenecer ese tipo de Duda general, si a una extraña forma de madurez mental o quiebre sentimental. La única vez que la he vuelto a experimentar fue cuando tuve mi única crisis psicodélica (sin drogas, obviamente) en Cracovia un día de nieve y luces rojas. Pero por aquel entonces, cuando apareció la Duda, tenía unos siete años y ninguna preocupación en concreto. En esta muestra que adjunto se puede ver y, además, lo del espacio de una sola hoja por día. Me gustaban las hojas, eran perfumadas, aún huelen. Me gustaba circular el dibujito que ponía sol, paraguas o nube para indicar el tiempo que había hecho. Es un texto del 91, cuando tenía exactamente nueve años.



Lo de la adultez vista por mi infancia era un pensamiento bastante particular. Quería retener la esencia de la infancia para siempre, pero no influida por historias a lo Peter Pan, no la conocía por aquel entonces o no la entendía en esa clave. No se trataba de ser niño para siempre, sino que el adulto conociera el secreto de los niños, sabía que siendo niña tenía algo valioso que luego olvidaría (ese “algo” es lo que estoy tratando de recordar). Y era simplemente que veía dos mundos enfrentados: el de los niños y el de los adultos. A los adultos los veía concentrados en cosas aburridas, muy lejanos, sentía que les faltaba algo, que no veían lo principal... Lo curioso de todo esto es que la clave la he olvidado, la esencia que consideraba primordial. Espero acordarme concentrándome más en estos temas. Aunque me temo que no pueda porque soy muy adulta.




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