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jueves, 8 de octubre de 2015

Cuento a lo Faulkner

Basado en un cuento tradicional alemán, así empezaba a veces el Cuentacuentos de Jim Henson. Pero soy sudamericana y mis historias por más que intento hacerlas serias y hasta cierto punto hieráticas alguna vez... me salen a lo real maravilloso mezclado con reguetón, muy chicha (la cultura pop del extrarradio peruano). Mi idiosincrasia, pues, se impone, y ayer leyendo algo de Ricardo Piglia (Respiración artificial) suscribí completamente un comentario que decía algo así como "nunca nadie hizo buena literatura con historias familiares". Es verdad, pero también reconozco que para todos deba sernos atrayente y un reto tentador intentar no caer en un Cien años de soledad, que es lo mismo que decir en un bucle ya conocido.

Todos tenemos familias y todos hemos escuchado (quizá no todos, pero si saben que te dedicas a las letras puede que te lo digan más) lo de "esto es tema para escribir un libro". Anécdotas familiares a montones. No hay una que destaque encima de otra, supongo que en todos lugares se cuecen habas. Por eso siempre defiendo la forma frente al argumento.

El hecho de que yo quiera cogerme a este tipo de material peliagudamente literario me lleva a justificarme por medio de la ensoñación, lo que siempre hago. Y ahora estoy en una etapa de fantasía futurista en la que sueño viva y despierta y muerta y dormida con mi otra vida de señora mayor. Porque yo podría ser ya una señora mayor, solo que aún no me he dado por aludida.

Cuenta la leyenda que la hermana de mi abuelita Eva no quería tener hijas, sino un hijo. Le había puesto nombre y todo, contaba los días para que naciera y hablaba de su hijo en presente, como una realidad patente, que estuviera ya fuera de su útero. Pero nació mujer y de no poder soportarlo se volvió loca. Tuvieron que ingresarla. Con este tipo de anécdotas (hay muchas más) me crié y al no gustarme los bebés no me preocupó esta historia en especial. Pero he aquí que con la treintena se me despertó lo que no creía que tenía y empecé a soñar con un hijo... varón. El temor a volverme loca al no conseguirlo se presenta como un quiebro frente a mi y a veces como un dedo que me apunta muy largo.

La mitología griega nos habla de las Grayas, hermanas de las Gorgonas, y eran tres ancianas de pelo gris, que compartían un solo ojo. Recuerdo que cuando vi el capítulo de Perseo en "El Cuentacuentos" me fascinó esa parte, cuando se encuentra con estas tres mujeres tan interesantes. Así que el otro día pensé en reconciliarme con la idea de unas hijas, porque unas descendientes mías de esta forma sí que las podría ver... Temor, Horror y Alarma, eran las Grayas, como tres nombres mágicos para ser sucesoras de una madre que se llama Infausta y que tiene Pavor escrito en sí misma (o sea encajan perfectamente en la mitología que tengo de mí misma, mi imaginario vital). Las Grayas parecían malignas y asustaban un poco, pero al final sólo era el morbo de lo desconocido, como todo lo que nos fascina teratológicamente. Vivían en un lugar oscuro, como es mi casa. Las imagino siempre mayores, como lo fui yo, como cuando era niña y ya era una anciana. Saldrían a su madre, claro. Y me cuidarían en la vejez, postrada en mi cama y ellas, Angustias, Mortificación y Dolores (así se llamarían las mías, mis grayas particulares) harían las diligencias con mucho cuidado de los niños que las señalarían por hurañas y, quizá, brujas. Mi casa, lugar en el que la risa estaría proscrita. El número tres, un número mágico con el que se ha jugado desde siempre.




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